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Al trantrán

14 Jun

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Pues así a lo tonto, a lo tonto, al trantrán, uno de los marcadores de la plataforma me indica que esta entrada será la ducentésima desde que comencé a publicarlas allá por el año 2012. Un ordinal ya significativo, amén de redondo, que puede ser una buena excusa para reflexionar sobre el mismo.

Antes de seguir he de hacer una salvedad. En realidad mis comienzos blogeros fueron en 2009, en otra plataforma cuyo marcador me indica que tiene veintiséis entradas más hasta confluir con la actual, pero sinceramente creo que estos pequeños detalles materiales no interfieren con las reflexiones que me trato de imponer.

Volvamos al principio, en que mi amiga me dijo:

—¿Por qué esa manía que te ha dado ahora de publicar un blog?

—Porque me divierte escribir, siempre me ha gustado y ahora tengo tiempo para ello -le repliqué.

—Vale, entiendo que te guste escribir, y que lo hagas para tí, pero eso no implica que tengas que publicar lo que escribes. ¿Qué le importa al ciberespacio a donde vas de viaje, con quien vas a la ópera, que libros lees o que opinas sobre no sé que cosas?

Callé por no iniciar una discusión que pudiera erosionar nuestra amistad, y sobre todo por la razón fundamental por la que procuro no discutir nunca: porque tal cosa me da mucha pereza.

Pero la verdad es que sus cuestionamientos no me cayeron en saco roto, sobre todo viniendo de una cabeza tan bien amueblada como la de mi amiga. Y no solo no los desestimé sino que las dudas aumentaron cuando algunos otros amigos de verdad, de los que conozco la sinceridad de sus afectos, me insinuaron que todo el que publica, sea en el medio que sea, lo hace por una u otra forma de vanidad. Incluso uno de ellos, cuya inteligencia, sentido del humor (¿no son ambos la misma cosa?) y buena literatura, que acaba de publicar su primera novela admite que el ejercicio de exhibicionismo que conlleva escribir se convierte en un paseo desnudo por la plaza del pueblo en una gélida noche de invierno.

Así pues se imponía meditar sobre la cuestión. Yo nunca me consideré vanidoso, pero ¿y si estaba equivocado? Si todos lo dicen, quizá sea así. No cabe duda, debo repensar por qué escribo, y este redondo ordinal me da un pretexto para ello tan bueno o tan malo como cualquier otro.

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Eso sí, reivindico mi aserto inicial: escribo porque me divierte. Además es uno de mis refugios. No solo ocupa mis pensamientos y los desvía de otros más desagradables, sino que puedo crear un mundo a medida de mis gustos e ilusiones. A otros les da por pintar, dedicarse a la jardinería, correr o leer. A mí me divierte escribir. Y desde que lo hago aprendí muchas cosas. Debo esforzarme para encontrar las palabras exactas y comprobar su significado, tengo que cuidar la composición de las frases, que las historias o los datos volcados en el escrito tengan verosimilitud y sean exactos, y al comprobarlo voy aprendiendo. Además hay que dar coherencia y solidez a la estructura de lo escrito, tanto en lo formal como en el contenido.

Curiosamente, aunque tal vez no sea tan sorprendente, también he modificado (creo que a mejor) mi hábito lector, no en vano, como dice Jordi Nadal, <<escribir bien suele ser el resultado de leer bien>>. Me fijo más en aspectos que van más allá del mero contenido, trato de comprender las estructuras de las lecturas, buscar su posible función expresiva, conocer más a fondo al autor y sus circunstancias, valorar sus posicionamientos, y he adquirido la manía, que les recomiendo, de leer teniendo cerca el smartphone o la tablet como artilugios que me permitan tener acceso a internet y comprobar personajes, ambientes o conceptos, lo que hace que esos aprendizajes a los que antes aludía se multipliquen con el ciberespacio.

También he aprendido otras dos cosas. Una, corregir, corregir, corregir hasta la saciedad los escritos. Es tedioso, sí, pero siempre compruebo que cuando ya creía el texto terminado, aparece algo susceptible de corrección. Otra, es conveniente dejar reposar lo escrito un tiempo equis antes de su publicación, pues los sentimientos que lo generaron pueden haber variado y ser considerados dignos de un nuevo cauce o modificación.

Pues todas esas satisfacciones, y otras muchas, me da el escribir. Por eso me divierto. Pero, ¿en definitiva, hay que publicar o no? Al fin y al cabo pasa algo similar a cuando alguien está aprendiendo a tocar un instrumento musical. Lo hace para si mismo, para su propio divertimento, sin que piense llegar a ser un concertista de élite, pero el hecho de tener que tocas ante algún público, por pequeño y cercano que sea, le obliga a esforzarse en el aprendizaje.

Después de todas estas consideraciones, al final quizá sí es que, aunque no me lo creía, sea algo vanidoso. El cuanto, júzguenlo ustedes. O quizá es que hay otras razones ocultas en el fondo del psique que me impulsen a ello. ¡Pero no hay que abrir todos los armarios!

At last but no least gratitud sin límites a esos setenta y nueve seguidores fijos y esos otros trescientos diecisiete ocasionales, por su paciencia y generosidad.

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Jesusito de mi vida…

25 Dic

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En estas fechas navideñas, entre otros motivos de reflexión, solemos rememorar los recuerdos de nuestra infancia, y por ello me acordaba de esa tierna oración que nuestras madres nos solían enseñar y que cada día nos preguntaban si la habíamos recitado, junto con si habíamos lavado las manos y los dientes, antes del beso con el que nos deseaban buenas noches.

Pues bien, hoy celebramos el nacimiento del Niño Jesús. Hoy han nacido muchos Niños Jesús.

El palestino lo ha hecho en un campo de refugiados, en un suelo polvoriento, rodeado de alambre de espinos, sin agua potables, sin luz y con mucha escasez de alimentos y medicinas, porque los procónsules del imperio impiden su llegada.

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El sirio lo ha hecho entre cascotes y ruinas, con el terror por el estruendo de los bombardeos y la destrucción.

El africano, en medio del frío de la noche, nunca llegará a saber quien es su padre, pues su madre fue violada en múltiples ocasiones en los tres años que hace que salió de su país, intentando llegar a Libia para ver si puede correr el riesgo (ella cree que es una suerte) de embarcar en una patera, para abordar un futuro incierto y lleno de calamidades.

Otro lo hará en el campo de Moria, entre fango, nieve y hambre, y otro lo hará en una pequeña embarcación junto con tres docenas de personas, en medio del Mediterráneo (el mayor cementerio del mundo), sin nada que comer ni beber, a pesar de estar rodeados de agua. Quizás su cadáver acabe también en el fondo del mar.

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El salvadoreño nacerá en una habitación fría, húmeda, inhóspita, de paredes desnudas, en otro campo fronterizo, y será separado de su madre, porque un animal ignorante de pelo azafranado (de que color lo tendría Herodes?)  cree  que un recién nacido puede ser una amenaza superior a la energía atómica.

Todos ello tendrán por único calor el contacto con la piel de su madre, calor que será poco dada su desnutrición y el temblor por el pavor de su situación.

Ninguno de estos Niños Jesús recibirá la visita de los Magos, pues están retenidos por los guardianes del bien en alguna frontera, sin que el barco donde vienen con sus camellos y sus presentes para el Niño no pueda arribar a puerto seguro, no sea que invadan el país y sean el comienzo de todas las catástrofes.

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Mientras tanto, los sumos sacerdotes se revestirán de lujosas y extrañas vestiduras,  entonarán cantos y pronunciarán discursos vacíos, al tiempo que incensarán una piedra, instándonos a ser temerosos de los dioses, so pena de horribles castigos eternos. También serán minuciosos en el bloqueo fronterizo para la llegada de los Magos y en ocultar la estrella tras nubes de combustión de hidrocarburos, eso sí, cobrando las tasas pertinentes.

Cuantos de estos Niños llegarán a los 33 años?. Si no mueren de hambre o diarrea, muchos morirán en la guerra como niños-soldado, otros víctimas de sustancias que bien pensantes encorralados distribuyen para su mayor beneficio. Pero eso sí, no es nada personal, es business. Cuantos de estos Niños tendrán una infancia feliz, y no serán víctimas de abusos por parte de personajes revestidos o no de lujosas y extrañas vestiduras?.

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Mi Niño Jesús, que por cierto es niña, nació en un cálido hospital, atendida junto con su madre por los mejores profesionales posibles y por la tecnología de última generación, y la esperaba un hogar confortable y acogedor, con todas sus necesidades cubiertas, y con unos felices padres que le darán todo el cariño del mundo.

Le deseo que el Padre Dios la conserve y la guíe y recordándole la existencia de sus otros hermanos, le dé la inspiración suficiente para que, en la medida de sus fuerzas, ponga su granito de arena que haga posible un mundo mejor.

Es mi Esperanza. Feliz Navidad.

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