Archivo | enero, 2019

In Memoriam: Ana Mª Llavona, un ejemplo a seguir.

31 Ene

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Dice un proverbio: Hace más ruido un árbol que se cae, que mil semillas que germinan.

Ana Mª fue una semilla que dio una incontable cantidad de extraordinarios frutos, y efectivamente siempre desde el silencio, desde la discreción y desde esa virtud tan grande pero tan escasa que es la coherencia.

Excelente profesional, puso su oficina de farmacia de novo en Fuertes Acevedo, cuando entonces esta calle pertenecía a un barrio sin urbanizar y practicante despoblado, y aún no existía ni el Hospital General ni Residencia de la Seguridad Social. En ella trabajó incansable y silenciosamente durante más de 40 años, haciendo de la misma un foco de educación y promoción de la salud. De hecho la primera escuela de salud de Oviedo, y también de Asturias, fue creada por ella con la colaboración de la cátedra de Salud Pública, que entonces dirigía el también desaparecido y llorado Antonio Cueto Espinar.

A nivel colegial siempre luchó por la formación continuada de los profesionales, como instrumento para un mejor servicio a las personas y la comunidad, y se distinguió por la creación y el mantenimiento de la Sección de Estudios Farmacológicos y Farmacia Clínica (Seffac), lo que sus compañeros de profesión reconocieron otorgándole la más alta distinción, la Medalla de Oro, del Colegio de Farmacéuticos con motivo de su jubilación.

Entendió su profesión como un compromiso de servicio a las personas enfermas y a su comunidad, y en clara apuesta por la integración en la Atención Primaría de Salud.

Además de todos estos méritos profesionales, que podían ser aumentados con sus trabajos, publicaciones, y colaboraciones muchas de sus compañeras, ese compromiso también se extendía a la denuncia y lucha contra la injusticia, con valentía y sinceridad.

Pero si en el plano profesional podemos asegurar que alcanzó la excelencia, es en su vertiente humana y personal, que ella nunca desligaba del anterior, donde su testimonio y ejemplo para todos los que tuvimos la inmensa fortuna de conocerla nos marca una luz que señala el camino a seguir para llegar a la Luz Definitiva.

Mujer de convicciones cristianas profundas, sinceras, y muy meditadas, generosas y de gran amplitud de miras y tolerancia, la llevaban al compromiso siempre con el más desfavorecido. No había causa o tarea que solicitase su apoyo, o que no lo solicitase, que no se encontrase con su gran magnanimidad y gratuidad. Eso sí, desde la discreción que comentábamos al principio, sin que su mano derecha no supiese lo que hacía la izquierda, sin que incluso sus más íntimos no conocieran magnitud de todos sus apoyos.

Con exquisita y elegante suavidad, con positividad y alegría, incluso en los momentos difíciles, siempre tenía la palabra o la expresión de cariño y ternura, que distribuía como un bálsamo, como un regalo de vida.

Aunque vamos a echar de menos su presencia física, siempre tendremos su testimonio en el recuerdo, como un ejemplo a seguir, y tratando de que el fruto de su semilla también haga germinar la nuestra, con la esperanza de compartir esa Luz Definitiva cuyo camino ella nos señaló.

Un beso, querida Ana Mª, y hasta toda la Eternidad.

P.D.: Al final de la ceremonia religiosa de su funeral, una amiga, además de hacer una glosa de la persona de Ana Mª, leyó un poema titulado Un velero, de William Blake. Se lo recomiendo. Lo pueden encontrar fácilmente en internet, y creo que les gustará.

 

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Ex Libris (III): De senectud politica

23 Ene

Que vivimos épocas de incertidumbre es un pensamiento que compartimos muchos. La perspectiva de un cambio radical del mundo contribuye a generárnoslo.

La irascibilidad y el individualismo, respecto a los cuales tendríamos que pensar en el papel de las redes sociales, por las que nos comunicamos con una inmediated que dificulta la reflexión y el intercambio sosegado de opiniones, y la crisis del sistema económico, que amplia grandemente la brecha de las diferencias sociales, con un indiscutible crecimiento de la pobreza y la desaparición de la clase media, podrían ser dos de los muchos factores que contribuyen a esta situación.

Nuestro estilo de vida occidental, basado en un estado de bienestar, hunde sus raíces en una socialdemocracia que alcanzó su máxima expresión a mediados del siglo pasado,  y me atrevería a decir que estaba fundamentado en un nuevo humanismo racionalista, parece estar en retroceso por mor del empuje de otro sistema, liberalismo quieren llamarlo algunos, término que considero muy manipulado y  que me es difícil identificar si no lo veo asociado al adjetivo salvaje.

Este modelo, que indudablemente impera en la actualidad, se basa en la negación de la dignidad intrínseca de las personas, en un individualismo egoísta y deshumanizado, en un transnacionalismo desarrollado y fomentado por las máquinas y la informática, en el fomento del tener sobre el ser y sobre el pensar, en la minoración de la res publica y la política frente al business, todo lo cual entre otras muchas cosas fomenta y consigue una gran desestructuración social.

Es el final de una época?. Está nuestra democracia en decadencia?. Podemos los individuos hacer algo para remediarlo?. En ese caso, qué?.

Con esas ideas rondándome siempre por la cabeza, me topé de casualidad (muchas veces la excelencia la tenemos más cerca de lo que pensamos), y por la generosidad de un amigo que me lo regaló, con un librito, en apariencia fisica pequeño (solo 95 páginas), pero inmenso en contenido: De senectute politica, y que lleva por subtítulo Carta sin respuesta a Cicerón.

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Su autor, Pedro Olalla, viene definido en la solapa de la portada como un ovetense nacido en 1966, filoheleno español, escritor, profesor y cineasta, con más de 27 títulos originales en su currículum. Él mismo se retrata de forma más detallada en el inicio de su estupenda página web, de más que interesante consulta.

Tras la presentación y cortesías propias de la gente de bien, el autor alude a la obra de su interlocutor, Cato Maior de Senectute, afirmando que está escrito para que la vejez sea buena, respecto a lo cual ya comienza señalando los condicionantes sociales que acaban estableciendo el modo de llegar a esa bondad. Y también sobre las actitudes que corresponden a ese bien envejecer, tanto en el aspecto individual como social, para lo cual manifiesta que es necesario ser coautor de la biografía colectiva, y por ende de un propósito ético y político, pues ambas son prerrogativas del ser humano libre.

Aquí manifiesta su deseo de reflexionar sobre una senectud política de una sociedad donde el poder político tiende a actuar más en beneficio propio que en el de la comunidad a quien teóricamente debería representar y defender.

Continúa el autor hablándonos de las características de la vejez, diferenciándola de la decrepitud, y señalando que la primera no se atiene a fronteras numéricas, y la segunda, más depende de degeneración y pérdida, así como la conveniencia  de vivir bien (virtuosamente) para envejecer mejor.

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Al abordar el tema de la conciencia la lleva a su dimensión social, como única herramienta para luchar contra la injusticia, y buscar la verdad desenmascarando prejuicios, como pudiera ser el de pensar que los mayores estamos condenados a ser indefectiblemente conservaduristas (sic) e inmovilistas. Esta dimensión social, y bien lo saben desde hace mucho tiempo los salubristas, acaba condicionando hasta la salud y la enfermedad.

Llegados a esta dimensión social, analiza, como ya el título apunta, si esta, es decir, nuestra democracia es sanamente anciana o desgraciadamente decrépita. Envejecen las convicciones y los ideales?, se pregunta Olalla. Y se contesta que no, y que si la democracia de hoy nos parece envejecida, lo es por haber perdido el ímpetu transformador de sus valores esenciales, por haber dejado de ser fiel a su esencia de aspirar a corregir las injusticias, y de conseguir la identificación entre gobernantes y gobernados.

La teoría de Olalla es que la primigenia democracia griega pretendía que fuese el ciudadano el que participase del poder de gobernar y juzgar, para, así, atajar los abusos del poderoso, pero acepta la triste verdad de que esta actitud  ha sido siempre aborrecida por el poder, hasta que democracia no ha conseguido ser más que un reciente juego de palabras para legitimar con votos de la plebe los intereses de las oligarquías.

Bien sabemos hoy, y también lo defiende Olalla, que el auténtico poder es el dinero, que este desbanca el papel de la política hasta anularla, y que pervirtiendo a su favor las características de la globalización, anula estados, hasta conseguir un mundo más desigual, donde crecen las diferencias.

Afirma Olalla con valentía y cruda realidad que si ahora falta el pan cuando se tiene hambre (uno de cada ocho se asustan cada día con hambre en este mundo), si falta cura cuando se está enfermo, si se pierde el derecho a lo fundamental por perder la salud o el trabajo, si hay que huir de la patria para salvar la vida, no hay democracia alguna digna de su nombre, por mucho que votemos para elegir representantes.

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Es por todo ello que las cosas no tienen solución?. Me atrevo a clamar alto y claro que en absoluto, que otro mundo mejor es posible. Como?. Ah!, esa es la gran cuestión que puede, e incluso debe, tener múltiples respuestas. Por supuesto, como aclara Olalla, en la implicación reside la esperanza; y en la esperanza misma, añado, puesto que no debemos dejarnos caer (o tirar) en la tentación de la desesperanza.

Ese imperio egoísta e  inhumano que de momento avanza, tiene en la desafección uno de sus principales aliados. Esto cobra especial importancia en un país como el nuestro, donde los índices de abstención (ahí están las hemerotecas) crecen alarmante y progresivamente. Al respecto me permito recomendar un buen artículo de Miguel Rodríguez Muñoz.

Y con estas y otras perversas alianzas, el poder y la riqueza se distribuyen desigualmente, mandando sobre la economía y esta sobre la política, y la política actual coercitivamente imponiendose sobre los intereses comunes, y haciendo que aquellas decisiones que afectan a lo más básico de nuestras vidas se tomen cada vez más lejos de nosotros y del interés común. Es lo que Olalla denomina un mundo al revés. El dinero en vez de servir a los intereses comunes de la sociedad, se impone a ella mediante una diabólica facilidad para poner en marcha los mecanismos de generación de deuda. Mecanismo que, recordemos, ya fue puesto en marcha en los inicios de los 80 del siglo pasado en Iberoamérica, generando lo que se dio en llamar la década perdida de Iberoamérica, infierno del que aún muchos países no han logrado escapar.

A pesar de este desalentador panorama, a partir del capítulo XIX Olalla aporta posibles vías de intentar el cambio, que centra en la clave de la participación activa. Y continúa: Creo que hay muchas formas válidas de tomar parte en la vida común, y todas me parecen políticas. Quede este capítulo y el siguiente al buen criterio del lector, que, si está de acuerdo con ello, encontrará sobradas sugerencias para dar rienda suelta a su personal deseo de participación activa.

Los cuatro siguientes capítulos, y últimos del libro, como no podía ser de otra manera en una obra sobre la senectud, aborda la etapa siguiente a esta, es decir, la muerte. Y lo hace desde la serenidad y entereza de un encuentro …ars mordiendi…que completa y consuma el ars vivendi. Quien sabe si lo que, con esfuerzo, entendemos nosotros por justicia tiene sentido más allá de lo humano!.

Finalmente el libro se completa con un detalladísimo listado de 71 referencias y citas.

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Por todo lo anterior, me atrevería a calificar al libro de intenso y amable. Intenso porque lo es su contenido, que abordando temas de trascendencia, no le sobra un párrafo, al punto que si a lo largo de este modesto escrito las citas textuales fueran hechas con intención de que reflejasen la importancia del mismo, literalmente tendrían que ser el libro entero.

Amable porque, en lo puramente literario, no solo el lenguaje es exquisito, algo que se agradece en estos tiempos en que por desgracia tanto prolifera lo grosero y lo chabacano, sino que también el ritmo es muy acertado, pues en ningún momento desaparece la cercanía de la epístola íntima, la transición de un concepto a otro es muy fluida (cinematográfica?), y los capítulos son de la extensión adecuada para que permita leer a la velocidad necesaria para cada persona, permitiendo entre uno y otro el sosiego necesario para facilitar la asimilación de la alta densidad conceptual.

Así pues, como todas las buenas obras literarias, tiene muchos planos de lectura, incluso uno histórico y cultural, pero que desgraciadamente se escapa a mis torpes limitaciones de ignorante enciclopédico.

En definitiva, veo este libro como un canto de esperanza. Que el momento es crítico, que el Poder con mayúsculas, es decir el dinero, egoísta y deshumanizado, y apoyado en una desculturización (sic) provocada, está ganando el partido por goleada a las actitudes de generosidad, fraternidad y humanización, es un hecho indiscutible.

Pero el partido aún no ha terminado, y copiando una cita de autor, y como él dice suscribo sin ambages, la sentencia de Lelio: A mi no me preocupa menos como será el Estado después de que llegue mi muerte, de lo que me preocupa como es hoy (Cicerón, De amicitia, XII, 43).

Puede que no sepamos como hacer para reconducir la situación, para reconquistar el papel de la política y de la democracia real, y para evitar que el Poder consiga su objetivo final de convertir el de facto en de iure. Es verdad que en este país tenemos la cruel experiencia de la implantación en una funesta noche, con nocturnidad y alevosía, y el pacto vergonzante de los dos grandes partidos, de la reforma laboral actual, que no fue ni más ni menos que legalizar la esclavitud.

Sí, todo eso es verdad, y el camino es muy largo y difícil, pero también sabemos que es necesario reconquistar la política y la democracia, y una sociedad en la que no seamos súbditos votantes sino ciudadanos participantes, y mientras persistan discursos como el de este libro, y sobre todo mientras persista el testimonio de la actitud de ciudadanos valientes como el autor, y por supuesto como otros muchos que podría nombrar, no caeremos en la tentación de la desesperanza. Qué más quisiera el Poder!.

 

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