Archivo | enero, 2014

A Ítaca (III): Gracias a los bilbaínos

27 Ene

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La profunda devoción artística que mi bella acompañante y yo profesamos a Darío de Regoyos nos llevó recientemente a Bilbao para poder degustar la magna exposición que el Museo de Bellas Artes de esta ciudad le dedicaba con motivo de cumplirse el centenario de su fallecimiento.

Podría hablar de dicha exposición, de lo completa y bien estructurada que estaba misma, podría hablar del talento artístico  del protagonista, de su capacidad de asimilación a las vanguardias europeas, de ser un anticipado y quizás el más importante y el precursor, sino el único, de los impresionistas de nuestro país, de su grandeza artística al ser capaz de mantener su libertad intelectual por encima de intereses materiales, aún a fuer de convertirse en un incomprendido, rayano en la marginación, durante muchos años, tanto en vida como después.

Podría también hablar de lo interesante del Museo de Bellas Artes de Bilbao, sin duda uno de los mejores de España, con su completa colección permanente y el interés de sus temporales; por ejemplo en estas fechas coincidían los Cubistas de Telefónica.

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Podría hablar también de la importancia arquitectónica del Teatro Arriaga, de su belleza decorativa, de sus más de cien años de historia, de su importancia en el devenir de la ciudad, de las biografías de sus importantes arquitectos, incluido el de su restauración. O también podría hablar del trasfondo literario de En el estanque dorado, la obra de Ernest Thompson que tuvimos ocasión de disfrutar, o de las soberbias dotes interpretativas  de Lola Herrera o de Hector Alterio, sus principales intérpretes.

También podría hablar  de las soberbios cualidades gastronómicas de esos excelentes y llamativos pintxos que a cada paso encontramos en los atractivos bares, o de los matices y las delicias gustativas de su sugerente txacolí.

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Efectivamente, de eso y más podría hablar, pero como para mí lo más importante en la vida es el trato con las personas, prefiero hablar de la amabilidad de gentes con que me topé en Bilbao.

La torpeza que me caracteriza, que ya conocen y de la que son víctimas mis pacientes lectores, se extiende más allá de estas líneas. Es característico que cuando planifique un viaje inexorablemente cumpla dos funestas condiciones, con tanto rigor y persistencia que algún desocupado matemático podría elevarlo a fórmula. A saber, siempre olvido algún elemento de la maleta, eso sí, siempre un elemento distinto para darle más emoción al asunto, y siempre me equivoco en alguna fecha de mis reservas, lo que en ocasiones es motivo de comentarios irónicos, eso sí muy correctos, en alguna recepción de hotel.

Pues bien, al llegar a Bilbao el viernes por la tarde mi bella acompañante me realizó el suave y cariñoso apercibimiento de que las reservas de entradas para el Museo estaban hechas para ese viernes por la mañana, y no para la del sábado como hubiera sido mi sana intención.

Significaría aquello que quedábamos sin cumplir el objetivo principal del viaje?. La amable señorita que nos atendió en la recepción del hotel me sugirió que me acercase en aquel momento, aún eran horas, hasta el Museo, con la seguridad de que podría encontrarse una solución al desaguisado.

Así lo hice, y en la recepción del Museo encontré igual amabilidad, tras reconocer que la equivocación era únicamente mía y que nada tendría que reclamar si no había solución. En este caso a la amabilidad se unía la agilidad mental y la eficacia, y tras una breve consulta de procedimiento a su superior responsable, y dado que mis entradas ya constaban como abonadas, en pocos minutos tenía en mis manos dos invitaciones gratuitas para la sesión del día siguiente por la mañana, que era la que en origen había querido contratar.

imagen-290-124Al final, si bien no mi honor como organizador, al menos sí nuestra curiosidad artística quedaba salvada.

Por todo ello, y por muchos detalles más, durante todo el fin de semana, muchas gracias, pues, a esas amables personas que en Bilbao, con todo desinterés, me dieron una muestra de agilidad mental para salvar circunstancias imprevistas, de eficacia, y sobre todo, sobre todo, de acogimiento y amabilidad.

Alguien dirá que es lo normal. Quizás sí, pero les puedo asegurar que no siempre es así. Pero eso ya es otra historia que quizás les cuente otro día.

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Alegro y andante (VI): Lo verdadero, lo bueno, lo bello y lo humano

2 Ene

El hecho musical ovetense es otra de esas suertes que nos regala la vida, que podemos disfrutar de forma prácticamente continua, y que nos ayudan a perseguir ese bello concepto del teólogo José Mª Rovira que da forma a nuestro título.

El pasado 29 de noviembre nos deleitábamos con la sesión correspondiente al ciclo de piano “Luis G. Iberni”, con la intervención de nuestra Oviedo Filarmonía, dirigida por su titular Marzio Conti, y en programa el estreno mundial del Concierto nº 1 para piano y orquesta, op. 83, de nuestro Guillermo Martínez. interpretado por Horacio Lavandera, además de la Serenata per piccola orchestra, de Respigui, y la Sinfonía nº 5 en i bemol mayor, op. 82, de Sibelius.

Marzio Conti es uno de esos dos estupendos directores, el otro es Rosen Milanov, que tenemos la suerte de tener entre nosotros, en Oviedo, que se esfuerzan y lo consiguen, por hacer que la música sea algo vivo, popular, cercano a la calle y al público, y tratando de contrarrestar ciertos alcanforados encorsetamientos, que la convertían en algo elitista y distante. Todo ello sin restar un ápice, antes muy al contrario, al rigor, calidad, respeto y seriedad que algo tan grande como la música lleva implícito.

Por otra parte, nuestro Guillermo Martínez es un brillantísimo joven, de envidiables 30 años, que si bien le nacieron en Venezuela, es asturiano de raíces y formación, en el Conservatorio Superior de Música de Oviedo y en la Escolanía de Covadonga.

A pesar de su juventud, su curriculum es extenso, no hay más que ver que la obra estrenada la firma con el número de opus 83. Como se comenta en el programa de mano de la sesión, es el vencedor del “Primer Concurso Nacional de Jóvenes Compositores- Ciudad de Oviedo”, entre otras muchas actuaciones en diversos escenarios, bajo la batuta de figuras de primera línea, y su música ha sido interpretada ya también por muy significativas formaciones.

Su Concierto nº 1 para piano y orquesta fue interpretado, como decíamos, por Horacio Lavandera, también joven pianista argentino de gran proyección internacional, lo que garantizaba, como así fue una excelente interpretación, tanto en lo formal como en lo expresivo y emocional. El Concierto parte de una estructura clásica, con tres tiempos rápido-lento-rápido, intencionadamente “académico” en manifestaciones del propio autor, y muy ecléctico en el estilo, con temas de orientación asturiana, contrastes orientalistas e inclusiones de jazz, con imaginación y entusiasmo, como pone de relieve Joaquín Valdeón en sus estupendas notas al programa.

Sin duda que nuestro G. Martínez nos ha de deparar muchísimas satisfacciones más al poder participar de su carrera, seguro que de mucho éxito. Tuve la suerte y el honor de poder felicitar a su madre y hermana, compartiendo su legítimo orgullo familiar ante el triunfo del trabajo y el esfuerzo, que muestran lo mejor de una juventud que nos hace mantener viva la llama de la esperanza.

El resto del programa fue desarrollado por nuestra orquesta con ese nivel de solvencia que le caracteriza, como esas marcas de buen vino de garantía, que añada tras añada, concierto tras concierto, consiguen aumentar los peldaños en la búsqueda de la excelencia.

Excelencia que pudimos paladear el día 1 de diciembre, ¡lástima los que llevados por la costumbre no se percataron del cambio horario y perdieron toda la primera parte!, con la presencia de Guidon Kremer y su sin par Kremerata Báltica. Como decía mi querido Pablo Siana, la Krem de la Krem

Kremer también, y sobre manera, crea vida a partir de la música. Traspasa límites y busca formas expresivas nuevas con versiones, recreaciones y variaciones. Todo ello desde la libertad y por tanto desde la alegría, y eso lo trasmite y lo regala a quien lo quiere compartir con él.

Así, de Las Cuatro Estaciones, más concretamente de El Verano, su excelente percusionista, Andrei Pushkarev, hace una versión para vibráfono; del Cuarteto de cuerda en mi menor de Verdi, una de sus escasísimas creaciones instrumentales, lo que ya de por sí es también una excepción, hace una versión orquestal, y del Rondo a capriccio en sol mayor, op. 129, de Beethoven.

Pero lo realmente maravilloso para mí vino con las propinas. La sutileza, la belleza y el sentimiento con que interpretó el Oblivion de Piazzolla constituye uno de esos momentos que emocionan y que justifican la asistencia a un concierto. Al día siguiente busqué su publicación de Hommenage à Piazzolla. The complete Astor Piazzolla Recordings, y les puedo asegurar que escuchado en un tranquilo atardecer, sin prisa, podrán entender todo lo que encierra el término sosiego mucho mejor que a través de los más sesudos estudios enciclopédicos.

Excelencia que volvimos a paladear días después con esa gran señora del piano que es Maria Joao Pires al interpretar el Concierto para piano y orquesta, n. 2, de Beethoven, junto con la Orquesta Sinfónica de Viena, dirigida por Adam Fischer. Cada interpretación de Maria Joao Pires es la expresión de toda una vida entregada al culto a un arte, la música, que eleva al nivel de sagrada. Ni una concesión a la galería ni al efectismo fácil. Todo es delicadeza, armonía, exactitud en la expresión de la esencia de la partitura en su mayor pureza. Aunque el Concierto n. 2 no sea de los de mayor popularidad, Pires encandila y emociona con la transmisión de la armónica belleza que siempre encierra Beethoven.

Para completar el programa, Fisher apostó a seguro, el clasicismo en su grado máximo, Haydn con su Sinfonía n. 101, “El reloj”, y Mozart, con su Sinfonía n. 41, “Júpiter”. “Ahí es ná”, que diría un castizo. Si a eso se añade la entrega, el cuidadosísimo detalle en la conducción, y el empeño en la matización de las dinámicas orquestales, y todo ello realizado a través de un conjunto de la categoría de la Sinfónica de Viena, el placer de la velada alcanzó niveles máximos.

Cerramos esta parte del ciclo musical al que me refiero con otra intervención del maestro Marzio Conti al frente de nuestra Oviedo Filarmonía y otra joven figura de la tierra, el viola Jesús Rodolfo Rodríguez, que hizo una magnífica interpretación de Harold en Italia, op. 16 de Héctor Berlioz. Es una gran alegría contemplar el triunfo de los jóvenes, sobre todo si tienen el mismo origen en nuestro terruño, por lo que significa también de triunfo de la fe en el mismo y de recompensa al esfuerzo, máxime cuando es por una tarea tan noble como es la búsqueda de la belleza que encierra la música y la generosidad para regalársela al espectador.

Otras cosas importantes sucedieron en el mundo de este noble arte, como la presentación por parte de Forma Antiqva de su último disco en el patio de nuestro Museo de Bellas Artes, o la, al parecer, magistral interpretación del Requiem de Haendel, dirigida también por Aaron Zapico, en la Catedral, pero desgraciadamente, o afortunadamente ¿quién sabe?, los humanos somos limitados y no se puede estar en todas partes.

No obstante las maravillas que hoy en día la técnica pone a nuestra disposición, sí nos permite estar en sitios aunque no lo estemos físicamente, y por eso es obligado referirse al magnífico concierto de Año Nuevo desde Viena, magistralmente dirigido en esta ocasión por el gran Daniel Baremboim. Si este tipo de conciertos tienen en muchas ocasiones más de acto social que cultural, y se puede tender a una música que busque más la emoción efectista, en este caso Baremboim no solo comenzó haciendo una estupenda selección del programa, con un continuo mensaje subliminal maravilloso de canto a la paz, sino que dirigió con una entrega, una seriedad, una sutileza, un cuidado en los tempos, en los fraseos y en las dinámicas que cuando, además, se realiza  con un instrumento tan perfecto como es la Orquesta Filarmónica de Viena, (suerte de disfrutar de las dos orquestas vienesas en tan poco lapso de tiempo), el resultado hace que se consiga en grado máximo el objetivo de la música de exaltar los sentimientos y emocionar profundamente.

Y ahora a esperar que el 2014 continúe trayéndonos buena música, y sobre todo, y con ella, salud y bienestar para todos.