Archivo | septiembre, 2019

Con mi hija en el Campoamor (XI): La unión hace la fuerza.

22 Sep

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Con la emocione aún a flor de piel no quiero dejar de reflejar, aunque sea muy brevemente,  los sentimientos que me produjeron la representación de El ocaso de los dioses, como comienzo de nuestra LXXII temporada de ópera.

Gracias a la ilusión y el esfuerzo de la anterior Junta Directiva de la Fundación Ópera Oviedo, y los no menores ilusión y esfuerzo de la actual, así como del sinfín de colaboradores que participaron, por lo que se pudo culminar la magna aventura, comenzada hace ocho años, de representar en Oviedo esta inmensa tetralogía wagneriana que es El anillo del nibelungo.

Y no pudo tener mejor broche de oro que el gran espectáculo que representó este Ocaso. 

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La Fundación Ópera de Oviedo inasequible al desaliento y venciendo, con tesón e imaginación, los no pequeños obstáculos cual pueden ser las dimensiones del escenario de nuestro teatro o el no menor que significan las consecuencias de la crisis, plantearon una representación donde las voces brillaron a grandísima altura, la orquesta, compuesta por la unión de nuestras OSPA y Oviedo Filarmonia, solo puede calificarse de soberbia, con un director, Christoph Gedschold, que en todo momento supo trasladar las dinámicas y los sentimientos más oportunos y emocionantes de ese patrimonio de la humanidad que es la música wagneriana. Y en el caso que nos ocupa, y de lo que estamos más que contentos, hay que felicitar al director de escena, Carlos Wagner, que supo, con economía de medios conseguir una puesta en escena francamente estética y adecuada.

Así que el más profundo agradecimiento a todos los que hicieron que pudiéramos disfrutar de algo que nos hizo trascender a ver que la vida también nos regala cosas maravillosas.

Un último ruego a quien corresponda. Alegrías como estas demuestran casi de modo científico (sic) que la unión hace la fuerza, que si nuestras orquestas se unen podemos conseguir cimas aún mucho más altas. Por qué no intentarlo?. Por qué no intentar demostrar que en arte sí es posible el diálogo?

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El niño que tenía el pelo verde (cuentiquín)

16 Sep

Hace mucho tiempo. Eran épocas grises. Toda la ciudad era gris. Los monótonos edificios eran grises. El cielo era gris, impidiendo que la luz del sol penetrase en las calles. Las gentes iban vestidas de gris, y sus macilentas caras reflejaban el gris de su alma y sus sentimientos. Por supuesto sus cabellos eran grises.

Entonces, conocí a un niño que tenía el pelo verde. Era un verde brillante, que irradiaba luminosidad y frescura, como cuando los campos, tras el amanecer, se confunden con las gotas del rocío y al recibir los rayos del sol desprenden minúsculos arcoíris.

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Nadie se relacionaba con el niño. Siempre estaba solo. Las gentes grises lo miraba de soslayo, bajaba la vista, aceleraba el paso y, si podía, cambiaba de acera gris.

Era tal su sentimiento de soledad que me contaron que un día lo vieron jugando a indios y vaqueros él solo, haciendo de los dos bandos. Con una raya a modo de trinchera en el suelo, desde un lado disparaba restallones con su revólver plástico de juguete, y  luego pasar al otro lado de la linea y lanzar flechas, también de plástico, con su arco de juguete.

Aquel desprecio y la soledad  desgarraban el alma del niño del pelo verde.

Un buen día el niño del pelo verde decidió comenzar a caminar en línea recta, despacio pero con determinación. Ya no veía a las gentes grises ni sus miradas torvas. Solo caminaba y caminaba.

Después de un buen rato se dio cuenta que ya no había aceras grises ni casas grises. La ciudad gris se había acabado y ante él solo se extendía un gran prado de hierba luminosamente verde, fresca y mullida.

El niño del pelo verde sintió que le invadía un indefinible sentimiento mezcla de cansancio y plenitud. Sintió la necesidad de tumbarse en el prado y pronto se durmió, gozando de una inmensa sensación de bienestar. Desde lejos solo se observaba un inmenso mar de verde donde todo se fundía en uno.

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No volvería a ver nunca más al niño del pelo verde.

O eso creía yo, porque ayer mientras caminaba por el Campus de Humanidades, ensimismado en mis pensamientos, al levantar casualmente la vista, lo reconocí.

Continuaba con su pelo verde, pero obviamente había crecido. Ya no era un niño, era un apuesto y fornido joven que vestía una coloreada y alegre indumentaria. Iba de la mano de otro joven de similares características e indumentaria. Hablaban animosamente, gesticulaban y frecuentemente se reían.

El Campus de Humanidades no es gris. También tiene amplios parques verdes, con mullido césped, y abundantes árboles que proporcionan sombra, y en ellos las gentes, solos, en parejas o en grupos, descansan, leen o charlan.

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Los edificios no son grises, adoptan formas variadas, y sus amplias cristaleras aportan luminosidad a sus interiores, y las paredes, de colores diversos, están llenas de expresivos y variopintos grafitis.

Cuando me recuperé de mi sorpresa volví la vista atrás,  para ver que el niño (ahora joven) del pelo verde y su amigo se besaban tiernamente, y continuaban su camino sin dejar su charla, sus gestos y sus risas.

Después doblaron una esquina. Volveré a ver al joven del pelo verde?. Y qué más da. Ahora sé que es feliz, que ya no hay gris, y que, como alguien sabio dijo hace ya 26 siglos, el fundamento de todo está en el cambio incesante (En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos).

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Aclaración ¿necesaria?: Al acabar de escribir la primera parte de esti cuentiquín me enteré de que existe otro cuento infantil con mayúsculas, con múltiples variantes, e incluso una película con el mismo título, nada menos que del gran Joseph Losey. Ambas manifestaciones, sobre todo la primera, tienen claras intenciones moralizares y alto nivel artístico.

Nada de esto ocurre en el cuentiquín. Este nace de una experiencia personal, y en todo caso se trata únicamente de realizar un simple ejercicio de redacción, como aquellas que hacíamos todos los niños de pelo verde que en el mundo han sido y yo, en aquellas grises escuelas de antaño, de los pupitres de madera, encerado donde se escribía con tiza y borrador, la pared estaba “adornada” con los retratos de Franco y José Antonio, comúnmente flanqueando un Crucifijo y había que formar en filas para entrar y cantar el cara al sol antes de empezar la clase. Por supuesto, unas para chicos, con maestro, y otras para chicas, con maestra. Quien le suene a chino esto de que les hablo puede consultar El florido pensil.

 

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Ex Libris ( IV ): Reposo

9 Sep

En los momentos de reposo, bien sea este forzado o vacacional, una de las variadas oportunidades que se nos brinda es la de incrementar nuestro ritmo lector.

A continuación comparto con mis pacientes seguidores un ecléctico abanico de libros con los que recientemente tuve ocasión de disfrutar en una de esas mencionadas épocas, comenzando por dos títulos sobre los que poco puedo añadir a lo todo lo dicho ya por las abundantes críticas que se ocuparon de ellos.

En primer lugar me centraré en  Factfullnes, de Hans Rosling con Ola Rosling y Anna Rosling Rönnlund, publicado en España por Ediciones Deusto, y traducido de un modo exquisito por Jorge Paredes.

FACTFULLNES

Estos tiempos que algunos denominan de sociedad líquida, y que a todos nos desconciertan por un ritmo al que nos cuesta muchísimo adaptarnos, nos inducen al pesimismo y nos provocan un cierto temor haciéndonos pensar, no sin pocos indicios, que nuestra civilización e incluso nuestro propio planeta están en peligro.

Pues bien, es aquí donde Hans Rosling gusta de nadar a contracorriente, y mostrarnos  de forma racional y con un cúmulo de datos irreprochablemente expuestos que, aunque en una mala situación, la sociedad camina hacia adelante, y nunca el género humano tuvo una situación tan favorable como la actual.

Al comenzar el libro el lector se desconcierta, pero a medida que pasan los capítulos debe rendirse a la evidencia de la irrefutabilidad de los argumentos, y, sobre todo, de los datos, aportados por el autor. Curiosamente en fecha reciente el Wordl Economic Forum ha publicitado un trabajo de Max Roser, economista de la Universidad de Oxford, que coincide en la misma apreciación.

No obstante en nuestra vida diaria observamos que la desigualdad crece, que los movimientos migratorios, en gran parte consecuencia de tal desigualdad, suponen un drama humano en constante incremento, y que el deterioro del planeta es progresivo, acercándose a límites peligrosos, y por primera vez en nuestra historia consecuencia de la desventurada acción del ser humano, generando una nueva época, no precisamente dichosa, que algunos dan en llamar antropoceno.

Y de esto también hay datos objetivos.

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Así pues, hemos de ser optimistas dando la razón a Rosling y Roser, o hemos de ser pesimistas basándonos en nuestras observaciones cotidianas?. Será que en estos momentos hay un punto de inflexión donde se quiebran las tendencias estudiadas por los primeros?. No olvidemos que estamos en un escenario en el cual por primera vez nuestros hijos viven peor que sus padres.

En cualquier caso decía que poco puedo añadir a los fundados comentarios de más avezados críticos, y muchísimo menos en el ámbito de la estadística, donde mi bagaje analítico es prácticamente inexistente. Lo que sí puedo decir es que el libro es de lectura obligada puesto que nos muestra una vez más que la realidad es muy poliédrica e irregular y ha de ser siempre contemplada con serenidad, apertura de mente y desde muy distintos ángulos.

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Francisco Velasco, Migraciones L-319, 2018

Por si esto fuera poco, estilísticamente el libro tiene una construcción interna impecable, un lenguaje fluido, ameno, y en ocasiones con gran sentido del humor, y, como decíamos antes, está intachablemente traducido.

Otro libro ampliamente reseñado es Jugadores de billar de José Avello. Escritor asturiano que, con una vida breve, se convirtió en autor de culto con solo dos novelas: La subversión de Beti García, y la aquí citada.

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Dice un buen y muy inteligente amigo que hoy hay exceso de oferta en la producción de novelas, que demasiadas personas quieren escribir su novelina sin aportar absolutamente nada, y que por lo tanto solo debería estarle permitido publicar a aquella persona que contribuye con alguna novedad bien en la melodía (trama, relato) o bien en la armonía (construcción, estructura interna).

Pues bien, esto es lo que, a mi modesto parecer, consigue José Avello, y por partida doble. De una manera suave y muy, muy elegante, va introduciendo al lector en unas situaciones cotidianas, aparentemente intrascendentes, pero donde se va organizando todo un entramado que dibuja el contexto social de una pequeña ciudad de provincias (Oviedo) en una época concreta y reciente, característicamente gris.

En este escenario coloca Avello las interrelaciones de unos personajes muy singulares, cuya psicología va describiendo con la minuciosidad de un platero y con la precisión de un exquisito neurocirujano, formando un mosaico de un hiperrealismo triste. Si pudiéramos ordenar por épocas la pintura del gran Antonio López, la adecuada para maridar (y perdonen la cursilería) con nuestra novela, sería la que representan cuadros como La alacena, Lavabo y espejo, o La nevera de hielo.

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Antonio López. Taza de váter y ventana, 1968-1971. Óleo sobre papel adherido a tabla. 143 x 93,5 cm.

Este excelente análisis sicológico de los personajes, mientras que el desarrollo de la intrincada trama hace que el lector se vea arrastrado en un placentero torbellino en el que va a gozar de la melodía y de la armonía. Sin duda de lectura obligada para todas las personas que gustan en disfrutar con una buena novela.

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P.D.: Be continued (evidentemente la serie no se acaba con solo estos dos estupendos  títulos).