Con mi hija en el Campoamor (VIII): Ainadamar.

15 Dic

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Existía una cierta expectación, o mejor diríamos un cierto morbo, ante esta función de nuestra temporada de ópera. Por una parte, una obra contemporánea, estrenada en 2003, y por otra parte abordando un aspecto siempre muy controvertido de las muchas tragedias ocurridas en nuestra guerra incivil de 1936 (si es que ella no fue una gran tragedia total en si misma), el asesinato del poeta Federico García Lorca, y por si fuera poco, escrita por un argentino, Osvaldo Golijov, y con libreto original en inglés de un estadounidense de origen asiático, David Henry Hwang, y un director de escena mexicano, Luis de Tavira.

Así pues se daban todos los ingredientes para que obtuviera un cierto rechazo por el presuntamente conservador público ovetense, amante fundamentalmente de la ópera italiana, y más concretamente de la belcantista.

A mayor abundamiento, las críticas más solventes iban desde la descalificación más absoluta hasta el desconcierto en su aspecto más benigno, concediendo únicamente elogios a aspectos tangenciales.

He de confesar que con todos estos condicionantes acudía a nuestro Teatro Campoamor con todas las reservas del mundo, y repitiéndome interiormente que debía contemplar el espectáculo con mente muy abierta, dispuesto a comprenderlo en todolo posible.

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Pero también he de confesar que ya desde el inicio, desde la primera secuencia proyectada en la pantalla de fondo, me dí cuenta que aquello era algo distinto a lo que mis prejuicios esperaban, y que el espectáculo iba a discurrir por derroteros mucho más interesantes a los previstos.  Si tuviera que resumir mi impresión diría que me encantó, que me gustó mucho, mucho, y si tuviera que calificarlo con parámetros referenciados a mi edad, le daría entre un  notable alto y un sobresaliente.

En algunos de esos prejuicios antes citados se ponía de manifiesto que esto no era ópera, que en todo caso podría aceptarse como un musical, que la amplificación no es ortodoxa, que…, que… ¿Es ópera o no es ópera?. Y que más da. ¿Es que en la época del whatsapp o la wikipedia vamos a comunicarnos igual que cuando se escribía en pergamino con pluma de ave, o los teatros estaban iluminados por velas de cera?. ¿Es que en su tiempo y a su manera el indubitado Wagner no perseguía el espectáculo total, empleando cuantos ingenios expresivos consideraba necesarios por más que fuesen heterodoxos para la época?.

Lo que yo vi ayer fue algo que tenía belleza formal, contenido expresivo y que en muchos momentos alcanzaba altas cotas de tensión emocional. Eso, para mí es arte y por tanto es vida, que en definitiva es lo que me interesa.

Volviendo a los eternos debates sin respuesta (ni falta que hace), y asumiendo como hipótesis de trabajo que Ainadamar es ópera, dado que está incluida en una temporada de ópera, ¿música teatralizada, o teatro musicado?.

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La música, tal vez difícil si la escuchamos aislada en un CD, tenía muchos momentos de gran intensidad y de lirismo, así como de belleza formal, y la mixtura o fusión, tan de nuestros días, con el flamenco, tanto en el cante como en el baile, le daba no solo el dramatismo que en ocasiones la función demandaba, sino también una modernidad y una frescura que no otros muchos espectáculos operísticos soportan, por más que con mil artimañas se les quiera actualizar.

Al respecto, nuestra OSPA no defraudó, tanto a nivel de conjunto como en sus individualidades, cuando eran necesarias. El director en este caso, Corrado Rovaris, ya bien conocido en Oviedo, supo conducirla contenidamente por ese tempo tan peculiar de la obra, que contribuía a darle el tono de surrealismo  y distorsionar la temporalidad que tanto le convenía, por expresividad y por modo de reflexión.

El texto, imaginativo, muy interesante, sereno, sin cargas las tintas innecesariamente, muy objetivo en un tema ciertamente espinoso, y sabiendo que así es como se ven estos hechos no desde el subjetivismo con que podemos verlos los españoles, sino desde el distanciamiento con que se ven, y nos ven, en otros lares. ¿Qué, junto con algunos aspectos de la puesta en escena, podrían tener menor carga simbólico-interpretativa?. Pues quizás estemos en eso de acuerdo, pero es que entonces el notable alto se convertía sin duda en un sobresaliente alto.

En la parte vocal, a mi modo de ver, sin duda el mejor Alfredo Tejada, en su papel de Ruiz Alonso. Espeluznante, empleado el término en sentido elogioso, como expresividad emocional, tanto en lo vocal como en lo corporal. Los papeles de María Hinojosa, Marina Pardo y Elena Sancho-Pereg entrañaban dificultades añadidas por las tesituras, el tempo ya señalado y los condicionantes físicos externos de la amplificación, pero creo que los solventaron con más que dignidad, y con una admirable expresividad corporal.

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A mi entender, otro punto y a parte merece el cuerpo de baile de la Compañía Antonio Gades, así como de su coreógrafa Stella Arauzo y de las diseñadoras de su vestuario, Tolita y María Figueroa.

Y dejo para el final, y no por ser último en méritos sino por muy principal, la puesta en escena. Simplemente me encantó. Moderna e integral, ágil, dinámica, bella en lo plástico y expresiva, aprovechando todos los recurso audio-visuales que hoy en día las TICs ponen a nuestra disposición. Insisto, ¿que podía tener algo menos de carga interpretativo freudiana?. Bueno, quizás sí, pero eso no le quita el resto de méritos.

En definitiva, excelente espectáculo que no tendré reparo en ver más veces. Lástima que por las razones que sean, quiero pensar que solo por su novedad, aún entre su discografía no tenemos versiones en dvd. Habrá que bucear por youtube, que para eso existe.

Por otra parte, al final, la acogida a la obra, al menos en mi sesión, la cuarta, fue mucho mejor de lo que los prejuicios expuestos al principio podrían hacer pensar. Afortunadamente los tiempos van cambiando y las nuevas generaciones, no me extraña que sean a quien más lesllegue, van añadiendo más colores a la paleta de los gustos.

Entre los principales debe de la noche hay que incluir que una inoportuna gripe, propia de la estación, me impidió disfrutar de la estupenda compañía de mi habitual pareja en estas ocasiones, es decir mi hija, que estoy seguro que también le hubiese gustado, así como de la cenita de después. Espero que haya más ocasiones y que mi invitada en esta ocasión también haya disfrutado.

Y hasta la próxima, que en esa ocasión será un clásico, pero de los de alto standing, Don Giovanni. Seguro que también saldré entusiasmado, y reconciliado con la vida.

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4 comentarios to “Con mi hija en el Campoamor (VIII): Ainadamar.”

  1. Ana diciembre 16, 2013 a 7:36 pm #

    Estoy totalmente de acuerdo con tu exposición. Iba totalmente a ciegas y sin haber leido las críticas, pero habiendo oido algún comentario en la linea que tu reflejas, que si no es ópera, que si es un musical…etc..pero salí también encantada. La puesta en escena, la música, el ballet, el tema argumental, todo ello me hizo pasar un rato muy agradable. En algunos momentos estuve sobrecogida.
    Me alegro de coincidir contigo pues tengo en muy alta estima tu opinión y, como no, tus comentarios.

  2. Paco Angulo diciembre 16, 2013 a 8:20 pm #

    Cojonudo, Alfonso. Se lo recomendé encarecidamente a mi santa esposa porque nos pasó como a tí, pero nadie lo hubieramos dicho mejor y más atinadamente. Paco.

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