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El rey Midas

29 Nov

I

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Dimas Gordias gustaba de levantarse siempre antes del amanecer. Cómodamente sentado en una de las terrazas de su casa, la que daba al oriente, disfrutaba de esos momentos de silencio absoluto, previos al inicio del nacimiento del día. Silencio en el que la naturaleza parecía expectante ante el milagro de un nuevo comenzar.

Después una tenue luz ambarina rompe el negro de la noche, y las formas del horizonte comienzan a poder vislumbrarse.

El canto lejano de un gallo se une al suave murmullo de las olas dando entrada a la melodía del esperado nuevo día. Un punto rojo comienza a crecer hasta imponer la fuerza de la vida que se reitera.

Esos momentos los utiliza Dimas para reflexionar sobre su presente y preparar mentalmente la agenda del día, en el que seguro que también habrá que tomar decisiones que contribuyan a conformar el futuro inmediato y el más lejano.

Hoy Dimas se siente pletórico, lleno de fuerza y vitalidad. Quizás más que nunca está orgulloso de si mismo y de lo que ha conseguido. Ha creado un imperio empresarial, ha generado muchos puestos de trabajo y con ello el salario de muchas familias y asegurada por varias generaciones una estabilidad desahogada de la suya propia.

Y todo gracias a su esfuerzo y sacrificio personales, sin deber nada a nadie. Así lo ha reconocido esta noche pasada el presidente del Círculo Nacional de Empresarios en la jornada homenaje en que fue nombrado Empresario del Año, al mismo tiempo que alababa su audacia y su visión estratégica que, como dijo y todos aplaudieron, hacía que todo cuanto tocase se convirtiera en oro.

II

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Con ese ímpetu llegó a su despacho. Como siempre el primero de toda la plantilla. La mañana se sucedió con el vértigo habitual: repaso de los recortes de prensa previamente seleccionados por la eficiente Trini, su secretaria personal, luego lectura de la correspondencia y correos electrónicos y dictado de las contestaciones necesarias, atención a algunas llamadas de felicitación adecuadamente filtradas por Trini, reunión de equipo con los jefes de departamento, recepción de visitas señaladas, etc., etc.

Ya estaba entregado a este tráfago irreversible y habitual cuando sonó el teléfono privado, al que únicamente se accedía con la aquiescencia de la omnipresente Trini:

-Don Dimas, su hija. Dice que es importante.

-Gracias, Trini. Pásemela.

Dimas no se alteró. Belén, su única hija, la luz de sus ojos, era una persona seria y muy responsable, que sabía que podía recurrir a él siempre que lo estimase oportuno, porque lo haría solo por motivos de fuerza mayor, Nunca se permitiría distraerlo de lo importante, su trabajo.

-Dime, hija. Un placer oírte.

-Papá, estoy asustada. Marina se puso enferma, vinimos a Urgencias, y parece que la cosa es seria.

De pronto el universo de Dimas se conmocionó. La pequeña Marina era su única nieta, la otra joya de su vida, una niña juguetona, llena de alegría, que sentía auténtica pasión por su abuelo, y él por ella. La noticia le sentó como un directo de boxeo en plena cara.

-Pero, Marta, hija, qué es lo que pasa.

-No lo sé, papá, pero estoy muy asustada. No podrías venir?

-Por supuesto, ya sabes que vosotras y tu madre sois lo primero en mi vida. En diez minutos estoy ahí. Tranquila, que llego pronto y verás como todo se arreglará.

Al instante dio las órdenes oportunas:

-Trini, por favor, encargase de suspender toda mi agenda. Mi nieta está en Urgencias, y lo primero es lo primero. Qué tengan preparado el coche en cinco minutos. Si hay algo importante comuníqueselo a Emilio, ya sabe que usted y él tienen toda mi confianza para resolver imprevistos.

-Por supuesto, D. Dimas, así se hará todo, no se preocupe. Y que lo de la pequeña Marina no sea nada y se solucione satisfactoriamente -respondió ella.

-Gracias, Trini. Eso espero.

III

 

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Efectivamente no habían pasado diez minutos cuando Roberto, su eficaz conductor, estacionaba el coche en las proximidades del Área de Urgencias del Hospital Universitario, un orgullo de toda la región, y donde lo aguardaba su hija que al verlo se abrazó a él temblorosa y muy emocionada.

-Pero, hija, que pasó?

-No sé, Papá, estoy muy asustada. Esta mañana, y después de desayunar como siempre, me dijo que se sentía mareada. Me dio el tiempo justo para cogerla antes de que se cayese, pues si no se hubiera golpeado con el suelo. Perdió el conocimiento y estaba muy pálida, así que sin pensarlo pedí un taxi y vinimos para Urgencias. La ingresaron de inmediato y parece ser que le están haciendo pruebas, pero no sé  más, pues nada me dijeron aún.

-Pero, y como que perdió el conocimiento? Y lo recuperó?

-Sí, ya en el taxi lo recuperó, pero me dijo que estaba muy mareada y casada.

-Pero, había dormido bien?  Le sentó bien el desayuno? Estaba mal estos últimos días?

-No, Papá, todo estaba bien. Ya ves que ayer estuvimos en la cena de tu homenaje, y cuando llegamos a casa Antonia ya la había acostado, y dormía plácidamente. No me explico que pudo haber pasado. Tú la viste estos días y estaba alegre y juguetona como siempre -Papá, Papá, estoy muy asustada, qué podemos hacer?

-No te preocupes, hija, no hay que asustarse antes de tiempo, puede ser una lipotimia sin importancia. Ya verás como al final todo se arregla.

Dimas era un hombre muy influyente en la ciudad, además de amigo de realizar muchas acciones filantrópicas, por lo que tenía una agenda de contactos muy importante, en concreto también en el sector de la sanidad. Uno de esos contactos era el Jefe de Servicio de Urgencias. La empresa de Dimas había realizado múltiples aportaciones materiales a ese Servicio, especialmente con motivo de la última pandemia, con objeto de hacer algo más confortable la estancia y la espera de los usuarios, y las intensas jornadas laborales de los trabajadores, y por ello le estaban reconocidos y agradecidos.

Sin dudarlo buscó su número en la agenda de su teléfono, y lo marcó. Como esperaba obtuvo contestación casi inmediatamente.

-Buenos días, Luis. Qué tal estas? Sí, sí, bien, muchas gracias. Perdona que te moleste. Hace una media hora ingresaron a mi nieta Marina ahí, en tu Servicio, y la verdad es que su madre y yo estamos un poco asustados, sobre todo ante la falta de noticias. Podrías, por favor, enterarte de como va la cosa y decirnos algo? Te lo agradecería mucho.

-….

-Muchas gracias, Luis. Te reitero mi agradecimiento. Esperamos aquí, en la sala de espera.

Y dirigiéndose a su hija le comentó:

-Va a enterarse del caso. Es un buen amigo y una gran persona, siempre tuvimos muy buena relación. Dentro de unos minutos un celador vendrá a buscarnos para llevarnos a su despacho y nos informará. 

Efectivamente no había pasado diez minutos cuando un celador entró en la sala de espera y preguntó:

-Familiares de Marina Rodríguez Gordias, por favor?

Dimas y su hija se levantaron como un resorte y se dirigieron hacia él.

-Acompáñenme, por favor. El Dr. Arias quiere verlos.

Les acompañó a un despacho cercano, sencillo, pero amplio, luminoso y muy funcional.

Tras los saludos de cortesía el médico les explicó:

-Bueno, veréis, lo primero y más importante es que la niña está bien. Ya se ha recuperado del mareo, y en cama se encuentra confortable. Por cierto, es una niña muy agradable y educada, aunque la pobre dice estar muy cansada. De los estudios básicos propios de Urgencias podemos objetivar que tiene una anemia intensa y crónica. Las causas de esto pueden ser muchas y por lo tanto hay que realizar más estudios para determinar cual es la de Marina.

-Pero, como anemia, y crónica? -respondieron al unísono padre e hija.

Continuó Belén:

-Si Marina come muy bien, y además es muy juguetona, no podría tener anemia antes de ahora, habría tenido síntomas, se habría cansado, no es así, doctor?

-Bueno, mirad, las anemias son un mundo muy extenso. La relación entre el comer y la anemia es un mito popular que ahora prácticamente en nuestro medio no tiene influencia, y lo del cansancio, precisamente por ser crónica la anemia e ir desarrollándose lentamente, el organismo va poniendo en marcha mecanismos de adaptación que hacer que solo se muestren los síntomas cuando por alguna circunstancia desencadenante se supere determinado umbral. Así que médicamente es perfectamente entendible. Lo importante, insisto, es que la niña está bien, la estabilizaremos pasándolo unas transfusiones, con lo que se recuperará perfectamente, y luego queda encontrar la causa del proceso, por lo que la ingresaremos para hacerle los estudios pertinente.

<<No os asustéis,  todo está controlado, y es de esperar que todo evolucione satisfactoriamente , pero hasta no haber realizado los estudios citados, no podemos saber más.

La inquietud de Dimas iba en aumento:

-Ingresarla? Hay estricta necesidad de ello? Entonces, es más grave de lo que nos quieres tranquilizar -inquirió Dimas.

-No, Dimas, no te alarmes, de verdad que la niña no corre ningún peligro, y está perfectamente estabilizada, pero los estudios complementarios necesarios es mejor hacerlos observando de forma constante y directa la evolución del paciente. Por otra parte en nuestro hospital contamos con un Plan de Humanización de la Asistencia, sobre todo en las Áreas de Pediatría, con lo que para ella el ingreso no le va a suponer ningún estrés emocional. Te lo aseguro. Por si fuera poco, yo personalmente me comprometo a estar muy pendiente de la evolución.

-Te lo agradezco mucho, Luis, pero, y no te ofendas si por nuestra mutua confianza te hago esta pregunta: así las cosas no sería mejor llevarla a un centro especializado, no sé, Navarra, Madrid, Estados Unidos? Donde tú nos recomiendes, donde haga falta, sin reparar en medios materiales.

-Comprendo tu inquietud, Dimas, y por supuesto que no me ofendo. Yo también soy padre, y si Dios quiere algún día seré abuelo. Esa es una decisión que siempre sois libres de tomar, y yo os informaría con total sinceridad de las opciones que eligieseis, pero te puedo asegurar que aquí nuestros servicios de Pediatría y Hematología están  tan capacitados  como el hospital más puntero para tratar estos casos, y cuentan con todos los medios técnicos necesarios.

<<De todos modos, entiendo que en este momento estéis en estado de shock, que necesitáis asimilar la nueva situación, y que seguramente querréis hablarlo en familia. 

<<Por nuestra parte continuaremos con los estudios básicos y os mantendré informados en todo momento de la situación, lo mismo que hará quien  vaya a ser su médico, Ahora os llevaré a que veáis a la niña y podréis acompañarla al ingreso, así conocéis  el sitio donde va a estar, y os quedáis tranquilos al respecto. Unicamente os pido que con la niña actuéis con naturalidad y sin dar signos de ansiedad o miedo. Los niños son muy sensibles a estos aspectos.>>

 

IV

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Efectivamente pasaron unos días en que Martina se adaptó bien a su nueva situación mostrándose alegre y confiada. Estableció muy buena relación con la médica que diariamente la atendía, Adela Pérez, una residente de primer año, joven y espabilada, que además de la atención médica diaria pasaba largos ratos de charla con la niña en los que se contaban mil historias. Por otra parte Adela mantenía puntualmente informada a la familia de la evolución y resultados de los diversos estudios clínicos.

Pasada una semana el doctor Carlos Conde, jefe clínico del Área de Pediatría donde estaba ingresada Martina, convocó en su despacho a la familia. Lo acompañaban la Dra. Pérez y el Dr. Arias.

-Buenos días. Quiero comunicarles que ya tenemos una idea del proceso de la pequeña Martina, y me alegra decirles, en primer lugar, que las noticias son relativamente tranquilizadoras -expresó el Dr. Conde.

-Como que relativamente, Dr.? Eso me inquieta – comentó Belén alarmada.

-No te alteres, hija, deja que el Dr. nos explique -replicó Dimas.

-No se preocupe, es comprensible -expresó el Dr. Conde. Les explico: Martina tiene un tipo de anemia crónica, probablemente de origen genético, que le condujo a esta situación, porque su médula ósea es incapaz de fabricar el número suficiente de glóbulos rojos. Las buenas noticias a las que me refería son tres, a saber, primero, el grado de la enfermedad en Martina es muy leve, segundo, la anemia se puede controlar con tratamiento de mantenimiento con transfusiones siempre que las precise, y tercero, y quizás más importante, esta alteración tiene tratamiento definitivo en muy alto porcentaje con un transplante de médula. 

>>Por otra parte, actualmente Martina, que por cierto es una niña muy positiva y valiente, está totalmente compensada, y podrá irse para casa hoy o mañana haciendo vida normal, con el seguimiento y controles que les indicaremos. La Dra. Pérez les dará un informe completo y les aclarará cuantas dudas tengan al respecto.

En ese momento terció el Dr. Arias tratando de mostrar toda la cordialidad y tranquilidad en su tono de voz:

-Ya veréis como todo va a ir bien. Lo importante es que el problema está identificado y que tiene solución.

Las caras de Belén y de Dimas mostraban un estado de total estupefacción y alarma, y a continuación bombardearon a preguntas al Dr. Conde, sobre todo por la naturaleza grave o no de la enfermedad y  el posible trasplante de médula, preguntas a las que el Dr. contestó con un tono de voz persuasivo y esperanzador, mostrando en todo momento un alto nivel de empatía.

Al día siguiente Martina se despidió de su ya amiga Adela con un gran y prolongado abrazo, prometiéndose ambas volver a verse pronto, y se marchó para su casa donde continuó mostrando el carácter alegre y juguetón de siempre, sin que nada hiciera sospechar el más mínimo signo de enfermedad ni del susto pasado. 

 

V

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Aquella misma tarde Dimas, ejerciendo su papel de pater familias, decidió que había que pedir una segunda opinión antes de decidirse a seguir las indicaciones del Hospital Universitario Central. Así tras consultar diversas clasificaciones se decantó por el Hospital Clinic de Barcelona, cuyo Servicio de Hematología permanecía en primer lugar de las mismas durante varios años, y donde, por cierto, el Profesor Ciril Rozman realizó el primer trasplante alogénico de médula ósea en 1976.

Haciendo uso de su agenda no le fue difícil a Dimas concertar una cita con ese Servicio en breve espacio de tiempo.

Esta vez Martina protestó, no quería irse tan lejos, y además quería que la tratase la Dra. Pérez. A pesar de ello fueron al Clinic y tras una entrevista inicial, y unos pocos días de ingreso en la que le repitieron algunas de las pruebas, Martina estaba más descontenta porque echaba de menos su hospital. Al final el resultado fue el mismo diagnóstico y el mismo plan terapéutico que el ofrecido en el Hospital Universitario Central de su ciudad.

Aquel viaje desilusionó mucho a Belén, y Martina no dejaba de repetir que ya decía ella que mejor la tratase la Dra. Pérez.

El único que no cejaba en su empeño de encontrar soluciones mágicas era Dimas, así que tras preguntar, investigar y consultar en internet decidió que el mejor y más adecuado centro del mundo para tratar a Martina era la Mayo Clínic y que allí debían ir, como siempre que él tomaba una decisión, a la mayor brevedad posible.

Belén aceptó a regañadientes y a Martina la convenció diciéndole que irían al centro de la Clínica en Florida, y que después  a Disneyland. Por supuesto el viaje lo hicieron en Business Class, lo que para Martina fue más descansado y mucho más entretenido.

Por fin llegaron. Martina ingresó durante cuatro días en que le repitieron los mismos estudios que en su ciudad y en Barcelona y, oh milagro de la globalización!, el mismo diagnóstico y la misma propuesta de solución.

Acabada  la prometida excursión  a Disneyland, y ya en el viaje de vuelta, mientras Martina dormía, Belén afrontó a su padre:

-Bueno, papá -exclamó- supongo que ya te habrás convencido de que en nuestro hospital saben tanto como en cualquiera de los mejores sitios, así que volveremos allí, nos pondremos en manos del Dr. Conde y la Dra. Pérez, y dejaremos de marear a Martina. Y esta vez no voy a dejarte que me convenzas de otra cosa.

-Sí, hija, tienes razón, y cuando la tienes hay que dártela. Sabes que lo hice porque quiero lo mejor para Martina, pero ahora por muchas razones sé que habitualmente lo mejor lo tenemos muy cerca. Te prometo no inmiscuirme más.

 

VI

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Cuando le comentaron a Martina tales decisiones se puso muy contenta, y exclamó:

-Estoy segura que la Dra. Pérez me va a curar.

Al reencontrarse ambas se fundieron en un abrazo que a Martina le aportó más energía que cualquiera de las transfusiones.

-Bueno, pues manos a la obra -manifestó el Dr. Conde-, dado que los tres centros coincidimos en el diagnóstico y el tratamiento a seguir, cuanto antes comencemos mejor, puesto que aunque Martina responde bien a las transfusiones y su estado general es estupendo, es evidente que esa no es la solución definitiva y así no puede seguir indefinidamente.

>>Así que el primer paso es buscar el donante de la médula e ir preparando el transplante>>

-Doctor, parece que eso del transplante me infunde mucho respeto. Es peligroso? Va a sufrir mucho Martina? -exclamó Belén.

-La comprendo, Belén, usted ve las cosas desde su papel de madre y es natural que así sea. No la voy a engañar, es un proceso un largo, digamos 2-3 meses siendo realistas hasta ver los resultados, pero hoy en día tenemos los procedimientos muy controlados, y yo espero que no haya ningún problema. Además como le decía, el estado general de Martina en estos momentos es óptimo, por lo que también debemos aprovechar esta situación. Martina es una niña muy fuerte y muy valiente. Seguro que todo va a ir bien.

Dimas permanecía callado y pensativo, hasta que manifestó:

-Dr. Conde, en sus manos ponemos toda nuestra confianza, y he de ser yo quien diga esto al tiempo que le pido excusas si nuestra, fundamentalmente mía, actitud ha podido ofender o traslucir desconfianza. Y por supuesto, y por otras muchas razones, el primer voluntario a ser el donante he de ser yo.

-No se preocupe, Sr. Gordias, no tiene nada que explicar. Como le digo a su hija, los sentimientos  familiares siempre son comprendidos. Todos somos padres y abuelos. O sea que ahora todos jugamos en el mismo equipo, el de Martina, y seguro que vamos a ganar la competición.

Comenzó el proceso médico, y aquí saltó la primera y gran sorpresa. Por una parte Martina no tenía hermanos y por otra el estudio de  la compatibilidad de los familiares con Martina mostraba índices muy bajos por lo qué, pensando en la eficacia se desechó esta opción.

Esta primera dificultad que se podría convertir en decepción, y que algunos podían interpretar como un mal augurio fue vencida por el efecto que hicieron las palabras del Dr. Conde. La familia se unió como una piña, que era estimulada una vez más por la simpatía y el optimismo de Martina, y sostenida por la empatía y comprensión, que actuaban como bálsamo sicológico, de la Dra. Pérez y el Dr. Conde.

Ellos, a través del Banco de Sangre acudieron al Registro español y al europeo de donantes de médula  y sangre de cordón umbilical y en quince días tenían localizados tres donantes anónimos compatibles, dos en España y uno en Francia.

Puesto en marcha el proceso del tratamiento fueron unos meses muy duros. Martina fue sometida a fármacos muy enérgicos y tuvo que estar totalmente aislada cuatro semanas. Pero todo lo sobrellevaba con aceptación y alegría ejemplares. Belén, su madre, no se separó un minuto de su cama, y la dedicación y empatía de la Dra. Pérez fue un estímulo constante. Su abuelo se encargó de la intendencia externa facilitando todo tipo de trámites y enviándole a Martina mensajes que la hacían reír y romper el tedio de los días de aislamiento.  El carácter de Dimas parecía haber cambiado como por ensalmo. Era otro, cercano y cariñoso, y procurando ser amable y agradecido con todo el personal del Hospital.

Y por fin llegó el gran día. Los últimos análisis mostraron inequívocamente que el tratamiento había resultado exitoso, La médula de Martina funcionaba de forma autónoma fabricando la cantidad correcta de glóbulos rojos. Fue dada de alta y podía hacer vida normal. Unicamente debería hacer controles periódicos rutinarios pero que previsiblemente serían normales. En la despedida la emoción embargaba a todos, familia y personal sanitario, que habían quedado admirados de la ejemplar actitud de Martina.

 

VII

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Pasaban las semanas y en aquella familia reinaba una nueva alegría. Dimas continuaba levantándose aa su terraza antes del amanecer, e incluso ahora un poco primero, pues las emociones pasadas le mantenían en situación de cierta excitación continua.

Pero ahora los pensamientos eran muy otros. Ya no preparaba agendas ni reuniones de trabajo ni estrategias de ganancia de nuevos nichos de negocio. Pensaba que la vida le había querido enseñar algo importante y no debía desaprovechar la oportunidad. Las cosas importantes como la salud de los suyos o el tiempo que por su trabajo no había pasado con ellos si les hubiera llegado a suceder  algo malo no lo había podido comprar ni recuperar con dinero.

Pensaba también que había tenido que ser un hospital público, es decir de todos,  el que le había solucionado el problema, de forma generosa y gratuita, sin preguntarle si era pobre o rico, sin pedirle una tarjeta de crédito a la entrada. Y había sido una mujer, y una mujer joven, que sacrificaba sus horas de juventud a los pies de la cama de los pacientes y los libros, que posiblemente tendría un sueldo mensual con el que no podría cubrir ni una sola de las celebraciones con las que él agasajaba a su familia, la que había devuelto, sin preguntar nada más, la salud a su nieta, lo mismo que hacía con otros muchos niños.

Y sobre todo pensaba que la curación había radicado en la obtención de unas células que unos donantes de forma anónima y gratuita, sin esperar nada a cambio, ni tan siquiera un mínimo reconocimiento, habían cedido para aquellos prójimos que las necesitasen.

Evidentemente con cuanta gratuita generosidad se había encontrado, y todos esos logros, que hundían la raíz de sus orígenes en la solidaridad de unos seres humanos para con otros, no los habría podido comprar con todo el oro del mundo.

Todo eso tenía que tener un significado, tenía que implicar una actitud por su parte. Qué pena no haberse dado cuenta antes, pero a fe que en el futuro lucharía por echar hacia adelante esa actitud activa y cooperadora.

Y se sintió mucho más feliz al contemplar el milagro, gratuito y eterno, del nacimiento de un nuevo día.

 

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Los planos de la vida

14 Oct

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Amaneció muy temprano como cada día para Roberto Laplace. Desde sus tiempos de CEO en aquella multinacional financiera había adquirido la costumbre de levantarse antes de la salida del sol.

Le gustaba llegar muy temprano a su despacho, incluso cuando aún no había nadie en el edificio.

Echaba un vistazo de apenas unos segundos a la foto fija de los rascacielos del barrio financiero que ofrecía el amplio ventanal de su despacho, y después dándole la espalda se enfrascaba en la preparación de la agenda del día.

Le esperaban en una jornada de trabajo que no acabaría hasta avanzada la noche, sin dejarle tiempo más que para llegar a su casa y sumirse en un sueño que aunque no fuese reparador le permitiría recargar las pilas para el día siguiente.

La minuciosidad, el no escatimar horas al trabajo y una actitud que huía de todo sentimentalismo y que le hacía desconfiar siempre de las estrategias de sus competidores le habían llevado al éxito y al puesto que ocupaba. Sabía que muchos de sus adversarios, e incluso alguno de sus empleados, aseguraban que era frío y en ocasiones despiadado. Pero en fin, él no había diseñado las normas del mundo en el que se tenía que mover.

Sin embargo ahora todo era distinto. Había conocido el lujo de no tener prisa. Podía pasear por el borde de la playa durante todo el tiempo que quisiese, sentarse a disfrutar de la brisa y del sonido de las olas. Cuando escuchó en la radio de un bar aquella música de Debussy descubrió que la belleza podía estar en algo inmaterial, e incluso simplemente con ella sentirse feliz.

También había podido descubrir algo con lo que no contaba: el placer de la lectura. No sin cierta ironía se repetía que tanto placer y lujo se le acumulaban. Como quiera que fuese, desde que descubrió abandonado en un banco del paseo marítimo un ejemplar del Cántico espiritual lo tenía como un tesoro. Se pasaba las horas muertas sentando cara al mar leyendo y releyéndolo. Parecía que le hablaba directamente, que el autor lo había escrito pensando únicamente en él y en cada nueva relectura descubría aspectos en los que no había reparado anteriormente. No importa que solo tuviese ese libro, con él era suficiente.

Qué felicidad, que plenitud sentía!  Cómo no lo habría hecho durante su vida laboral?. Por qué había tardado tanto en descubrirlo?

El día declinaba, desde la playa la línea del horizonte iba haciéndose más nítida, y matices de azules y grises se iban alternando con rojizos que el sol en su ocaso iba modulando. Ah, la belleza gratuita de los colores del anochecer!

Llegaba la hora de retirarse, con paso relajado se dirigió al espacio del cajero automático donde pasaría la noche. Al llegar alisó los cartones que le servirían de lecho, y extendió la vieja manta a la que tanto cariño tenía y le serviría de abrigo (afortunadamente el clima de aquella ciudad levantina era muy benigno y no necesitaba mucho más). La mochila sería la almohada y al lado su precioso tesoro, el libro que tanta sabiduría le comunicaba.

Sabía que antes de dormirse, durante un breve espacio de tiempo inevitablemente los fantasmas de los recuerdos le asaltarían. Recordaría como llegó de forma tempestuosa una crisis económica totalmente imprevisible. Como la multinacional mostró sus pies de barro y tuvo que hacer una severa reestructuración que se llevó por delante al 80 % de la plantilla. Como su adjunto, en un momento de debilidad inexplicable por su parte, se las ingenió para hacerle responsable de todas las decisiones fallidas, y hacerse con su cargo. Recordaría también como tuvo que ir vendiendo todos sus bienes y sus ahorros se fueron consumiendo poco a poco hasta verse en la presente situación, sin hogar y teniendo que alimentarse en un comedor social.

Todos esos pensamientos se repetirían, pero él entonces se agarraba a esa capacidad de razonamiento que tantos éxitos le había dado, y los alejaría. De cualquier modo el pasado, pasado es y además no se puede dar marcha atrás. Ahora tenía lo que tenía, y con ello estaba más que satisfecho.

El día siguiente, si llegaba, sería un nuevo regalo del destino, volvería un nuevo amanecer, la belleza del sol y del mar volverían a estar ahí para él, de forma gratuita, y su preciado libro le seguiría regalando sabiduría y … soledad sonora.

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Cenicienta

23 Jul

 

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I

La vida de Cenicienta era triste y monótona, pero eso mismo que podría parecer muy negativo a ella le proporcionaba si no autoestima, sí seguridad. Por otra parte, a pesar de lo anterior, Cenicienta tenía un carácter dulce y un gran sentido de la empatía, que trasmitía con facilidad.

Desde que sus padres le habían sido arrebatados en aquel odioso accidente en que un camión cuyo conductor estaba bajo los efectos de estupefacientes arrolló su automóvil, cada día los añoraba más. De hecho no pasaban muchos días sin que fuera a visitar su sepultura, y allí, al pie de aquel fresno que le daba sombra, abría su alma y vertía sus confidencias con la seguridad de que su madre la escuchaba, esperando encontrar sus consejos en el fondo de su corazón. Mucho añoraba su ternura, y la rectitud y el cariño de su padre.

Tras su orfandad, todavía niña fue acogida por una tía paterna, viuda y con dos hijas. Su tía no se parecía en nada a su padre. De carácter hosco, era muy envidiosa, siempre estaba amargada y enfadada contra el mundo, y procuraba encargarle las tareas más ingratas de la casa. Sus primas, orgullosas y engreídas parecían creerse sendas reencarnaciones de la reina de Saba, y la ignoraban totalmente, sin hacer el más mínimo esfuerzo por integrarla en su mundo infantil, lo que de alguna manera hubiera suavizado su dolor.

Así que Cenicienta se encerraba en si misma y sus estudios. Sin amigas verdaderas, y tratándose solo muy superficialmente con alguna compañera de estudios, no tenía ninguna vida social. Eso unido a su inteligencia natural facilitaba que avanzase en sus estudios con brillantez y excelentes calificaciones, lo que alimentaba aún más la sorda inquina de su tía y sus primas.

Cuando alcanzó la mayoría de edad y pudo tomar sus propias decisiones, gracias a su tierno carácter y su excelente curriculum académico no le fue difícil encontrar un trabajo de becaria en una importante, si no la más, editorial de la capital. Además, como no tenía ningún tipo de vida social y los estudios los llevaba con mucha facilidad, lo que le significaba tener mucho tiempo libre, se buscó para los fines de semana y festivos un trabajo de camarera en una conocida cadena de comida rápida.

Todo ello le permitió adquirir una mínima autosuficiencia económica, y poder abandonar el aquelarre en el que estuvo aprisionada durante estos últimos años. Alquiló un minúsculo estudio en las afueras de la ciudad y pudo acceder a una vida que además de libertad le proporcionaba tranquilidad. ¡Casi nada!. Por si fuera poco, los habituales y largos desplazamientos en el transporte público, añadido a los conocimientos colaterales que iba adquiriendo en su trabajo en la editorial, le permitían ir adentrándose en el maravilloso mundo de la literatura.

El trabajo era rutinario, pero a ella le parecía apasionante por el ambiente y los personajes entre los que se movía. Había ingresado como becaria y asignada al departamento de distribución, quizá el menos artístico de la casa. Su trabajo consistía en controlar que los distintos pedidos eran enviados en la fecha contratada y después que eran recibidos adecuadamente y de todo ello llevar unos rutinarios registros. Más por otra parte dado su carácter empático y servicial sus compañeros le pedían constantes favores que ella satisfacía con alegría y presteza, e incluso la utilizaban para tapar o justificar pequeños errores del día a día, lo que le iba granjeando la simpatía de todos.

Cenicienta estaba contenta. Al haberse librado del ambiente opresor en que había vivido era como si le hubiesen quitado una enorme losa de encima de su ánimo, y se tornaba cada día más alegre. Continuaba yendo a visitar la sepultura de sus padres y contándoles sus sentimientos con la seguridad de que ellos la escuchaban y ahora se alegraban de su nueva disposición de ánimo.

Todo ello hacía que su carácter y el trato con sus compañeros fuese cada vez más abierto, especialmente con Paloma, la secretaria de dirección de libros artísticos, el departamento de élite y más admirado de la casa.

Paloma era todo lo contrario a Cenicienta. Proveniente de una familia acomodada y con muy buenas relaciones había estudiado lo justo para obtener, eso sí, una brillante licenciatura en artes, y posteriormente, gracias a las influencias de la familia, su actual puesto de trabajo, envidia de toda la plantilla de la editorial.

De carácter extrovertido y jovial, era de natural agraciada y elegante, además de ser muy cuidadosa con su aspecto físico. Conocía a todo el mundo y sus historias, y mantenía una dilatada y muy activa agenda social.

Inteligente y de fondo bondadoso había sabido adivinar las virtudes de Cenicienta, y enternecida por su innata tristeza se había acercado a ella intentando animarla y ayudarla en su vida laboral. Así que pronto trabaron una sincera amistad que les llevaba a compartir sentimientos y confidencias y en la que Paloma trataba de alegrar a Cenicienta convencerla para que se incorporase a una vida social más activa, algo que la timidez de Cenicienta rechazaba. Estaba, eso sí, muy contenta de compartir a menudo con Paloma la hora de las comidas del mediodía, en las que tenían alegres charlas y con las que ambas intimaban cada vez más, pero cuando Paloma le proponía algún plan para después del trabajo Cenicienta educadamente lo rechazaba, y todo más aceptaba compartir un café de media tarde antes de volver a su pequeño apartamento y a sus estudios.

 

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II

Llegó el verano y con él se aproximaba un acontecimiento especialmente esperado por el personal de la editorial. Todos los años D. Juan, su dueño  y del amplio conglomerado de empresas que giraban alrededor de ella, gustaba de celebrar su onomástica organizando una gran fiesta en el amplio castillo medieval de su propiedad, sito en una villa próxima a la ciudad.

El lugar era de ensueño. El castillo, que databa del siglo XV,  había sido restaurado hasta en sus más mínimos detalles conservando todo su esplendor original, y al propio tiempo dotándolo de todas las medidas de confort actuales, sin tener nada que envidiar al más lujoso establecimiento hotelero.

A su vez estaba rodeado por una generosísima extensión de terreno donde abundaban paseos bajo frondosas arboledas, amplios jardines con abundante dotación floral y hasta de un riachuelo que se remansaba formando un lago que proporcionaba un espacio pleno de serenidad y paz. Diversas especies de pájaro, sin que faltasen las cigüeñas, tenían allí sus nidos y amenizaban el ambiente con las música de sus trinos. Liebres y hasta algún ciervo sorprendían al visitante con sus cercanas carreras. Todo ello ponía de manifiesto la buena conservación natural del entorno.

El castillo, además, en todos los eventos que las empresas de D. Juan en él celebraban, estaba atendido por una de ellas, a la sazón la más prestigiosa en restauración gastronómica de la ciudad.

A la fiesta eran invitados no solo todos los componentes de la empresa con sus parejas, sino también los autores que componían la nómina de las publicaciones de la editorial, así como otros muchos a los que se quería agasajar y captar, junto con gentes del mundo de la crítica y el periodismo. Todo el que era alguien en el ámbito de las letras recibía su invitación. También en ocasiones acudían figuras de otras artes, como las plásticas, la música o la danza. Todos tenían cabida en las muy numerosas estancias del castillo y los diversos establecimientos adyacentes que componían la propiedad. El festejo duraba hasta el día siguiente, y en ocasiones se prolongaba hasta un tercer día si los invitados se animaban a continuar.

En definitiva, era el evento social de la temporada, y con el que no solo se rendía homenaje de respeto y agradecimiento a D. Juan, sino que se inauguraba la estación del verano, con lo que de vacación y descanso conlleva. Además en esta ocasión se añadía una circunstancia más, de gran significado para D. Juan y la empresa. Ciro, hijo único de este y por tanto destinado a ser el heredero universal del gran imperio editorial, regresaba de Estados Unidos tras tres años de intensa formación en importantes universidades en el ámbito de la literatura y los negocios editoriales. Se incorporaría a la empresa en la temporada siguiente. Y aunque su padre quería que lo hiciese sin privilegios, desde puestos inferiores y a poder ser pasando de incógnito, era evidente que más temprano que tarde llegaría a los más altos puestos de dirección.

Siempre que llegaban estas fechas Paloma estaba cada día más emocionada pues sabía que era una jornada muy divertida de la que podría disfrutar no solo con sus compañeros de trabajo sino con muchos y muy interesantes personajes, bastantes de ellos ya conocidos por sus relaciones familiares. En esta ocasión, además, quería transmitirle toda su emoción a su amiga Cenicienta, y conseguir que al fin venciese su timidez y se introdujese en el mundo de las relaciones sociales.

Sin embargo Cenicienta, aunque le agradecía a su amiga el interés que ponía en ella y no quería desairarla, no estaba muy segura, e incluso pensaba en buscar una excusa educada para no acudir, segura además que dada su insignificancia nadie se percataría de su ausencia ni la echaría de menos. No sabía como desenvolverse en ambientes como el que allí se formaría, y además tampoco tenía ni el vestuario ni los complementos apropiados a la ocasión.

-Ni lo sueñes -exclamó Paloma, fingiendo indignación -para eso estoy yo aquí. Seré tu personal shopper y este fin de semana dejamos zanjado el tema del vestuario, los complementos, el maquillaje y la peluquería. Y esto no es negociable. Pues faltaría más!

 

 

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III

 

Y llegó el gran día de la fiesta.

El castillo y todos sus alrededores estaban envueltos en un atardecer transparente en el que los colores de la puesta del sol parecían ir armonizándose con la iluminación de los jardines hasta componer una sinfonía de  tonalidades suaves y sugerentes que invitaban al disfrute de la relajación y la comunicación entre los invitados. Al fondo una orquesta de cuerda contribuía a completar el ambiente con una música suave y tan acariciadora como la brisa que, sin molestar, aliviaba los rigores de la temperatura ya veraniega.

Mientras los invitados iban llegando una legión de camareros distribuían exquisitas creaciones gastronómicas y estimulantes bebidas.

En un determinado momento, ni demasiado pronto ni demasiado tarde para no llamar la atención pero tampoco  desairar la etiqueta, llegaron Paloma y Cenicienta a bordo del deportivo automóvil de la primera. Ambas eran personas discretas y además eran conscientes que entre los asistentes figuraban personajes de la vida social de mayor repercusión mediática. Pero no lo consiguieron. Estaban bellísimas. Esbeltas, irradiaban juventud y elegancia, con sendos trajes de noche de exquisito diseño, sin ser ni extravagantes ni provocativos.

Pronto comenzaron a formarse corrillos de conversación entre los que Paloma, conocedora prácticamente de todos los invitados, se movía como pez en el agua e iba haciendo las presentaciones de Cenicienta. Las damas asistentes, siempre muy observadoras para estos menesteres, fueron pródigas en alabarles la elegancia de sus atuendos, destacando no solo los vestidos sino la perfecta conjunción con los complementos, y muy especialmente los zapatos.

A medida que transcurría la noche Cenicienta empezaba a sentirse relajada y contenta, satisfecha por haber cedido a los consejos de su amiga Paloma, que ni un solo momento dejo de estar pendiente de ella. Pero también comenzó a moverse entre los distintos corrillos al ir conociendo a las personas y también porque acudían a ella, demandando su conversación, que se iba volviendo más fluida, impresionando a todos por su discreción, sentido y amplia cultura.

Evidentemente entre los jóvenes se establecía una especial afinidad, por lo que en un momento dado coincidieron en el mismo grupo Cenicienta y Ciro. Este quedó sorprendido con el conocimiento que ella tenía de la sociedad y modo de vida norteamericanos, y mucho más cuando a su requerimiento le confesó que nunca había visitado tal país, pero que uno de sus campos de interés era la geografía social. Y lo mismo sucedía con sus manifestaciones artísticas.

La conexión que se estableció entre ambos no podía pasar desapercibida para una persona muy observadora como D. Juan, máxime cuando este se percató de que, él que se preciaba de conocer prácticamente a toda su plantilla, en este caso no sabía nada de ella. Por ello, como también había observado la especial relación que Paloma mostraba con ella, hizo un aparte discreto, y le preguntó:

-Paloma, dime quien es esa chica con la que tanto habla mi hijo, y que yo no conozco?

-Tiene buen ojo, D.Juan -contestó Paloma, que sabía que podía tener ciertas confianzas con su jefe -es uno de los diamantes de su plantilla. Pero ciertamente es posible que no la conozca porque lleva muy poco tiempo en la empresa. Además es muy discreta y le gusta pasar desapercibida. Es la nueva becaría del departamento de distribución. Pero es persona de grandes capacidades. Y en cuanto a su hijo -continuó Paloma, mientras le guiñaba un ojo humorísticamente -no se preocupe. Cenicienta, que así se llama, es extremadamente recta y honrada.

-Cenicienta, curioso nombre -replicó D. Juan -Paloma, tú que tienes gran tacto podrías presentármela discretamente?

-Por supuesto, D.Juan. Buscaré el momento oportuno, no se preocupe. 

Y dicho y hecho. Paloma se acercó a Cenicienta y, so pretexto de dar un paseo y charlar un rato, maniobró para introducirse en el campo visual de D. Juan a una distancia acorde con las normas de la cortesía.

-Qué tal lo estás pasando, Ceni? -así la llamaba siempre coloquialmente Paloma, a tiempo que le regalaba una sincera sonrisa -estás a gusto?

-Sinceramente sí, Paloma, y te agradezco mucho que me hayas animado a venir -le contestó Cenicienta -es estupendo encontrar y charlas con tan interesantes y cordiales personajes.

-Ves?, te lo decía, estaba segura que ibas a disfrutar.

En ese momento oyeron la voz de D. Juan:

-Paloma, por favor, podéis acercaros?

-Por supuesto, D. Juan. Muy buenas noches y felicidades, por su onomástica, y como siempre por el acierto de esta maravillosa fiesta.

-Muchas gracias, Paloma. Tú siempre tan encantadora y atinada. Y ahora, querrías presentarme a tu amiga, que se está convirtiendo en la estrella de la noche?

-Faltaría más, D. Juan. Cenicienta, Ceni para mí, es, a parte de una de las más eficaces trabajadoras de la empresa, una de mis mejores y más admiradas amigas por su estupendo carácter y por sus amplísimos conocimientos. Becaria en el departamento de distribución y con una doble licenciatura en Bellas Artes y en Sociología. 

Y dirigiéndose a Cenicienta continuó:

-A D. Juan no necesito presentártelo, verdad?. Eso sí, y él sabe que lo digo con toda sinceridad, D. Juan es un gran jefe, y persona en quien siempre podemos confiar.

-Bueno, Paloma, todos sabemos de tu buena educación, y también sabemos de tu sinceridad, por lo que te agradezco tus palabras.

Y continuó:

-Y tú, Cenicienta, y te tuteo si me lo permites, no por establecer rangos, si no por la edad, me permites también que te llame Ceni, por la confianza que ambos tenemos en nuestra común amiga Paloma?

-Por supuesto, D. Juan, y es un honor conocerlo, y sus palabras. Y aprovecho también por felicitarlos por los motivos que expresó Paloma, y agradecerle la invitación a esta magnífica fiesta -expresó Cenicienta.

 

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IV

 

Al día siguiente Cenicienta despertó temprano. Tras asearse y recoger su equipaje, escribió una nota de despedida para Paloma que le introdujo por debajo de la puerta de su habitación, pues no quería ni despertarla ni incomodar su intimidad.

Bajó al comedor para el desayuno, estaba recién abierto y aún vacío. Se sirvió un abundante plato de fruta variada y una taza de humeante y oloroso café, y se sentó en una de las mesas de la terraza, dispuesta a disfrutar de las vistas del amplio jardín, y del silencio solo roto por los cantos de los pájaros. Con el amanecer aún reciente, el aire limpio transmitía fragancias de las flores. Se regocijó con ambiente y los agradables recuerdos de la fiesta.

Había pasado no muchos minutos ensimismada en este ambiente cuando apareció Ciro:

-Buenos días, Ceni. Parece que somos los únicos que madrugamos. Puedo sentarme en tu mesa?

-Por supuesto -contestó ella -y esa forma de madrugar?. Costumbres americanas o de natural en tí?

-Un poco de todo. Me gusta aprovechar el tiempo, y parece que por las mañanas estira un poco más. Quiero acercarme hasta  la biblioteca de la universidad a recoger bibliografía, a ver si por fin acabo mi trabajo de tesis. Y tú?

-Un poco lo mismo. Me gusta adelantar los temas de estudio los fines de semana, así durante la semana estoy menos estrenada con el trabajo. Además en la cafetería  del trabajo complementario tengo turno de tarde. 

-Vaya, eres admirable. Qué ritmo de vida! -exclamó Ciro.

-Bueno, supongo que parecido al tuyo, verdad? -replicó Cenicienta.

-Pues la verdad es que sí. En fin, son los tiempos que nos toca vivir. Bueno, como yo también me voy, si quieres te acerco, sin prisas, que yo tampoco la tengo.

-Pues te lo agradezco, Ciro. Iba a pedir un taxi pero casi mejor acepto tu invitación. Por mí parte, nos podemos ir cuando tu quieras. Ya tengo mi maleta hecha.

Durante el viaje continuaron una animada conversación, compartiendo opiniones e intereses cada vez más coincidentes. Al llegar al portal de Cenicienta se despidieron amigablemente sabiendo que habían encontrado una sincera y alegre amistad.

 

…y colorín colorado…  

…vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas….  (Fiesta.- J.M. Serrat, 1969)

 

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Caperucita Roja

2 Jul

«Las cosas podían haber sucedido de cualquier manera y, sin embargo, sucedieron así…» (Miguel Delibes.- El camino)

Caperucita era una joven muy activa y generosa. De aspecto juvenil, gustaba de vestir ropa confortable y moderna, nunca extravagante, y peinar, eso sí, unas hermosas trenzas pelirrojas de las que estaba muy orgullosa. Incapaz de estarse quieta, además de llevar sus estudios avanzados y con gran aprovechamiento estaba implicada en multitud de causas de voluntariado solidario.

De natural afectuoso volcaba su cariño en la atención y cuidado de su abuela. Los tiempos pasados que tanto dificultaron los contactos personales, y que habían afectado de especial manera a las personas mayores, la tenían disgustada, por eso ahora procuraba esforzarse aún más en esas atenciones visitándola a diario, y estando pendiente de proveerla de todo cuanto le fuera necesario. Además últimamente veía a su abuela algo nerviosa, y eso la tenía preocupada.

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Afortunadamente la ciudad en la que vivían era de pequeño tamaño, no había grandes distancias, lo que le permitía que esas visitas fueran diarias. Además la casa de la abuela estaba en medio de un precioso bosquecillo que hacía más agradable el paseo, sobre todo en días como aquel de cielo azul y sol resplandeciente, y en os que los árboles proporcionaban una agradable brisa que evitaba el calor.

Iba sumida en estos pensamientos cuando escuchó que alguien se dirigía a ella:

-Buenos días, Caperucita. Donde vas tan pensativa?

Era D. Ramón, el director de la oficina bancaria a la que ella y su abuela tenían confiados sus ahorrillos. D. Ramón era un hombre mayor, no debía faltarle mucho para jubilarse, máxime en una actividad, la bancaria, en la que tanto se prodigaban los reajustes de plantilla y las prejubilaciones.

De porte serio y vestimenta convencional en la corbata exhibía los colores de la entidad. Siempre había sido muy correcto con su abuela y con ella. Pero había algo en su mirada que le restaba empatía. Los diálogos siempre eran protocolarios y ceñidos a los temas comerciales, y cuando se salían de ellos su interés parecía desvanecerse. Nunca un comentario personal más allá de lo que marcaba la estricta y más elemental educación.

En definitiva, nada tenía Caperucita en contra de D. Ramón, pero tampoco podría decirse que fuera santo de su devoción. En cualquier caso, como no podía ser de otra manera lo saludó con la máxima cortesía.

-Perdón, D. Ramón, iba ensimismada pensando en las compras que debo hacer para la abuela. Voy a visitarla, y me gusta llevarle todo lo que pueda necesitar. Y el caso es que últimamente le gusta mucho la miel para añadir a la leche. Siempre me la encarga, pero ahora, con la crisis de las abejas, está a veces muy escasa, difícil de conseguir. En eso pensaba, ¿donde la compraría?. Y usted, D. Ramón ¿qué hace por esta zona?.

-Pues casualmente también voy a ver a tu abuela. Hay algunos aspectos de su cuenta corriente que me preocupan un poco, y quisiera, si es posible, como siempre ayudarla. ¿Quieres que te acompañe?. ¿Quieres que vayamos juntos?.

-Gracias, D. Ramón, pero como le digo he de hacer compras por lo que creo que me retrasaré un poco. Pero, dígame, ¿es preocupante lo que me cuenta de mi abuela?. Hasta donde yo sé, y ya sabe que me tiene como asociada en su cuenta, es una mujer muy ahorradora y organizada.

-No, no te preocupes, Caperucita, meros tecnicismos, pero ya sabes que a mi me gusta ayudar en lo que pueda a mis clientes, y a tu abuela, sobremanera -exclamó D. Ramón, haciendo manifiestos esfuerzos para mostrar una voz suave y tranquilizadora.

De cualquier manera a Caperucita le sonó a una respuesta impostada, y le hizo pensar que tenía que ocuparse de ese asunto en su momento. Pero también pensó que cada cosa a su tiempo, y ahora la tarea era la compra, lo que además le permitía excusar la compañía de D. Ramón, que en verdad no le apetecía especialmente. Así pues, cada uno siguió su camino independiente.

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Un rato más tarde, concluidas las compras, Caperucita se dispuso a disfrutar al máximo el paseo a través del bosque. El suelo era mullido y de fácil caminar, multitud de árboles proporcionaban una acogedora sombra, y el sol atravesando sus ramas movidas por la brisa componían un bonito juego de luces que embellecía y hacía brillar aún más los colores de sus hojas. Los sonidos del canto de los diferentes pájaros proporcionaban una muy alegre melodía. Siempre que pensaba en esos pequeños hechos cotidianos de los que muchas veces no llegamos a percatarnos pero que representan tesoros en nuestras vidas, Caperucita rememoraba sus paseos por aquel bosquecillo.

Estos pensamientos llevaba cuando se dio cuenta que se le había pasado el tiempo de forma imperceptible, pues estaba ya llegando a casa de su abuela. Pero en este punto la alegría se tornó en preocupación. De la casa surgían ruidos de discusión. D. Ramón daba grandes gritos en un tono desabrido y la abuela parecía sollozar.

-Qué está pasando aquí ?-exclamó Caperucita tras cruzar el umbral de la vivienda, al tiempo que se dirigía a darle un beso en la mejilla a su abuela.

-Nada, hija, nada. No te preocupes, D. Ramón me explicaba alguna cosa sobre mi cuenta corriente que cree que podría ser ventajosa para mí. Cuanto me alegro por tu visita. Qué cariñosa eres, Caperucita, y cuanto te lo agradezco -decía al tiempo que trataba de disimular la lágrima que se deslizaba desde uno de sus ojos.

La cara de D. Ramón cambió al instante, adoptando una de esas melifluas sonrisas en las que es fácil adivinar la artificialidad, lo mismo que su voz.

-Cierto, Caperucita, nada de que preocuparse, pero como te dije cuando nos encontramos hay algunos aspectos que creo que podrían beneficiar a tu abuela. Su cuenta corriente en estos momentos está correcta, pero con la inflación y la actual deriva de los mercados pudiera ocurrir que en 2 ó 3 años estuviera un poco justa, y ya sabemos que con el paso del tiempo los mayores pueden tener mayor necesidad de atenciones y servicios. Por eso le explicaba que existen algunos productos bancarios ventajosos que podría aportarle fáciles ganancias que cubrirían desahogadamente esas alternativas.

Hizo una pausa y le pasó una serie de folletos a Caperucita.

-Mira, estos serían unos ejemplos. Estúdialos tú también y así los podéis comentar entre la dos -concluyó.

A Caperucita su amiga Circe le había enseñado el arte de adivinar que animal se encierra en cada una de las personas, y no cabía duda de que D. Ramón era un lobo, así que haciendo acopio de toda su serenidad y su calma se puso a revisar los papeles que le tendía.

Cuando hubo acabado comprendió que eran maniobras financieras sumamente complejas y de alta volatilidad, pero además sus resultados solo podrían ser consultados informaticamente y durante periodos de tiempo extraordinariamente breves. Aunque lo más inquietante de todo es que en caso de resultados negativos en las operaciones la responsabilidad de las mismas eximía al banco e iba contra la vivienda de la titular, pudiendo llegarse incluso al desahucio por parte del banco.

Una ola de indignación inundó el interior de Caperucita que quiso contar hasta diez para serenarse y darle a D. Ramón una respuesta adecuada y enérgica, sin irse por las ramas.

-D. Ramón, mi abuela y yo le estamos muy agradecidas por las gestiones realizadas hasta ahora, pero creo que en esta ocasión se ha pasado usted con unas pretensiones que de forma suave calificaríamos de inaceptables. Le agradecería se fuese de esta casa, y considerase haber tenido suerte que no están por aquí los leñadores, pero no tiente la suerte ni estire la cuerda, porque en alguna ocasión podría encontrarse con ellos.

D. Ramón palideció por más que tratase de ocultar su ira, pero percatándose de la determinación de Caperucita comprendió que lo mejor sería irse para nunca más volver.

... y colorín, colorado.

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Blancanieves

18 Jun

Qué antiguo puede ser el futuro (Irene Vallejo)

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Aquel día Blancanieves despertó presa de ansiedad. Se incorporó, su corazón galopaba desbocado, y todo su cuerpo estaba empapado en sudor. Había sufrido una larga y horrible pesadilla que había experimentado con una angustiosa nitidez.

Cuando pudo controlarse mínimamente constató que no había rastros de ningún príncipe azul, ni estaba en ninguna urna de plata y cristal vestida de novia, ni había siete camitas enanas, ni tampoco había espejos mágicos ni brillantes manzanas, y por supuesto no había rastros de ninguna bruja malvada, y aquello no era ningún castillo encantado ni de ninguna otra manera.

Su habitación, como correspondía a su edad, era una estancia con decoración moderna, de tonos claros. En una de las paredes unas litografías valiosas y algún cartel con referencia a sus músicos preferidos, en la otra una funcional biblioteca repleta de libros y a su lado el escritorio con, entre otros objetos, un ordenador portátil abierto.

Por la ventana se observaba un amplio horizonte, como correspondía a la altura del piso. Al fondo, modernos edificios correspondientes a la zona comercial de la ciudad. En la calle, el tráfico rodado característico, del que afortunadamente no llegaba el sonido gracias al doble acristalamiento.

El cielo, nítido, azul, resplandeciente. Ocasionalmente cruzaban, raudas, bandadas de golondrínas.

Respiró aliviada.

Ya había conseguido sosegarse cuando de pronto se oyó una voz metálica diciendo:

Buenos días. Son las ocho de la mañana. Hoy el cielo estará despejado y alcanzaremos los 28 grados en el centro de la ciudad, donde el tráfico aún está fluido. A continuación desde la emisora de radio local los componentes de su mesa de opinión nos comentarán las noticias políticas del día.

Otra vez el corazón le comenzó a palpitar a gran velocidad. La pantalla del servicio de voz de la nube de de la multinacional dominante, se había puesto en funcionamiento. Allí estaban, sin ninguna duda, el espejo mágica, la bruja malvada y la manzana envenenada, todo junto.

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Pulgarcito

11 Jun

El último favor es siempre el penúltimo.

Pulgarcito era un muchachuelo alegre, de sonrisa franca, muy activo y siempre dispuesto a hacer favores a los demás. Por esto era muy apreciado en la corte.

-Pulgarcito, podrías ir a por agua? -le pedían unos.

-Pulgarcito, podrías traernos leña? -decía otros.

Pulgarcito nunca decía que no, y así andaba todo el día ajetreado de ceca en meca, trabajando para los demás, sin que esto le reportará ningún beneficio material ni de rango dentro de la corte.

Su madre siempre le decía:

-Pulgarcito, por qué andas asÍ de azacanado?. No ves que todos se aprovechan de tí?

-Madre, no me importa -contestaba el bueno de Pulgarcito -a mí no me cuesta trabajo, y si puedo ayudar, pues mejor y más contento me siento. No lo hago por que me lo agradezcan ni me lo remuneren.

Un buen día la madre de Pulgarcito cayó enferma de aquel catarro universal que asolaba la región . Nadie sabía como evitarlo y mucho menos curarlo. Así que Pulgarcito se dedicó en cuerpo y alma a cuidar de su madre así como de las tareas de su propio hogar sin que le quedara tiempo para nada más.

En esto estaban las cosas cuando dos pajes de palacio llegaron hasta su casa a decirle que la Reina Madre requería su presencia de inmediato.

-Pulgarcito -dijo una vez que el muchachuelo estuvo ante ella -quiero que vayas a la ciudad y en el mercado de las sedas compres las más suntuosas que encuentres, Después te acercarás al pueblo vecino, donde reside el sastre, y le comunicarás que a la mayor brevedad debe confeccionarnos los más elegantes vestidos a las princesas y a mí para el próximo baile de la corte, al que asistirán los más afamados príncipes,. Adviértele que ha de darse prisa, pues tendrá lugar dentro de una semana. Así que andando, date prisa en cumplir mis órdenes, que tenemos poco tiempo.

Pulgarcito no sabía como expresar lo que tenía que decirle a la Reina, pues esta era conocida por su difícil carácter, y mucho más cuando se le llevaba la contraria. Con los ojos bajos y con la mayor suavidad de la que era posible, expresó:

-Majestad, sabéis que siempre es para mí un honor cumplir vuestros deseos, y que lo hago con prontitud. Pero en esta ocasión, y bien a mi pesar, no me va a ser posible. Las misteriosas fiebres que invaden la región tienen a mi madre en la cama con incurables calenturas y el cuidado ella y las tareas de la casa tienen ocupado todo mi tiempo, pues no hay ninguna otra persona que pueda hacerlas.

La Reina Madre sintió que la ira le invadía, su cara enrojeció y cerrando los puños al tiempo que golpeaba el suelo enrabietada gritó con voz gruesa:

-A mí la guardia, quitad a este insensato de mi presencia, encerradlo en la más profunda y oscura mazmorra del castillo, y encadenazlo para que nunca pueda salir.

Los guardias sintieron gran lástima por Pulgarcito, pero no se atrevieron a desobedecer a la Reina, pues sabían de las graves consecuencias de hacerlo.

A continuación la Reina Madre llamó a las dos princesas y claramente ñampeada exclamó a voz en grito

-Pulgarcito es un insensato. Nunca obedece a nuestras órdenes, siempre hace únicamente lo que a él le apetece, y eso no se puede consentir. Qué pasaría si todos nuestros súbditos hiciesen los mismo?. Lo único que quiere es boicotear vuestra presencia en el baile. Tenéis que hablar con vuestro padre, el Rey, y convencerle para que mande decapitar a Pulgarcito, por delito de lesa majestad.

Las princesas, aunque no entendían muy bien lo que decía su madre, la obedecieron, y el Rey, que aunque bueno era muy débil y no se atrevía a contrariar a la Reina por miedo a sus ataques de ira, dio las órdenes oportunas para proceder a ejecutar la decapitación de Pulgarcito.

Mientras tanto, los guardias, indignados ante tamaña injusticia, comentaron los hechos en la taberna del pueblo. Inmediatamente la ira creció entre los asistentes, que rápidamente se organizaron. Unos fueron a la casa de Pulgarcito para hacerse cargo del cuidado de su madre, así como de los cuidados del hogar, y el resto del pueblo se plantó a las puertas del Palacio Real armados de palos, piedras y antorchas, dispuestos a hacer lo que fuera necesaria para evitar la injusticia.

Los cortesanos al ver a la multitud claramente decidida a invadir Palacio, lo abandonaron rápidamente, dejando solos a los miembros de la Familia Real, que en el último instante pudieron huir por una puerta trasera, para nunca más volver.

El pueblo liberó a Pulgarcito, y su madre, gracias a los cuidados de los vecinos, curó de sus calenturas. Tras la huida de la Familia Real en aquel país se instauró la República,…y colorín colorado.

El retorno

30 May

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Cuando el viajero llegó a la misma estación de la que había partido 40 años antes, la ciudad lo recibió también de igual manera, con una lluvia fina y pertinaz (orbayu la denominaban en aquel lugar), que conocía bien y sabía que si no se refugiaba de ella acabaría con una más que severa mojadura.

Gustaba nuestro personaje de viajar ligero de equipaje, lo que le iba a permitir desplazarse a pie hasta su hotel, eso sí, protegido por un paraguas, instrumento que nunca abandona a todo buen habitante de aquellas tierras.

Cuando enfiló la recta calle principal que unía la estación con el centro todo estaba envuelto en una neblina gris acerada que añadía aún más tristeza al hecho de comprobar que los cambios ocurridos en su ausencia no eran sustanciales, destacando el hecho de encontrar aún más negocios con el cartel de se vende/se alquila como tenebroso producto de las dos últimas crisis.

Entregado a la añoranza había decidido que en tanto buscaba una vivienda definitiva se alojaría en el hotelito de la plaza en la que habían transcurrido sus primeros años, y en la que se desarrollaron sus juegos infantiles, algo ahora imposible por mor de la invasión del tráfico.

Una vez instalado encargaría a una empresa de transportes el traslado de sus libros, sus cuadros y su querido piano, y después a una agencia inmobiliaria que, sin urgencia, pusiera en venta su piso, pues aunque pensaba volver en cuantas ocasiones le fueran posibles a Barcelona, la ciudad donde había trabajado y sido feliz durante estos últimos cuarenta años, no sería de forma tan frecuente ni tan prolongada como para mantener un piso como el suyo abierto, con los gastos que ello conllevaría.

El citado hotelito era pequeño, pero tenía todos los requerimientos básicos para una estancia confortable, y sobre todo una ubicación excelente, no solo por las razones sentimentales antes descritas sino también por encontrarse en la zona más céntrica de la ciudad.

Tras una ligera cena decidió retirarse a descansar. El día había sido largo, pródigo en emociones y no exento tampoco de cierta fatiga física. Los años comenzaban a pesar por más que subjetivamente no lo pareciera.

Un cúmulo de sensaciones, recuerdos y nostalgias se le agolpaban produciéndole una enternecedora situación de cierta labilidad emocional, pero que no le resultaba en modo alguno desagradable ni dolorosa, por lo que no tuvo ninguna dificultad en conciliar un sueño fácil que al día siguiente observó como reparador, y sin que el subconsciente le hubiese generado ningún sueño indeseable.

Desde su jubilación había adquirido el hábito de convertir el desayuno en uno de los momentos placenteros y relajados del día, bien es verdad que procuraba que esto sucediera también el mayor número de veces posible a lo largo de toda la jornada. Cuidaba de escoger alimentos de forma equilibrada y sin ninguna prisa, recreándose en el color, textura y sabor de los mismos. Zumo o frutas, cereales en forma de pan tostado, lácteos, proteínas en algún embutido suave, y un estimulante café con leche al que en alguna ocasión se permitía el lujo de añadir un croissant, algo aquí imperdonable por estar cerca de la confitería que llevaba más de 100 años confeccionando los mejores. Todo ello sin ninguna prisa, al tiempo que, con calma, planificaba mentalmente su jornada matutina.

Ciertamente debería buscar piso, pero quizás esta era la tarea que menos le urgía. Lo que más ansiaba era reencontrarse con la ciudad, por lo que sentía la ilusión y la incertidumbre de quien va a reencontrarse con una antigua novia. Desde que se había marchado regresó en algunas ocasiones, siempre con el único objetivo de visitar a sus padres con los que tenía una más que entrañable relación, aunque la verdad es que fueron más las veces en que ellos lo habían visitado a él en Barcelona. Pero desde que estos faltaban, y bien que los echaba de menos, no había vuelto a pisar su ciudad natal, así que tenía ganas de reencontrarse con ella y con sus recuerdos, aunque por otra parte sentía cierta inquietud ante la posibilidad de haberlos idealizado y que la realidad le mostrase alguna decepción.

Por de pronto la casa en la que había nacido, en aquella misma plaza, ya no existía, y estaba sustituida por otra de diseño más moderno de acero y cristal, y sus bajos estaban ocupados por un gran restaurante también de diseño. El convento de monjas, cuyo origen se remontaba al siglo XIII y que había sido declarado Bien de Interés Cultural, y cuyo interior había sido motivo de calenturientas aventuras épicas en su infancia, era sustituido por un vanguardista edificio de la administración, de Hacienda para más inri.

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De todos modos, desde allí comenzaría su primer paseo en el que el objetivo más preciado era llegar al bar donde su padre le había contado en reiteradas ocasiones que tenía la tertulia n la que se reunía con sus amigos, y formaba parte de su felicidad. Eran 10, todos mayores que él, todos personas inteligentes y creativos (pintores, músicos, escritores, etc., eso sí, todos de distinta ideología), que una vez por semana, durante una hora o raramente un poco más, y alrededor de sendas copas de vino (alguna vez se repetía la ronda) y algún aperitivo sólido, charlaba y discutían, alguna vez acaloradamente. Pero siguiendo un símil futbolístico, lo que sucede en la tertulia se queda en la tertulia. Nunca la más estruendosa discusión erosionó un ápice el cariño que entre ellos se tenían. A su padre siempre que hablaba de su tertulia se le iluminaba la mirada y se le dibujaba una sonrisa que significaban los muchos ratos de felicidad que allí disfrutaba.

Con estos pensamientos en poco tiempo llegó al centro sentido de la ciudad. Allí seguía el antiguo teatro, templo de la lírica a la que tan aficionados eran los habitantes de aquella ciudad, y donde anualmente se entregaban importantes premios a figuras destacadas de la ciencia y el pensamiento, que luego llevarían el nombre de la región por todo el mundo. Apenas encontró diferencias con el recuerdo que de él tenía en sus años jóvenes, si no fuera por la peatonalización de las calles aledañas.

A su lado la plaza que había sido testigo de tantos acontecimientos históricos, incluso anteriormente, él ya no había conocido eso, estuvo una cárcel para mujeres, y cuyo nombre tantas veces había cambiado al albur de las pasiones políticas del momento. Bordeada por significativos e imponentes edificios de singular valor arquitectónico, uno de ellos estaba coronado por un reloj con carillón que cada cuarto de hora, con la melodía del himno regional, marcaba el pulso de la ciudad.

Desde allí cruzaría por un parque del que cada rincón, cada fuente o cada estatua le traería el recuerdo de los juegos y meriendas de su infancia, incluido el regusto a barquillos, o de aquellas fotografías con la cámara minutera manejada con destreza por la popular y entrañable fotógrafa, que luego llenaban los álbumes de familiares.

Al concluir su trayecto por el parque se encontraría con una ancha y bien asfaltada avenida que en otros tiempos marcaba el límite del centro de la ciudad, constituyendo un terreno libre de edificios y con calles polvorientas que en los días de lluvia se embarraban totalmente. Mas en fiestas allí se instalaban las norias y los tenderetes de chucherías, churros y algodón dulce, sonidos y sabores que ahora emergían en sus recuerdos.

Esta calle se abría a una amplia plaza, ahora territorio de alegres juegos de niños y de reposo de mayores. En uno de sus laterales la cafetería de la tertulia, de las que su padre tanto y tan ilusionadamente le había hablado. Al traspasar el umbral notó que su corazón se aceleraba, y que una dulce nostalgia se apoderaba de él. Se sentó en una de las mesas, y se dedicó a observar. Allí estaba aún el viejo y entrañable dueño, quizás algo más encorvado y lento de los que su padre lo describiera, pero que con sabia parsimonia y gestualidad que recordaba a un experto director de orquesta dialogaba con los clientes al tiempo que marcaba el ritmo a sus dos sonrientes camareras, sus hijas, como sosegándose en la dicha del trabajo familiar conjunto.

El viajero observó con detalle y cariño la decoración con un intemporal mobiliario, las mesas debidamente separadas como exigían las normas de la maldita pandemia, así como de sus paredes. Y allí, en una de las esquinas preferentes, al lado del amplio ventanal, entre otros muchos recuerdos de momentos entrañables, estaba la fotografía. Diez personas, una de ellas su padre, mirando a la cámara con aspecto de satisfacción, levantaban su copa y sonreían abiertamente.

Por fin sintió que había llegado a su auténtico destino, al tiempo que no pudo evitar pensar cuan presto se va el placer.

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El oráculo

20 May

Si en el pueblo nos hubiesen pedido a cada uno que nombrásemos alguien que caracterizase el estoicismo del castellano viejo estoy seguro que la inmensa mayoría, por no decir todo el mundo, señalaríamos a Eugenio.

Era este varón de porte sereno, ojos claros, mirada profunda, larga y limpia. Su tez morena señalaba su vida al aire libre, y sus arrugas una vida intensamente vivida.

Tenía costumbres muy constantes, por lo que según la altura del sol (él no usaba reloj ni teléfono móvil ni ningún otro tipo de artilugio moderno) todos podíamos saber con bastante aproximación donde encontrarlo. Al comienzo de la mañana, cuando aún se disfrutaba la brisa del nuevo día y el sol no sofocaba, se le podía ver, ataviado con su viejo sombrero, caminando en dirección al pueblo vecino. Como la distancia de ida y vuelta no era suficiente para cubrir la hora diaria establecida para su paseo (desde que había tenido el acierto de abandonar el tabaco, mostraba un paso ágil y sin la más mínima fatiga), se daba el capricho de completarlo volviendo por la estación de tren, y recorriendo tres veces (ni una más ni una menos) su andén.

Después, tras un frugal desayuno ya en su casa, realizaba las tareas más elementales de la misma, y preparaba lo que horas después sería su almuerzo. Desde que murió su esposa vivía solo, y únicamente permitía que una vez por semana Herminia acudiese a realizar una limpieza más a fondo, que mantenía el debido decoro de su hogar.

El resto de la mañana se la pasaba leyendo y rellenando una de las innumerables libretas en las que volcaba sus observaciones y pensamientos.

Cuando el sol alcanzaba a salir por encima del campanario de la iglesia y apoderarse de todo el territorio de la plaza, en una de cuyas esquinas tenía su vivienda, Eugenio sabía que era la hora de acudir al bar-tienda de Ramón, a encontrarse con sus viejos amigos, y en torno a un vaso de vino y alguna tapa de embutido de la tierra, con tono siempre apacible y sosegado comentar la actualidad, sus recuerdos u ocurrencias. También era en casa de Ramón donde se proveía de todo lo necesaria para su subsistencia.

Pasados esos agradables momentos, regreso a casa, almuerzo, breve siesta y vuelta la lectura y escritura, hasta que cuando el sol comenzaba su retirada, repetía idéntico paseo y posteriormente la misma visita a casa de Ramón. La única variación consistía en que en estas ocasiones la conversación giraba en torno a una emocionante partida de dominó, en la que los perdedores, en buena y pacífica lid, abonaban el coste del vino y los embutidos.

A partir de ahí comenzaban para Eugenio los momentos más difíciles del día. Al llegar a su casa ya de anochecida y encontrarla vacía, se le caía encima. Trataba de conciliar el sueño pero siempre aparecían los fantasmas del pasado y los recuerdos de su mujer le generaban una nostalgia que le mordía el alma. Nadie en el pueblo podía recordar un solo día en que no se les viese juntos.

No se sabía si Eugenio tenía más familia. Ningún forastero había acudido a su entierro. Al poco tiempo de este acontecimiento había viajado a la capital, pero regresaría a los muy pocos días. Nunca más abandonaría el pueblo, y ni mencionaría semejantes temas.

El pueblo se lo respetaba. Era muy querido. Persona afable, de carácter sereno, y conciliador, e incluso alegre, desinteresado, de honradez acrisolada, gran conocedor de la naturaleza y del alma humana, era la primera persona que ayudaba a todo el mundo y a quien todos recurrían antes de tomar decisiones.

-Eugenio, ¿crees que mis cereales ya están aptos para la recolección? – le preguntaba uno.

-Eugenio, ¿podré comenzar a vendimiar? – inquiría otro.

Y él, con ponderación y cercanas explicaciones iba aconsejando a todo el mundo, acertando habitualmente, lo que hacía que gozase del respeto general.

-Eres nuestro oráculo – le decían alguna vez durante la partida vespertina.

-Bueno, bueno, dejaros de tonterías y concentraros en el juego, que eso sí que es importante – contestaba con modestia y sin alterar el gesto ni levantar los ojos de las fichas.

Una tarde, en tiempos en que todos andaban revueltos por la proximidad de unas elecciones en la que los candidatos se excedían en sus soflamas, creando un ambiente de preocupante crispación generalizada, uno de sus más cercanos amigos le espetó:

-Eugenio, la cosa está que arde, y todo parece confuso. ¿Cual crees tú que sería el voto que más beneficiase a nuestro pueblo?

-Mira, Andrés, me conoces y sabes que no tengo reparo en hablar de nada, ni de cosechas ni de predicciones del tiempo, e incluso de fútbol, pero de lo único que nunca quiero hablar es de penurias, ni de las físicas ni de las sicológicas, y bástate con mi lema: el juego es lo importante. La vida es juego, donde unas veces se gana y otras se pierde, así que atento, que si no, nos va a tocar pagar.

Y siguió jugando con la misma inalterable parsimonia con la que el día sigue a la noche.

Agradecida nostalgia.

13 May

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Maylín ya podía oler la primavera.

Maylí ocupaba un buen puesto en aquella entidad bancaria, pero autolimitaba su promoción laboral ante el hecho de mantener un horario que le permitiese conciliar su trabajo con su libertad personal, y aunque no tenía familia no quería restar tiempo a disfrutar de sus aficiones o sus amistades, en suma a vivir.

Uno de esos pequeños grandes placeres era el que se proporcionaba cuando llegaba el buen tiempo. Entonces, al salir del trabajo gustaba de gozar de un sosegado paseo hasta aquel recoleto parque, y sentarse en un lugar discreto, siempre con un libro entre sus manos. Allí disfrutaba de la caricia de los últimos rayos de sol del día, y de la suave brisa que era como una caricia mantenida en suspensión, al tiempo que se dejaba escuchar en su paso entre las ramas de los árboles, sonido matizado por el vuelo y el piar de algunos pajarillos y por el murmullo lejano de los gritos infantiles en sus juegos.

Todo eso y el olor de la hierba del césped recién segado se transformaba en una múltiple sinestesia que Maylín identificaba con la primavera. Cuando esto sucedía se sentía embargada por un agradecimiento a esa vida que podía disfrutar.

En esos momentos dejaba su vista dirigirse hacia aquellos niños que jugaban, alegres y gritones, y hacia los grupos de madres, que charlaban mientras los vigilaban. Esa agradecida nostalgia le traía el recuerdo de su propia madre, la que le había dado tal vida.

Dejaba el libro a un lado y permitía que todos esos sentimientos la inundase.

Entonces ocurrió.

El grito resonó como el restallido de un látigo que Maylín sintió incrustarse en su propia piel.

  • ¡Te odio!

La niña, de unos cinco años, rubia, rizosa, vestida con el uniforme de un colegio de las proximidades, pataleaba y gesticulaba frente a la que presumiblemente sería su madre, en medio de una rabieta de chiquilla consentida.

Maylín sintió rebrotar en su memoria aquel recuerdo, el único capaz de hacer que su agradecida nostalgia saltase por los aires hecha añicos.

Ella también se lo había dicho a su madre hace muchos años, allá en su país, cuando le había negado la compra de una serie de chucherías, también a la salida del colegio.

En aquella ocasión su madre la atrajo suavemente hacia si en un abrazo del que aún conservaba el calor, y como si estuviera rezando y no hablando con ella, murmuró: «Hijita, tú aún no podés entender, pero necesitamos la poquita plata que nos alcanza para otras cosas más básicas. Pero yo te prometo, he de conseguir que llegue el día que te puedas comprar lo que se te antoje».

La retuvo entre sus brazos hasta que su ira se fue consumiendo, y las silenciosas lágrimas que se le escaparon fueron de una mezcla de comprensión, cariño, agradecimiento y seguridad en su madre.

También recordó a su padre. Su ausencia. Eso allá en su país le parecía casi normal, pues les ocurría a la mayoría de los niños, pero fue al llegar a este país cuando se le hizo más extraño, produciéndole una especie de vacío de vergüenza.

Lo más doloroso era cuando, tras varios días de ausencia, volvía licorado, dando voces. Entonces ya sabía que tenía que esconderse en la esquina más oscura de la modesta casa, sin hacer ningún ruido, mientras su madre soportaba los golpes en silencio, hasta que él se volvía a marchar. Entonces su madre corría a abrazarla, y le decía: «No te preocupés, hijita, todo está bien. Lo importante es que tú siempre estudies y puedas labrarte un porvenir».

También recordaba la noche en la que mientras dormía, su mamá se le acercó a su cama, y muy bajito le susurró: «Vámonos, hijita. No hagas ruido». Se levantó, sintió como su madre la cogía con una mano, y con la otra una pequeña maleta y sin mirar atrás dejaron la casa para introducirse en la noche. Caminaron un buen rato hasta que divisaron las luces de una pickup en cuya trasera había un grupo numeroso de personas. Recordaba su sorpresa al ver que llegaban al aeropuerto y después cuando subieron a aquel avión que les trajo hasta acá.

También recordaba como al llegar solo conocían a su tía María Luisa, en cuya pequeña casa vivieron compartiendo una habitación. Su madre estaba prácticamente todo el día afuera , trabajando horas y horas, limpiando y planchando en casas ajenas.Al llegar, mientras su cara reflejaba un profundo cansancio, le preguntaba: «¿Qué tal te fue en el colegio?. ¿Hiciste todas la tareas?. Recuerda que lo importante es que tú siempre estudies y puedas labrarte un porvenir». Ella le contestaba: «Sí, mama. Te quiero», y le daba un beso con la mayor ternura de que era capaz y que iba aumentando con los años, a medida que iba comprendiendo el significado de su actitud.

Por fin llegó el gran día. Tras muchos años de sacrificios y esfuerzos, recibiría una doble licenciatura en Economía y Derecho. Su madre la acompañaba orgullosa, y al acabar el acto volvió a abrazarla con aquella ternura que solo ella era capaz de transmitirle y le susurró: «El día de hoy justifica toda mi vida».

Durante el tiempo de su licenciatura Maylín, viendo el ejemplo de su madre, supo compaginar el estudio con el trabajo en algunas tareas más o menos eventuales, lo que le permitiría inscribirse a continuación un renombrado master de investigación e inversiones financieras, al tiempo que ayudar a su madre a compartir los gastos de su espartana existencia y hacerle algunos modestísimos pero muy simbólicos regalos.

Cuando por fin Maylín terminó el master le fue fácil encontrar trabajo en la entidad bancaria en la que aún hoy trabajaba, donde su seriedad y eficacia le permitieron ir ascendiendo hasta el puesto que en la actualidad ocupaba. Al mismo tiempo, su cercanía y humanidad con los clientes la hacían muy estimada por estos y la dirección, con lo que le permitían de buen grado mantener ese horario conciliador de trabajo, algo que no era nada frecuente en el sector. Todo ello hacía que ahora sí la situación de madre e hija fuera desahogada y pudieran disfrutar de su cariño mutuo.

Pero ya sabemos que la vida no suele ser complaciente con los modestos. No había pasado mucho tiempo cuando su madre comenzó a padecer unos extraños dolores abdominales. Maylín la acompaño al médico quien, tras unos rápidos exámenes ecográficos, con toda la suavidad de que fue capaz les transmitió el funesto diagnóstico, cáncer de páncreas.

Maylín sintió que todo se derrumbaba en su interior, y caía en el más profundo agujero negro sin esperanza de poder salir jamás.

Cuando llegaron a casa su madre la abrazó con aquella ternura con que la abrazaba en los momentos trascendentes, con la suavidad y entereza que solo ella era capaz de transmitirle, y mirándola a los ojos le dijo:

  • No te apenes, mi hijita. Yo ya voy siendo mayor, y tarde o temprano ha de llegar el momento del gran paso. No importan unos pocos años más o menos, lo que importa es el fruto que de ellos hayas obtenido. Y mi fruto eres tú. Verte como te veo hoy, con tus estudios y tu trabajo, y siendo tan buena hija como eres justifica plenamente mi vida. Lo único que ahora te pido es que trates de ser feliz, y que me recuerdes sabiendo que cada momento que disfrutes, yo estaré a tu lado haciéndolo también. Además ya sabes que el amable doctor me prometió que el tránsito sería corto y no pasaría dolor, y estoy seguro que cumplirá su promesa.

Y así fue. En los pocos meses que duró su enfermedad, Maylín no se separó un solo instante de su madre, procurando transmitirle todo su cariño y hacerle cada hora lo más agradable posible. El doctor pudo cumplir su promesa y una suave y humana sedación facilitó el tránsito de la madre a su último destino.

Y siguiendo sus enseñazas, cuyo recuerdo no se apartó de ella ni un instante, pasado el primer dolor de la pérdida Maylín aprendió a sentir aquella agradecida nostalgia que fue la gran herencia que recibió.

Al tiempo que pensaba todo esto Maylín sintió que le gustaría acercarse a la enrabiada niña y decirle que le diera un beso a su madre y se pusiera a jugar con ella, disfrutando del gran regalo que la vida le hacía teniéndola cada día cerca de sí.

Estaba segura que su madre sonreía.

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Ciudades

5 May

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El viajero estaba cada vez más aturdido. Quería marcharse de ese sitio, ¡tenía! que marcharse de ese sitio. No podía soportar la ciudad, su casa, sus gentes. Todo se le caía encima como una pesadísima losa que lo hundía, que le impedía respirar. Ese silencio plomizo era insoportable. La fina lluvia le calaba todo su ser oxidándole el alma.

Y ahí estaba, con la maleta ya preparada a la puerta del recibidor, ante la pantalla en blanco del ordenador, incapaz de decidir cual quería que fuese su destino. Ese era el motivo de su zozobra, de su creciente aturdimiento. Necesitaba encontrar un sitio donde las gentes no lo conocieran, donde pudiera sentirse libre, al tiempo que disfrutar del lugar y sus contenidos.

Repasando una de sus múltiples agendas de viaje encontró algo que había escrito tiempo atrás, de clara reminiscencia casablanquiana: Hay ciudades que uno lleva en la cabeza, y otras que uno lleva en el corazón. Al final siempre nos quedará C.

Efectivamente, la primera intención había sido volver a C. Allí podía disfrutar de bellos museos tanto clásicos como contemporáneos, con brillantes artistas poco conocidos en estas latitudes, de palacios con historia, de modernos edificios, de amplios parques, del mar, de paseos por su zona antigua, por el puerto con sus pintorescos edificios.

Definitivamente C. era una ciudad que le gustaba, que lo había hecho feliz y donde había disfrutado mucho. Siempre la tenía como referencia. Pero precisamente en eso radicaba la dificultad. Su sabio amigo Antonio le había recordado un viejo adagio: nunca vuelvas a los lugares en donde has sido feliz.

En C. había vivido un intenso amor. Quizás el amor más importante de su vida. Recordaba los paseos con su amada que le enseñaba los lugares más característicos de la ciudad, al tiempo que le contaba su historia, y juntos trataban de descubrir las relaciones con personajes que allí habían vivido, mientras hacían planes para el futuro. Se sentía feliz, ¡muy feliz!, todo en C. le parecía luminoso, cálido, sorprendente y acogedor.

Más un buen (quizás sería mejor decir aciago) día, sin saber por qué, sin ninguna explicación, su amada desapareció de su vida. Los recuerdos de sus paseos, de su sempiterna sonrisa, del sorprendente fluir de su espontánea ternura y su complicidad, recuerdos con los que luchaba en desigual batalla como cuando se lucha con fantasmas, esos recuerdos fueron sustituidos por una profunda decepción que le producía un intenso dolor que le mordía el alma, y de los que solo conseguía aliviarse con elaborados trabajos cognitivos, con procesos de raciocinio por los que intentaba comprender que a pesar de todo la vida le regalaba cada día otras muchas dichas, y que su obligación era aceptarlas y vivirlas.

Pero estaba seguro que en C. no podría ya volver a disfrutar. No se dejaría gozar por la ciudad, estaría deseando y temiendo al mismo tiempo verla aparecer al doblar cualquier esquina. No, no podía ni debía volver a C., tenía razón su sabio amigo.

Entonces su zozobra volvía al punto de partida: a donde ir?. Y era en este punto donde se encontraba prisionero de su proverbial indecisión.

Tuvo una idea. Iría al aeropuerto y sacaría un billete para el primer avión en el que pudiera aún embarcar, sin importarle su destino. Al fin y al cabo en todas partes hay muchas cosas interesantes por conocer. ¿No era él el que presumía de su enciclopédica ignorancia, haciendo de esa boutade un seguro de entretenimiento para el resto de sus días?

Dicho y hecho. Bajó todas las persianas de su piso, desconectó las corriente eléctrica, cogió su pequeña maleta (ligero de equipaje se sentía más libre), dirigió una última mirada panorámica exenta de la más mínima nostalgia, y se fue camino del aeropuerto.

Una vez allí tardó poco en saber que la idea antes esbozada tampoco le serviría de gran ayuda. Mientras veía los paneles de departures, con sus renglones rápidamente cambiantes y esa especie de tintineo seco de las letras al modificarse, que siempre le recordaban la composición de L. Anderson , no encontraba nada que le resultase atrayente en ellos.

La angustia le invadía nuevamente, un vacío interior le ataba a aquel incómodo asiento metálico, y una oscura fuerza, extraña y desconocida, le impedía dar un solo paso. Tenía que marchar, sí, pero no le apetecía ir a ningún sitio. Ninguno le estimulaba.

Reuniendo fuerzas de flaqueza, arrastrando las piernas, primero una y luego la otra con soberbio esfuerzo cognitivo, que parecían pesar tonelada y unos pies que se pegaban al suelo como poseídos del más atroz parkinsonismo, retornó el camino andado hasta encontrarse nuevamente en su oscura y silenciosa casa. Dejó caer la maleta en el recibidor y se derrumbó en su vieja butaca. Así estuvo inmóvil un tiempo que no sabría cuantificar, con la mente vagando por el vacío.

En esto sonó el característico timbre anunciador de que había recibido un mensaje de whatsapp. Iba a despreciarlo, no estaba él para mensajitos tontos cuando observó que el remitente era su amigo Nacho. Nacho era un tipo serio, que no perdía el tiempo en naderías ni se lo hacía perder a los demás, y además sumamente amable y educado.

Puso el audio por cortesía hacia su amigo, pero con la misma actitud receptora de quien oye llover, hasta que se percató que era un precioso, intenso, muy erudito y emotivo discurso de Irene Vallejo. Le prestó cada vez mayor atención, así se lo merecía, hasta que oyó aquello de que se hace camino al leer.

¡Albricias!. Sintió que la alegría saltaba en su interior, todo a su alrededor se volvió luminoso y musical. Se levantó como un resorte, esta vez sin esfuerzo, y fue a tiro fijo a su librería, al anaquel donde reposaba el viejo ejemplar de las poesías de Machado, las que hacía tanto tiempo que no leía por miedo a que también le mordiesen el alma.

Pero en esta ocasión iban a ser la guía que le conducirían por su más importante viaje. El viaje al interior de si mismo, Ítaca segura donde comenzaba el proceso de su añorada reconstrucción. Estaba seguro que así sí conseguiría exorcizar a todos sus fantasmas.

¡Tan lejos y tan cerca!

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