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El retorno

30 May

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Cuando el viajero llegó a la misma estación de la que había partido 40 años antes, la ciudad lo recibió también de igual manera, con una lluvia fina y pertinaz (orbayu la denominaban en aquel lugar), que conocía bien y sabía que si no se refugiaba de ella acabaría con una más que severa mojadura.

Gustaba nuestro personaje de viajar ligero de equipaje, lo que le iba a permitir desplazarse a pie hasta su hotel, eso sí, protegido por un paraguas, instrumento que nunca abandona a todo buen habitante de aquellas tierras.

Cuando enfiló la recta calle principal que unía la estación con el centro todo estaba envuelto en una neblina gris acerada que añadía aún más tristeza al hecho de comprobar que los cambios ocurridos en su ausencia no eran sustanciales, destacando el hecho de encontrar aún más negocios con el cartel de se vende/se alquila como tenebroso producto de las dos últimas crisis.

Entregado a la añoranza había decidido que en tanto buscaba una vivienda definitiva se alojaría en el hotelito de la plaza en la que habían transcurrido sus primeros años, y en la que se desarrollaron sus juegos infantiles, algo ahora imposible por mor de la invasión del tráfico.

Una vez instalado encargaría a una empresa de transportes el traslado de sus libros, sus cuadros y su querido piano, y después a una agencia inmobiliaria que, sin urgencia, pusiera en venta su piso, pues aunque pensaba volver en cuantas ocasiones le fueran posibles a Barcelona, la ciudad donde había trabajado y sido feliz durante estos últimos cuarenta años, no sería de forma tan frecuente ni tan prolongada como para mantener un piso como el suyo abierto, con los gastos que ello conllevaría.

El citado hotelito era pequeño, pero tenía todos los requerimientos básicos para una estancia confortable, y sobre todo una ubicación excelente, no solo por las razones sentimentales antes descritas sino también por encontrarse en la zona más céntrica de la ciudad.

Tras una ligera cena decidió retirarse a descansar. El día había sido largo, pródigo en emociones y no exento tampoco de cierta fatiga física. Los años comenzaban a pesar por más que subjetivamente no lo pareciera.

Un cúmulo de sensaciones, recuerdos y nostalgias se le agolpaban produciéndole una enternecedora situación de cierta labilidad emocional, pero que no le resultaba en modo alguno desagradable ni dolorosa, por lo que no tuvo ninguna dificultad en conciliar un sueño fácil que al día siguiente observó como reparador, y sin que el subconsciente le hubiese generado ningún sueño indeseable.

Desde su jubilación había adquirido el hábito de convertir el desayuno en uno de los momentos placenteros y relajados del día, bien es verdad que procuraba que esto sucediera también el mayor número de veces posible a lo largo de toda la jornada. Cuidaba de escoger alimentos de forma equilibrada y sin ninguna prisa, recreándose en el color, textura y sabor de los mismos. Zumo o frutas, cereales en forma de pan tostado, lácteos, proteínas en algún embutido suave, y un estimulante café con leche al que en alguna ocasión se permitía el lujo de añadir un croissant, algo aquí imperdonable por estar cerca de la confitería que llevaba más de 100 años confeccionando los mejores. Todo ello sin ninguna prisa, al tiempo que, con calma, planificaba mentalmente su jornada matutina.

Ciertamente debería buscar piso, pero quizás esta era la tarea que menos le urgía. Lo que más ansiaba era reencontrarse con la ciudad, por lo que sentía la ilusión y la incertidumbre de quien va a reencontrarse con una antigua novia. Desde que se había marchado regresó en algunas ocasiones, siempre con el único objetivo de visitar a sus padres con los que tenía una más que entrañable relación, aunque la verdad es que fueron más las veces en que ellos lo habían visitado a él en Barcelona. Pero desde que estos faltaban, y bien que los echaba de menos, no había vuelto a pisar su ciudad natal, así que tenía ganas de reencontrarse con ella y con sus recuerdos, aunque por otra parte sentía cierta inquietud ante la posibilidad de haberlos idealizado y que la realidad le mostrase alguna decepción.

Por de pronto la casa en la que había nacido, en aquella misma plaza, ya no existía, y estaba sustituida por otra de diseño más moderno de acero y cristal, y sus bajos estaban ocupados por un gran restaurante también de diseño. El convento de monjas, cuyo origen se remontaba al siglo XIII y que había sido declarado Bien de Interés Cultural, y cuyo interior había sido motivo de calenturientas aventuras épicas en su infancia, era sustituido por un vanguardista edificio de la administración, de Hacienda para más inri.

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De todos modos, desde allí comenzaría su primer paseo en el que el objetivo más preciado era llegar al bar donde su padre le había contado en reiteradas ocasiones que tenía la tertulia n la que se reunía con sus amigos, y formaba parte de su felicidad. Eran 10, todos mayores que él, todos personas inteligentes y creativos (pintores, músicos, escritores, etc., eso sí, todos de distinta ideología), que una vez por semana, durante una hora o raramente un poco más, y alrededor de sendas copas de vino (alguna vez se repetía la ronda) y algún aperitivo sólido, charlaba y discutían, alguna vez acaloradamente. Pero siguiendo un símil futbolístico, lo que sucede en la tertulia se queda en la tertulia. Nunca la más estruendosa discusión erosionó un ápice el cariño que entre ellos se tenían. A su padre siempre que hablaba de su tertulia se le iluminaba la mirada y se le dibujaba una sonrisa que significaban los muchos ratos de felicidad que allí disfrutaba.

Con estos pensamientos en poco tiempo llegó al centro sentido de la ciudad. Allí seguía el antiguo teatro, templo de la lírica a la que tan aficionados eran los habitantes de aquella ciudad, y donde anualmente se entregaban importantes premios a figuras destacadas de la ciencia y el pensamiento, que luego llevarían el nombre de la región por todo el mundo. Apenas encontró diferencias con el recuerdo que de él tenía en sus años jóvenes, si no fuera por la peatonalización de las calles aledañas.

A su lado la plaza que había sido testigo de tantos acontecimientos históricos, incluso anteriormente, él ya no había conocido eso, estuvo una cárcel para mujeres, y cuyo nombre tantas veces había cambiado al albur de las pasiones políticas del momento. Bordeada por significativos e imponentes edificios de singular valor arquitectónico, uno de ellos estaba coronado por un reloj con carillón que cada cuarto de hora, con la melodía del himno regional, marcaba el pulso de la ciudad.

Desde allí cruzaría por un parque del que cada rincón, cada fuente o cada estatua le traería el recuerdo de los juegos y meriendas de su infancia, incluido el regusto a barquillos, o de aquellas fotografías con la cámara minutera manejada con destreza por la popular y entrañable fotógrafa, que luego llenaban los álbumes de familiares.

Al concluir su trayecto por el parque se encontraría con una ancha y bien asfaltada avenida que en otros tiempos marcaba el límite del centro de la ciudad, constituyendo un terreno libre de edificios y con calles polvorientas que en los días de lluvia se embarraban totalmente. Mas en fiestas allí se instalaban las norias y los tenderetes de chucherías, churros y algodón dulce, sonidos y sabores que ahora emergían en sus recuerdos.

Esta calle se abría a una amplia plaza, ahora territorio de alegres juegos de niños y de reposo de mayores. En uno de sus laterales la cafetería de la tertulia, de las que su padre tanto y tan ilusionadamente le había hablado. Al traspasar el umbral notó que su corazón se aceleraba, y que una dulce nostalgia se apoderaba de él. Se sentó en una de las mesas, y se dedicó a observar. Allí estaba aún el viejo y entrañable dueño, quizás algo más encorvado y lento de los que su padre lo describiera, pero que con sabia parsimonia y gestualidad que recordaba a un experto director de orquesta dialogaba con los clientes al tiempo que marcaba el ritmo a sus dos sonrientes camareras, sus hijas, como sosegándose en la dicha del trabajo familiar conjunto.

El viajero observó con detalle y cariño la decoración con un intemporal mobiliario, las mesas debidamente separadas como exigían las normas de la maldita pandemia, así como de sus paredes. Y allí, en una de las esquinas preferentes, al lado del amplio ventanal, entre otros muchos recuerdos de momentos entrañables, estaba la fotografía. Diez personas, una de ellas su padre, mirando a la cámara con aspecto de satisfacción, levantaban su copa y sonreían abiertamente.

Por fin sintió que había llegado a su auténtico destino, al tiempo que no pudo evitar pensar cuan presto se va el placer.

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Pola Seca (V): La soirée (I)

1 Oct

Desde la marcha de Ernesto yo había quedado en un estado de estupor causado tanto por la sorpresa como por alegría de lo vivido. Así estuve no sé cuanto tiempo hasta que apareció el bueno de Ramón.

– Entos, que, oh!. Piensa quedar ahí apalominau pa to la vida?. Espabile, que voy preparar la comida. Una ensaladina ligera y un pocu pescau a la plancha, y luego a descansar un ratín pa tar listu pa la tertulia, que estes nuestres sabese cuando empiecen pero nun se sabe cuando acaben, y aquí a veces les noches faense muy largues.

– Gracias, Ramón, es usted mi ángel de la guardia.

– Ande, nun diga babayaes. Paez  que la visita de Esteban trastornolu.

Y  dicho lo anterior desapareció por la puerta de la cocina. Yo, entonces, me di cuenta que por los amplios ventanales entraba una luz resplandeciente, que  con solo su color hacía sentir el calor del sol. En el cielo no había ni una sola nube, todo él de un azul reconfortante. Al fondo, los perfiles de las montañas se dibujaban con total nitidez, y la gran variedad de verdes de los prados y los distintos árboles ponían un maravilloso contrapunto cromático, tan espectacular en esos pocos días en que la meteorología asturiana se mostraba benigna con los mortales.

 

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Todo ello me producía una sensación de bienestar y de gratitud a la vida, y a Pola Seca y sus vecinos, los que hasta entonces había conocido, al tiempo que sentía una burbujeante inquietud por ver que más sorpresas me reservaba la tarde.

Acabada la comida, tan apetitosa como todo lo que Ramón preparaba, me indicó:

– Hala, suba a descansar un rato, y nun se preocupe, que yo lu aviso sobre les seis, pa que esté preparau pa cuando llegue el personal.

La habitación era más que espaciosa, con una cama amplia y mullida, cubierta por una colcha nórdica de alegres a la par que discretos estampados. A los pies una ancha banqueta de rejilla hacía de piecero, y en ambos lados sendas mesillas de noche de madera de mango lacada, en tonos oscuros y con dibujos exóticos.

Contaba además con una pequeña biblioteca y adherida a la pared, una gran televisión de plasma, con solo dos canales, Berlin Philharmonic Digital Concert Hall y Medici.tv, que permitían escuchar y ver todo tipo de música clásica con un excepcional sonido. En una mesa de despacho de madera de cerezo reposaba un ordenador portátil, en el que, según pude comprobar más tarde, estaba dotado de una inteligente aplicación que eliminaba automáticamente y en todos los programas cualquier referencia a acontecimientos de los últimos doce meses. En otro mueble auxiliar reposaba una máquina de café automática, y en su frontal inferior un mueble bar perfectamente equipado con todo tipo de bebidas, snacks y frutas.

El cuarto de baño, igualmente amplio, tenía una gran bañera de hidromasaje, así como una columna de ducha de varias intensidades.

Por su amplio ventanal se colaba aquella maravillosa luz, tamizada por unos elegantes visillos de seda, que añadían calidez a la estancia. Sobre ellos unas cortinas de cretona inglesa, de un discreto tono beige que daba un toque de serenidad al entorno y que en ese momento estaban totalmente recogidas. Decidí entornarlas levemente hasta obtener el grado de penumbra que consideré adecuado para que me facilitase el sueño, que sabía iba a ser agradable u reparador, y al que pronto me entregué.

A las 6 en punto apareció Ramón portando una bandeja con unas exquisitas pastas de té, por supuesto hechas por él, y preparó dos humeante y aromáticos cafés en la máquina de la habitación, mientras me decía:

Bueno, ahora vamos tomar un cafetín pa espabilar y luego cuando té preparau, baje al salón de mi apartamento, que seguro que enseguida llegarán Carmina y Adela, pa tar aquí antes que Ernesto.

 

 

Paladeamos el exquisito café, y después siguiendo sus indicaciones, a las 18:25 estaba en el salón, preso de curiosidad. Por supuesto Ramón ya tenía todo preparado, y en una mesita auxiliar anexa a su tresillo había colocado un variado repertorio de café, refrescos y bebidas, así como unas amplias bandejas con canapés, galletas y porciones de bizcocho.

Tal como él había previsto, cuando daban las seis y media con solemnes campanadas en un magnífico reloj de repisa, colocado en la biblioteca de su despacho, y sobre el que no había reparado, sonó el timbre de la puerta.

Momentos después las dos damas, precedidas por Ramón, que al llegar a la puerta les cedió el paso gentilmente, penetraron en el salón. Inmediatamente reconocí a Carmina con su habitual sonrisa acogedora y un punto irónica. Se me aceleró el corazón al acercarme a ella.

– Carmina!!! – exclame – Me permite que le dé un abrazo como expresión de mi infinito agradecimiento, por haberme guiado por este paraíso y brindarme la oportunidad de conocer a Ramón y a Esteban?

– Ay, fiu, nun tienes que agradeceme na!. A lo que veo foi un aciertu – y dirigiéndose hacia mí fue ella la que inició el abrazo.

<< Pues tovía nun acabaste de conocer buena xente. Esta ye Adela, que ye de lo mejor. Ya vos ireis conociendo. Díxome Ramón que tú llameste Alfonso, no?

– Así es Carmina, y diga lo que diga, mi agradecimiento hacia usted será eterno – y añadí – encantado de conocerla, Adela. Estoy seguro que con estos amigos es usted, como ellos, de una categoría personal excelente – dije, mientras extendía mi mano hacia ella

Adela sonrió levemente y con cierta timidez dijo:

– No creo que alcance la bondad de estos tres, pero en fin, espero no desmerecer su confianza. Y por cierto, mi auténtico nombre es Adelaida, pero siempre me gustó más, y así lo usé, el apócope de Adela – al tiempo que estiraba su mano al encuentro de la mía.

Su saludo era cálido, y tierno, consistente sin ser exagerado, en ningún momento pasivo ni flojo. Sin duda inspiraba personalidad y confianza.

 

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– Bueno, feches les presentaciones, vamos sentanos y tomar algún aperitivu mientras esperamos por Esteban, que nun tardará, pues tamién ye muy puntual – afirmó nuestro excelente anfitrión.

Efectivamente daban las 7 en el antes citado reloj y sonaba el timbre de la puerta.

– Ya i-os lo dixi, exautu como el Big-Ben esi. En eso de los tiempos y los ritmos nun hay como los músicos – exclamó Ramón.

Elegante y sobrio como siempre y con su benévola sonrisa, Sebastian saludó:

– Buenas tardes a todos, encantado de verles. A Ramón y a nuestro nuevo vecino Alfonso los ví esta mañana – y dirigiéndose a la señoras, añadió – pero a ustedes hace unos días que no las veo, y saben que siempre es un placer volver a encontrarlas y compartir su agradable compañía.

– Buenas tardes, Ramón – respondimos los 4, casi al unísono.

– Como saben ustedes, hoy a nuestra habitual tertulia de los martes añadimos un nuevo y muy grato aspecto. Damos la bienvenida a Alfonso, y dado que es muy aficionado a la música, y además me hace la honrosa distinción de serlo también a mis interpretaciones, organizamos una pequeña soireé musical, aunque no sea ninguna de las fechas en que habitualmente lo hacemos, pero sinceramente creo que la ocasión lo merece.

<< Me he permitido hacer un rudimentario programa con las obras a interpretar, más que nada para que quede recuerdo de esta fecha. Como verán no es un convencional programa de mano, sino un simple listado de las obras, pues la biografía del intérprete no tiene mayor interés, puesto que todos nos conocemos bien, y además si nunca fui proclive a los elogios, en nuestras circunstancias mucho menos.

<< Y en cuanto a la explicación de las obras a interpretar, todos somos aficionados a la música y para disfrutar de esta los tecnicismos sobran, lo único que necesitamos es tener la mente abierta, gozar de la estética y compartir en buena compañía estos valores.

<< Sí quiero decirles que, en honor a Alfonso, me hubiera gustado interpretar el Concierto para piano y orquesta n.º 4 en Sol mayor Op. 58, de Beethoven, pues estamos en una de sus efemérides, que ese fue uno de mis primeros éxitos de público. Pero desgraciadamente, no tenemos orquesta. Ojalá algún día. De todos modos creo que hay una buena grabación de cuando lo hice en el Palau de la música de Barcelona.

<< También me hubiese gustado interpretar el Concierto para piano y orquesta, de Antón García Abril, que estrené, gracias a la generosidad del Maestro, y que fue el primero que toqué con orquesta, o el Segundo concierto para piano y orquesta de Rajmáninov, también de muy buenos recuerdos para mí, pero por la razón antes expuesta no puede ser. Algún día será.

<< Como contrapartida, me voy a permitir un capricho en forma de concesión a la nostalgia. Por cierto, Alfonso, le debo una corrección a mi biografía que le conté equivocadamente. Pero eso será luego, ahora vamos a lo que vamos. Voy a interpretar el mismo programa que hice cuando mi amada Maestra, Dña. J.P., me presentó a AC, el que posteriormente me admitió como su alumno en París, y ahí comenzó todo.

<< Bueno, pues dicho programa contenía Fantasía y fuga de Bach, la Sonata n.º 26 de Beethoven, la Rapsodia n.º 11 de Liszt,  Debussy, a petición del propio AC, y una pieza extraída de Goyescas, de E. Granados, en concreto El Pelele.

 

PROGRAMA

 

Se hizo el silencio, y comenzó a tocar con la misma profundidad y concentración con que un sacerdote llega a la consagración. La emoción creaba un ambiente de intensa comunicación entre las cinco personas que allí estábamos, sin decidirnos tan siquiera a aplaudir en los intermedios entre pieza y pieza, por miedo a romper aquel hechizo y porque sabíamos que nuestros sentimientos no era necesario exponerlos en forma sonora sino en la comunión que habíamos alcanzado.

Al acabar permanecimos en silencio otra vez, en actitud de compartida meditación, hasta que fue el propio Esteban el que habló:

– Bueno, y ahora como en todo concierto son típicas las propinas, en honor de Alfonso, que parece ser un gran admirador de mi versión de Iberia, interpretaré, del Cuaderno 3, Lavapiés, y para finalizar como siempre con el recuerdo eterno a mi querida esposa, Sérénade Spagnole, de nuestro amigo Marcial del Adalid, con quien nos profesábamos un gran cariño mutuo, como ya comenté.

Y dicho y hecho. Al final de estas dos piezas siguieron también unos segundos de silencio, pero luego el ambiente se llenó de serena alegría y amistad compartida. Nos acomodamos los cinco en el amplio y elegante tresillo de Ramón, y mientras este iba sirviendo los aperitivos que, a su pregunta, le  pedíamos, volvió a tomar la palabra Sebastián:

– Por cierto, Alfonso, le prometí que le aclararía un dato erróneo que le dí esta mañana, por lo que le vuelvo a pedir disculpas.

Hala, a otru que se-i contaxio la manía de les disculpes y de presentales siempre por duplicao – comentó Ramón con su habitual sorna, mientras seguía con su tarea.

– Ah, Ramón, que ye eso de les disculpes y les duplicidaes? – preguntó Carmina, con una sonrisa un tanto picarona.

– Ay, Carminina, fía, ye una larga historia. Contarétela en otra ocasión.

– Ahora sí que me dejes intrigá – se burló Carmina.

– Bueno – intervino Sebastián –  el caso es que yo esta mañana le dije a Alfonso  que mi primer maestro había sido mi tío abuelo J, y así es en realidad, y por ello de él guardo la gratitud inmensa que le tengo, pero también sería injusto que olvidase que quien me cuidó desde mis primeros días, me enseñó las primeras letras, me introdujo en el mundo de la cultura y quien hizo que por primera vez posase mis manos en un piano, fue mi tía paterna P., mujer soltera y bondadosísima que volcó en mí todos sus afectos.

<< Pero bueno, ya está bien de hablar de mí, compartamos estos deliciosos manjares, sólidos y líquidos,  con que Ramón nos regala cada martes, y quizás fuera bueno que usted, Adela, se presente a Alfonso, pues también su vida fue  apasionante.

En el rostro de Adela apareció un levísimo tinte de rubor, y comentó:

– Usted siempre tan exagerado en la generosidad, Esteban!. Pero bueno, y aunque ustedes ya conocen todo lo que voy a contar, lo repetiré en honor a Alfonso, nuestro nuevo amigo, y como pretexto para iniciar la conversación.

Y así continuó una más que agradable y sorprendente velada, que se prolongó, como al parecer eran todas las de este tipo, hasta bien entrada la noche, todo lo cual comenzaba ya a no sorprenderme.

Pero eso es otra historia.

 

DSCF2019(Continuará)

Pola Seca (III): Comienzan las confesiones.

5 Ago

Efectivamente caía el atardecer, ese momento en que todo en la naturaleza parece quedar en suspenso a ritmo de adagio molto sostenuto , que desearíamos nunca acabase. En el exterior el silencio resultaba aún más armonioso, matizado únicamente por el piar de algunos pájaros lejanos y el sonido de algún grillo. Comenzaba a notarse el aroma de las petunias y las madreselvas. A lo lejos los montes iban tiñéndose de una serena gama de azules, que progresivamente se oscurecían.

 

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Aquel entorno, unido a la sensación de bienestar que producían la digestión de tan exquisita merienda-cena y sin duda los efluvios del Pesquera, invitaba a la sobremesa. Además rondaban por mi cabeza muchas preguntas sobre aquella idílica situación que me gustaría despejar, y a decir de Carmina y por lo que yo podía ir coligiendo, Ramón era la persona indicada para aclarármelas.

Así que cuando dijo:

– Bueno, entós qué?. Quier un cafetín y charlamos un rato?

me apresuré a aceptar, mientras él se iba nuevamente por la puerta que antes había cruzado para preparar la cena.

A los pocos minutos apareció con una bandeja de madera labrada que contenía dos tazas, que más tarde me percaté eran de porcelana sueca, una cafetera llena de humeante y oloroso café, una jarrita de leche y un azucarero haciendo juego con las tazas, y dos copas de fino cristal tallado, de las que no pude adivinar su origen pero que a buen seguro tenían un significado especial, y un botellón, por supuesto también haciendo juego con las copas, llena de un ambarino y luminoso líquido. Sirvió con delicadeza los cafés y dos copas del licor.

– Esto tien que probalo. Faígolo yo. Ye un licor de manzana, con les manzanes de la huerta de detrás  de la casa, que-i enseñaré mañana. Mire que color, guapu, eh?

 

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Y con el pretexto de girar el licor en la copa, y aspirar el aroma, guardó un silencio que yo interpreté como de respetuosa espera para que yo iniciase la conversación.

– Ramón, le pareceré impertinente si le hago alguna pregunta? – le dije.

– Pero, home, por Dios. Nun se preocupe y pregunte to lo que quiera. Ya-i dixe que nun molesta nunca.

– Bueno, el caso es que estoy preocupado por esta pérdida mía, y usted mencionó antes a sus proveedores. Cree que podría volver con ellos?. Cada cuanto vienen?. Cuando será la próxima vez.

– Seguro que si quier, pué volver con ellos, pero el caso es que non tienen fecha fija, ellos vienen o cuando calculen que nos fui falta algo o cuando tienen alguna novedá que piensen que ye interesante pa nosotros, así que nunca sé cuando vendrán la próxima vez. Pero por eso nun se preocupe – continuó – en el pisu denriba tengo unes habitaciones de cuando pensé en poner aquí un hoteluco, pero como nun hubo hotelucu, por aquí nun bien ningún turista, les habitaciones nunca se utilizaron, luego i-les enseño y pué quedase en la que más-i guste tol tiempo que quiera.

– Muchas gracias, Ramón, sigue abrumándome con su generosidad. Pero dígame una cosa, si es tan amable. Como saben los proveedores que y cuanto les falta?. Y además, si usted y Carmina me dijeron que en este pueblo viven únicamente cuatro personas, y ahora me confirma que no vienen visitantes, como es que tiene este establecimiento tan bien surtido y con productos abundantes y de tanta calidad?

– Bueno…, eses ya son dos coses – advirtió con socarronería –  Pero trataré de explicailo. Principiando po-la segunda. Efectivamente somos solo cuatro vecinos, y vieyos, aunque eso sí, muy bien aveníos, pero además gústanos lo bueno, y como podemos permitínoslo…, además nunca se sabe lo que puede faer falta. Anque nun lo crea, por esti pueblo pasaron persones muy famoses y de munchu señoriu, pintores, escritores hasta embaxadores, y ya sabe lo que dixien del tiempu, que ye muy relativu.  Esteban diz que en ocasiones que ye redondo, y que hay que estar preparau por si esos tiempos vuelven. Respeto a la primera, cuando vaya conociendo a los otros dos que-i falten y viendo la historia del pueblo, ya lo irá entendiendo. Ye como si aquí to fuera máxico. 

 

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– Y usted, Ramón, nació aquí?. Cual es esa historia del pueblo que me explicará lo que me pasa?

Nuevamente sonrió expresando afabilidad cuando me dijo:

– Otres dos preguntes. En en esti casu principiaremos po-la primera. Non fiu, non, yo nun nací aquí. La verdad ye que fai tantu tiempu y fice tantos viajes que nun me acuerdo, o a lo mejor, como dicía aquel locu listu “nun quiero acordame”.

– Y, si no es violentar su intimidad, cuando y como llegó aquí?. Quizás perdido como yo? – me atreví a preguntar al ver la cordialidad de Ramón.

Y añadí: – Pero por favor, si por algún motivo no quiere contestarme, lo entenderé perfectamente, y no tiene por qué hacerlo.

Siempre dudaba entre seguir conociendo tan interesante situación o molestar a Ramón con mi indiscreción.

No me no, ningún problema. Mire voy contaí la mío vida. Como-i digo nun me acuerdo onde nací, pero si me acuerdo que tenía mar y puerto, y allí oyendo falar a los marineros de su vida, sus viajes, sus aventuras por tol mundo, aunque hoy pienso que exageraben bastante, picome el gusanillo de la mar, el viaje y la aventura.

Paladeó con gran deleite un pequeño sorbo de aquel exquisito licor, y continuó:

– Puedo dici-i que viaje pol mundu enteru, po los siete mares, que dicen los marinos, y en muchos tipos de barcos, conocí gentes y costumbres sorprendentes, aprendí to lo que la mar enseña, que ye munchu, y pa final, pa mi suerte, recalé aquí. Y de too ello toy satisfechu.

 

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Ahora fui yo quien tras un sorbo del aromático café, disfruté del licor, mientras trataba de poner en orden mis ideas para continuar con tan emocionante relato.

– Y de todo eso, que es lo que recuerda con más emoción y cariño?. Hay algo que añora?.

– Ta visto que-i gusta facer les preguntes de dos en dos, eh? – dijo, poniendo una amplia sonrisa en su cara, denotando que seguía el hilo de la broma y la cordialidad – Ufff, son tantísimes coses de tantu tiempu!. Pero creo que sobre todo, la diversidad de xentes, razes y costumbres que conocí tantu en los barcos como en tierra. Y en toes partes, y de cualquier color, siempre atopes xente buena,…y mala, eh, nun crea, tamién hay alguna. Tamién, pensándolo, impresioname haber conocido la evolución de los barcos, desde aquellos viejos veleros hasta los grandes cargueros de mi última época, y po lo que dixen, los de ahora con su gran téunica,  que dixen que tienen.

Aquello último una vez más produjo en mí una cierta perplejidad.

– Pero, Ramón, llegó a navegar en veleros?.

– Si, home, sí, nun se asuste. Navegué en ellos, y munchu, que había que ganase la vida. Y en algunos muy famosos, nun vaya a creer. Decien que eren muy marineros y too eso, pero la vida en ellos en general yera trabajosa y dura. 

– Y cuales eran las travesías más peligrosas?

– Buenu…eso depende. Efectivamente tol mundo diz que doblar los cabos de Buena Esperanza  Leeuwin  u Hornos son los más peligrosas, pero curiosamente cuando empezó la competencia con los buques de vapor, el sitio más peligrosu yera el Canal de la Mancha. Conoz la leyenda del naufragiu los pianos?.

– No – respondí cada vez más asombrado.

 

 

– Buenu, eso dejarémoslo pa mañana, que vién Esteban, y él cuéntalo con más conocimientu. Solo deci-i que afectó al “Preussen”, un velero alemán, uno de los más grandes jamas construidos. Yo no estuve, gracies a Dios, en esi naufragiu, pero si que viajé en esi barcu unos años antes. En el únicu de los famosos en que no estuve fue en el “Cutty Sark”, y la verdá, hubieseme prestao. Ahora, a mi la verdá que lo que más me gustaba yera el Mediterraneo, por algo lu llamen el “Mare Nostrum”. Sentíame como en casa, no en vano allí nació la  nuesa cultura. Fai pocu leí un llibru, Suite Italiana creo que se llamaba, buen llibru, en el que un marineru borrachín de un pueblu costeru de Sicilia contaba que de vez en cuando Ulises gustaba de volver a pasar po-la isla les sirenas y luego pol estrechu entre Escila y Caribdis, y paseaba pol su pueblo. Y será verdá, que ya-i digo que eso del tiempu ye muy raru.  Cuantu daría yo por tar allí y charlar con Ulises. Lo cierto ye que nunca fui tan feliz como navegando por los mares griegos.

Avanzaba la noche cada vez más silenciosa. Los pájaros y los grillos apenas se oían ya, y el olor de las flores solo se percibía levemente frente a los dominantes del café y el licor. Mi asombro iba en aumento y mi curiosidad me hacía querer saber más y más.

– Y después de toda esa vida, como es que se estableció aquí, Ramón?.

– Fue otro deseu de la mar. Oyó hablar de les galernes del Cantábricu?.

– Hombre, y que asturiano no? – le contesté.

 

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Imagen tomada de Wikipedia

 

– En que añu nació usté, si no ye indiscreción?.

Al decirlo puso otra vez cara de socarrona complicidad, dejándome ver que le gustaba el juego dialéctico.

– Como va a ser indiscreción, Ramón!. Nací en el 50 – dije.

– Entós de aquella yera piquiñin, pero seguro que recuerda les noticies de la de 1961. Yo navegaba en el “Gaviota” y estábamos a la costera del bonito, llevábamos varios días en la mar. La noche anterior habíamos dormido plácidamente, pero al amanecer comprobamos que el tiempu había empeorao muchísimo, y les males condiciones obligaronos a navegar con el mínimo de velocidad y a favor del viento. La mala suerte fizo que el «Gaviota» se internase en un «xabrón», que ye un puntu de encuentru de dos corrientes opuestes. Un golpe de mar pegó contra nosotros y el barcu dio la vuelta quedando con la quilla mirando hacía el cielo. Cuando me di cuenta ya taba en la superficie a unos metros del barcu. Nadé y garreme a un aro salvavides, que taba sujetu al barcu por unes cuerdes. Entonces salió a flote una escalera y garreme a ella.  El «Esperanza del amanecer» vionos y acudió al socorro. Solo pudieron rescatar a dos marineros, Carlos y yo. Carlos yera el home de Carmina. Un gran tipo, y un gran compañeru. Convenciome pa que viniera unos días a la so casa a reponeme.

Sus ojos se acristalaron. Volvió a menear la copa, y aspirar el aroma antes de beber un pequeño sorbo, mientras ganaba tiempo para que la emoción no se manifestase en su voz, y continuó el relato:

– Y entos penselo. Dixieme “A ver, Ramonín, ya tas mayor, ya tienes edá pa jubilate, conociste los siete mares y más de treinta paises, ya viste to lo que tenias que ver. Esta vez nun la palmaste por que Dios nun quiso. Como nun ficiste más que trabayar, y nun gastabes na, tienes unes perruques ahorraes. Ta ahí esa casa tan guapa que se vende. Qué necesidá tienes de metete en más líos?. Por qué nun la compres y quedeste aquí, con estes persones tan buenes a disfrutar la tranquilidad.” Y dicho y hecho, compré esta casina, el resto ya lo sabe. Y aquí, y con esta vidina, aseguroilo, soy feliz.

 

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Ahora sí que quedaba totalmente descolocado. los números me bailaban pero en modo alguno me encajaban.

– Pero, no lo puedo evitar y le juro que es mi última pregunta, si en 1961 tenía ya 70 años, y además llegó a navegar en veleros de finales del XIX, cuando nació usted?. Qué edad tiene?.

– Hala, otres dos!, pero conste que pué faceme to-les preguntes que quiera, eh?. Eso sí, y que yo sepa contestai. Mire, cuando nací?. Nun sé, ya-i dixe antes, que como diz Esteban, el tiempu ye relativu. Yo nun sé si ye relativu o medio pensionista, pero si lo diz Esteban que ye músicu, y esos de tiempos y tempos saben munchu, seralo muy guapamente. Lo que yo-i puedo dicir que aquí nun importa, nun cuenta. . Mire a ver si en toa Pola Seca encuentra un reló o un calendariu. Ya-i digo yo que no. Nun se preocupe por eso, hay coses munchu más importantes.

En fin, que era incapaz de salir de mi desconcierto. Entonces, Ramón se reclinó hacia atrás, bebió el último resto que quedaba en su copa, alisó las manos con el mantel, y dijo:

– Bueno, la nueche ta muy guapa pa seguir de cháchara, pero mañana tién que seguir conociendo el pueblu y la su gente. Vendrá por aquí Esteban, y ya verá que paisanu más interesante. Así que, hala, vamos pa riba, pa que escoja habitación, y descanse, y ya sabe, pué quedase tol tiempu que quiera, pocu o munchu, que ya sabe, ye relativu – y volvió a aparecer su sonrisa socarrona.

 

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Continuará

 

 

In memoriam: Félix Cienfuegos, compañero y caballero.

12 Dic

Van pasando los días, y con ello el escozor del latigazo se va mitigando. Ahora comienzo a poder controlar  los sentimientos, y expresarlos.

Son de esas cosas que, aunque sea un tópico decirlo, parecen increíbles. El compañero con el que cada día de consulta, antes de comenzar, echaba una parrafada ya no estará más. En menos de tres semanas el destino quiso llevárselo.

Félix Cienfuegos era un buen hombre, un compañero en el sentido cabal del término. El que siempre estaba dispuesto a decir que sí a cualquier favor que le pidieras, el que tenía  una sonrisa para cada hecho cotidiano. Al que JAMÁS, JAMÁS le escuche una palabra desabrida sobre nadie, y siempre sabía comprender e interpretar por el lado bueno esas pequeñas contrariedades del cada día. El que siempre tenía un comentario simpático para todas las personas que formábamos su entorno.

Era un hombre elegante, de porte atildado y de modales serenos y relajados, y con esa misma elegancia estoica que solo tienen aquellos cuya personalidad se hunde en el más puro clasicismo, afrontó la adversidad, el dolor y la muerte.

Porque murió con la misma elegancia con la que vivió.

Su amistad fue un honor, y su recuerdo será una guía.

Querido Félix, te recordaré siempre, y deseo que el Padre, cuya creencia compartimos, te tenga en el lugar donde sin duda te mereces. Descansa en paz.

A la orilla

17 Ago

…porque la cultura es la patria común de las personas civilizadas (Álvaro Ruiz de la Peña).

La orilla es un buen lugar.

Si es a la orilla del camino, no entorpeces al caminante, al tiempo que estás al tanto de quien pasa, y de las historias que relata.

Si es a la orilla del mar, la vista se ensancha en el horizonte, el rumor de las olas te regala su melodía, y habitualmente la brisa  te acaricia.

En cualquier caso, un buen libro es la perfecta compañía.

Y esto es lo que nos regala Álvaro Ruiz de la Peña, o por mejor decir nos lo regalan Elena de Lorenzo, Ramón D’Andrés y Xulio Viejo, coordinadores del volumen titulado Estudios Escogidos. Homenaje al Profesor Álvaro Ruiz de la Peña Solar, que con motivo de su jubilación decidieron realizar en Ediciones de la Universidad de Oviedo.

Los citados coordinadores esbillaron de entre la amplia bibliografía del Dr. Ruiz de la Peña veintinueve excelentes artículos, agrupados en tres epígrafes que reflejan las predilecciones intelectuales del justamente homenajeado. A saber, el Siglo XVIII, la Lengua y literatura asturianas, y la Literatura española, siglos XIX y XX, precedidos de un prólogo que titulan Palabras Preliminares, preñado de sentimiento y amistad, a la par que ingenio y concisión, en el que dibujan perfectamente su personalidad, dibujo que suscribo totalmente desde el honor de su amistad: …proverbial talante reflexivo e independencia intelectual…concepto inclusivo…profunda imbricación en su realidad social y cultural…

Con un excelente retrato fotográfico del homenajeado al comienzo, retrato de hondo calado psicológico,  y la citada Bibliografía completa al final se acaba de dar forma a un volumen de muy cuidada edición y estética.

Dice un buen amigo común que Álvaro de todo lo que escribe, escribe bien, incluidas aquellas añoradas columnas periodísticas, que, por cierto, por qué se acabaron?, cuando volverán?.

Además en sus escritos vemos (pag. 283) como, al hablar de lo que denomina realismo sucio o dirty realismo, nos muestra que nada de lo humano le es ajeno (cine, música, pintura,..), contemplándolo todo con una visión integradora, como no podía ser de otra manera en un auténtico humanista. Visión integradora que alcanza su máxima expresión cuando analiza siempre la evolución y expansión de las lenguas y literaturas españolas no castellanas desde la perspectiva de la evolución social de sus respectivas comunidades.

Poco sé de Álvaro y su obra como escritor, y por tanto desconozco si ha escrito mucha, poca o ninguna poesía. Y aunque lo supiera poco importaría, pues no tengo las capacidades necesarias para hacer su crítica, pero sí puedo saber como lector que en muchas ocasiones (Un recorrido por la poesía de Celso Amieva, o La prosa desterrada de Aurora de Albornoz), su prosa, incluso en la crítica, alcanza altas cotas poéticas.

Por otra parte, no se limita Álvaro a realizar un investigación descarnadamente erudita sino que reflexiona sobre los paralelismos de las épocas históricas (La concordia amenazada: El Aristarco, un periódico ovetense del Trienio) mostrando con tales paralelismos su interés por el presente y su compromiso ético.

Ese humanista interés integral antes señalado adquiere un especial significado en el mundo musical. A lo largo de muchos de los artículos hay detalles y menciones que lo atestiguan, pero es en Las impresiones y diarios de viaje de Isaac Albéniz. Diarios, dietarios y anotarios donde adquiere singular magnitud. Su personalísima relación con el piano queda patente en todo el artículo, en el que muestra sus altísimos conocimientos musicales, y así como la gran admiración que manifiesta por Albéniz, dejando entrever una cierta semejanza en ideología y gustos estéticos.

Otro aspecto ejemplar del Prof. Ruiz de la Peña es su continua reivindicación y testimonio de los valores cívicos. Y entre los muchos a los que podíamos aludir, nos parece interesante destacar la honestidad intelectual (ya señalábamos más arriba que su prologuistas destacaban la independencia intelectual como uno de los rasgos definitorios de su retrato psicológico y ético), y consecuentemente con lo anterior, su sentido de la autocrítica.

En ese entrañable artículo titulado Aquellos hispanistas, estos amigos (una memoria personal) en la que el autor esponja sus emociones, nos relata sus trabajos frustrados, incluida su tesis doctoral, interpretados, más que como errores, como motivos de aprendizaje. Solo un alma noble, que busca la verdad desinteresada, más allá de oropeles vanos, es capaz de tal generosidad. Y siempre, lo reiteramos una vez más, con esa su visión inclusiva, que lee la historia en clave de visión social de conjunto y de evolución.

Así pues, lectura más que recomendable, yo diría que obligatoria, para todas aquellas personas que crean, creamos, que los goces del espíritu pueden contribuir a hacer nuestra vida un poco mejor y este mundo un lugar un poco más habitable, y muy especialmente para los que sigan, sigamos, teniendo fe en la razón y amando nuestras raíces.

 

 

Regalos de la amistad

5 Jul

DONDE-Y-COMO-SE-GESTO-EL-IDIOMA-ESPANOL

Mi buen amigo Francisco Martín Angulo encarna una teoría que me es muy afín, a saber, que nunca es tarde para embarcarse en aventuras o emprender tareas que a uno le ilusionan. Así que estando ya jubilado tomó la decisión de comenzar a escribir relatos de mayor o menor extensión y de temática muy diversa.

El último de ellos, y que justifica esta breve reseña, quiso presentarlo en sociedad en ese ágora cultural que en nuestra ciudad es el Club de Prensa Asturiana, del diario La Nueva España, y me brindó el regalo de amistad de invitarme a compartir con él tal presentación.

Para quien pudiera estar interesado, y por no extenderme ni repetirme, añado el enlace a lo pronunciado en aquel agradable acto: LA NOVELA DE PACO, y lo que es más importante que mis palabras,  el enlace a su edición, tanto en papel como en formato digital.

Deseo que lo disfruten, y estoy seguro que no les dejará indiferente.

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