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…en el Campoamor (X): Del este al Walhalla.

20 Sep

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Llega un caminante. Viene del este, herido, derrotado, sin equipaje, pues lo ha perdido todo durante el trayecto. Es acogido en un espacio donde impera la ley del orden, donde todas las fichas están colocadas en su sitio exacto.

Tras diversos avatares su estilo de vida interpela dicho orden. Algunos de los más poderosos se inquietas, discuten y deliberan. Triunfa la opción de que dicho orden debe ser restablecido, aún a costa de que haya que silenciar sentimientos o eliminar seres humanos.

Pero entonces surge el amor y la desinteresada defensa de la vida. Más es inútil, el orden establecido triunfa. La fichas nuevamente se colocan en su sitio. Los sentimientos quedan anulados, y la esperanza de una vida nueva debe huir una vez más hacia el este.

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Todo esto no es algo aparecido en uno de nuestros diarios actuales como relato de lo acontecido a un refugiado. Es una lectura, eso sí muy subjetiva y sucinta, del argumento de La Walkiria, de Wagner, que en una extraordinaria representación pudimos disfrutar recientemente en nuestro Teatro Campoamor, como apertura de su LXVIII temporada de ópera. Es algo escrito en 1870, y basado en poemas épicos del siglo XIII. Si por algo los clásicos son clásicos es porque su vigencia es intemporal, y esa dama tan tozuda que es la Historia insiste una y otra vez en recordárnoslo para que el que quiera oír, oiga.

Esta es, como antes decía, mi muy subjetiva visión. Evidentemente los argumentos wagnerianos tienen infinidad de riquísimos planos, sobre los que se podría estar reflexionando años y paños, pero como ya ríos de tinta se han escrito al respecto, y los que se escribirán!, yo me quedo con este pequeño y pobre suspiro.

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Respecto de los aspectos técnicos de la representación, como siempre remito al mucho más sabio criterio de mi admirado maestro Pablo Siana. Por mi parte, decir que si con algo disfruté, además, por supuesto de la siempre incomparable música de Wagner, fue con la puesta en escena de Michel Znaniecki y el Video Mapping de MOOV, que aportaron una belleza estética que dio frescura y vivacidad a la representación, hasta hacernos olvidar su extensión, siempre uno de los peligros de las óperas wagnerianas, y todo ello aprovechando los actuales recursos técnicos, como Wagner en su tiempo quiso hacer en su amado Bayreuth, y desde una intemporalidad alejada de provocativas extravagancias, cosa muy de agradecer. El juego de las fichas de dominó me pareció extraordinariamente sugerente, y las apariciones de los dos niños en escena aportaban también un punto de ternura muy interesante.

Las voces a un buen nivel, la orquesta, nuestra OSPA, como siempre, a gran altura (qué pasaría si el foso del Campoamor permitiese una más extensa plantilla?), y por supuesto, como se preveia de antemano, extraordinaria la dirección de Guillermo García Calvo.

Se acaba la sesión. Se apagan las luces del teatro. Parece que el anillo sigue a buen recaudo, y el Walhalla en orden y a salvo. La esperanza ha tenido, una vez más, que huir hacia el este. Pero, no olvidemos, el ciclo continúa. El tiempo es largo y esperemos que en la próxima temporada la Ópera de Oviedo nos permita seguir escuchando la Historia. Aprenderemos de ella?

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Con mi hija en el Campoamor (IX): Debo indignarme!.

2 Feb

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Gústeles o no les guste, nadie en su sano juicio artístico duda de la grandeza, qué digo grandeza!, de la inmensidad del genio musical de Mozart. Y de las muchas facetas y ámbitos musicales que abordó, quizás sea en su creación operística donde alcanza mayor profundidad y solidez.

De sus óperas, Don Giovanni puede que sea una de las que más se acercan a la obra maestra. Obra de madurez, cerca del ocaso de su vida y temporalmente del sublime Requiem, fue ya un éxito fulgurante desde su estreno en Praga, y paseada en triunfo por las principales ciudades operísticas  del mundo y por los más señeros coliseos, paradójicamente menos en Viena, donde llegó a recibir comentarios irónicos del propio emperador. Ya se sabe que nadie es profeta en su tierra, y en esto Mozart tampoco fue una excepción.

En el caso que nos ocupa, como en otras óperas, tras una fachada aparentemente giocosa, y de hecho parece que Mozart la registró en su catálogo, junto como Cossi fan tutte, como opera buffa, se esconden disquisiciones y temas de mucha enjundia. Uno de sus biógrafos, Marcel Brion, del que se dice que es tan escrupuloso como poco dado al sensacionalismo, tras señalar que esa época de Praga que verá surgir a Don Juan y  las grandes sinfonías, señala en la vida del compositor la época verdaderamente romántica de su carrera, encuentra en Don Juan toda una disquisición sobre la muerte. Para Brion el personaje es tan complejo en la interpretación que hace de él la música de Mozart que incluso su caída al infierno es una manera de vencer, una apoteosis. Porque llevaba la muerte en él, en su ser más íntimo, desde el principio de su ardiente y dramática búsqueda del amor, Don Juan es verdaderamente un héroe.

Obra sin duda de gran calado y complejidad psicológica, que alcanza altas cotas en el libreto de Da Ponte, y de gran belleza y dramatismo en lo musical, es una ópera que se sustenta a sí misma, por más que, como alguien sugería recientemente en un periódico local, sea Oviedo una plaza donde gusta más de atender a las voces, y a la ópera italiana, y donde la propia obra de Mozart tardó en en encontrar su sitio, y no digamos ya la de Wagner. Don Juan no necesita de estridencias que llamen la atención, peligro tan actual en el mundo de la ópera, y se basta con que no la destrocen.

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Tengo un buen amigo muy inteligente, excelente escritor y reputadísimo crítico en su especialidad que defiende la teoría de que todo crítico debe tener siempre un punto de indignación, de cabreo, si se me permite la expresión por otra parte reconocida por el DRAE y buscar el lado oscuro de lo criticado. Yo no quito ni quito ni pongo rey a tal teoría, y mucho menos pretendo ser un crítico que merezca la pena, pero en esta ocasión creo que debo seguir el consejo de mi amigo y al menos teatralmente (no es eso también ópera?) indignarme.

Me refería en un párrafo anterior a los peligros que hoy en día acechan a la ópera en todo lo referente a la puesta en escena, y aquí utilizo el término en sentido amplio, y de como en ocasiones parece que se hace únicamente para llamar la atención provocando. Pues bien, en el caso que nos ocupa, esto empieza antes de entrar en la sala, ya en la calle, en concreto en el cartel anunciador que inundó la ciudad y que se expuso en gran tamaño en la fachada del teatro, y en el que se ve a un varón, no me atrevo a llamarle caballero, tocándole las nalgas a una mujer, hecho este que si a cualquiera de nosotros se nos ocurriese, como muestra de haber perdido más o menos transitoriamente el juicio, realizarlo en el ámbito de nuestros trabajos, o en la calle o en una celebración social, seríamos motivo de repulsa e incluso de acusación seria de de odioso machismo y acoso sexual.

Por qué entonces tal provocación, por lo demás tan innecesaria?. El prestigio de la obra está tan consolidado que prácticamente no necesitaría ni cartel para atraer a nadie, bastarían unas sencillas y económicas hojas volanderas que dijesen “Don Giovanni”, y concretasen día, hora y lugar. Por otra parte, estéticamente es más que discutible, más parece uno de esos anuncios de colonias que nos aturden en las fechas navideñas o de esa marca, Benneton, que sin entrar en la calidad del producto ofrecido hace bandera de la provocación. Me cuentan que la hija de seis años de alguien relacionado con el entorno de nuestra Fundación Ópera de Oviedo, con esa lógica sinceridad y contundencia de los niños, al ver el cartel en la calle, le preguntaba a su padre que por qué aquel señor hacía aquello.

Pero en fin, si un poco de teatral indignación está bien para estimular de alguna manera las suprarrenales, no le concedamos al asunto más importancia que la que tiene, es decir un pretexto para una breve y pasajera comidilla local.

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Por lo demás, la puesta en escena propiamente dicha, la de Alfred Kirchner y Ulrich Schulz, con las limitaciones obligadas por nuestro exiguo escenario (cuantas ocasiones perdidas van?, cuando se solucionará el tema?), discretita, correcta, echando mano de eso que dimos en llamar intemporalidad y que hace que lo mismo valga para un roto que para un descosido, eso sí, permitiendo ajustar costes, cosa que siempre viene muy bien.

Respecto de las voces, eso que parece ser debe ser la vocación operística y a la que tanta importancia se da en nuestra ciudad, que quieren que les diga. mí gustáronme en su conjunto. De tener que escoger, por el equilibrio voz-interpretación, me quedaría con Simón Orfila, en el papel de Leporello, y Maren Favela, en el papel de Zerina, pero creo también destacable a Antonio Lozano, en el papel de Don Ottavio, necesariamente más envarado. Pero en esto no me hagan mucho caso, que no entiendo mucho de ello. Bueno, en el resto, tampoco.

La interpretación orquestal, dirigida por Álvaro Albiach, muy atinada, con una orquesta, nuestra Oviedo Filarmonía, bien empastada y el excelente añadido de Aarón Zapico en el clave, María de Mingo en la mandolina y Alegría Solana en el violonchelo.

En definitiva, una buena sesión que nos ayuda una vez más a reconciliarnos con la vida y agradecerle sus regalos. Lo anecdótico, nada que no pueda quedar superado por unas croquetas de compango y unas brochetas de pato, regadas con un buen ribera en el siempre recomendable LimayLimón, y la entrañable y reconfortante compañía de mi hija. Todo ello, digno colofón de una notable temporada, la LXVI.

Qué el destino nos permita llegar con bien a la LXVII, y ustedes lo vean!

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Con mi hija en el Campoamor (VIII): Ainadamar.

15 Dic

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Existía una cierta expectación, o mejor diríamos un cierto morbo, ante esta función de nuestra temporada de ópera. Por una parte, una obra contemporánea, estrenada en 2003, y por otra parte abordando un aspecto siempre muy controvertido de las muchas tragedias ocurridas en nuestra guerra incivil de 1936 (si es que ella no fue una gran tragedia total en si misma), el asesinato del poeta Federico García Lorca, y por si fuera poco, escrita por un argentino, Osvaldo Golijov, y con libreto original en inglés de un estadounidense de origen asiático, David Henry Hwang, y un director de escena mexicano, Luis de Tavira.

Así pues se daban todos los ingredientes para que obtuviera un cierto rechazo por el presuntamente conservador público ovetense, amante fundamentalmente de la ópera italiana, y más concretamente de la belcantista.

A mayor abundamiento, las críticas más solventes iban desde la descalificación más absoluta hasta el desconcierto en su aspecto más benigno, concediendo únicamente elogios a aspectos tangenciales.

He de confesar que con todos estos condicionantes acudía a nuestro Teatro Campoamor con todas las reservas del mundo, y repitiéndome interiormente que debía contemplar el espectáculo con mente muy abierta, dispuesto a comprenderlo en todolo posible.

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Pero también he de confesar que ya desde el inicio, desde la primera secuencia proyectada en la pantalla de fondo, me dí cuenta que aquello era algo distinto a lo que mis prejuicios esperaban, y que el espectáculo iba a discurrir por derroteros mucho más interesantes a los previstos.  Si tuviera que resumir mi impresión diría que me encantó, que me gustó mucho, mucho, y si tuviera que calificarlo con parámetros referenciados a mi edad, le daría entre un  notable alto y un sobresaliente.

En algunos de esos prejuicios antes citados se ponía de manifiesto que esto no era ópera, que en todo caso podría aceptarse como un musical, que la amplificación no es ortodoxa, que…, que… ¿Es ópera o no es ópera?. Y que más da. ¿Es que en la época del whatsapp o la wikipedia vamos a comunicarnos igual que cuando se escribía en pergamino con pluma de ave, o los teatros estaban iluminados por velas de cera?. ¿Es que en su tiempo y a su manera el indubitado Wagner no perseguía el espectáculo total, empleando cuantos ingenios expresivos consideraba necesarios por más que fuesen heterodoxos para la época?.

Lo que yo vi ayer fue algo que tenía belleza formal, contenido expresivo y que en muchos momentos alcanzaba altas cotas de tensión emocional. Eso, para mí es arte y por tanto es vida, que en definitiva es lo que me interesa.

Volviendo a los eternos debates sin respuesta (ni falta que hace), y asumiendo como hipótesis de trabajo que Ainadamar es ópera, dado que está incluida en una temporada de ópera, ¿música teatralizada, o teatro musicado?.

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La música, tal vez difícil si la escuchamos aislada en un CD, tenía muchos momentos de gran intensidad y de lirismo, así como de belleza formal, y la mixtura o fusión, tan de nuestros días, con el flamenco, tanto en el cante como en el baile, le daba no solo el dramatismo que en ocasiones la función demandaba, sino también una modernidad y una frescura que no otros muchos espectáculos operísticos soportan, por más que con mil artimañas se les quiera actualizar.

Al respecto, nuestra OSPA no defraudó, tanto a nivel de conjunto como en sus individualidades, cuando eran necesarias. El director en este caso, Corrado Rovaris, ya bien conocido en Oviedo, supo conducirla contenidamente por ese tempo tan peculiar de la obra, que contribuía a darle el tono de surrealismo  y distorsionar la temporalidad que tanto le convenía, por expresividad y por modo de reflexión.

El texto, imaginativo, muy interesante, sereno, sin cargas las tintas innecesariamente, muy objetivo en un tema ciertamente espinoso, y sabiendo que así es como se ven estos hechos no desde el subjetivismo con que podemos verlos los españoles, sino desde el distanciamiento con que se ven, y nos ven, en otros lares. ¿Qué, junto con algunos aspectos de la puesta en escena, podrían tener menor carga simbólico-interpretativa?. Pues quizás estemos en eso de acuerdo, pero es que entonces el notable alto se convertía sin duda en un sobresaliente alto.

En la parte vocal, a mi modo de ver, sin duda el mejor Alfredo Tejada, en su papel de Ruiz Alonso. Espeluznante, empleado el término en sentido elogioso, como expresividad emocional, tanto en lo vocal como en lo corporal. Los papeles de María Hinojosa, Marina Pardo y Elena Sancho-Pereg entrañaban dificultades añadidas por las tesituras, el tempo ya señalado y los condicionantes físicos externos de la amplificación, pero creo que los solventaron con más que dignidad, y con una admirable expresividad corporal.

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A mi entender, otro punto y a parte merece el cuerpo de baile de la Compañía Antonio Gades, así como de su coreógrafa Stella Arauzo y de las diseñadoras de su vestuario, Tolita y María Figueroa.

Y dejo para el final, y no por ser último en méritos sino por muy principal, la puesta en escena. Simplemente me encantó. Moderna e integral, ágil, dinámica, bella en lo plástico y expresiva, aprovechando todos los recurso audio-visuales que hoy en día las TICs ponen a nuestra disposición. Insisto, ¿que podía tener algo menos de carga interpretativo freudiana?. Bueno, quizás sí, pero eso no le quita el resto de méritos.

En definitiva, excelente espectáculo que no tendré reparo en ver más veces. Lástima que por las razones que sean, quiero pensar que solo por su novedad, aún entre su discografía no tenemos versiones en dvd. Habrá que bucear por youtube, que para eso existe.

Por otra parte, al final, la acogida a la obra, al menos en mi sesión, la cuarta, fue mucho mejor de lo que los prejuicios expuestos al principio podrían hacer pensar. Afortunadamente los tiempos van cambiando y las nuevas generaciones, no me extraña que sean a quien más lesllegue, van añadiendo más colores a la paleta de los gustos.

Entre los principales debe de la noche hay que incluir que una inoportuna gripe, propia de la estación, me impidió disfrutar de la estupenda compañía de mi habitual pareja en estas ocasiones, es decir mi hija, que estoy seguro que también le hubiese gustado, así como de la cenita de después. Espero que haya más ocasiones y que mi invitada en esta ocasión también haya disfrutado.

Y hasta la próxima, que en esa ocasión será un clásico, pero de los de alto standing, Don Giovanni. Seguro que también saldré entusiasmado, y reconciliado con la vida.

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Con mi hija en el Campoamor (VI): La Traviata

20 Oct

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Otro regalo de la vida nos permite nuevamente conmemorar un aniversario de otro de los grandísimos de la ópera: Doscientos años desde el nacimiento de Guiseppe Verdi.

Persona que en vida conoce sinsabores, tragedias personales y tribulaciones históricas, sin embargo los artistas trascienden por sus obras.

Autor de producción abundante, en la que con frecuencia recurre a las referencias históricas o literarias, puede que sea en su trilogía romántica donde alcanza su mayor popularidad y, al decir de algunos entendidos, da paso a su madurez. Y es en esa trilogía donde nos encontramos con La Traviata, obra que si bien al principio sufrió los avatares de la incomprensión, pronto se colocaría en la cúspide de la popularidad.

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Drama psicológico, de carácter intimista, profundiza y disecciona los sentimientos más profundos y eternos (amor, generosidad, sinceridad, afrontamiento de la muerte), con un análisis de los personajes con solidez y hondura, y sin barroquismos. Todo ello, además, con una construcción teatral que hace que alcance un ritmo muy atractivo y ayuda tanto al deleite como a la reflexión, cosa siempre muy de agradecer.

Pues bien, en la versión que nos ocupa, la que nos brinda nuestra Ópera de Oviedo en su LXVI temporada, nos viene perfectamente empaquetada por Susana Gómez, con su habitual eficiencia en el manejo de los recursos, dotándolos además de una elegante estética, solo salpicada en algún momento de los movimientos del coro, a mi modo de ver, innecesario. Eso sí, sin que tales brochazos gordos restaran un ápice al habitual nivel canoro de nuestro Coro.

Respecto de tecnicismos musicales, reiteraré siempre que no soy un entendido, y que para ello remito a la superior apreciación de mi habitual referencia, el maestro Pablo Siana. A mi modo de ver, la partitura de La Traviata es de esas que hacen aficionados a la ópera ya desde la obertura, y en la misma me gustaron tanto la orquesta, nuestra Oviedo Filarmonía, como su director en este caso, Carlo Montanaro. Respecto de las voces, me parecieron especialmente atractivas las de Aquiles Machado y Gabriele Viviani en sus Alfredo y Germont padre respectivos, y por supuesto Ailyn Pérez, en Violeta, sobre manera a medida que los actos iban pasando y el personaje iba creciendo en hondura y delicadeza, aspecto que transmitió esplendidamente.

En fin, una vez más la vida me regala poder disfrutar del arte, y lo que para mí es más importante, en compañía de mi hija. Gracias por ello.

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