Archivo | julio, 2017

Un curso que se fue. Esperemos por el siguiente.

30 Jul

El tiempo transcurre inexorable, y los humanos en nuestra necesidad de intentar parcelarlo vamos creando diversas unidades del mismo. Una de ellas es el curso (escolar o no), que suele coincidir con ese periodo que media entre el comienzo del otoño y el comienzo del verano, como si quisiéramos dejar este último libre para mayor solaz o esparcimiento.

Me opongo a decir que estos ciclos terminan, acaban o se extinguen, porque el tiempo siempre deja su huella, por eso prefiero decir que se van. Lo que sí es cierto es que también los humanos con mucha frecuencia somos aficionados a realizar balance de ellos cuando llegan a término.

En el caso que me ocupa quisiera reflexionar sobre algún aspecto parcial del pasado curso musical, y dentro de ese amplio espacio ovetense, referirme en concreto a dos de su manifestaciones, a saber, la Primavera Barroca, que este año llegaba a su cuarta edición, y con gran éxito, por cierre, y el ciclo Conciertos del Auditorio/Jornadas de piano Luis G. Iberni, que llegaba nada menos que a su vigésimo quinto aniversario.

Un extenso repertorio de figuras de primer nivel han pasado por ambos. Sería tan prolijo enumerarlas que excedería el buen sentido que se le debe exigir a este blog. Por otra parte su análisis técnico excede mis competencias, y para ello remito, como siempre, a mi maestro de referencia, Pablo Siana, que en su excelente blog analiza puntual y minuciosamente cuantos actos musicales se producen en ambos ciclos y en otros muchos, y no solo de Oviedo sino también de otros lugares.

Además de sus dimensiones estéticas, que en muchas de las ocasiones aludidas alcanzaron la excelencia, las manifestaciones artísticas, en nuestro caso musicales, nos adentran también en dimensiones de reflexión social, ética y cívica, y a mi entender es entonces cuando el arte alcanza su mayor grandeza, se humaniza y se nombra con mayúsculas.

En este sentido nadie duda de que Jordi Savall es un auténtico mito viviente, especializado en música antigua, que ha alcanzado las más altas cotas y distinciones que en su campo se pueden conseguir, considerado sin discusión por toda la crítica como uno de los más grandes intérpretes de la viola de gamba, instrumento que en gran medida colaboró a rescatar y reivindicar.

Un ser humano que, en sus palabras, reivindica la importancia de la música para vivir y para sobrevivir, y cuya música hace desaparecer esos signos artificiosos e interesados de diferenciación que son las fronteras. En ocasiones la misma melodía es común, y todos la consideran propia, tanto en Grecia, como en Rodas, Marruecos o Turquía, uniendo así a sus habitantes en los sentimientos. Excelente testimonio y modo de comprometerse en combatir de modo pacífico esas actitudes inhumanas que precisamente en estos territorios, como en muchos otros, llevan a miles de seres humanos a la miseria, la desesperación y la muerte.

Similar actitud fue la de Joyce DiDonato. Artista de elegancia singular, capaz de alcanzar las más altas cotas de excelencia estética, siempre comprometida con los aspectos más esenciales del ser humano. En el espectáculo que tuvimos la fortuna y el privilegio de disfrutar nos reitera la triste evidencia de la violencia de un mundo que parece estar sumido en el caos. Y luego nos interpela. Qué debe ser un artista si no un interpelador (sic) de sus congéneres?. Nos pregunta: … como encuentras la paz?.

Acaso yo pudiera tener la insensibilidad de no sentirme interpelado?. Acaso seré tan cobarde que no quiera mirarme en mi espejo interior y preguntarme que, grande o pequeño, puedo hacer  por llevar esa paz que DiDonato, y la vida, sin duda me regala, a mi entorno más inmediato, con la esperanza de que, como las olas del estanque,  se expanda?.

Aún recuerdo, sin poder (ni querer) evitar que la emoción me invada, aquel día del año 2002 en que, con motivo de la entrega al Premio de la Concordía “Príncipe de Asturias” a Daniel Baremboim y a su amigo Edward Said , dos de los pianistas de su maravillosa orquesta West-Eastern Divan, , uno judío (Shai Wosner) y otro palestino (Karim B. Said). ofrecieron el Concierto para dos pianos de Mozart, K. 365, e incluso, como propina,  a cuatro manos la famosa Marcha militar de Schubert. La misma música, el mismo sentimiento, sin diferencias ni fronteras de ningún tipo, e incluso a cuatro manos, como un único intérprete.

 

Este es el arte tal como yo lo concibo. Ese del que alguien dijo que es capaz de convertir en vida a la mera subsistencia.

Como posdata, algunas referencias interesantes al respecto:

y sobre todo, sobre todo: