Archivo | septiembre, 2013

Con mi hija en el Campoamor (V): El oro del Rin

25 Sep

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Un año más, y van sesenta y seis, fiel a su cita otoñal  a pesar de los pesares, algo que hay que agradecer en gran parte a los desvelos, dedicación y empeño de la Junta Directiva y equipo profesional de la Fundación Ópera de Oviedo, llega “nuestra temporada de Ópera”.

Este año en el que coincide la celebración del 200 aniversario del nacimiento de dos de los más grandes compositores de este género, comenzamos, como no podía ser de otra manera, rindiéndoles justo homenaje.

En el caso que nos ocupa, a Richard Wagner, con su El oro del Rin (Das Rheingold), la primera de las cuatro óperas que componen su tetralogía El anillo del nibelungo, y que fue estrenada en Múnich también un mes de septiembre pero de 1869.

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Michal Znanicecki, responsable de la excepcional dirección de escena que tuvimos la fortuna de disfrutar, en el comienzo de la muy cuidada versión del programa de mano que diseña Impact5, afirma textualmente: “Entrar en su tetralogía es asumir el riesgo de sentir un absoluto rechazo o el fanatismo que transforma al aventurero en un fiel y eterno seguidor del genio alemán”. En mi caso, y creo que en gran medida por mor de la intervención del citado Znanicecki, me parece que acabo de convertirme en esto último.

Es sabido, pues es cita común de todos los comentaristas, que Wagner más que nadie perseguía el ideal del arte total a través de la ópera, a ello dedicó todos sus desvelos hasta la construcción de su Festspielhaus de Bayreuth, que hoy en día sigue constituyendo lugar de culto y peregrinación de sus “fieles y eternos seguidores”.

En dicho lugar experimentó e incorporó todas las innovaciones estéticas y técnicas que su tiempo permitían, por lo que estoy seguro que de haber podido también hubiera aceptado y utilizado las técnicas de mapping e iluminación con las que Michal Znanicecki, Jaime Cobo, Antono Diego y Bogumil Palewicz nos deleitaron en la representación a que nos referimos. Para mí, fue lo más atractivo de la misma.

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En segundo lugar, la música. ¡Ah, esa música de Wagner que arrebata y transporta el espíritu a espacios mágicos y simbólicos!. Máxime si se interpreta con la grandiosidad y el sentimiento con que Guillermo García Calvo y “nuestra” OSPA lo hicieron. Si fantástica fue la tarea del Director, en nada le fue a la zaga la respuesta de la orquesta.

Las voces me gustaron, y mucho, en su conjunto, más mis pacientes lectores me conocen y saben que no soy técnico en la materia para entrar en detalles y sutilezas a la hora de considerar ningún distingo. Así que, en esta ocasión,  a falta de poder dirigirlos a mi maestro de referencia, Pablo Álvarez Fernández y su maravilloso blog La música en Siana , les invito a deleitarse con el detallado análisis de Rubén Martínez en Codolario.com . Ahí podrán disfrutar de una auténtica crítica musical de alto nivel técnico, por supuesto infinitamente mejor de lo que yo les pudiera aportar al respecto.

¿Y qué a cerca del libreto?. Ríos (nunca mejor empleado el término) de tinta se han volcado sobre los significados contenidos en la Tetralogía. Qué si el “alma Gérmánica”, que si la añoranza de la naturaleza primigenia, la amenaza de la explotación del capitalismo, el racismo o sobre todo, la cuestión judía.

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El acceder por primera vez y, cual tabula rasa,  huérfano de análisis previos me audyó a contemplar aspectos como la ambición de poder y riqueza, la mentira, la envidia, el resentimiento, la traición o, en definitiva, el desprecio por el semejante. La intemporalidad de la puesta en escena antes reseñada, vestuario incluido, me llevaron a considerar la actualidad de Wagner.

¿Conseguirá Wotan ser feliz en su Walhalla?. ¿Tratará de convertirlo en un espacio algo más habitable para los demás, dando así la vuelta a todas esas pasiones destructoras antes mencionadas?.

Afortunadamente aún queda mucha Tetralogía por disfrutar, y pido a la vida que me siga regalando la fortuna de hacerlo con mi hija en el Campoamor.

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¿Y ahora, qué?

16 Sep

El diario La Nueva España abría la edición del pasado domingo 15 de septiembre con el siguiente titular, en el lugar preferente de su primera página: “El Principado deberá anular 300 jefaturas otorgadas a dedo en la etapa de Areces”.

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Estoy seguro que esta noticia tiene que suponer una satisfacción para un buen número de funcionarios que, habiendo llegado a su puesto de trabajo transitando el camino honrado del cumplimiento de la normativa vigente y optando a unas oposiciones donde se cumplían los principios de publicidad y libre concurrencia y manteniendo las legítimas aspiraciones de desarrollo en su carrera profesional de llegar a puestos de jefaturas que implican capacidad de organización y gestión, tuvieron que ver como esas, insisto, legítimas aspiraciones eran truncadas por decisiones caprichosas e injustas, como el TSJA ratifica, de los responsables políticos de una administración politizada.

Decisiones, por otra parte, basadas en muchas ocasiones, como decía antes, en el capricho, en otras en la mera amistad personal, en la afiliación partidaria o en la “adhesión inquebrantable”, pero que en todo caso arrumban los principios de mérito y capacidad, que son la base de una administración imparcial, objetiva, eficaz y al servicio del ciudadano y del bien común, y no de minorías interesadas.

Y a mayor abundamiento estas promociones injustas en criterio del TSJA y caprichosas se otorgaban en no pocos casos a personas que habían llegado al trabajo administrativo por vías torticeras, “por la puerta de atrás”, igualmente caprichosas, aprovechado subterfugios a a la normativa vigente, y también probablemente injustas.

El escándalo que significa este imperio del capricho y de la discrecionalidad prepotente viene en este caso incrementado por la magnitud cuantitativa del hecho. ¡Nada más y nada menos que 300!.

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Pero estos nombramientos no se produjeron por el azar de un sorteo de lotería nacional, ni por la imposición de un marciano subitamente aparecido aquí en su platillo volante. No, estos desatinados desafueros tienen nombres y apellidos, personas concretas que impusieron caprichosamente tales decisiones. 

Y esto nos lleva a otro aspecto más de la realidad de nuestra triste sociedad: la responsabilidad de las decisiones. Porque, ¿donde están ahora las personas que las tomaron?. ¿Qué consecuencias van a arrostrar?.

Todas estas medidas, y por cierto lo mismo podríamos decir de otras de parecido origen que poblaron todo el territorio nacional de miles de obras faraónicas (aeropuertos, centros de interpretación, museos, palacios,…) ahora vacías o inservibles, tienen consecuencias graves sobre vidas y haciendas de personas y sobre el bien común, y sus orígenes, insisto, tienen nombres y apellidos.

¿Se van de rositas, en plan campeón triunfador a puestos de rango en ocasiones más elevado, mientras los ciudadanos seguimos sufriendo recortes, asumiendo el sambenito de responsables de la crisis y callando?.

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Tengo por seguro que por más que la publicidad del régimen se empeñe, de la dramática situación en que estamos no saldremos mientras no construyamos una sociedad seria y cívica.

Y de momento, desgraciadamente, no estamos en el camino.