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Pola Seca (VII): Carta a un amigo.

19 Nov

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Cuando subía hacia mi habitación lo hacía convencido de que después de tan agradable y sosegada tertulia, y ayudado por el sopor digestivo de las buenas viandas y los efluvios de los licores con que nos había regalado Ramón, dormiría plácidamente sin ninguna dificultad.

Así, al llegar cerré las cortinas, que tamizando la luz del amanecer aportaban una sensación de frescor invitando aún más al reposo.

Con esta idea me tumbé en la cama que esperaba acogedora e incitadora al sueño. Pero no fue así. Las últimas palabras de Ramón retumbaban en mi cabeza, sin que pudiera apartarlas de mí. Daba vueltas y vueltas, cada vez más intranquilo, hasta que decidí que no me quedaba más solución que levantarme y tomar una determinación.

Así lo hice, y el resultado es la siguiente carta:

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Querido Paco:

Posiblemente te habrá extrañado mi ausencia en estos últimos tiempos.

Yo sí que echo de menos nuestros habituales y largos paseos en los que hablábamos sobre todo lo divino y lo humano, en el sentido literal de los términos, y que solían acabar ante una copa de buen vino al mediodía.

Alguna vez eran dos, ¡o tres!, las copas, y eso añadido a lo escabroso de alguno de los temas hacia que se nos calentase la lengua. Entonces el tono del intercambio de nuestras diferencias se elevaba más de lo habitual.

Te acuerdas cuando en 2005, por una anécdota que me contaste de un viaje tuyo a Suiza, pronosticamos la crisis económica de 2008, y yo lo atribuí de modo vehemente a la política neoliberal que en la práctica realizaba Zapatero, después que este, a mi modo de entender demagógicamente, manifestase que la economía española gozaba de gran salud y no corría ningún riesgo, y tú lo defendías encendidamente diciendo que en toda Europa se hacía de la misma manera, y no le quedaba ningún margen de maniobra?

O de aquella otra vez que yo ponía de manifiesto mi opinión sobre los desaciertos, y otros sombras, de determinado presidente autonómico muy afín a tí en lo ideológico y lo personal?

Nuestra vehemencia y tono de voz hacía que otros parroquianos nos mirasen con cierta preocupación. Pero ellos no sabían de la confianza que nos daba nuestra sincera amistad, que podía con todo, y el sofocón no dudaría más que hasta el día siguiente volviésemos al paseo y al vino.

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En nuestro mundo la amistad lo podía todo. Creíamos que eran buenos tiempos, vivíamos en una burbuja pensando que era el mejor de los mundos. Parece que fue ayer, y la verdad es que tampoco ha pasado tanto tiempo. Sin embargo, la realidad, tozuda como es siempre, se impuso, y efectivamente más grande fue la caída.

Así que ahora todo es distinto. Primero la tremenda crisis económica, y quizás porque no aprendimos nada con ella, ahora tenemos esta terrible pandemia, en la que un «bichito» ¡50 billones de veces! más pequeño que una simple gota de agua pone en peligro a toda nuestra orgullosa humanidad, con todo su armamento tecnológico. Aprenderemos?. Tendremos que soportar posteriores y nuevas convulsiones?. Qué fin tendrá toda esta deriva?

Alguna vez alguien se detendrá a analizar las causas de la causa?. Alguien se preguntará que papel juega en todo esto esa globalización de la que estábamos tan orgullosos, o el cambio climático que algunos con interesada desfachatez se niegan a aceptar?. O como repercute la injusta desigualdad, raíz de fondo de la mayoría de los males de nuestra especie?.

A todo esto, otra de las cabezas de la Hidra exhala el ponzoñoso aliento de la crispación. Todos nos erigimos en los únicos conocedores de las conspiraciones y contubernios que esconde la pandemia así como de los estrepitosos y malintencionados engaños y errores de la autoridad de turno, y los vomitamos desde las redes sociales, sin el más mínimo reparo, sobre nuestros semejantes, caiga quien caiga y sin importar ni la verdad, a la que se falta con horrible normalidad, ni la ciencia ni el respeto a la convivencia.

Ahora, eso sí, que nadie ose pedirme responsabilidad ni colaboración en la búsqueda de soluciones. Eso corresponde a otros, que «pa» eso pago (?) mis impuestos.

Se discute destilando rencor y desprecio, hoy pedimos una cosa y mañana la contraria, siempre utilizándolo todo como arma arrojadiza para los que consideramos nuestros enemigos, y manteniendo odio perpetuo.

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Estoy seguro que no soy de ese mundo, no sé si por edad, por falta de empuje competitivo o simplemente porque el mundo no es justo ni solidario. El caso es que no me gusta.

La fortuna, el destino, el espíritu, o lo que sea, ha hecho que de forma inexplicable, como tantas otras cosas de la vida, haya aparecido en otro mundo donde se difuminan hasta desaparecer el espacio y el tiempo, mi querida Pola Seca, donde reina el sosiego, el intercambio de opiniones e ideas con el único afán de enriquecerse mentalmente de modo mutuo, la fraternidad y la libertad.

Así que poco importan algunos pequeños desajustes en la cronología o en el uso del sistema métrico decimal. Por todo ello, al contestar al planteamiento de Ramón diciéndole que me quedo, que rechazo la utilización del transporte que está pronto a llegar, implícitamente me exilio mentalmente y solicito carta de ciudadanía en este paraíso.

Como amigo que mucho te aprecia, te propongo que consideres seguir el mismo camino, si es que no lo has decidido ya.

Recibe un muy fuerte abrazo, y el deseo de que seas lo más feliz posible.

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Al acabar estas líneas sentí una gran sensación de paz y plenitud, estando seguro que tomaba la decisión más acertada de mi existencia, sensación que se acrecentó al entregarle el sobre con la carta a Ramón, con el ruego de que se la hiciese llegar a mi amigo.

Desde entonces aquí estoy, compartiendo la felicidad con Carmina, con Adela, con Esteban y con Ramón, nuestro ángel de la guarda, que sigue tratándonos a cuerpo de rey.

Me acontecerán nuevas aventuras como las narradas?. Quién sabe!. Si así fuera, mis pacientes lectores serían los primeros en enterarse.

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FIN

Pola Seca (V): La soirée (I)

1 Oct

Desde la marcha de Ernesto yo había quedado en un estado de estupor causado tanto por la sorpresa como por alegría de lo vivido. Así estuve no sé cuanto tiempo hasta que apareció el bueno de Ramón.

– Entos, que, oh!. Piensa quedar ahí apalominau pa to la vida?. Espabile, que voy preparar la comida. Una ensaladina ligera y un pocu pescau a la plancha, y luego a descansar un ratín pa tar listu pa la tertulia, que estes nuestres sabese cuando empiecen pero nun se sabe cuando acaben, y aquí a veces les noches faense muy largues.

– Gracias, Ramón, es usted mi ángel de la guardia.

– Ande, nun diga babayaes. Paez  que la visita de Esteban trastornolu.

Y  dicho lo anterior desapareció por la puerta de la cocina. Yo, entonces, me di cuenta que por los amplios ventanales entraba una luz resplandeciente, que  con solo su color hacía sentir el calor del sol. En el cielo no había ni una sola nube, todo él de un azul reconfortante. Al fondo, los perfiles de las montañas se dibujaban con total nitidez, y la gran variedad de verdes de los prados y los distintos árboles ponían un maravilloso contrapunto cromático, tan espectacular en esos pocos días en que la meteorología asturiana se mostraba benigna con los mortales.

 

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Todo ello me producía una sensación de bienestar y de gratitud a la vida, y a Pola Seca y sus vecinos, los que hasta entonces había conocido, al tiempo que sentía una burbujeante inquietud por ver que más sorpresas me reservaba la tarde.

Acabada la comida, tan apetitosa como todo lo que Ramón preparaba, me indicó:

– Hala, suba a descansar un rato, y nun se preocupe, que yo lu aviso sobre les seis, pa que esté preparau pa cuando llegue el personal.

La habitación era más que espaciosa, con una cama amplia y mullida, cubierta por una colcha nórdica de alegres a la par que discretos estampados. A los pies una ancha banqueta de rejilla hacía de piecero, y en ambos lados sendas mesillas de noche de madera de mango lacada, en tonos oscuros y con dibujos exóticos.

Contaba además con una pequeña biblioteca y adherida a la pared, una gran televisión de plasma, con solo dos canales, Berlin Philharmonic Digital Concert Hall y Medici.tv, que permitían escuchar y ver todo tipo de música clásica con un excepcional sonido. En una mesa de despacho de madera de cerezo reposaba un ordenador portátil, en el que, según pude comprobar más tarde, estaba dotado de una inteligente aplicación que eliminaba automáticamente y en todos los programas cualquier referencia a acontecimientos de los últimos doce meses. En otro mueble auxiliar reposaba una máquina de café automática, y en su frontal inferior un mueble bar perfectamente equipado con todo tipo de bebidas, snacks y frutas.

El cuarto de baño, igualmente amplio, tenía una gran bañera de hidromasaje, así como una columna de ducha de varias intensidades.

Por su amplio ventanal se colaba aquella maravillosa luz, tamizada por unos elegantes visillos de seda, que añadían calidez a la estancia. Sobre ellos unas cortinas de cretona inglesa, de un discreto tono beige que daba un toque de serenidad al entorno y que en ese momento estaban totalmente recogidas. Decidí entornarlas levemente hasta obtener el grado de penumbra que consideré adecuado para que me facilitase el sueño, que sabía iba a ser agradable u reparador, y al que pronto me entregué.

A las 6 en punto apareció Ramón portando una bandeja con unas exquisitas pastas de té, por supuesto hechas por él, y preparó dos humeante y aromáticos cafés en la máquina de la habitación, mientras me decía:

Bueno, ahora vamos tomar un cafetín pa espabilar y luego cuando té preparau, baje al salón de mi apartamento, que seguro que enseguida llegarán Carmina y Adela, pa tar aquí antes que Ernesto.

 

 

Paladeamos el exquisito café, y después siguiendo sus indicaciones, a las 18:25 estaba en el salón, preso de curiosidad. Por supuesto Ramón ya tenía todo preparado, y en una mesita auxiliar anexa a su tresillo había colocado un variado repertorio de café, refrescos y bebidas, así como unas amplias bandejas con canapés, galletas y porciones de bizcocho.

Tal como él había previsto, cuando daban las seis y media con solemnes campanadas en un magnífico reloj de repisa, colocado en la biblioteca de su despacho, y sobre el que no había reparado, sonó el timbre de la puerta.

Momentos después las dos damas, precedidas por Ramón, que al llegar a la puerta les cedió el paso gentilmente, penetraron en el salón. Inmediatamente reconocí a Carmina con su habitual sonrisa acogedora y un punto irónica. Se me aceleró el corazón al acercarme a ella.

– Carmina!!! – exclame – Me permite que le dé un abrazo como expresión de mi infinito agradecimiento, por haberme guiado por este paraíso y brindarme la oportunidad de conocer a Ramón y a Esteban?

– Ay, fiu, nun tienes que agradeceme na!. A lo que veo foi un aciertu – y dirigiéndose hacia mí fue ella la que inició el abrazo.

<< Pues tovía nun acabaste de conocer buena xente. Esta ye Adela, que ye de lo mejor. Ya vos ireis conociendo. Díxome Ramón que tú llameste Alfonso, no?

– Así es Carmina, y diga lo que diga, mi agradecimiento hacia usted será eterno – y añadí – encantado de conocerla, Adela. Estoy seguro que con estos amigos es usted, como ellos, de una categoría personal excelente – dije, mientras extendía mi mano hacia ella

Adela sonrió levemente y con cierta timidez dijo:

– No creo que alcance la bondad de estos tres, pero en fin, espero no desmerecer su confianza. Y por cierto, mi auténtico nombre es Adelaida, pero siempre me gustó más, y así lo usé, el apócope de Adela – al tiempo que estiraba su mano al encuentro de la mía.

Su saludo era cálido, y tierno, consistente sin ser exagerado, en ningún momento pasivo ni flojo. Sin duda inspiraba personalidad y confianza.

 

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– Bueno, feches les presentaciones, vamos sentanos y tomar algún aperitivu mientras esperamos por Esteban, que nun tardará, pues tamién ye muy puntual – afirmó nuestro excelente anfitrión.

Efectivamente daban las 7 en el antes citado reloj y sonaba el timbre de la puerta.

– Ya i-os lo dixi, exautu como el Big-Ben esi. En eso de los tiempos y los ritmos nun hay como los músicos – exclamó Ramón.

Elegante y sobrio como siempre y con su benévola sonrisa, Sebastian saludó:

– Buenas tardes a todos, encantado de verles. A Ramón y a nuestro nuevo vecino Alfonso los ví esta mañana – y dirigiéndose a la señoras, añadió – pero a ustedes hace unos días que no las veo, y saben que siempre es un placer volver a encontrarlas y compartir su agradable compañía.

– Buenas tardes, Ramón – respondimos los 4, casi al unísono.

– Como saben ustedes, hoy a nuestra habitual tertulia de los martes añadimos un nuevo y muy grato aspecto. Damos la bienvenida a Alfonso, y dado que es muy aficionado a la música, y además me hace la honrosa distinción de serlo también a mis interpretaciones, organizamos una pequeña soireé musical, aunque no sea ninguna de las fechas en que habitualmente lo hacemos, pero sinceramente creo que la ocasión lo merece.

<< Me he permitido hacer un rudimentario programa con las obras a interpretar, más que nada para que quede recuerdo de esta fecha. Como verán no es un convencional programa de mano, sino un simple listado de las obras, pues la biografía del intérprete no tiene mayor interés, puesto que todos nos conocemos bien, y además si nunca fui proclive a los elogios, en nuestras circunstancias mucho menos.

<< Y en cuanto a la explicación de las obras a interpretar, todos somos aficionados a la música y para disfrutar de esta los tecnicismos sobran, lo único que necesitamos es tener la mente abierta, gozar de la estética y compartir en buena compañía estos valores.

<< Sí quiero decirles que, en honor a Alfonso, me hubiera gustado interpretar el Concierto para piano y orquesta n.º 4 en Sol mayor Op. 58, de Beethoven, pues estamos en una de sus efemérides, que ese fue uno de mis primeros éxitos de público. Pero desgraciadamente, no tenemos orquesta. Ojalá algún día. De todos modos creo que hay una buena grabación de cuando lo hice en el Palau de la música de Barcelona.

<< También me hubiese gustado interpretar el Concierto para piano y orquesta, de Antón García Abril, que estrené, gracias a la generosidad del Maestro, y que fue el primero que toqué con orquesta, o el Segundo concierto para piano y orquesta de Rajmáninov, también de muy buenos recuerdos para mí, pero por la razón antes expuesta no puede ser. Algún día será.

<< Como contrapartida, me voy a permitir un capricho en forma de concesión a la nostalgia. Por cierto, Alfonso, le debo una corrección a mi biografía que le conté equivocadamente. Pero eso será luego, ahora vamos a lo que vamos. Voy a interpretar el mismo programa que hice cuando mi amada Maestra, Dña. J.P., me presentó a AC, el que posteriormente me admitió como su alumno en París, y ahí comenzó todo.

<< Bueno, pues dicho programa contenía Fantasía y fuga de Bach, la Sonata n.º 26 de Beethoven, la Rapsodia n.º 11 de Liszt,  Debussy, a petición del propio AC, y una pieza extraída de Goyescas, de E. Granados, en concreto El Pelele.

 

PROGRAMA

 

Se hizo el silencio, y comenzó a tocar con la misma profundidad y concentración con que un sacerdote llega a la consagración. La emoción creaba un ambiente de intensa comunicación entre las cinco personas que allí estábamos, sin decidirnos tan siquiera a aplaudir en los intermedios entre pieza y pieza, por miedo a romper aquel hechizo y porque sabíamos que nuestros sentimientos no era necesario exponerlos en forma sonora sino en la comunión que habíamos alcanzado.

Al acabar permanecimos en silencio otra vez, en actitud de compartida meditación, hasta que fue el propio Esteban el que habló:

– Bueno, y ahora como en todo concierto son típicas las propinas, en honor de Alfonso, que parece ser un gran admirador de mi versión de Iberia, interpretaré, del Cuaderno 3, Lavapiés, y para finalizar como siempre con el recuerdo eterno a mi querida esposa, Sérénade Spagnole, de nuestro amigo Marcial del Adalid, con quien nos profesábamos un gran cariño mutuo, como ya comenté.

Y dicho y hecho. Al final de estas dos piezas siguieron también unos segundos de silencio, pero luego el ambiente se llenó de serena alegría y amistad compartida. Nos acomodamos los cinco en el amplio y elegante tresillo de Ramón, y mientras este iba sirviendo los aperitivos que, a su pregunta, le  pedíamos, volvió a tomar la palabra Sebastián:

– Por cierto, Alfonso, le prometí que le aclararía un dato erróneo que le dí esta mañana, por lo que le vuelvo a pedir disculpas.

Hala, a otru que se-i contaxio la manía de les disculpes y de presentales siempre por duplicao – comentó Ramón con su habitual sorna, mientras seguía con su tarea.

– Ah, Ramón, que ye eso de les disculpes y les duplicidaes? – preguntó Carmina, con una sonrisa un tanto picarona.

– Ay, Carminina, fía, ye una larga historia. Contarétela en otra ocasión.

– Ahora sí que me dejes intrigá – se burló Carmina.

– Bueno – intervino Sebastián –  el caso es que yo esta mañana le dije a Alfonso  que mi primer maestro había sido mi tío abuelo J, y así es en realidad, y por ello de él guardo la gratitud inmensa que le tengo, pero también sería injusto que olvidase que quien me cuidó desde mis primeros días, me enseñó las primeras letras, me introdujo en el mundo de la cultura y quien hizo que por primera vez posase mis manos en un piano, fue mi tía paterna P., mujer soltera y bondadosísima que volcó en mí todos sus afectos.

<< Pero bueno, ya está bien de hablar de mí, compartamos estos deliciosos manjares, sólidos y líquidos,  con que Ramón nos regala cada martes, y quizás fuera bueno que usted, Adela, se presente a Alfonso, pues también su vida fue  apasionante.

En el rostro de Adela apareció un levísimo tinte de rubor, y comentó:

– Usted siempre tan exagerado en la generosidad, Esteban!. Pero bueno, y aunque ustedes ya conocen todo lo que voy a contar, lo repetiré en honor a Alfonso, nuestro nuevo amigo, y como pretexto para iniciar la conversación.

Y así continuó una más que agradable y sorprendente velada, que se prolongó, como al parecer eran todas las de este tipo, hasta bien entrada la noche, todo lo cual comenzaba ya a no sorprenderme.

Pero eso es otra historia.

 

DSCF2019(Continuará)