Pola Seca (VI): La soirée (II)

28 Oct

Tras el bálsamo de la música, tan bien administrado por Esteban, todos quedamos sumidos en un estado de gran serenidad, listos a la receptividad y al sosiego necesarios para una conversación interesante. El silencio exterior se sumaba a nosotros , y únicamente era matizado por el sonido de algún grillo y el mugido lejano de alguna vaca. La oscuridad era iluminada por una preciosa luna llena, y en el cielo despejado una multitud de estrellas presagiaban un soleado amanecer al día siguiente.

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Para comenzar su discurso, Adela se recostó suavemente sobre su butaca, todo su cuerpo adoptó una postura que expresaba serenidad, y su cara parecía ensimismada en el recuerdo.

– Mi querido Alfonso – comenzó -, como nuestros amigos saben, yo nací en Madrid, en el seno de una familia típica de la clase acomodada, con una posición económica más que desahogada, en la que se vivía según las entonces consideradas normas del buen decoro, y tratando de evitar todo tipo de estridencias, tanto personales como sociales.

<< Mi padre se ganaba muy bien la vida con negocios de importación y venta de productos ultramarinos, y gozaba de una gran consideración, por su honradez, lo que generaba confianza entre una amplia clientela de clase similar a la nuestra. Por otra parte, tenía una especial habilidad para realizar eficientes inversiones, con las que consolidaba su capital.

<< Mi madre ejercía su papel de esposa y madre según mandaban los cánones, y controlaba el hogar y las tareas a realizar por cada miembro del entonces denominado servicio, así como el desarrollo de nuestras actividades escolares. El tiempo que le quedaba libre lo dedicaba a actividades culturales y obras pías.

<< Como ve, todo un clásico de la burguesía biempensante de entonces. Yo fui la menor de dos hermanas que, aunque nos queríamos muchísimo, como luego se verá, teníamos un carácter y unos objetivos bastante distintos. Mi hermana, María, era una muchacha típica , que diría el maestro Serrat. Muy alegre, extrovertida, sociable, le encantaban las reuniones, las fiestas, y cuidar su aspecto exterior, con peinados y vestidos a la moda. Aspiraba a un matrimonio bien y formar una familia también típica. En principio lo consiguió, su marido fue un tipo excelente, y tuvo una hija, Socorro, que era una niña preciosa y muy lista. Desgraciadamente, la guerra de 1936, que yo prefiero denominar incivil, la dejó viuda. Pero esa es otra historia a la que volveremos más tarde.

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<< Yo era todo lo contrario. Introvertida, prefería la soledad de mis lecturas, donde volaba mi imaginación, conocía nuevos países y a personajes que me parecían ciertamente interesantes. Recuerdo como me impresionaron las novelas de Julio Verne, especialmente la de 20.000 leguas de viaje submarino , y los relatos de Joseph Conrad. Quizás ello influyó en mi posterior vocación.

Ye que la mar tira munchu – terció Ramón.

– Es gran verdad, amigo Ramón. Mi obsesión era leer para conocer, y posteriormente estudiar, en cuyo universo me sentía feliz. Apenas salía y no tenía muchos amigos. Las reuniones me aburrían, y la moda, para mí era un asunto de excesiva frivolidad.

– Qué estudió, Adela?. Y como lo hizo?. Porque en sus tiempos el acceso de la mujer a los estudios estaba muy complicada – pregunté, al tiempo que la conversación me parecía cada vez más interesante.

– Tiene razón, amigo Alfonso. En mi juventud era complicado, había que vencer muchos prejuicios, y el acceso de las niñas y las mujeres a los estudios y a la cultura en general estaba muy dificultada, pero también era una época ilusionaste y muy bonita en muchos aspectos. La pena es que en años posteriores también se puso difícil, en este caso tanto para las mujeres como para los hombres, pues tuvimos que vivir épocas grises y tenebrosas, que es penoso recordar con serenidad y ecuanimidad.

<< Pero, si tiene paciencia, y los demás también, lo repetiré una vez más – dijo Adela, al tiempo que su cara volvía a mostrar la nostalgia y el ensimismamiento del recuerdo.

– Adelante, Adela, hágalo por favor, en primer lugar para conocimiento de Alfonso, y segundo porque sabe usted bien que siempre que sale este tema, da lugar a sabrosas y productivas reflexiones – terció Esteban.

Versión 2

– Pues, con la venia de todos ustedes. Mi padre, aunque no tenía estudios universitarios, era un hombre de extremada curiosidad intelectual, y además, como casi todos los burgueses de la época, muy aficionado a las tertulias de café. En una de ellas, la famosa del café Suizo, que tantas anécdotas encierra, tuvo lo inmensa fortuna de conocer a D. Santiago Ramón y Cajal, como saben una de las mentes más preclaras que dio nuestro país, admirado en todo el mundo en aquella época, y que posteriormente fue en parte olvidado, y ahora no lo suficientemente reconocido.

<< Perdonen, que me pierde la pasión. Como les decía, mi padre tuvo la fortuna de conocer a Cajal y establecer con él una cierta amistad. Por otra parte, por sus negocios de ultramarinos había tenido también la oportunidad de trabar gran amistad con D. Manuel de Maeztu y Rodríguez, padre de Ramiro y de María, además de Miguel, Ángela y Gustavo. La verdad es que Ramiro no le caía muy bien, por la radicalidad de su ideas y posturas, pero sentía autentica pasión por María, quizá por ser una joven y de edades similares a las nuestras, quizá por qué admiraba su espíritu valiente y emprendedor.

<< El caso es que cuando D. Santiago es nombrado Presidente de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) , al frente de una Junta Directiva de auténtico lujo intelectual, decide apoyar un entusiástico proyecto que le presenta María de Maeztu. Es la Residencia de Señoritas. Pero como todo tipo de estos proyectos, contaba con muy escasa financiación, de hecho su corto presupuesto inicial salió de parte del dinero reservado para los viajes de los pensionados o becarios de la JAE, a los que la Primera Guerra Mundial había impedido la salida a Europa.

<< Ante ello mi padre colaboró con significativas aportaciones económicas, y mi madre se convirtió con gran fervor en una de las más activas maridas. Así que mi acceso a tal institución estaba predestinado.

<< Para mí fue alcanzar la felicidad, conseguir el sueño de mi vida, poder estudiar en un ambiente científico e intelectual del máximo nivel. Conocer a personas como  Zenobia Camprubí, Gabriela Mistral, Victoria Ocampo, María Martínez Sierra, Clara Campoamor, Concha Méndez, Victoria Kent o Matilde Huici,  Luis Jiménez de Asúa, Gregorio Marañón,  Rafael Alberti  Azorín, Pío Baroja, Unamuno o Ramón María del Valle Inclán, y tener profesoras como  María Goyri, María Zambrano, Victorina Durán o Maruja Mallo, fue un lujo que muy, muy pocas personas pudieron disfrutar en España.

<< Aún recuerdo con emoción cuando en el año 1931 Marie Curie, acompañada de una de sus hija, Eve, estuvieron en Madrid en su segundo viaje a España, para dictar una conferencia en la Residencia de Estudiantes, y se hospedó en nuestra Residencia. Habría de volver en 1933, el año anterior a su muerte, para presidir, también en la Residencia de Estudiantes, una reunión internacional  sobre el porvenir de la cultura en calidad de vicepresidenta de la Comisión Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones. Acudieron a estos actos profesores de las universidades de Harvard y Cambridge, junto a personalidades como el escritor francés Paul Valéry o los españoles Gregorio Marañón y Miguel de Unamuno.

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<< Así que no es de extrañar que con el estímulo de semejante ambiente no se me multiplicasen las ganas de estudiar una carrera universitaria, en concreto alguna que profundizara en la ciencia y la investigación. Y la oportunidad escogida fue Oceanografía, de ahí la anterior referencia de Ramón a mi querencia por el mar.

<< Tuve la fortuna de que mientras continuaba mis estudios, pude comenzar a trabajar trabajar como alumna interna en el Instituto Español de Oceanografía (IEO). Posteriormente me licencie en Ciencias…

Sí, pero hay que decilo tou. Licenciose con Premiu Estraordinariu – interrumpió Ramón.

– Bueno, Ramón, le agradezco sus muestras de amistad, pero eso no deja de ser anecdótico.

Buenu, perdóneme por interrumpila

– No importa, Ramón, no hay nada que perdonar, y además tenemos mucha noche por delante, y las viandas con que nos regala son, como siempre, exquisitas. El caso es que unos meses después, pude participar en una campaña oceanográfica durante y mes, por toda la costa mediterránea española, a bordo del buque Giralda, y tuve también la fortuna de trabajar como ayudante del oceanógrafo y naturalista francés Julien Thoulet. Aquí sí que me perdonaran la inmodestia al decir que fui la primera científica española en participar en una expedición oceanográfica, y lo digo no por atribuirme méritos, sino por reivindicar algo que Alfonso señalaba antes, la dificultad de las mujeres para acceder a la ciencia.

<< Al regreso, gané unas oposiciones que me permitieron incorporarme al laboratorio del IEO en Baleares, también como la primera mujer en hacerlo. Posteriormente viajé a los laboratorios situados de Málaga para investigar sobre la biología de los moluscos. De este estudio nació mi primer artículo científico, Algunos moluscos comestibles de la provincia de Málaga, publicado en el Boletín de Pescas del IEO en 1923. Fue el primer artículo en el área de ciencias del mar que firmaba una mujer en España.

<< Posteriormente me fui a París a trabajar con M. Adrien Robert, profesor de la Sorbona (París), y en la Estación Biológica de Roscoff en la costa septentrional de Bretaña (Francia), y después al Laboratorio de Fisiografía de la Universidad de Columbia en Nueva York (EE. UU.), tutorizada por algunos de los mejores científicos de la época, y por fin, ya en mi país obtuve el título de profesora para institutos de enseñanza secundaria y lo ejercí como profesora de Historia Natural en el Instituto Nacional Nuevo de Bilbao.

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<< Hasta aquí la parte más bonita, o una de las mas bonitas de mi vida, y que recuerdo con mucha nostalgia. Ahora bien lo menos agradable. Tras finalizar la Guerra Incivil de 1936, el bando llamado nacional realizó una depuración de los funcionarios y profesionales en todos los niveles de la enseñanza, que habían sido fieles al anterior gobierno, el legítimamente constituido, y a mí me comunicaron mi cese definitivo, quedándome sin ningún derecho legal, y por supuesto también sin retribuciones.

<< Me salvó que mi hermana María, y aquí viene lo que antes les contaba del cariño mutuo que nos teníamos, era viuda de guerra de un oficial del ejercito ganador, por lo que su hija Socorro pudo estudiar Magisterio sin más trabas que las estrecheces económicas propias de la época. Cuando mi sobrina acabó su carrera formó parte de un grupo de compañeras que fundaron la Asociación de Maestras Católicas, por lo que era bastante bien vista por las autoridades del momento. Así que pudo presentarse a las oposiciones correspondientes sin mayor impedimento. Cuando sacó su plaza escogió precisamente este pueblo, que entonces tenía más habitantes y estaba lleno de vida, y cuando se vino a vivir aquí, junto con su madre, ambas me recogieron y trajeron con ellas, por lo que les guardo gratitud inmensa, y por eso, por conservar su memoria, y porque esta tierra fue magníficamente generosa conmigo, aquí estoy desde entonces.

<< Para acabar, que ya les aburrí bastante, les diré que nunca quise renunciar a lo que consideraba que legal y moralmente que me pertenecía, y luché por ello por todas las vías que la legislación vigente me permitía, a veces con gran dificultad, obtuve la rehabilitación e incluso el reconocimiento de mis trienios.

Todos asistíamos a su discurso con atención y admiración, y en esta última fase con cierta tristeza, pero era Esteban el que mostraba un gesto más reconcentrado, hasta que como quien piensa en voz alta manifestó:

– Qué injusta es la vida, Adela. Personas como yo, sin ningún mérito especial alcanzamos, incluso sin quererlo, el éxito, el reconocimiento y el aplauso social, y otras como ustedes los estudiosos y científicos que tanto aportan a la sociedad son víctimas de todo tipo de discriminación, desconocimiento e incluso injustificable persecución, solo por cumplir con su obligación como ciudadanos.

– Calma, Esteban, y vayamos por partes. Primero, eso de que los músicos no tienen mérito o esfuerzo no lo comparto. Le recuerdo que es frase suya la de que en el escenario aplaudimos a un esclavo, tal es el esfuerzo y la dedicación que exige llegar a los niveles, y no diré de fama, que eso es efímero, si no de excelencia a los que usted llegó.

<< Y en cuanto a lo de aportar a la sociedad, estoy segura que en su fuero interno es consciente de la felicidad que brindó a muchos miles de personas con su música, y su contribución a la cultura, y a través de ella a la mejoría de nuestra sociedad. Cultura y ciencia los pilares sobre los que se asientan las sociedades dignas.

<< En cuanto a lo de “injusta”, lo sería si fuese intencionado, pero creo que la vida es simplemente azar, y somos los humanos los injustos al no hacer nada por combatir la raíz de todos los males, que es la desigualdad. Si todos los humanos sintiéramos la fraternidad, o, aunque solo fuera por egoísmo social, simplemente la solidaridad, ese reparto poco equitativo de los males que hace el azar al que me refería, quedaría en su inmensa mayor parte solucionado.

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Este punto me atreví a intervenir en el coloquio:

– Totalmente de acuerdo con usted, Adela – manifesté – estoy seguro que Esteban también. En cuanto a lo de injusta y la persecución que usted, como otros cientos de miles de españoles sufrieron, sí quisiera hacer algún apunte, si es que no ofendo a nadie ni despierto viejos recuerdos dolorosos.

Esta vez fue Carmina la que terció:

Ay, fiu!, nun ofendes, y en lo de despertar nun te preocupes. Toos tenemos llorao munchu pe-les nuestres pites, pero col sosiegu de la amistá y esti sentiu del tiempu que tenemos, too ta ya cicatrizau.

– En ese caso, expresaré mi opinión, sabiendo que es solo eso, mi opinión, y que si alguien opina de otra manera, estoy dispuesto a respetarlo, y dialogarlo si no lo comparto, y sobre todo que si a alguien ofendo, estoy mucho más dispuesto aún a retirarlo.

<< Sinceramente creo que la postguerra fue aún más cruel que la guerra. Al menos en esta, aunque siempre inhumana, se va con el pecho por delante, pero la otra fue cruel, en muchísimos casos sádica y criminal, donde se dieron rienda suelta a bajos instintos, envidias, odios, delaciones, purgas injustificadas, etc.

<< Por otra parte, y si lo anterior no fuera bastante, demostró también los más estúpido y casposo del ser humano. Se desató un odio a la intelectualidad, por el mero hecho de serlo, que hizo que España quedase vaciada de lo más valioso de su cultura, y que esta fuese representada por personajes que si no fuesen de pena podríamos denominar de astracanada.

<< Gran admirador de la figura y la obra de D. Santiago Ramón y Cajal, lo mismo que Adela, siempre pensé que tuvo la suerte de morir en 1934, porque si hubiera durado 3 ó 4 años más, tendría que pasar la amargura de ver destruidas muchas de sus obras e ideas, y su innegable pensamiento e implicación cívicas tal vez le hubiese llevado por derroteros no muy distintos a los de D. Miguel de Unamuno.

<< Pero baste con esto, que no quiero que mi amargura ensombrezca este maravilloso paraíso.

– No ensombrece nada, Alfonso – manifestó Adela, mientras los demás asentían. Quizá todos pensamos como usted, pero aquí afortunadamente todas las perspectivas son relativas, y lo abordamos con total serenidad, como aprendizaje para tratar que el eje del futuro de nuestro espacio-tiempo sea mejor para todos.

Así continuamos la noche charlando de historia, ideas, música y pintura hasta que la luz volvió a aparecer tras el perfil de las montañas del fondo. Así que Ramón anunció:

Bueno, amiguinos, va faciendose hora de que cada mochuelo vaya pa su olivo hasta la próxima. Por cierto, Alfonso, paezme que mañana vienen los del reparto, asina que vaya pensando que quier facer. La habitación de enriba suya ye, pero si quier volver con ellos, tamién ye cosa suya.

Y tras despedirnos con efusivos y sinceros abrazos, dimos la reunión por concluida.

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Continuará

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