Archivo | julio, 2013

Gracias, maestro. En memoria de D. Celso Álvarez

25 Jul

Los recuerdos y los sentimientos se me agolparon cuando conocí la noticia de la muerte de Celso Álvarez. Conocí a D. Celso, como siempre fue y será para mí por años que pasen, el verano de 1972, y la profunda admiración que me generó su ejercicio de la profesión fue el factor determinante para que decidiese canalizar mi vocación médica a través de la Medicina Interna.

Su brillantez intelectual y su continua búsqueda de la excelencia adquirían cotas admirables, y en reuniones de equipo, sesiones clínicas generales o intervenciones en congresos daban lugar a sucedidos, anécdotas o acontecimientos que ponían de manifiesto esas cualidades, que deberían ser un motivo de estudio académico que lo evidenciaran mejor de lo que puedan hacerlo estas torpes y apresuradas líneas.

Sin embargo, con ese gran bagaje científico y con el muy sólido curriculum al que hace referencia su amigo Pipo Aza en el emocionado y humano perfil que le dedicó en el diario La Nueva España del día 21 de enero, D. Celso nunca gustó de ser acaparador de titulaciones ni nombramientos ni coleccionista de referencias bibliográficas. Su mucha sabiduría médica la llevaba y, lo que es más importante, la regalaba con gran discreción y modestia. Siempre me impresionó el hecho de que en su placa o sus cuartillas, simplificando los muchos títulos que legítimamente podía exhibir, rezaba un escueto “Celso Álvarez. Médico”, y eso mismo es también lo único que figuró en su esquela mortuoria. ¡Cuan cierto es que son las personas las que engrandecen a los títulos! , y ¡que noble contenido daba D. Celso a esa entrañable palabra de médico!.

Pero por encima de esa evidente y muy alta capacitación técnica, muy por encima, estaba su vertiente humana, de la que las antes citadas características de discreción y modestia eran un apunte. Para D. Celso la persona enferma era lo más sagrado, y el ejercicio de su profesión, un sacerdocio al que se entregaba fundamentalmente con compasión y con auténtica fraternidad. No solo nunca ejerció la más mínima acepción de personas sino que muy al contrario, siempre sabía tener el gesto, la palabra, la actitud personalizada que hacía sentir al paciente que él era lo único trascendente en el interés de D. Celso. Era la encarnación de la phylia platónica, en la que médico y paciente se hacen amigos a través de la enfermedad. Así me lo constataba recientemente una de sus pacientes al recordar conmovida el cariño personalizado y diario con que seguía su padecimiento crónico.

Contemplar a D. Celso al lado de la cama del paciente, la auténtica devoción con que lo auscultaba o palpaba su abdomen, o reflexionaba una y otra vez sobre las exploraciones complementarias, buscando una luz que le iluminase el camino hacia la curación, el alivio o el consuelo de la persona enferma era contemplar la entrega en todas sus potencias de un ser humano para con su prójimo. Sabía luego contar al paciente la anécdota que humanizase la visita, adoptar el tono de voz cálido, el gesto sosegado que a la persona que sufre le regala la tranquilidad y la paz que tanto necesita.

Como decía antes, con los compañeros era igualmente generoso. Siempre regalando su saber, nunca una mala palabra, nunca un desaire ni un rechazo a una solicitud de ayuda. Cuando había de hacer una enseñanza o una corrección, y obviamente sobre todo con los jóvenes había de  ser necesariamente, lo hacía con cariño, con simpatía, y cuando la ocasión lo requería, con una ironía tan inteligente y respetuosa que quedabas sumamente agradecido de la lección regalada. Cuando en el ejercicio profesional se establecía un diálogo colaborativo mostraba la sencillez y generosidad de los grandes, los únicos capaces de hacer aparentar que el importante eras tú.

Una de las últimas veces que lo vi, en un sosegado (con él no podía ser de otra manera) paseo por el parque de S. Francisco tuve la fortuna de poder expresarle personalmente mi gratitud por su magisterio. Hoy su testimonio intelectual y humano queda en manos de sus hijos y sobrinos médicos. A ellos y a Tina, su querida compañera en su paso por este mundo, mi más profundo sentimiento de afecto.

A usted, querido D. Celso, maestro, eterna gratitud por su generosa amistad.

 

La vida en dos planos (III)

8 Jul

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Antonio Damasio en su extraordinaria obra Y el cerebro creó al hombre enfatiza que este, el cerebro, una vez formado, aprendió a tener por misión fundamental la gestión de la vida.

Para ello, por una parte interacciona con objetos exteriores (otras personas, máquinas, lugares…) generando una actividad neuronal en todos los distintos niveles del cerebro que proporciona entradas (inputs) a la corteza, que elabora una ingente multitud de mapas de información, concepto este muy importante y útil.

Algunos de estos mapas son meramente transitorios, pero en todo caso, y esto también es importante, muy dinámicos. Estos mapas son la forma en que el cerebro almacena su información, son su gran biblioteca. Por ello, algún autor llamó al cerebro el gran cartógrafo por su actividad continua de generación y remodelación de mapas.

La otra importante fuente de entradas de información al cerebro es el soma y su multitud de componentes (células, órganos, glándulas, sistemas, etc., etc.). Por una parte, informan al cerebro de su estado y sus diversas necesidades homeostáticas, y por ello también generan mapas cerebrales.

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Con toda esta información, el cerebro, en sus varios niveles (cortical y subcorticales), organiza su conducta motora no consciente, y su reacción o relación con los objetos exteriores, estableciendo así bucles de información, que a través de las diversas interrelaciones, y esto es lo que quiero subrayar, es susceptible de ser interaccionado (¿modificado?) con el consciente.

Los mapas antes citados forman imágenesotro concepto básico y muy importante, que son nuestros patrones mentales, y que constituyen la naturaleza privada de la experiencia de nuestro cerebro. No hay dos cerebros que formen la misma imagen de un mismo objeto. A dichas imágenes se les puede aplicar razonamiento, y por lo tanto también interaccionar sobre ellas.

Sobre estas imágenes se organizan nuestros recuerdos, que a su vez informan a los mapas cerebrales, constituyendo otros nuevos mapas que forman otras nuevas imágenes, cerrando así otro bucle de información, que se retroalimenta, completa y crece. A través de este continuo y dinámico crecer de los mapas, el cerebro se informa a si mismo.

Así pues, mapas e imágenes, ampliamente interrelacionados, vienen a formar el software de nuestro cerebro, es decir, los programas con los que trabaja, y que se erigen en puntos de referencia a la hora de decidir la manera en el que el cerebro ha de operar en el futuro.

Por lo que nos interesa esto es porque como todo software, habitualmente se puede reescribir, se pueden sacar versiones corregidas,  e incluso si un virus lo estropea, se le puede aplicar un programa antivirus.

Rita Levi Montalcini

Rita Levi Montalcini

En este proceso, a las imágenes se les confiere mayor o menor prominencia en la corriente mental según el valor que tengan para el individuo, y esta impresión de valor se hace posible en base a un marcador emocional, que, como veremos, acabará siendo también un auténtico marcador somático.

Hasta aquí la entrada de datos en nuestro hardware cerebro.

Lo que es importante, pues ya empieza a darnos sustento a la capacidad de reinventarnos, es que decíamos antes que,  habida cuenta de que las imágenes son susceptibles de ser tratadas con raciocinio, este bucle, y por tanto nuestros procesos mentales, puede ser modificado de alguna manera por el consciente.

Además, no hay que dejar de considerar que la destreza en la elaboración de mapas mejora su gestión y control, y una vez que los mapas quedan confiados a la memoria y pueden ser revividos por el recuerdo imaginativo, son posibles mejores respuestas. Constantemente, pues, vemos como con el consciente, repitiendo, repitiendo, entrenando, entrenando, también podemos intervenir de modo positivo sobre nuestro proceso mental.

Pero también es muy importante, recordar que las mentes pueden ser conscientes o inconscientes, y que esta última influye de modo decisivo en nuestros pensamientos.

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Estos, consciente e inconsciente, son los dos planos a los que se refiere el título de estas entradas, y en los que se desarrolla nuestra vida. Si el paciente lector/a lo desea, en la siguiente entrega trataremos de iniciar la aproximación al proceloso océano de las emociones.