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Pulgarcito

11 Jun

El último favor es siempre el penúltimo.

Pulgarcito era un muchachuelo alegre, de sonrisa franca, muy activo y siempre dispuesto a hacer favores a los demás. Por esto era muy apreciado en la corte.

-Pulgarcito, podrías ir a por agua? -le pedían unos.

-Pulgarcito, podrías traernos leña? -decía otros.

Pulgarcito nunca decía que no, y así andaba todo el día ajetreado de ceca en meca, trabajando para los demás, sin que esto le reportará ningún beneficio material ni de rango dentro de la corte.

Su madre siempre le decía:

-Pulgarcito, por qué andas asÍ de azacanado?. No ves que todos se aprovechan de tí?

-Madre, no me importa -contestaba el bueno de Pulgarcito -a mí no me cuesta trabajo, y si puedo ayudar, pues mejor y más contento me siento. No lo hago por que me lo agradezcan ni me lo remuneren.

Un buen día la madre de Pulgarcito cayó enferma de aquel catarro universal que asolaba la región . Nadie sabía como evitarlo y mucho menos curarlo. Así que Pulgarcito se dedicó en cuerpo y alma a cuidar de su madre así como de las tareas de su propio hogar sin que le quedara tiempo para nada más.

En esto estaban las cosas cuando dos pajes de palacio llegaron hasta su casa a decirle que la Reina Madre requería su presencia de inmediato.

-Pulgarcito -dijo una vez que el muchachuelo estuvo ante ella -quiero que vayas a la ciudad y en el mercado de las sedas compres las más suntuosas que encuentres, Después te acercarás al pueblo vecino, donde reside el sastre, y le comunicarás que a la mayor brevedad debe confeccionarnos los más elegantes vestidos a las princesas y a mí para el próximo baile de la corte, al que asistirán los más afamados príncipes,. Adviértele que ha de darse prisa, pues tendrá lugar dentro de una semana. Así que andando, date prisa en cumplir mis órdenes, que tenemos poco tiempo.

Pulgarcito no sabía como expresar lo que tenía que decirle a la Reina, pues esta era conocida por su difícil carácter, y mucho más cuando se le llevaba la contraria. Con los ojos bajos y con la mayor suavidad de la que era posible, expresó:

-Majestad, sabéis que siempre es para mí un honor cumplir vuestros deseos, y que lo hago con prontitud. Pero en esta ocasión, y bien a mi pesar, no me va a ser posible. Las misteriosas fiebres que invaden la región tienen a mi madre en la cama con incurables calenturas y el cuidado ella y las tareas de la casa tienen ocupado todo mi tiempo, pues no hay ninguna otra persona que pueda hacerlas.

La Reina Madre sintió que la ira le invadía, su cara enrojeció y cerrando los puños al tiempo que golpeaba el suelo enrabietada gritó con voz gruesa:

-A mí la guardia, quitad a este insensato de mi presencia, encerradlo en la más profunda y oscura mazmorra del castillo, y encadenazlo para que nunca pueda salir.

Los guardias sintieron gran lástima por Pulgarcito, pero no se atrevieron a desobedecer a la Reina, pues sabían de las graves consecuencias de hacerlo.

A continuación la Reina Madre llamó a las dos princesas y claramente ñampeada exclamó a voz en grito

-Pulgarcito es un insensato. Nunca obedece a nuestras órdenes, siempre hace únicamente lo que a él le apetece, y eso no se puede consentir. Qué pasaría si todos nuestros súbditos hiciesen los mismo?. Lo único que quiere es boicotear vuestra presencia en el baile. Tenéis que hablar con vuestro padre, el Rey, y convencerle para que mande decapitar a Pulgarcito, por delito de lesa majestad.

Las princesas, aunque no entendían muy bien lo que decía su madre, la obedecieron, y el Rey, que aunque bueno era muy débil y no se atrevía a contrariar a la Reina por miedo a sus ataques de ira, dio las órdenes oportunas para proceder a ejecutar la decapitación de Pulgarcito.

Mientras tanto, los guardias, indignados ante tamaña injusticia, comentaron los hechos en la taberna del pueblo. Inmediatamente la ira creció entre los asistentes, que rápidamente se organizaron. Unos fueron a la casa de Pulgarcito para hacerse cargo del cuidado de su madre, así como de los cuidados del hogar, y el resto del pueblo se plantó a las puertas del Palacio Real armados de palos, piedras y antorchas, dispuestos a hacer lo que fuera necesaria para evitar la injusticia.

Los cortesanos al ver a la multitud claramente decidida a invadir Palacio, lo abandonaron rápidamente, dejando solos a los miembros de la Familia Real, que en el último instante pudieron huir por una puerta trasera, para nunca más volver.

El pueblo liberó a Pulgarcito, y su madre, gracias a los cuidados de los vecinos, curó de sus calenturas. Tras la huida de la Familia Real en aquel país se instauró la República,…y colorín colorado.

El retorno

30 May

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Cuando el viajero llegó a la misma estación de la que había partido 40 años antes, la ciudad lo recibió también de igual manera, con una lluvia fina y pertinaz (orbayu la denominaban en aquel lugar), que conocía bien y sabía que si no se refugiaba de ella acabaría con una más que severa mojadura.

Gustaba nuestro personaje de viajar ligero de equipaje, lo que le iba a permitir desplazarse a pie hasta su hotel, eso sí, protegido por un paraguas, instrumento que nunca abandona a todo buen habitante de aquellas tierras.

Cuando enfiló la recta calle principal que unía la estación con el centro todo estaba envuelto en una neblina gris acerada que añadía aún más tristeza al hecho de comprobar que los cambios ocurridos en su ausencia no eran sustanciales, destacando el hecho de encontrar aún más negocios con el cartel de se vende/se alquila como tenebroso producto de las dos últimas crisis.

Entregado a la añoranza había decidido que en tanto buscaba una vivienda definitiva se alojaría en el hotelito de la plaza en la que habían transcurrido sus primeros años, y en la que se desarrollaron sus juegos infantiles, algo ahora imposible por mor de la invasión del tráfico.

Una vez instalado encargaría a una empresa de transportes el traslado de sus libros, sus cuadros y su querido piano, y después a una agencia inmobiliaria que, sin urgencia, pusiera en venta su piso, pues aunque pensaba volver en cuantas ocasiones le fueran posibles a Barcelona, la ciudad donde había trabajado y sido feliz durante estos últimos cuarenta años, no sería de forma tan frecuente ni tan prolongada como para mantener un piso como el suyo abierto, con los gastos que ello conllevaría.

El citado hotelito era pequeño, pero tenía todos los requerimientos básicos para una estancia confortable, y sobre todo una ubicación excelente, no solo por las razones sentimentales antes descritas sino también por encontrarse en la zona más céntrica de la ciudad.

Tras una ligera cena decidió retirarse a descansar. El día había sido largo, pródigo en emociones y no exento tampoco de cierta fatiga física. Los años comenzaban a pesar por más que subjetivamente no lo pareciera.

Un cúmulo de sensaciones, recuerdos y nostalgias se le agolpaban produciéndole una enternecedora situación de cierta labilidad emocional, pero que no le resultaba en modo alguno desagradable ni dolorosa, por lo que no tuvo ninguna dificultad en conciliar un sueño fácil que al día siguiente observó como reparador, y sin que el subconsciente le hubiese generado ningún sueño indeseable.

Desde su jubilación había adquirido el hábito de convertir el desayuno en uno de los momentos placenteros y relajados del día, bien es verdad que procuraba que esto sucediera también el mayor número de veces posible a lo largo de toda la jornada. Cuidaba de escoger alimentos de forma equilibrada y sin ninguna prisa, recreándose en el color, textura y sabor de los mismos. Zumo o frutas, cereales en forma de pan tostado, lácteos, proteínas en algún embutido suave, y un estimulante café con leche al que en alguna ocasión se permitía el lujo de añadir un croissant, algo aquí imperdonable por estar cerca de la confitería que llevaba más de 100 años confeccionando los mejores. Todo ello sin ninguna prisa, al tiempo que, con calma, planificaba mentalmente su jornada matutina.

Ciertamente debería buscar piso, pero quizás esta era la tarea que menos le urgía. Lo que más ansiaba era reencontrarse con la ciudad, por lo que sentía la ilusión y la incertidumbre de quien va a reencontrarse con una antigua novia. Desde que se había marchado regresó en algunas ocasiones, siempre con el único objetivo de visitar a sus padres con los que tenía una más que entrañable relación, aunque la verdad es que fueron más las veces en que ellos lo habían visitado a él en Barcelona. Pero desde que estos faltaban, y bien que los echaba de menos, no había vuelto a pisar su ciudad natal, así que tenía ganas de reencontrarse con ella y con sus recuerdos, aunque por otra parte sentía cierta inquietud ante la posibilidad de haberlos idealizado y que la realidad le mostrase alguna decepción.

Por de pronto la casa en la que había nacido, en aquella misma plaza, ya no existía, y estaba sustituida por otra de diseño más moderno de acero y cristal, y sus bajos estaban ocupados por un gran restaurante también de diseño. El convento de monjas, cuyo origen se remontaba al siglo XIII y que había sido declarado Bien de Interés Cultural, y cuyo interior había sido motivo de calenturientas aventuras épicas en su infancia, era sustituido por un vanguardista edificio de la administración, de Hacienda para más inri.

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De todos modos, desde allí comenzaría su primer paseo en el que el objetivo más preciado era llegar al bar donde su padre le había contado en reiteradas ocasiones que tenía la tertulia n la que se reunía con sus amigos, y formaba parte de su felicidad. Eran 10, todos mayores que él, todos personas inteligentes y creativos (pintores, músicos, escritores, etc., eso sí, todos de distinta ideología), que una vez por semana, durante una hora o raramente un poco más, y alrededor de sendas copas de vino (alguna vez se repetía la ronda) y algún aperitivo sólido, charlaba y discutían, alguna vez acaloradamente. Pero siguiendo un símil futbolístico, lo que sucede en la tertulia se queda en la tertulia. Nunca la más estruendosa discusión erosionó un ápice el cariño que entre ellos se tenían. A su padre siempre que hablaba de su tertulia se le iluminaba la mirada y se le dibujaba una sonrisa que significaban los muchos ratos de felicidad que allí disfrutaba.

Con estos pensamientos en poco tiempo llegó al centro sentido de la ciudad. Allí seguía el antiguo teatro, templo de la lírica a la que tan aficionados eran los habitantes de aquella ciudad, y donde anualmente se entregaban importantes premios a figuras destacadas de la ciencia y el pensamiento, que luego llevarían el nombre de la región por todo el mundo. Apenas encontró diferencias con el recuerdo que de él tenía en sus años jóvenes, si no fuera por la peatonalización de las calles aledañas.

A su lado la plaza que había sido testigo de tantos acontecimientos históricos, incluso anteriormente, él ya no había conocido eso, estuvo una cárcel para mujeres, y cuyo nombre tantas veces había cambiado al albur de las pasiones políticas del momento. Bordeada por significativos e imponentes edificios de singular valor arquitectónico, uno de ellos estaba coronado por un reloj con carillón que cada cuarto de hora, con la melodía del himno regional, marcaba el pulso de la ciudad.

Desde allí cruzaría por un parque del que cada rincón, cada fuente o cada estatua le traería el recuerdo de los juegos y meriendas de su infancia, incluido el regusto a barquillos, o de aquellas fotografías con la cámara minutera manejada con destreza por la popular y entrañable fotógrafa, que luego llenaban los álbumes de familiares.

Al concluir su trayecto por el parque se encontraría con una ancha y bien asfaltada avenida que en otros tiempos marcaba el límite del centro de la ciudad, constituyendo un terreno libre de edificios y con calles polvorientas que en los días de lluvia se embarraban totalmente. Mas en fiestas allí se instalaban las norias y los tenderetes de chucherías, churros y algodón dulce, sonidos y sabores que ahora emergían en sus recuerdos.

Esta calle se abría a una amplia plaza, ahora territorio de alegres juegos de niños y de reposo de mayores. En uno de sus laterales la cafetería de la tertulia, de las que su padre tanto y tan ilusionadamente le había hablado. Al traspasar el umbral notó que su corazón se aceleraba, y que una dulce nostalgia se apoderaba de él. Se sentó en una de las mesas, y se dedicó a observar. Allí estaba aún el viejo y entrañable dueño, quizás algo más encorvado y lento de los que su padre lo describiera, pero que con sabia parsimonia y gestualidad que recordaba a un experto director de orquesta dialogaba con los clientes al tiempo que marcaba el ritmo a sus dos sonrientes camareras, sus hijas, como sosegándose en la dicha del trabajo familiar conjunto.

El viajero observó con detalle y cariño la decoración con un intemporal mobiliario, las mesas debidamente separadas como exigían las normas de la maldita pandemia, así como de sus paredes. Y allí, en una de las esquinas preferentes, al lado del amplio ventanal, entre otros muchos recuerdos de momentos entrañables, estaba la fotografía. Diez personas, una de ellas su padre, mirando a la cámara con aspecto de satisfacción, levantaban su copa y sonreían abiertamente.

Por fin sintió que había llegado a su auténtico destino, al tiempo que no pudo evitar pensar cuan presto se va el placer.

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Pola Seca (III): Comienzan las confesiones.

5 Ago

Efectivamente caía el atardecer, ese momento en que todo en la naturaleza parece quedar en suspenso a ritmo de adagio molto sostenuto , que desearíamos nunca acabase. En el exterior el silencio resultaba aún más armonioso, matizado únicamente por el piar de algunos pájaros lejanos y el sonido de algún grillo. Comenzaba a notarse el aroma de las petunias y las madreselvas. A lo lejos los montes iban tiñéndose de una serena gama de azules, que progresivamente se oscurecían.

 

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Aquel entorno, unido a la sensación de bienestar que producían la digestión de tan exquisita merienda-cena y sin duda los efluvios del Pesquera, invitaba a la sobremesa. Además rondaban por mi cabeza muchas preguntas sobre aquella idílica situación que me gustaría despejar, y a decir de Carmina y por lo que yo podía ir coligiendo, Ramón era la persona indicada para aclarármelas.

Así que cuando dijo:

– Bueno, entós qué?. Quier un cafetín y charlamos un rato?

me apresuré a aceptar, mientras él se iba nuevamente por la puerta que antes había cruzado para preparar la cena.

A los pocos minutos apareció con una bandeja de madera labrada que contenía dos tazas, que más tarde me percaté eran de porcelana sueca, una cafetera llena de humeante y oloroso café, una jarrita de leche y un azucarero haciendo juego con las tazas, y dos copas de fino cristal tallado, de las que no pude adivinar su origen pero que a buen seguro tenían un significado especial, y un botellón, por supuesto también haciendo juego con las copas, llena de un ambarino y luminoso líquido. Sirvió con delicadeza los cafés y dos copas del licor.

– Esto tien que probalo. Faígolo yo. Ye un licor de manzana, con les manzanes de la huerta de detrás  de la casa, que-i enseñaré mañana. Mire que color, guapu, eh?

 

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Y con el pretexto de girar el licor en la copa, y aspirar el aroma, guardó un silencio que yo interpreté como de respetuosa espera para que yo iniciase la conversación.

– Ramón, le pareceré impertinente si le hago alguna pregunta? – le dije.

– Pero, home, por Dios. Nun se preocupe y pregunte to lo que quiera. Ya-i dixe que nun molesta nunca.

– Bueno, el caso es que estoy preocupado por esta pérdida mía, y usted mencionó antes a sus proveedores. Cree que podría volver con ellos?. Cada cuanto vienen?. Cuando será la próxima vez.

– Seguro que si quier, pué volver con ellos, pero el caso es que non tienen fecha fija, ellos vienen o cuando calculen que nos fui falta algo o cuando tienen alguna novedá que piensen que ye interesante pa nosotros, así que nunca sé cuando vendrán la próxima vez. Pero por eso nun se preocupe – continuó – en el pisu denriba tengo unes habitaciones de cuando pensé en poner aquí un hoteluco, pero como nun hubo hotelucu, por aquí nun bien ningún turista, les habitaciones nunca se utilizaron, luego i-les enseño y pué quedase en la que más-i guste tol tiempo que quiera.

– Muchas gracias, Ramón, sigue abrumándome con su generosidad. Pero dígame una cosa, si es tan amable. Como saben los proveedores que y cuanto les falta?. Y además, si usted y Carmina me dijeron que en este pueblo viven únicamente cuatro personas, y ahora me confirma que no vienen visitantes, como es que tiene este establecimiento tan bien surtido y con productos abundantes y de tanta calidad?

– Bueno…, eses ya son dos coses – advirtió con socarronería –  Pero trataré de explicailo. Principiando po-la segunda. Efectivamente somos solo cuatro vecinos, y vieyos, aunque eso sí, muy bien aveníos, pero además gústanos lo bueno, y como podemos permitínoslo…, además nunca se sabe lo que puede faer falta. Anque nun lo crea, por esti pueblo pasaron persones muy famoses y de munchu señoriu, pintores, escritores hasta embaxadores, y ya sabe lo que dixien del tiempu, que ye muy relativu.  Esteban diz que en ocasiones que ye redondo, y que hay que estar preparau por si esos tiempos vuelven. Respeto a la primera, cuando vaya conociendo a los otros dos que-i falten y viendo la historia del pueblo, ya lo irá entendiendo. Ye como si aquí to fuera máxico. 

 

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– Y usted, Ramón, nació aquí?. Cual es esa historia del pueblo que me explicará lo que me pasa?

Nuevamente sonrió expresando afabilidad cuando me dijo:

– Otres dos preguntes. En en esti casu principiaremos po-la primera. Non fiu, non, yo nun nací aquí. La verdad ye que fai tantu tiempu y fice tantos viajes que nun me acuerdo, o a lo mejor, como dicía aquel locu listu “nun quiero acordame”.

– Y, si no es violentar su intimidad, cuando y como llegó aquí?. Quizás perdido como yo? – me atreví a preguntar al ver la cordialidad de Ramón.

Y añadí: – Pero por favor, si por algún motivo no quiere contestarme, lo entenderé perfectamente, y no tiene por qué hacerlo.

Siempre dudaba entre seguir conociendo tan interesante situación o molestar a Ramón con mi indiscreción.

No me no, ningún problema. Mire voy contaí la mío vida. Como-i digo nun me acuerdo onde nací, pero si me acuerdo que tenía mar y puerto, y allí oyendo falar a los marineros de su vida, sus viajes, sus aventuras por tol mundo, aunque hoy pienso que exageraben bastante, picome el gusanillo de la mar, el viaje y la aventura.

Paladeó con gran deleite un pequeño sorbo de aquel exquisito licor, y continuó:

– Puedo dici-i que viaje pol mundu enteru, po los siete mares, que dicen los marinos, y en muchos tipos de barcos, conocí gentes y costumbres sorprendentes, aprendí to lo que la mar enseña, que ye munchu, y pa final, pa mi suerte, recalé aquí. Y de too ello toy satisfechu.

 

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Ahora fui yo quien tras un sorbo del aromático café, disfruté del licor, mientras trataba de poner en orden mis ideas para continuar con tan emocionante relato.

– Y de todo eso, que es lo que recuerda con más emoción y cariño?. Hay algo que añora?.

– Ta visto que-i gusta facer les preguntes de dos en dos, eh? – dijo, poniendo una amplia sonrisa en su cara, denotando que seguía el hilo de la broma y la cordialidad – Ufff, son tantísimes coses de tantu tiempu!. Pero creo que sobre todo, la diversidad de xentes, razes y costumbres que conocí tantu en los barcos como en tierra. Y en toes partes, y de cualquier color, siempre atopes xente buena,…y mala, eh, nun crea, tamién hay alguna. Tamién, pensándolo, impresioname haber conocido la evolución de los barcos, desde aquellos viejos veleros hasta los grandes cargueros de mi última época, y po lo que dixen, los de ahora con su gran téunica,  que dixen que tienen.

Aquello último una vez más produjo en mí una cierta perplejidad.

– Pero, Ramón, llegó a navegar en veleros?.

– Si, home, sí, nun se asuste. Navegué en ellos, y munchu, que había que ganase la vida. Y en algunos muy famosos, nun vaya a creer. Decien que eren muy marineros y too eso, pero la vida en ellos en general yera trabajosa y dura. 

– Y cuales eran las travesías más peligrosas?

– Buenu…eso depende. Efectivamente tol mundo diz que doblar los cabos de Buena Esperanza  Leeuwin  u Hornos son los más peligrosas, pero curiosamente cuando empezó la competencia con los buques de vapor, el sitio más peligrosu yera el Canal de la Mancha. Conoz la leyenda del naufragiu los pianos?.

– No – respondí cada vez más asombrado.

 

 

– Buenu, eso dejarémoslo pa mañana, que vién Esteban, y él cuéntalo con más conocimientu. Solo deci-i que afectó al “Preussen”, un velero alemán, uno de los más grandes jamas construidos. Yo no estuve, gracies a Dios, en esi naufragiu, pero si que viajé en esi barcu unos años antes. En el únicu de los famosos en que no estuve fue en el “Cutty Sark”, y la verdá, hubieseme prestao. Ahora, a mi la verdá que lo que más me gustaba yera el Mediterraneo, por algo lu llamen el “Mare Nostrum”. Sentíame como en casa, no en vano allí nació la  nuesa cultura. Fai pocu leí un llibru, Suite Italiana creo que se llamaba, buen llibru, en el que un marineru borrachín de un pueblu costeru de Sicilia contaba que de vez en cuando Ulises gustaba de volver a pasar po-la isla les sirenas y luego pol estrechu entre Escila y Caribdis, y paseaba pol su pueblo. Y será verdá, que ya-i digo que eso del tiempu ye muy raru.  Cuantu daría yo por tar allí y charlar con Ulises. Lo cierto ye que nunca fui tan feliz como navegando por los mares griegos.

Avanzaba la noche cada vez más silenciosa. Los pájaros y los grillos apenas se oían ya, y el olor de las flores solo se percibía levemente frente a los dominantes del café y el licor. Mi asombro iba en aumento y mi curiosidad me hacía querer saber más y más.

– Y después de toda esa vida, como es que se estableció aquí, Ramón?.

– Fue otro deseu de la mar. Oyó hablar de les galernes del Cantábricu?.

– Hombre, y que asturiano no? – le contesté.

 

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Imagen tomada de Wikipedia

 

– En que añu nació usté, si no ye indiscreción?.

Al decirlo puso otra vez cara de socarrona complicidad, dejándome ver que le gustaba el juego dialéctico.

– Como va a ser indiscreción, Ramón!. Nací en el 50 – dije.

– Entós de aquella yera piquiñin, pero seguro que recuerda les noticies de la de 1961. Yo navegaba en el “Gaviota” y estábamos a la costera del bonito, llevábamos varios días en la mar. La noche anterior habíamos dormido plácidamente, pero al amanecer comprobamos que el tiempu había empeorao muchísimo, y les males condiciones obligaronos a navegar con el mínimo de velocidad y a favor del viento. La mala suerte fizo que el «Gaviota» se internase en un «xabrón», que ye un puntu de encuentru de dos corrientes opuestes. Un golpe de mar pegó contra nosotros y el barcu dio la vuelta quedando con la quilla mirando hacía el cielo. Cuando me di cuenta ya taba en la superficie a unos metros del barcu. Nadé y garreme a un aro salvavides, que taba sujetu al barcu por unes cuerdes. Entonces salió a flote una escalera y garreme a ella.  El «Esperanza del amanecer» vionos y acudió al socorro. Solo pudieron rescatar a dos marineros, Carlos y yo. Carlos yera el home de Carmina. Un gran tipo, y un gran compañeru. Convenciome pa que viniera unos días a la so casa a reponeme.

Sus ojos se acristalaron. Volvió a menear la copa, y aspirar el aroma antes de beber un pequeño sorbo, mientras ganaba tiempo para que la emoción no se manifestase en su voz, y continuó el relato:

– Y entos penselo. Dixieme “A ver, Ramonín, ya tas mayor, ya tienes edá pa jubilate, conociste los siete mares y más de treinta paises, ya viste to lo que tenias que ver. Esta vez nun la palmaste por que Dios nun quiso. Como nun ficiste más que trabayar, y nun gastabes na, tienes unes perruques ahorraes. Ta ahí esa casa tan guapa que se vende. Qué necesidá tienes de metete en más líos?. Por qué nun la compres y quedeste aquí, con estes persones tan buenes a disfrutar la tranquilidad.” Y dicho y hecho, compré esta casina, el resto ya lo sabe. Y aquí, y con esta vidina, aseguroilo, soy feliz.

 

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Ahora sí que quedaba totalmente descolocado. los números me bailaban pero en modo alguno me encajaban.

– Pero, no lo puedo evitar y le juro que es mi última pregunta, si en 1961 tenía ya 70 años, y además llegó a navegar en veleros de finales del XIX, cuando nació usted?. Qué edad tiene?.

– Hala, otres dos!, pero conste que pué faceme to-les preguntes que quiera, eh?. Eso sí, y que yo sepa contestai. Mire, cuando nací?. Nun sé, ya-i dixe antes, que como diz Esteban, el tiempu ye relativu. Yo nun sé si ye relativu o medio pensionista, pero si lo diz Esteban que ye músicu, y esos de tiempos y tempos saben munchu, seralo muy guapamente. Lo que yo-i puedo dicir que aquí nun importa, nun cuenta. . Mire a ver si en toa Pola Seca encuentra un reló o un calendariu. Ya-i digo yo que no. Nun se preocupe por eso, hay coses munchu más importantes.

En fin, que era incapaz de salir de mi desconcierto. Entonces, Ramón se reclinó hacia atrás, bebió el último resto que quedaba en su copa, alisó las manos con el mantel, y dijo:

– Bueno, la nueche ta muy guapa pa seguir de cháchara, pero mañana tién que seguir conociendo el pueblu y la su gente. Vendrá por aquí Esteban, y ya verá que paisanu más interesante. Así que, hala, vamos pa riba, pa que escoja habitación, y descanse, y ya sabe, pué quedase tol tiempu que quiera, pocu o munchu, que ya sabe, ye relativu – y volvió a aparecer su sonrisa socarrona.

 

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Continuará