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La selección del mes.

29 Nov

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Aclaremos rápidamente el asunto para no crear equívocos. No se trata de que este disco se haya publicado recientemente como novedad. Se trata de un disco que, como se puede deducir de la portada, es ya bastante añejo, pero  que durante este mes he escuchado con mayor asiduidad.

Aclarado este asunto digamos que contiene dos conciertos para piano de Beethoven. En primer lugar el nº 5, en mi bemol mayor, op. 73, el famoso “Emperador”, y a continuación el nº 2, en si bemol mayor, op. 19, y que, como sabemos, realmente es el primero que escribió el genio de Bonn.

Podríamos calificarlo de un disco valiente, fundamentalmente por su estructura. Somete a la consideración del oyente sendos conciertos de dos épocas distintas de Beethoven; uno, el nº 2, de la primera, iniciado en 1794 e interpretado por primera vez en marzo de 1795, cuando predominaba el Beethoven intérprete, que pretendía llegar a la cumbre de los pianistas, sobrepasando a la pléyade de ellos que en aquellos días poblaban Viena, y otro, el nº 5, de su segunda época, compuesto en 1809 y estrenado en noviembre de 1811, cuando ya el genial compositor estaba en todo su apogeo. Incluso, del primero el propio autor llegó a hablar con un cierto desprecio, manifestando que no se trataba de una de sus mejores obras, mientras que del segundo se sentía orgulloso, hasta el punto de no permitir que su editor lo denominase con otro nombre que no fuera “Gran Concierto”.

Y, sin embargo, así las cosas, los intérpretes los colocan juntos, con el riesgo de la comparación, y yendo aún más allá, colocan en primer lugar al Emperador, y luego al que fue minusvalorado por su propio autor. Pero claro, eso pueden hacerlo tres genios como son Ashkenazy, Sir Solti y la Sinfónica de Chicago. En una interpretación que si en el Emperador se pone de manifiesto toda la grandiosidad, magnificencia y belleza conceptual, la “arquitectura beethoveniana”, que todo el mundo le admira, al nº 2, lo convierten en una obra primorosa, de una belleza estética admirable, con un segundo tiempo que es un gozo de sutileza, intimismo y romanticismo.

Retrato de Ludwig van Beethoven.- Joseph Willibrod (1804)

Retrato de Ludwig van Beethoven.- Joseph Willibrod (1804)

En ambos casos Ashkenazy alcanza un asombroso dominio de las dinámicas, consiguiendo en ocasiones momentos de gran introspección y lirismo, con pianísimos cristalinos y con un punto dulces, para posteriormente derrocharse en esa magnificencia ya comentada, en un torrente de sentimientos puramente románticos. Sir Solti conduce esa máquina perfecta que siempre fue la Sinfónica de Chicago, consiguiendo una concertación milimétrica con el solista en ese continuo carrusel sentimental.

Este diálogo de los dos conciertos, que van desde las reminiscencias del clasicismo del nº 2 al pleno romanticismo del nº 5 nos permite contemplar al artista genial que quiso romper la rigidez de las formas y abrir ventanas a inmensos horizontes de libertad. Fue persona que vivió etapas convulsas, de finales del s. XVIII y principios del s. XIX (Revolución, auge y caída de Napoleón, Congreso de Viena, ascensión de la burguesía, irrupción de la ideología liberal, revolución industrial), y que siempre desde su arte supo responder a un compromiso social, apostando por la transformación radical de los fundamentos estéticos, y buscando el discurso en el colorido tímbrico que reflejase sus estados de ánimo, como anteriormente reseñábamos, con un piano, su instrumento favorito, que bucea en su intimidad y una orquesta que prolonga la expresión de sus aspiraciones monumentales.

Este artista genial y comprometido, que en 1792 se instala definitivamente en Viena, realiza estudios universitarios, con especial querencia por la filosofía, y entra en contacto con ideales revolucionarios y republicanos que siempre defendió, es también hijo de su pasado, de unas ideas que tienen sus antecedentes en décadas anteriores, donde los artistas se esfuerzan en romper moldes y convenciones.

Esta época del XVIII en la que  la burguesía ilustrada en auge se esfuerza en la búsqueda del progreso y de un mundo más racional, cuestionándose ideas y estéticas, podría ofrecernos multitud de textos y autores para maridar con nuestro disco. Por no ser menor entre todos ellos, y por proximidad, se me viene a la mente nuestro paisano D. Gaspar Melchor de Jovellanos, nacido en Gijón en 1744. Y de su muy fecunda producción literaria, su Elogio de las Bellas Artes, discurso pronunciado en Real Academia de San Fernando en 1781. Contaba por entonces Beethoven 11 años. Ya había realizado su primera actuación en público, y publicado su primera composición. Al año siguiente dejará la escuela, y 2 más tarde obtendría su primer empleo en la orquesta de la corte del príncipe de Colonia, Maximiliano Francisco.

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D. Gaspar Melchor, hombre de visión enciclopédica en las dos acepciones que el DRAE concede al término, fue no solo un teórico, porque no le dejaron ser práctico, de la reforma (Informe sobre la Ley Agraria, Informe sobre espectáculos, Exposición al Príncipe de la Paz como respuesta a once puntos sobre instrucción pública en España, Informe sobre la reforma de cárceles, etc., etc.sino también un literato, con composiciones teatrales y poéticas de mayor o menor fortuna y libros de viajes, además de sus múltiples escritos e informes de orden pedagógico, económico, etnográfico, jurídico o político.

Y sintió una especial preocupación por el arte, de la que el librito que comentamos, pequeño en tamaño pero muy grande en contenido, es una muestra, y que, como citamos anteriormente, fue encargado por la Academia de San Fernando, de la cual era miembro de número, lo mismo que de las de Historia y de la Lengua.

En el prólogo de dicha obra, D. Javier Portús Pérez la considera un texto fundamental para la historiografía del arte español, puesto que, en sus palabras, es la primera vez que se superan esquemas estrictamente biográficos, y se pone la pintura en relación con fenómenos de órdenes sociales diversos que configuran la experiencia histórica, dando lugar al nacimiento del concepto moderno del arte en España.

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Y a quien asignamos el maridaje pictórico?. Instintivamente, máxime escribiendo estas líneas desde Zaragoza, pienso en Goya. Con ambos genios anteriormente citados comparte su sentido ilustrado y su profundo compromiso social. Con Jovellanos comparte el hecho de haberlo retratado en más de una ocasión, así como lo que hoy en día Facebook denominaría amigos comunes; y con el músico genial anecdóticamente compartiría la sordera, lo que sin duda a ambos condicionaría sus caracteres y ese punto hosco y de difícil sociabilidad.

Dicho esto, que cuadro escogeríamos de Goya?. Difícil tarea tanto por la gran calidad de toda su, además, cuantiosa producción como porque son infinidad los que cumplen los requisitos antes señalados. pero como me veo obligado a señalar uno, me quedo con El perro semihundido.

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Cuadro que forma parte de sus Pinturas negras procedentes de las paredes de la Quinta del Sordo; siempre resulta misterioso para cualquier observador.

Aquel joven que se sabía artista, y que quería alcanzar la fama, se lanzó a la aventura, y sin apenas recursos se fue a Italia a empaparse del arte de sus predecesores. Allí ya alcanza una mención especial del jurado en un concurso de Parma con el cuadro Anibal contempla por primera vez Italia desde los Alpes, que, por cierto en la actualidad está en el museo asturiano de la Fundación Seldas-Fagalde, en El Pito (Cudillero).

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A su vuelta a Zaragoza se dedica a la pintura religiosa, lo que le proporciona importantes beneficios económicos y un sólido prestigio profesional. Por eso y por la influencia de su cuñado Bayeu es llamado a la corte, y en Madrid alcanza las máximas cotas de éxito artístico, a lo que no es ajena por cierto, entre otros factores, su amistad con Jovellanos.

Pintor de gran perspicacia psicológica en sus retratos, es también un mordaz notario de su  sociedad con las series de grabados y un decidido y valiente denunciante de los desastres de la guerra, tanto con la serie de grabados del mismo nombre como con los cuadros referentes a los sucesos de mayo de 1808.

No ajeno a dificultades socio-políticas y económicas en el periodo de la Restauración, tanto por sus pensamientos como por los círculos de amistades en los que se movía, quizás alcance su cumbre artística en el Trienio Liberal con las Pinturas negras, que, como decíamos, decoraban su Quinta del Sordo y de las que El perro semihundido, era una de ellas, y en la que desde el punto de vista estético se acerca incluso a la abstracción, y desde el punto de vista de su contenido nos sumerge en todo un posible proceso interpretativo psicoanalítico.

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Tres inteligentes personas que comprometieron su vida en la búsqueda de su verdad y de la belleza, y que con ello contribuyeron a facilitarnos que sea un poco más fácil habitar este duro mundo. Gratitud y honra para su memoria.

Otras referencias:

http://www.beckmesser.com/entrevista-con-solti-recuperada/

https://www.youtube.com/watch?v=VJ2uv6RhN3Q

https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/metapintura-un-viaje-a-la-idea-del-arte/1d0500f9-5f3c-4ad0-a345-5626e65fa702

http://www.temasdepsicoanalisis.org/perro-semihundido/

Con su permiso.

12 Ago

Como otros años por estas fechas, y van…, cumplo con la gozosa tradición de mi visita a Gijón, de la que el objetivo principal es la mini-exposición que la Fundación Masaveu  hace de alguna pequeña parte de su extraordinaria colección artística, en el pabellón de la Feria Internacional de Muestras.

Mas como no solo de arte vive el hombre, la gozosa tradición comienza en ese otro entrañable establecimiento que es el Parador Nacional Molino Viejo , y más concretamente en su comedor. Media ración de jamón, un lomo de merluza y una copa de vino, en una mesa junto a sus amplios ventanales que permiten el sosiego del parque de Maria Luisa y la compañía de los pavos reales,  cumplen con las más estrictas indicaciones de la dieta mediterránea, y aportan fuerza y alegría añadidas a lo que ha de venir después.

Llegados ya al pabellón de la Fundación Masaveu, podemos disfrutar, como temática central y entre otros objetos, de 10 óleos de pintor asturiano del XVIII Dionisio Fierros, y otro retrato también al óleo de D. Pedro Masaveu Rovira, fundador de la dinastía, y realizado por el catalán Jose María Marqués García.

Tomada del catálogo de la exposición

Tomada del catálogo de la exposición

Como bien explica el excelente catálogo que, como habitualmente, la Fundación publica con motivo de la exposición, Dionisio Fierros nace en Ballota (Cudillero) en 1827, manifestando ya de muy joven su afición por la pintura, que continúa desarrollando en Madrid a donde se había trasladado con el noble afán de ganarse la vida trabajando honradamente.

Al conocer sus habilidades artísticas, son sus patrones, los marqueses de San Adrián los que le protegen hasta el punto de facilitarle su ingreso en el taller de José de Madrazo, dentro del propio Museo del Prado, del que este era director. Posteriormente será el primer asturiano que acude a las clases de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

En 1858 obtiene un clamoroso éxito en una exposición celebrada en la Sociedad Económica de Amigos del País, en Galicia, a la que había concurrido animado por su amigo Jenaro Pérez Villamil, y esto le estimula para concurrir a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1860, donde fue la revelación del certamen y obtuvo una medalla de primera clase.

Posteriormente su trayectoria estuvo siempre jalonada por los éxitos artísticos, y sus triunfos sociales, que le permitieron llevar en todo momento una vida desahogada.

Tomada del catálogo de la exposición

Tomada del catálogo de la exposición

Fierros coincide con Pedro Masaveu Rovira en sus peripecias biográficas, su impulso para la emigración, su valentía al tomar decisiones difíciles, su tenacidad y su triunfo final. Por todo ello, también coinciden en esta exposición.

Tomada del catálogo de la exposición

Tomada del catálogo de la exposición

Del resto de objetos de la exposición, medallas, muebles, documentos, etc., me parecen destacables los que muestran la extraordinaria afición por la música, y también un bronce de Auguste Rodin de Los burgueses de Calais.

Y después de esta maravillosa experiencia, que más se podía pedir?. Pues rematarla con un atardecer musical. Y que mejor oportunidad que gozar de una de las actividades del Festival de Verano. Oviedo 2015 en el extraordinario marco del Claustro de Museo Arqueológico.

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Pues allí dirigí mis pasos, y a fe que el Duo Extremis (Andrés Fernández, oboe, y Omar Majbour, piano) no me defraudaron. Desde la plenitud romántica de Schumann hasta la estimulante contemporaneidad de Gilles Silvestrini, pasando por la inquietante aparente serenidad de Tchaikovsky, y sobre todo por la emocionante creatividad del propio Omar Majbour, la música amplificaba nuestras ensoñaciones, que junto a las nubes volaban a través de los arcos del maravilloso Claustro, por encima de la torre de esa Catedral que es ancla de la historia y cultura de la ciudad, sabe Dios hasta donde.

Para más precisos y provechosos detalles del concierto, aconsejo a mis pacientes lectores que estén atentos al siempre enjundioso blog de mi amigo y maestro Pablo Siana, y donde a buen seguro no tardará en aparecer la referencia al día de hoy.

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 Al salir me encontré con Fray Benito, meditabundo. Más de 300 años lleva en la ciudad, para nuestro ejemplo y estímulo. Le pregunté por sus cuitas. Seguro que me contestó en detalle, aunque yo no supiera escucharlo. Quizás reflexionaba sobre lo vivido, quizás se preparaba para lo por vivir. Habré de meditarlo en sus obras. De todos modos le di las gracias por su constante compañía, y allí lo dejé, cuidando de nuestra psicología.

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El cuarteto musical

28 Dic

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Mientras me dejo llevar por el placer del Opus 18 de Beethoven, concluyo la lectura de uno de los libros que mejor impresión me causó en los últimos tiempos, el titulado El cuarteto de cuerda. Laboratorio para una sociedad ilustrada, obra de Cibrán Sierra, violín de esa excelente formación que es el Cuarteto Quiroga, y publicado en Alianza Música, en su colección Biblioteca básica.

Ciertamente para cualquier aficionado a este arte, un libro sobre esta forma musical tendría ya de entrada muchas probabilidades de éxito, pero es que además encierra muy interesantes sorpresas más.

Desde el punto de vista literario es elegante, ameno y muy claro. Además es una obra sobre música que puede leer cualquier aficionado, aunque no sea conocedor de sus tecnicismos. Inevitablemente el autor debe en ocasiones referirse a ellos, pero su lenguaje es tan claro, su escritura tan expresiva y su capacidad didáctica tan evidente que en unas estupendas Notas nos aclara conceptos como armonía, tonalidad, bajo continuo, fuga, timbre o afinación de modo que todos, y les aseguro que yo no soy ningún experto, podamos entenderlo.

Por otra parte el autor muestra tener una muy amplia y profunda cultura, haciendo suya la actitud que cita de Brahms, que demuestra sobre todo en el plano de la historia, lo que una vez más contribuye a la amenidad, claridad y rigor de la obra.

Pero para mí, lo que más me gustó del libro es la continua y razonada relación que establece entre esta excelsa forma musical, el cuarteto, su trascendencia histórica, hasta la actualidad, y su compromiso con el desarrollo de los conceptos de diálogo entre iguales, libertad, y, por ende, ciudadanía democrática.

La música deja de ser un entretenimiento estético de snobs que acuden a los conciertos como a cualquier otro acto social para convertirse en una escuela de ciudadanos libres, con conciencia crítica y responsabilidad cívica y social.

Un consejo sincero: Regálense el libro por estas fechas, el precio es asequible, y si son aficionados a la música disfrutarán hasta límites insospechados, y si no lo son, pero son personas con amplio interés por la vida, seguro que descubrirán un nuevo horizonte que los llevará lejos.

Feliz Navidad!

Allegro y andante (VIII): Otra efeméride.- C. Ph. E. Bach

8 Abr
Carl Philipp Emanuel Bach.- Tomado de Wikipedia

Carl Philipp Emanuel Bach.- Tomado de Wikipedia

Entre las varias suertes que implica vivir en Oviedo no es la menor la de los aficionados a la música. Así, además de los habituales abonos de temporada, andamos estos días entusiasmados por acontecimientos auténticamente de primer orden. Podríamos citar La Pasión según San Juande J. S. Bach, interpretada por el excelente conjunto que es Forma Antiqva, en estos momentos en lo más alto de la clasificación mundial de música antigua, con un líder, Aaron Zapico, capaz de llevar adelante las más atrayentes empresas en este campo. Y reforzados en este caso nada menos que, entre otros, por miembros del Cuarteto Quiroga, y con el fantástico coro El León de Oro, y con nombres entre los solistas como Gerard Türk, Damien Guillon, María Espada o Peter Kooij. Fue un espectáculo pleno de sentimiento, emoción y buena, muy buena música.

Nuevamente repitió Forma Antiqva, en este caso en el ciclo Primavera Barroca, con un concierto titulado Con afecto y armonía, en el que con la excelente voz de María Espada, y con la colaboración de Ruth Verona, que no toca el violoncelo si no que lo acaricia de tal manera que no puede resistirse a sonoridades celestiales, nos brindaron música de Santiago de Murcia, Roque Ceruti, Antonio Literes, Sebastian Durón, Arcángelo Corelli, José de Torres, y dos anónimos, todos ellos francamente deliciosos.

Inmediatamente antes tuvimos la inmensa fortuna de poder disfrutar de un auténtico número uno  mundial como Jordi Savall.  Solo en el escenario, con su viola da gamba y sus múltiples afinaciones, que fue comentando de modo cercano y directo, supo crear un ambiente pleno de intimísimo y emoción, con una intensa conexión con el público. Fue uno de los conciertos más musicalmente densos y puros que recuerdo.

La Radio-Sinfonieorchester de Stuttgart, orquesta con la tradicional seriedad y perfección germánica, extraordinariamente conducida por su director Stéphane Denéve, nos deleitó con la Lemminkäinen-Suite para orquesta de Sibelius, y la Sinfonía n 4 de Bruckner, que fueron, especialmente esta última, una auténtica lección de exquisitez en las dinámicas, por cierto francamente intensas, y de manejo de los metales. La asociación del violinista danés Nikolaj Znaider, con su maravilloso Guarnerius, de 1741, nos regaló el Concierto para violín y orquesta de Sibelius, una joya de melodiosidad y virtuosismos. Y por parte de este, para acabar, como propina una fuga de Bach, la de su Sonata n 1, que nos hizo llegar al cielo musical.

Se esperaba con gran interés a la Symphonieorchester des Bayerischan Rundfunks, dirigida por Gustavo Dudamel, a quien aquí se le tiene un especial cariño. Interpretando la Pastoral de Beethoven y La consagración de la primavera, de Stravinski (ahí es nada!), se nos mostró un Dudamel que ya no es una joven promesa, sino una esplendorosa realidad, que va ganando en madurez y solera. Cuidadoso con el detalle, busca la excelencia en cada sonido, en cada tempo. Al final, en una muestra de grandeza personal y respeto, huyó  (tendrá algo que ver con los, sin duda, difíciles momentos que está atravesando?) de todo protagonismo personal, concediéndole el mérito a una orquesta extraordinaria en su conjunto, y en cada una de sus secciones y solistas.

Y aún nos queda la Amsterdam Baroque Orchestra, con Ton Koopman en la dirección de La Pasión según S. Mateo, nuestra OSPA con el Elías, de Mendelssohn, y después La Ritirata, dirigidos por Josetxu Obregón. Todo este lujazo en un plazo de veintidós días. Se puede pedir más?. Si llego a poner todos los signos de admiración que tales nombres me sugieren, no escribiría otra cosa. Amén de que los programas habituales continúan más o menos en el mismo tenor.

Con todo esto no es de extrañar que uno se deje arrastrar, con sumo gusto, por este caudaloso raudal de emociones. Pero además de ello, también es lícito y necesario disfrutar de una forma más sosegada de ese infinito paraíso que significa la música. Hay múltiples formas de hacer esto. Audiciones íntimas de esas grabaciones de especial significado, lecturas al respecto, o aprovechar las ocasiones que nos brindan las continuas efemérides para profundizar sobre determinado autor o intérprete.

En este sentido bueno será en este año de 2014 recordar el 300 aniversario del nacimiento de Carl Philipp Emanuel Bach.

Johann Sebastian Bach.- Tomado de www.classicaltv.com

Johann Sebastian Bach.- Tomado de http://www.classicaltv.com

Segundo hijo de los 20 que tuvo el gran dios de la música y músico de músicos, Johan Sebastian Bach, nació en Weimar y tuvo por padrino en su bautizo al también grande Telemann, lo que ya parecía un buen presagio, y a quien acabaría sustituyendo como Maestro de Capilla en Hamburgo, a la muerte de este. Pronto, en su infancia, tuvo por maestro a su propio padre, (qué más se puede pedir?), y de su mano surgió un muy precoz compositor, puesto que ya con 14 años incluyó alguna composición suya, sin duda que con la ayuda de su padre, en el Pequeño libro de Anna Magdalena Bach, y a los 17 ya incluía en su catálogo obras de música de cámara para clave y violín. Compositor muy fructífero, se conocen más de mil composiciones en sus catálogos, y un consumado maestro clavecinista, instrumento para el que se le llegan a contabilizar hasta 337 obras, y también un gran teórico de la música puesto que nos dejó un tratado tan importante como es el titulado Ensayo sobre el verdadero arte de tocar los instrumentos de tecla. Supo darle a este instrumento, el clave, una gran autonomía mucho más allá del bajo continuo habitual del barroco, como nos muestran algunas de sus Sonatas para clave y flauta, cada uno de los instrumentos con su línea melódica propia, o ese género tan personal como son las Sonatinas para uno o dos claves y orquesta, de las que compuso 10 para el primer caso, y dos para el segundo.

Si bien su reconocimiento pasó por diversas etapas a lo largo de estos 300 años, hoy en día no se cuestiona que supone un punto importante en la transición del barroco, en el que destaca su padre Johan Sebastian y el clasicismo. Así lo confirma la admiración de la que fue objeto por parte de la Primera Escuela de Viena (Haydn, Mozart, Beethoven), destacando en este sentido la utilización de grandes énfasis en las dinámicas. Así sus Sinfonías de Hamburgo son obras de grandes contrastes, de cambios de carácter y un estilo pleno de sensibilidad, que le relaciona con el sturm une drang, y por lo tanto con los presagios del romanticismo. Como todos los precursores también tuvo sus incomprensiones, y así algún crítico de la época opinaba que tenía culto a los extremos en temperamento y pasión.

A este respecto, cabe señalar que si bien Jonathan Kramer, en su conocido y utilizado libro Invitación a la Música, no considera oportuno dedicarle un capítulo específico o tan siquiera una cita nominal, por el contrario Francois-René Tranchefort, en su espléndida Guía de la música sinfónica, le dedica un amplio capítulo específico en el que se detiene en detalle en sus Sinfonías y Conciertos.

Especial interés adquiere en su biografía la relación con Federico el Grande, al que dedicaría innumerables obras, destacando una de sus dos series de sonatas, las famosas Preußische Sonaten (1742), uno de los ejes fuertes de su abundante producción, que lo confirmarían ya como uno de los más importantes clavecinistas de Europa, así como alguna de sus sinfonías. Nombrado clavecinista de su corte siendo aún Federico príncipe heredero, continuó cuando este llegó al trono.

Entre los acontecimientos que se preparan con motivo de este 300 aniversario de este importante música, está la revisión de todo su catálogo y la publicación total de sus obras, algo que se puede consultar en la página www.cpebach.org, y desde la misma, acudir a www.cpebach.de, donde se encuentran los eventos y celebraciones que al respecto se van a realizar en Alemania.

Lamentablemente desconozco celebraciones específicas a realizar en España, pero para quien quiera profundizar en el autor le recomiendo muy vivamente el ciclo que Eva Sandoval, en su maravilloso programa, como todos los suyos, de RNE Clásica titulado Grandes Ciclos, le está dedicando durante todo el mes de marzo y abril , y que para mayor comodidad de quien no pueda escuchar entero en su horario habitual de las 13:30, puede descargarlos cualquier día y en cualquier lugar en sus estupendos podcasts.

Así que GRACIAS A LA VIDA Y A LA MÚSICA!.

Producción propia

Producción propia

Con mi hija en el Campoamor (IX): Debo indignarme!.

2 Feb

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Gústeles o no les guste, nadie en su sano juicio artístico duda de la grandeza, qué digo grandeza!, de la inmensidad del genio musical de Mozart. Y de las muchas facetas y ámbitos musicales que abordó, quizás sea en su creación operística donde alcanza mayor profundidad y solidez.

De sus óperas, Don Giovanni puede que sea una de las que más se acercan a la obra maestra. Obra de madurez, cerca del ocaso de su vida y temporalmente del sublime Requiem, fue ya un éxito fulgurante desde su estreno en Praga, y paseada en triunfo por las principales ciudades operísticas  del mundo y por los más señeros coliseos, paradójicamente menos en Viena, donde llegó a recibir comentarios irónicos del propio emperador. Ya se sabe que nadie es profeta en su tierra, y en esto Mozart tampoco fue una excepción.

En el caso que nos ocupa, como en otras óperas, tras una fachada aparentemente giocosa, y de hecho parece que Mozart la registró en su catálogo, junto como Cossi fan tutte, como opera buffa, se esconden disquisiciones y temas de mucha enjundia. Uno de sus biógrafos, Marcel Brion, del que se dice que es tan escrupuloso como poco dado al sensacionalismo, tras señalar que esa época de Praga que verá surgir a Don Juan y  las grandes sinfonías, señala en la vida del compositor la época verdaderamente romántica de su carrera, encuentra en Don Juan toda una disquisición sobre la muerte. Para Brion el personaje es tan complejo en la interpretación que hace de él la música de Mozart que incluso su caída al infierno es una manera de vencer, una apoteosis. Porque llevaba la muerte en él, en su ser más íntimo, desde el principio de su ardiente y dramática búsqueda del amor, Don Juan es verdaderamente un héroe.

Obra sin duda de gran calado y complejidad psicológica, que alcanza altas cotas en el libreto de Da Ponte, y de gran belleza y dramatismo en lo musical, es una ópera que se sustenta a sí misma, por más que, como alguien sugería recientemente en un periódico local, sea Oviedo una plaza donde gusta más de atender a las voces, y a la ópera italiana, y donde la propia obra de Mozart tardó en en encontrar su sitio, y no digamos ya la de Wagner. Don Juan no necesita de estridencias que llamen la atención, peligro tan actual en el mundo de la ópera, y se basta con que no la destrocen.

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Tengo un buen amigo muy inteligente, excelente escritor y reputadísimo crítico en su especialidad que defiende la teoría de que todo crítico debe tener siempre un punto de indignación, de cabreo, si se me permite la expresión por otra parte reconocida por el DRAE y buscar el lado oscuro de lo criticado. Yo no quito ni quito ni pongo rey a tal teoría, y mucho menos pretendo ser un crítico que merezca la pena, pero en esta ocasión creo que debo seguir el consejo de mi amigo y al menos teatralmente (no es eso también ópera?) indignarme.

Me refería en un párrafo anterior a los peligros que hoy en día acechan a la ópera en todo lo referente a la puesta en escena, y aquí utilizo el término en sentido amplio, y de como en ocasiones parece que se hace únicamente para llamar la atención provocando. Pues bien, en el caso que nos ocupa, esto empieza antes de entrar en la sala, ya en la calle, en concreto en el cartel anunciador que inundó la ciudad y que se expuso en gran tamaño en la fachada del teatro, y en el que se ve a un varón, no me atrevo a llamarle caballero, tocándole las nalgas a una mujer, hecho este que si a cualquiera de nosotros se nos ocurriese, como muestra de haber perdido más o menos transitoriamente el juicio, realizarlo en el ámbito de nuestros trabajos, o en la calle o en una celebración social, seríamos motivo de repulsa e incluso de acusación seria de de odioso machismo y acoso sexual.

Por qué entonces tal provocación, por lo demás tan innecesaria?. El prestigio de la obra está tan consolidado que prácticamente no necesitaría ni cartel para atraer a nadie, bastarían unas sencillas y económicas hojas volanderas que dijesen “Don Giovanni”, y concretasen día, hora y lugar. Por otra parte, estéticamente es más que discutible, más parece uno de esos anuncios de colonias que nos aturden en las fechas navideñas o de esa marca, Benneton, que sin entrar en la calidad del producto ofrecido hace bandera de la provocación. Me cuentan que la hija de seis años de alguien relacionado con el entorno de nuestra Fundación Ópera de Oviedo, con esa lógica sinceridad y contundencia de los niños, al ver el cartel en la calle, le preguntaba a su padre que por qué aquel señor hacía aquello.

Pero en fin, si un poco de teatral indignación está bien para estimular de alguna manera las suprarrenales, no le concedamos al asunto más importancia que la que tiene, es decir un pretexto para una breve y pasajera comidilla local.

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Por lo demás, la puesta en escena propiamente dicha, la de Alfred Kirchner y Ulrich Schulz, con las limitaciones obligadas por nuestro exiguo escenario (cuantas ocasiones perdidas van?, cuando se solucionará el tema?), discretita, correcta, echando mano de eso que dimos en llamar intemporalidad y que hace que lo mismo valga para un roto que para un descosido, eso sí, permitiendo ajustar costes, cosa que siempre viene muy bien.

Respecto de las voces, eso que parece ser debe ser la vocación operística y a la que tanta importancia se da en nuestra ciudad, que quieren que les diga. mí gustáronme en su conjunto. De tener que escoger, por el equilibrio voz-interpretación, me quedaría con Simón Orfila, en el papel de Leporello, y Maren Favela, en el papel de Zerina, pero creo también destacable a Antonio Lozano, en el papel de Don Ottavio, necesariamente más envarado. Pero en esto no me hagan mucho caso, que no entiendo mucho de ello. Bueno, en el resto, tampoco.

La interpretación orquestal, dirigida por Álvaro Albiach, muy atinada, con una orquesta, nuestra Oviedo Filarmonía, bien empastada y el excelente añadido de Aarón Zapico en el clave, María de Mingo en la mandolina y Alegría Solana en el violonchelo.

En definitiva, una buena sesión que nos ayuda una vez más a reconciliarnos con la vida y agradecerle sus regalos. Lo anecdótico, nada que no pueda quedar superado por unas croquetas de compango y unas brochetas de pato, regadas con un buen ribera en el siempre recomendable LimayLimón, y la entrañable y reconfortante compañía de mi hija. Todo ello, digno colofón de una notable temporada, la LXVI.

Qué el destino nos permita llegar con bien a la LXVII, y ustedes lo vean!

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Alegro y andante (VI): Lo verdadero, lo bueno, lo bello y lo humano

2 Ene

El hecho musical ovetense es otra de esas suertes que nos regala la vida, que podemos disfrutar de forma prácticamente continua, y que nos ayudan a perseguir ese bello concepto del teólogo José Mª Rovira que da forma a nuestro título.

El pasado 29 de noviembre nos deleitábamos con la sesión correspondiente al ciclo de piano “Luis G. Iberni”, con la intervención de nuestra Oviedo Filarmonía, dirigida por su titular Marzio Conti, y en programa el estreno mundial del Concierto nº 1 para piano y orquesta, op. 83, de nuestro Guillermo Martínez. interpretado por Horacio Lavandera, además de la Serenata per piccola orchestra, de Respigui, y la Sinfonía nº 5 en i bemol mayor, op. 82, de Sibelius.

Marzio Conti es uno de esos dos estupendos directores, el otro es Rosen Milanov, que tenemos la suerte de tener entre nosotros, en Oviedo, que se esfuerzan y lo consiguen, por hacer que la música sea algo vivo, popular, cercano a la calle y al público, y tratando de contrarrestar ciertos alcanforados encorsetamientos, que la convertían en algo elitista y distante. Todo ello sin restar un ápice, antes muy al contrario, al rigor, calidad, respeto y seriedad que algo tan grande como la música lleva implícito.

Por otra parte, nuestro Guillermo Martínez es un brillantísimo joven, de envidiables 30 años, que si bien le nacieron en Venezuela, es asturiano de raíces y formación, en el Conservatorio Superior de Música de Oviedo y en la Escolanía de Covadonga.

A pesar de su juventud, su curriculum es extenso, no hay más que ver que la obra estrenada la firma con el número de opus 83. Como se comenta en el programa de mano de la sesión, es el vencedor del “Primer Concurso Nacional de Jóvenes Compositores- Ciudad de Oviedo”, entre otras muchas actuaciones en diversos escenarios, bajo la batuta de figuras de primera línea, y su música ha sido interpretada ya también por muy significativas formaciones.

Su Concierto nº 1 para piano y orquesta fue interpretado, como decíamos, por Horacio Lavandera, también joven pianista argentino de gran proyección internacional, lo que garantizaba, como así fue una excelente interpretación, tanto en lo formal como en lo expresivo y emocional. El Concierto parte de una estructura clásica, con tres tiempos rápido-lento-rápido, intencionadamente “académico” en manifestaciones del propio autor, y muy ecléctico en el estilo, con temas de orientación asturiana, contrastes orientalistas e inclusiones de jazz, con imaginación y entusiasmo, como pone de relieve Joaquín Valdeón en sus estupendas notas al programa.

Sin duda que nuestro G. Martínez nos ha de deparar muchísimas satisfacciones más al poder participar de su carrera, seguro que de mucho éxito. Tuve la suerte y el honor de poder felicitar a su madre y hermana, compartiendo su legítimo orgullo familiar ante el triunfo del trabajo y el esfuerzo, que muestran lo mejor de una juventud que nos hace mantener viva la llama de la esperanza.

El resto del programa fue desarrollado por nuestra orquesta con ese nivel de solvencia que le caracteriza, como esas marcas de buen vino de garantía, que añada tras añada, concierto tras concierto, consiguen aumentar los peldaños en la búsqueda de la excelencia.

Excelencia que pudimos paladear el día 1 de diciembre, ¡lástima los que llevados por la costumbre no se percataron del cambio horario y perdieron toda la primera parte!, con la presencia de Guidon Kremer y su sin par Kremerata Báltica. Como decía mi querido Pablo Siana, la Krem de la Krem

Kremer también, y sobre manera, crea vida a partir de la música. Traspasa límites y busca formas expresivas nuevas con versiones, recreaciones y variaciones. Todo ello desde la libertad y por tanto desde la alegría, y eso lo trasmite y lo regala a quien lo quiere compartir con él.

Así, de Las Cuatro Estaciones, más concretamente de El Verano, su excelente percusionista, Andrei Pushkarev, hace una versión para vibráfono; del Cuarteto de cuerda en mi menor de Verdi, una de sus escasísimas creaciones instrumentales, lo que ya de por sí es también una excepción, hace una versión orquestal, y del Rondo a capriccio en sol mayor, op. 129, de Beethoven.

Pero lo realmente maravilloso para mí vino con las propinas. La sutileza, la belleza y el sentimiento con que interpretó el Oblivion de Piazzolla constituye uno de esos momentos que emocionan y que justifican la asistencia a un concierto. Al día siguiente busqué su publicación de Hommenage à Piazzolla. The complete Astor Piazzolla Recordings, y les puedo asegurar que escuchado en un tranquilo atardecer, sin prisa, podrán entender todo lo que encierra el término sosiego mucho mejor que a través de los más sesudos estudios enciclopédicos.

Excelencia que volvimos a paladear días después con esa gran señora del piano que es Maria Joao Pires al interpretar el Concierto para piano y orquesta, n. 2, de Beethoven, junto con la Orquesta Sinfónica de Viena, dirigida por Adam Fischer. Cada interpretación de Maria Joao Pires es la expresión de toda una vida entregada al culto a un arte, la música, que eleva al nivel de sagrada. Ni una concesión a la galería ni al efectismo fácil. Todo es delicadeza, armonía, exactitud en la expresión de la esencia de la partitura en su mayor pureza. Aunque el Concierto n. 2 no sea de los de mayor popularidad, Pires encandila y emociona con la transmisión de la armónica belleza que siempre encierra Beethoven.

Para completar el programa, Fisher apostó a seguro, el clasicismo en su grado máximo, Haydn con su Sinfonía n. 101, “El reloj”, y Mozart, con su Sinfonía n. 41, “Júpiter”. “Ahí es ná”, que diría un castizo. Si a eso se añade la entrega, el cuidadosísimo detalle en la conducción, y el empeño en la matización de las dinámicas orquestales, y todo ello realizado a través de un conjunto de la categoría de la Sinfónica de Viena, el placer de la velada alcanzó niveles máximos.

Cerramos esta parte del ciclo musical al que me refiero con otra intervención del maestro Marzio Conti al frente de nuestra Oviedo Filarmonía y otra joven figura de la tierra, el viola Jesús Rodolfo Rodríguez, que hizo una magnífica interpretación de Harold en Italia, op. 16 de Héctor Berlioz. Es una gran alegría contemplar el triunfo de los jóvenes, sobre todo si tienen el mismo origen en nuestro terruño, por lo que significa también de triunfo de la fe en el mismo y de recompensa al esfuerzo, máxime cuando es por una tarea tan noble como es la búsqueda de la belleza que encierra la música y la generosidad para regalársela al espectador.

Otras cosas importantes sucedieron en el mundo de este noble arte, como la presentación por parte de Forma Antiqva de su último disco en el patio de nuestro Museo de Bellas Artes, o la, al parecer, magistral interpretación del Requiem de Haendel, dirigida también por Aaron Zapico, en la Catedral, pero desgraciadamente, o afortunadamente ¿quién sabe?, los humanos somos limitados y no se puede estar en todas partes.

No obstante las maravillas que hoy en día la técnica pone a nuestra disposición, sí nos permite estar en sitios aunque no lo estemos físicamente, y por eso es obligado referirse al magnífico concierto de Año Nuevo desde Viena, magistralmente dirigido en esta ocasión por el gran Daniel Baremboim. Si este tipo de conciertos tienen en muchas ocasiones más de acto social que cultural, y se puede tender a una música que busque más la emoción efectista, en este caso Baremboim no solo comenzó haciendo una estupenda selección del programa, con un continuo mensaje subliminal maravilloso de canto a la paz, sino que dirigió con una entrega, una seriedad, una sutileza, un cuidado en los tempos, en los fraseos y en las dinámicas que cuando, además, se realiza  con un instrumento tan perfecto como es la Orquesta Filarmónica de Viena, (suerte de disfrutar de las dos orquestas vienesas en tan poco lapso de tiempo), el resultado hace que se consiga en grado máximo el objetivo de la música de exaltar los sentimientos y emocionar profundamente.

Y ahora a esperar que el 2014 continúe trayéndonos buena música, y sobre todo, y con ella, salud y bienestar para todos.