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A Ítaca (III): Gracias a los bilbaínos

27 Ene

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La profunda devoción artística que mi bella acompañante y yo profesamos a Darío de Regoyos nos llevó recientemente a Bilbao para poder degustar la magna exposición que el Museo de Bellas Artes de esta ciudad le dedicaba con motivo de cumplirse el centenario de su fallecimiento.

Podría hablar de dicha exposición, de lo completa y bien estructurada que estaba misma, podría hablar del talento artístico  del protagonista, de su capacidad de asimilación a las vanguardias europeas, de ser un anticipado y quizás el más importante y el precursor, sino el único, de los impresionistas de nuestro país, de su grandeza artística al ser capaz de mantener su libertad intelectual por encima de intereses materiales, aún a fuer de convertirse en un incomprendido, rayano en la marginación, durante muchos años, tanto en vida como después.

Podría también hablar de lo interesante del Museo de Bellas Artes de Bilbao, sin duda uno de los mejores de España, con su completa colección permanente y el interés de sus temporales; por ejemplo en estas fechas coincidían los Cubistas de Telefónica.

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Podría hablar también de la importancia arquitectónica del Teatro Arriaga, de su belleza decorativa, de sus más de cien años de historia, de su importancia en el devenir de la ciudad, de las biografías de sus importantes arquitectos, incluido el de su restauración. O también podría hablar del trasfondo literario de En el estanque dorado, la obra de Ernest Thompson que tuvimos ocasión de disfrutar, o de las soberbias dotes interpretativas  de Lola Herrera o de Hector Alterio, sus principales intérpretes.

También podría hablar  de las soberbios cualidades gastronómicas de esos excelentes y llamativos pintxos que a cada paso encontramos en los atractivos bares, o de los matices y las delicias gustativas de su sugerente txacolí.

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Efectivamente, de eso y más podría hablar, pero como para mí lo más importante en la vida es el trato con las personas, prefiero hablar de la amabilidad de gentes con que me topé en Bilbao.

La torpeza que me caracteriza, que ya conocen y de la que son víctimas mis pacientes lectores, se extiende más allá de estas líneas. Es característico que cuando planifique un viaje inexorablemente cumpla dos funestas condiciones, con tanto rigor y persistencia que algún desocupado matemático podría elevarlo a fórmula. A saber, siempre olvido algún elemento de la maleta, eso sí, siempre un elemento distinto para darle más emoción al asunto, y siempre me equivoco en alguna fecha de mis reservas, lo que en ocasiones es motivo de comentarios irónicos, eso sí muy correctos, en alguna recepción de hotel.

Pues bien, al llegar a Bilbao el viernes por la tarde mi bella acompañante me realizó el suave y cariñoso apercibimiento de que las reservas de entradas para el Museo estaban hechas para ese viernes por la mañana, y no para la del sábado como hubiera sido mi sana intención.

Significaría aquello que quedábamos sin cumplir el objetivo principal del viaje?. La amable señorita que nos atendió en la recepción del hotel me sugirió que me acercase en aquel momento, aún eran horas, hasta el Museo, con la seguridad de que podría encontrarse una solución al desaguisado.

Así lo hice, y en la recepción del Museo encontré igual amabilidad, tras reconocer que la equivocación era únicamente mía y que nada tendría que reclamar si no había solución. En este caso a la amabilidad se unía la agilidad mental y la eficacia, y tras una breve consulta de procedimiento a su superior responsable, y dado que mis entradas ya constaban como abonadas, en pocos minutos tenía en mis manos dos invitaciones gratuitas para la sesión del día siguiente por la mañana, que era la que en origen había querido contratar.

imagen-290-124Al final, si bien no mi honor como organizador, al menos sí nuestra curiosidad artística quedaba salvada.

Por todo ello, y por muchos detalles más, durante todo el fin de semana, muchas gracias, pues, a esas amables personas que en Bilbao, con todo desinterés, me dieron una muestra de agilidad mental para salvar circunstancias imprevistas, de eficacia, y sobre todo, sobre todo, de acogimiento y amabilidad.

Alguien dirá que es lo normal. Quizás sí, pero les puedo asegurar que no siempre es así. Pero eso ya es otra historia que quizás les cuente otro día.

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