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La selección del mes.

29 Nov

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Aclaremos rápidamente el asunto para no crear equívocos. No se trata de que este disco se haya publicado recientemente como novedad. Se trata de un disco que, como se puede deducir de la portada, es ya bastante añejo, pero  que durante este mes he escuchado con mayor asiduidad.

Aclarado este asunto digamos que contiene dos conciertos para piano de Beethoven. En primer lugar el nº 5, en mi bemol mayor, op. 73, el famoso “Emperador”, y a continuación el nº 2, en si bemol mayor, op. 19, y que, como sabemos, realmente es el primero que escribió el genio de Bonn.

Podríamos calificarlo de un disco valiente, fundamentalmente por su estructura. Somete a la consideración del oyente sendos conciertos de dos épocas distintas de Beethoven; uno, el nº 2, de la primera, iniciado en 1794 e interpretado por primera vez en marzo de 1795, cuando predominaba el Beethoven intérprete, que pretendía llegar a la cumbre de los pianistas, sobrepasando a la pléyade de ellos que en aquellos días poblaban Viena, y otro, el nº 5, de su segunda época, compuesto en 1809 y estrenado en noviembre de 1811, cuando ya el genial compositor estaba en todo su apogeo. Incluso, del primero el propio autor llegó a hablar con un cierto desprecio, manifestando que no se trataba de una de sus mejores obras, mientras que del segundo se sentía orgulloso, hasta el punto de no permitir que su editor lo denominase con otro nombre que no fuera “Gran Concierto”.

Y, sin embargo, así las cosas, los intérpretes los colocan juntos, con el riesgo de la comparación, y yendo aún más allá, colocan en primer lugar al Emperador, y luego al que fue minusvalorado por su propio autor. Pero claro, eso pueden hacerlo tres genios como son Ashkenazy, Sir Solti y la Sinfónica de Chicago. En una interpretación que si en el Emperador se pone de manifiesto toda la grandiosidad, magnificencia y belleza conceptual, la “arquitectura beethoveniana”, que todo el mundo le admira, al nº 2, lo convierten en una obra primorosa, de una belleza estética admirable, con un segundo tiempo que es un gozo de sutileza, intimismo y romanticismo.

Retrato de Ludwig van Beethoven.- Joseph Willibrod (1804)

Retrato de Ludwig van Beethoven.- Joseph Willibrod (1804)

En ambos casos Ashkenazy alcanza un asombroso dominio de las dinámicas, consiguiendo en ocasiones momentos de gran introspección y lirismo, con pianísimos cristalinos y con un punto dulces, para posteriormente derrocharse en esa magnificencia ya comentada, en un torrente de sentimientos puramente románticos. Sir Solti conduce esa máquina perfecta que siempre fue la Sinfónica de Chicago, consiguiendo una concertación milimétrica con el solista en ese continuo carrusel sentimental.

Este diálogo de los dos conciertos, que van desde las reminiscencias del clasicismo del nº 2 al pleno romanticismo del nº 5 nos permite contemplar al artista genial que quiso romper la rigidez de las formas y abrir ventanas a inmensos horizontes de libertad. Fue persona que vivió etapas convulsas, de finales del s. XVIII y principios del s. XIX (Revolución, auge y caída de Napoleón, Congreso de Viena, ascensión de la burguesía, irrupción de la ideología liberal, revolución industrial), y que siempre desde su arte supo responder a un compromiso social, apostando por la transformación radical de los fundamentos estéticos, y buscando el discurso en el colorido tímbrico que reflejase sus estados de ánimo, como anteriormente reseñábamos, con un piano, su instrumento favorito, que bucea en su intimidad y una orquesta que prolonga la expresión de sus aspiraciones monumentales.

Este artista genial y comprometido, que en 1792 se instala definitivamente en Viena, realiza estudios universitarios, con especial querencia por la filosofía, y entra en contacto con ideales revolucionarios y republicanos que siempre defendió, es también hijo de su pasado, de unas ideas que tienen sus antecedentes en décadas anteriores, donde los artistas se esfuerzan en romper moldes y convenciones.

Esta época del XVIII en la que  la burguesía ilustrada en auge se esfuerza en la búsqueda del progreso y de un mundo más racional, cuestionándose ideas y estéticas, podría ofrecernos multitud de textos y autores para maridar con nuestro disco. Por no ser menor entre todos ellos, y por proximidad, se me viene a la mente nuestro paisano D. Gaspar Melchor de Jovellanos, nacido en Gijón en 1744. Y de su muy fecunda producción literaria, su Elogio de las Bellas Artes, discurso pronunciado en Real Academia de San Fernando en 1781. Contaba por entonces Beethoven 11 años. Ya había realizado su primera actuación en público, y publicado su primera composición. Al año siguiente dejará la escuela, y 2 más tarde obtendría su primer empleo en la orquesta de la corte del príncipe de Colonia, Maximiliano Francisco.

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D. Gaspar Melchor, hombre de visión enciclopédica en las dos acepciones que el DRAE concede al término, fue no solo un teórico, porque no le dejaron ser práctico, de la reforma (Informe sobre la Ley Agraria, Informe sobre espectáculos, Exposición al Príncipe de la Paz como respuesta a once puntos sobre instrucción pública en España, Informe sobre la reforma de cárceles, etc., etc.sino también un literato, con composiciones teatrales y poéticas de mayor o menor fortuna y libros de viajes, además de sus múltiples escritos e informes de orden pedagógico, económico, etnográfico, jurídico o político.

Y sintió una especial preocupación por el arte, de la que el librito que comentamos, pequeño en tamaño pero muy grande en contenido, es una muestra, y que, como citamos anteriormente, fue encargado por la Academia de San Fernando, de la cual era miembro de número, lo mismo que de las de Historia y de la Lengua.

En el prólogo de dicha obra, D. Javier Portús Pérez la considera un texto fundamental para la historiografía del arte español, puesto que, en sus palabras, es la primera vez que se superan esquemas estrictamente biográficos, y se pone la pintura en relación con fenómenos de órdenes sociales diversos que configuran la experiencia histórica, dando lugar al nacimiento del concepto moderno del arte en España.

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Y a quien asignamos el maridaje pictórico?. Instintivamente, máxime escribiendo estas líneas desde Zaragoza, pienso en Goya. Con ambos genios anteriormente citados comparte su sentido ilustrado y su profundo compromiso social. Con Jovellanos comparte el hecho de haberlo retratado en más de una ocasión, así como lo que hoy en día Facebook denominaría amigos comunes; y con el músico genial anecdóticamente compartiría la sordera, lo que sin duda a ambos condicionaría sus caracteres y ese punto hosco y de difícil sociabilidad.

Dicho esto, que cuadro escogeríamos de Goya?. Difícil tarea tanto por la gran calidad de toda su, además, cuantiosa producción como porque son infinidad los que cumplen los requisitos antes señalados. pero como me veo obligado a señalar uno, me quedo con El perro semihundido.

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Cuadro que forma parte de sus Pinturas negras procedentes de las paredes de la Quinta del Sordo; siempre resulta misterioso para cualquier observador.

Aquel joven que se sabía artista, y que quería alcanzar la fama, se lanzó a la aventura, y sin apenas recursos se fue a Italia a empaparse del arte de sus predecesores. Allí ya alcanza una mención especial del jurado en un concurso de Parma con el cuadro Anibal contempla por primera vez Italia desde los Alpes, que, por cierto en la actualidad está en el museo asturiano de la Fundación Seldas-Fagalde, en El Pito (Cudillero).

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A su vuelta a Zaragoza se dedica a la pintura religiosa, lo que le proporciona importantes beneficios económicos y un sólido prestigio profesional. Por eso y por la influencia de su cuñado Bayeu es llamado a la corte, y en Madrid alcanza las máximas cotas de éxito artístico, a lo que no es ajena por cierto, entre otros factores, su amistad con Jovellanos.

Pintor de gran perspicacia psicológica en sus retratos, es también un mordaz notario de su  sociedad con las series de grabados y un decidido y valiente denunciante de los desastres de la guerra, tanto con la serie de grabados del mismo nombre como con los cuadros referentes a los sucesos de mayo de 1808.

No ajeno a dificultades socio-políticas y económicas en el periodo de la Restauración, tanto por sus pensamientos como por los círculos de amistades en los que se movía, quizás alcance su cumbre artística en el Trienio Liberal con las Pinturas negras, que, como decíamos, decoraban su Quinta del Sordo y de las que El perro semihundido, era una de ellas, y en la que desde el punto de vista estético se acerca incluso a la abstracción, y desde el punto de vista de su contenido nos sumerge en todo un posible proceso interpretativo psicoanalítico.

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Tres inteligentes personas que comprometieron su vida en la búsqueda de su verdad y de la belleza, y que con ello contribuyeron a facilitarnos que sea un poco más fácil habitar este duro mundo. Gratitud y honra para su memoria.

Otras referencias:

http://www.beckmesser.com/entrevista-con-solti-recuperada/

https://www.youtube.com/watch?v=VJ2uv6RhN3Q

https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/metapintura-un-viaje-a-la-idea-del-arte/1d0500f9-5f3c-4ad0-a345-5626e65fa702

http://www.temasdepsicoanalisis.org/perro-semihundido/

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