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Con mi hija en el Campoamor (IX): Debo indignarme!.

2 Feb

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Gústeles o no les guste, nadie en su sano juicio artístico duda de la grandeza, qué digo grandeza!, de la inmensidad del genio musical de Mozart. Y de las muchas facetas y ámbitos musicales que abordó, quizás sea en su creación operística donde alcanza mayor profundidad y solidez.

De sus óperas, Don Giovanni puede que sea una de las que más se acercan a la obra maestra. Obra de madurez, cerca del ocaso de su vida y temporalmente del sublime Requiem, fue ya un éxito fulgurante desde su estreno en Praga, y paseada en triunfo por las principales ciudades operísticas  del mundo y por los más señeros coliseos, paradójicamente menos en Viena, donde llegó a recibir comentarios irónicos del propio emperador. Ya se sabe que nadie es profeta en su tierra, y en esto Mozart tampoco fue una excepción.

En el caso que nos ocupa, como en otras óperas, tras una fachada aparentemente giocosa, y de hecho parece que Mozart la registró en su catálogo, junto como Cossi fan tutte, como opera buffa, se esconden disquisiciones y temas de mucha enjundia. Uno de sus biógrafos, Marcel Brion, del que se dice que es tan escrupuloso como poco dado al sensacionalismo, tras señalar que esa época de Praga que verá surgir a Don Juan y  las grandes sinfonías, señala en la vida del compositor la época verdaderamente romántica de su carrera, encuentra en Don Juan toda una disquisición sobre la muerte. Para Brion el personaje es tan complejo en la interpretación que hace de él la música de Mozart que incluso su caída al infierno es una manera de vencer, una apoteosis. Porque llevaba la muerte en él, en su ser más íntimo, desde el principio de su ardiente y dramática búsqueda del amor, Don Juan es verdaderamente un héroe.

Obra sin duda de gran calado y complejidad psicológica, que alcanza altas cotas en el libreto de Da Ponte, y de gran belleza y dramatismo en lo musical, es una ópera que se sustenta a sí misma, por más que, como alguien sugería recientemente en un periódico local, sea Oviedo una plaza donde gusta más de atender a las voces, y a la ópera italiana, y donde la propia obra de Mozart tardó en en encontrar su sitio, y no digamos ya la de Wagner. Don Juan no necesita de estridencias que llamen la atención, peligro tan actual en el mundo de la ópera, y se basta con que no la destrocen.

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Tengo un buen amigo muy inteligente, excelente escritor y reputadísimo crítico en su especialidad que defiende la teoría de que todo crítico debe tener siempre un punto de indignación, de cabreo, si se me permite la expresión por otra parte reconocida por el DRAE y buscar el lado oscuro de lo criticado. Yo no quito ni quito ni pongo rey a tal teoría, y mucho menos pretendo ser un crítico que merezca la pena, pero en esta ocasión creo que debo seguir el consejo de mi amigo y al menos teatralmente (no es eso también ópera?) indignarme.

Me refería en un párrafo anterior a los peligros que hoy en día acechan a la ópera en todo lo referente a la puesta en escena, y aquí utilizo el término en sentido amplio, y de como en ocasiones parece que se hace únicamente para llamar la atención provocando. Pues bien, en el caso que nos ocupa, esto empieza antes de entrar en la sala, ya en la calle, en concreto en el cartel anunciador que inundó la ciudad y que se expuso en gran tamaño en la fachada del teatro, y en el que se ve a un varón, no me atrevo a llamarle caballero, tocándole las nalgas a una mujer, hecho este que si a cualquiera de nosotros se nos ocurriese, como muestra de haber perdido más o menos transitoriamente el juicio, realizarlo en el ámbito de nuestros trabajos, o en la calle o en una celebración social, seríamos motivo de repulsa e incluso de acusación seria de de odioso machismo y acoso sexual.

Por qué entonces tal provocación, por lo demás tan innecesaria?. El prestigio de la obra está tan consolidado que prácticamente no necesitaría ni cartel para atraer a nadie, bastarían unas sencillas y económicas hojas volanderas que dijesen “Don Giovanni”, y concretasen día, hora y lugar. Por otra parte, estéticamente es más que discutible, más parece uno de esos anuncios de colonias que nos aturden en las fechas navideñas o de esa marca, Benneton, que sin entrar en la calidad del producto ofrecido hace bandera de la provocación. Me cuentan que la hija de seis años de alguien relacionado con el entorno de nuestra Fundación Ópera de Oviedo, con esa lógica sinceridad y contundencia de los niños, al ver el cartel en la calle, le preguntaba a su padre que por qué aquel señor hacía aquello.

Pero en fin, si un poco de teatral indignación está bien para estimular de alguna manera las suprarrenales, no le concedamos al asunto más importancia que la que tiene, es decir un pretexto para una breve y pasajera comidilla local.

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Por lo demás, la puesta en escena propiamente dicha, la de Alfred Kirchner y Ulrich Schulz, con las limitaciones obligadas por nuestro exiguo escenario (cuantas ocasiones perdidas van?, cuando se solucionará el tema?), discretita, correcta, echando mano de eso que dimos en llamar intemporalidad y que hace que lo mismo valga para un roto que para un descosido, eso sí, permitiendo ajustar costes, cosa que siempre viene muy bien.

Respecto de las voces, eso que parece ser debe ser la vocación operística y a la que tanta importancia se da en nuestra ciudad, que quieren que les diga. mí gustáronme en su conjunto. De tener que escoger, por el equilibrio voz-interpretación, me quedaría con Simón Orfila, en el papel de Leporello, y Maren Favela, en el papel de Zerina, pero creo también destacable a Antonio Lozano, en el papel de Don Ottavio, necesariamente más envarado. Pero en esto no me hagan mucho caso, que no entiendo mucho de ello. Bueno, en el resto, tampoco.

La interpretación orquestal, dirigida por Álvaro Albiach, muy atinada, con una orquesta, nuestra Oviedo Filarmonía, bien empastada y el excelente añadido de Aarón Zapico en el clave, María de Mingo en la mandolina y Alegría Solana en el violonchelo.

En definitiva, una buena sesión que nos ayuda una vez más a reconciliarnos con la vida y agradecerle sus regalos. Lo anecdótico, nada que no pueda quedar superado por unas croquetas de compango y unas brochetas de pato, regadas con un buen ribera en el siempre recomendable LimayLimón, y la entrañable y reconfortante compañía de mi hija. Todo ello, digno colofón de una notable temporada, la LXVI.

Qué el destino nos permita llegar con bien a la LXVII, y ustedes lo vean!

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