Medicina y amistad

10 Dic

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Recientemente se dio la circunstancia gozosa del noventa cumpleaños de un querido amigo. Doblemente gozosa por cuanto que llega a tan respetable edad en unas estupendas condiciones de salud, tanto física como mental. Con dicho motivo su familia tuvo la gentileza de invitarme a participar  en alguna parte del emotivo y simpático homenaje que le organizaron, mediante la dedicatoria de unas palabras que aproveché, además de testimoniarle a mi amigo el cariño que sinceramente siento por él, para esbozar unas mínimas reflexiones sobre ese maravilloso, aunque difícil, espacio en que en ocasiones se encuentran la medicina y la amistad.

Eliminando, como es obvio, las referencias estrictamente personales, y con algún otro añadido posterior, reproduzco a continuación algunas de esas reflexiones:

Muchas alegrías da el hecho de ser médico. Algunas pocas veces la de poder curar, algunas más la de poder aliviar, y siempre, siempre, la de intentar consolar. Esas entré otras muchas.

Cierto es que en ocasiones hay que convivir con tristezas, desvelos y hasta amarguras, que para que la moneda de la vida sea de curso legal ha de tener su cara y su cruz. Pero ese no es el tema del momento, así que ciñámonos a las primeras. Y de todas esas alegrías, a mi modesta forma de ver, una de las más, si no la de más importancia, es el trato con las personas.

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En ocasiones esta alegría se extiende, y el trato afecta a todo el entorno familiar. En algunos afortunados casos lo continuo del trato y otros intangibles factores que determinan la aparición de simpatía mutua, lo elevan al nivel de la excelencia, y aparece la amistad. Auténtica amistad personal, que va incluso más allá de esa “philia”a la que aluden, por ejemplo, el Profesor Laín Entralgo, con su habitual maestría, en su artículo “La amistad entre el médico y el enfermo en la medicina hipocrática”(Real Academia de Medicina.- 1962), o el Profesor James F. Drane en su libro “Medicina humana. Una bioética católica liberal”

Es cierto que en esos casos el médico debe hacer un esfuerzo adicional, que le exige un cierto desdoblamiento de su papel, el de médico y el de amigo, sin que desaparezcan ninguna de las características de ambas condiciones. El deseo de todo lo mejor para el amigo no debe permitir la aparición de una subjetividad que enturbie su comportamiento de objetividad profesional, tratando de ahorrarle diagnósticos o pronósticos que, por molestos o incluso dolorosos que fueran, pudieran redundar en un beneficio final.

En lenguaje coloquial, el médico no debe permitir la aparición del denominado “síndrome del recomendado”, que lo único que consigue es que nos saltemos los procedimientos, casi siempre con funestas consecuencias.

En cualquier caso, todo esto es con creces compensado por ese bien supremo que es la amistad.

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Dicen que como más aprendemos los médicos es de nuestros pacientes.  Muy cierto. No solo en la observación del desarrollo fisiopatológico de la enfermedad, o en ocasiones por tener el privilegio de observar actitudes de entereza y grandeza de ánimo ejemplares. Cuando esa relación de amistad aparece, el conocimiento de la persona puede ser aún mayor, con lo que podemos profundizar y aprender valores personales que son auténticas lecciones sobre el arte de la vida. En el caso que me ocupa tuve la fortuna de haber podido aprender de mi amigo, bonhomía, sentido desinteresado de la amistad, convicciones profundas y auténticas, coherencia con las mismas en el actuar y sinceridad en su expresión.

Conocí a mi amigo con motivo de las visitas que, por indicación de otro colega, hacía a un miembro de su familia. Después, merced a la generosidad concedida por todos ellos, traté a tres generaciones familiares, siempre distinguido por una sincera amistad y confianza que  me honraron. Conocí también trances dolorosos, afrontados con una entereza y coherencia en las convicciones que representaron todo un testimonio inolvidable.

Con el paso del tiempo, además de nuestras consultas habituales, mi amigo, por motivos diversos, fue visto por otros varios médicos y especialistas, y en prestigiosos hospitales, siempre a cargo de primeros espadas de la medicina española. Pues bien, tras cada una de estas consultas o revisiones mi amigo me llama para poner en mi conocimiento las indicaciones recibidas, contrastar pareceres y pedir consejo sobre la conveniencia de seguirlas, mostrándome así un nivel de sincera confianza que no puede por menos de emocionarme.

Como dato entrañable relataré que estas y otras consultas, cuando no requieren exploraciones complementarias o instrumentales, solemos hacerlas alrededor de una taza de café, que si bien pudiera en principio parecer un poco heterodoxo, le dan a nuestras entrevistas un plus de humanidad en el trato. Por supuesto, acabada la consulta médica, reflexionamos también sobre todo lo humano, y en ocasiones algo de lo divino. Eso sí, sin tratar de solucionar el mundo, pues ya ambos vamos entrando en esa edad en la que se llega al convencimiento de que eso pertenece a otra dimensión.

Afortunadamente como el amigo al que me refiero por su cumpleaños, tengo otros muchos con los que mantengo similar relación. Por todo ello darle gracias a la vida por haber conocido a ese amigo, y a esos otros muchos, y por ser distinguido por su amistad y se partícipe de sus testimonios. Les deseo de todo corazón que la vida les sea tan pródiga como lo es conmigo a través de su amistad.

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4 comentarios para “Medicina y amistad”

  1. Marta enero 20, 2014 a 8:32 am #

    ¡Entrañable!. Sin palabras

  2. Jose Braña enero 21, 2014 a 8:21 am #

    Mi frenesí vital no permite extenderme como me gustaría, espero poder hacerlo en breve junto a una tapa de “ajo al pollillo” (así es como el gran Javier Cuervo llama al pollo al ajillo en Oviedo), pero sintetizaré agradeciéndote tu generosidad, complicidad “intergeneracional” e inmensa paciencia como muchos de los que como yo somos afortunados de presumir y disfrutar de tu amistad, de esa pseudo-lógia-ong-.. del bien y para el bien a la que perteneces e incluso diría lideras.
    Suerte por ser tan luminoso y vital.
    En fin, agradecidos, nosotros.

    Jose, desde un centro de estudio con “Gustavo” Mahler en los cascos.

    • libreoyente enero 21, 2014 a 10:37 pm #

      Querido amigo Jose: Muchas gracias por tus generosas palabras. Ciertamente creo que ya va siendo hora de volver a concertar una cita del ajo al pollillo. Comunicaré contigo por la vía habitual. Un abrazo

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