Pola Seca (IV): Continuan las perplejidades

18 Ago

Estaba firmemente convencido de que aquella noche no podría dormir bien. Las sorpresas, la inquietud, el cansancio y, por qué no decirlo, la copiosa cena y el abundante acompañamiento líquido se conjugarían para impedírmelo. Y sin embargo no fue así. Nada más tumbarme en aquella amplia y acogedora cama, con su ropa impoluta y de suave tacto, un sosiego no sentido desde hacía bastante tiempo hizo que en unos pocos minutos el sueño se apoderase de mí.

A la mañana siguiente el canto de un gallo y una luz radiante y tibia que se colaba por la ventana contribuyeron a hacerme recuperar la consciencia. Me desperté con la sensación de haber descansado profundamente, y con una vitalidad y serenidad que generaban gratitud a la vida.

Como siempre, me gustaba remolonear en la cama mientras trataba de tomar conciencia de mi situación, y recordar el pasado inmediato. Fue entonces cuando recordé que mientras subíamos a la planta de las habitaciones, al pasar por la intermedia, Ramón me mostró lo que constituía su vivienda.

Era un espacio muy amplio, tipo loft, que mediante una decoración ingeniosa, y sobre todo elegante, se convertía realmente en cuatro, con funciones distintas, y en el que predominaba la madera y los amplios ventanales separados por columnas de ladrillo visto, que daban al conjunto una sensación de cálida robustez.

 

ALFOMBRA

 

El primer ambiente era un lugar para la reunión en con una amplia alfombra persa Ghali, de Quom, que si no alcanzaba los 10.000 nudos, muy poco le faltaría. Sobre ella un tresillo en el que los tres muebles tenían el mismo diseño, de aires y materiales muy clásicos, y con la variación de que no  repiten los tamaños. Un sofá más grande de tres plazas, otro mediano de dos y por último un butacón para un único ocupante, todos tapizados con una cálida y resistente cretona beige arena. Pero sin duda lo que más me llamó la atención fue un piano vertical, con las patas el frontal bellamente labradas. En este último destacaban cuatro pequeños soportes para candelabros, lo que daba idea de su antigüedad. Otra sorpresa que posteriormente también crecería.

 

pianoluz

 

El siguiente espacio hacía también las veces de separador. Aparentemente más pequeño, sin embargo era lo suficiente para dar cabida con amplitud a una sólida mesa rectangular de castaño, rodeada de 8 sillas haciendo juego con el tresillo, lo que conformaba un más que confortable salón-comedor.

Al fondo, separado por una estructura minimalista con reminiscencias clásicas, dandole un cierto aire de intimidad, se vislumbraba un confortable despacho respaldado por una amplia y poblada librería. Sería interesante conocer que títulos la conformaban. Ya había visto a mi llegada que Ramón estaba leyendo los Episodios Nacionales, lo que prometía un buen gusto literario y cultural en general.

El otro detalle que, junto con el piano, me sorprendió sobremanera fue la habilidad en el diseño, que me atrevería a calificar de hitchcockiana (sic), para, mediante una ligera escalera interior de caracol, formar otro espacio sobre el citado despacho, como suspendido del techo, que daba lugar a un escueto dormitorio.

Más, basta ya de descripciones sobre decoración, campo para el que nunca estuve dotado, y dejemos para otro momento la de mi habitación, y el resto de las del piso del que por el momento era el único habitante. Además, a buen seguro que Ramón llevaba bastante tiempo levantado y no era correcto hacerle esperar en demasía, así que abandoné mi confortable cama y me dispuse a ir en su búsqueda.

El sol ya estaba alto y su luz entraba por los grandes ventanales, a través de los cuales se veían los últimos vestigios de la niebla que parecían evaporarse de los bosques cercanos, mientras que los perfiles de la naturaleza se definían con dorada nitidez. A lo lejos se divisaba la ría, adivinándose su desembocadura, y sobre la que el sol dejaba estelas de luminosidad en aparente quietud por la distancia.

Antes de llegar a la planta baja del bar-tienda donde habíamos estado cenando ya pude percibir aromas que me indicaban no solo que Ramón ya estaba en acción sino que yo también tenía hambre.

– Home, buenos dies. Pensé que se-i habien pegao les sábanes – dijo recibiéndome con su amplia sonrisa.

 

Versión 2

 

Entonces me percaté que le acompañaba otra persona, un hombre de cara redondeada, cuerpo más bien orondo, frente despejada, mirada profunda, sonrisa franca y acogedora actitud y vestimenta elegantemente sencilla. Tuve la impresión de que su cara me era familiar.

– Mire, tenemos visita – e intentando hacer las presentaciones, añadió – aquí Esteban y aquí… – y se interrumpió.

Inmediatamente me percaté de a quién me recordaba, y mi perplejidad llegó al máximo.

– Pero… – apenas pude balbucear – Esteban?. Esteban S?

– Sí – respondió el visitante ante mi estupefacción – me conoce?

– No solo le conozco, si no que le admiro profundamente. Pero yo creí que…

– No se inhiba, creía que estaba muerto. Eso piensa todo el mundo, incluida la prensa, y quizás sea lo más conveniente.

– Pues me alegro muchísimo, no sabe usted cuanto, y es un honor conocerle en persona – me atreví a decir.

– Bueno, no es para tanto, hombre, solo soy un amigo de su amigo Ramón, y por lo tanto, desde hoy también amigo suyo. Y usted? – preguntó.

– Ye verdá, llevamos dos dies de cháchara y no-i pregunté el su nombre – terció Ramón.

– Alfonso – dije, ruborizándome al menos interiormente – me llamo Alfonso.

– El magno o el casto? – replicó Esteban, esbozando una sonrisa levemente pícara.

– De magno, como puede ver, nada, y de casto, lo que mandan las circunstancias – repliqué, tratando de seguir la broma – en todo caso ninguno de la dinastía de los borbones.

– En eso tamos de acuerdo todos – apostilló Ramón – y ahora que ya nos conocemos todos, y que entre ustedes hay algún tipo de relación, de lo cual me alegro, disfrutemos del desayuno.

 

Versión 2

 

Como no podía ser de otra manera, Ramón había preparado un abundante y exquisito desayuno a base de una colorista variedad de frutas de temporada, panecillos, bollería, mermeladas, jamón, queso y su aromático y sabroso café.

– Paéz que-i comió la lengua un gatu – comentó Ramón ante mi silencio, pero la verdad es que sentía una mezcla de asombro y felicidad que no me atrevía a expresar por miedo a incomodar a mi nuevo amigo.

– Es que estoy francamente emocionado, Ramón.

– Y decía que me conocía? – replicó Esteban -, de qué, si no soy indiscreto?

– En absoluto, Esteban. Quizás el indiscreto sea yo. Pero, contestando a su pregunta, soy un gran, aunque ignorante, aficionado a la música. Dentro de esta lo que más me gusta es el piano, y y dentro del piano, para mí usted es lo máximo. Su interpretación de la Iberia nunca me canso de escucharla.

– Bueno, bueno, no me ruborice – contestó con una modestia que sonaba a realmente sincera – En todo caso, me alegro encontrar un aficionado a la música y al piano. Eso quiere decir que usted es una buena persona. Nadie puede ser realmente aficionado a la música sin ser buena persona. Qué conste que aquí todos sus habitantes, Ramón, Carmina, y Adela también lo son, ambas cosas. – añadió.

– Pero, y si le incomodo, por favor dígamelo, lo que me impresiona es encontrarlo, y sobre todo, encontrarlo aquí – me atreví a decir.

– Tenga cuidado, Esteban, que estí empieza a facete preguntes de dos en dos y nun para. Val-i más contai toda su vida, y así acaba antes – dijo Ramón, esbozando una amplia sonrisa de complicidad.

– Pues por mí, ningún inconveniente, pero le advierto, Alfonso, que mi vida no tiene mayor interés que la de cualquier pianista al que la vida le haya puesto en el sitio en que me puso a mí. Como usted posiblemente sabrá, comencé a aprender música y tocar el piano en mi ciudad natal a instancias de un tío abuelo, J se llamaba, sacerdote y santo varón al que nunca le estaré lo suficientemente agradecido. Él, llegado a un nivel, convenció a mis padres para que, no sin esfuerzo que eran tiempos difíciles y éramos muchos hermanos, me enviasen a continuar mis estudios en Madrid. Allí, gracias a Dios, pues estoy seguro que Dios utilizando la mediación de mi santo tío abuelo siempre guió mis pasos, pues le decía que allí en Madrid, con 11 añitos, apareció en mi vida una gran profesora, Dña. JP, a la que le debo tanto como a D. J., y a quienes nunca nunca olvidaré. Allí, con su ayuda y esfuerzo, tuve la fortuna de alcanzar unas aceptables calificaciones, lo que me ayudo a que se me abriesen muchas puertas.

<< Fue Dña JP – continuó con un halo de emoción en la mirada – la que a través de sus amistades me envió a París a estudiar con AC, quien, como usted sabrá siendo aficionado a la música, además de excelente pianista y director era un grandísimo pedagogo, y anecdóticamente nieto musical de Chopín. La vida en París era apasionante, la verdad es que me surgieron bastantes contratos y hasta algún insensato, dicho sea en broma y con todo el cariño y agradecimiento, me ofreció una sala gratuita para que no me marchase de París. Pero Dña JP, que fue una madre musical para mí, siguió ejerciendo su protección, y me envió a Roma, en esta ocasión para estudiar con el maestro CZ. Posteriormente todo adquirió un ritmo vertiginoso, giras, viajes, ciclos de conciertos, en fin, un sin parar que iba acelerándose cada vez más, hasta el punto que sentía que cuando me aplaudían, no lo hacían a un artista triunfante, si no a un esclavo.

 

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<< Así que cuando desgraciadamente mi pobre esposa, el amor de mi vida, enfermó, decidí retirarme para dedicar todo el tiempo a cuidarla, y nos volvimos a nuestro pueblo natal.  Allí continué dando mis clases en el Conservatorio. Nadie entendió la razón de mi desaparición de los escenarios, yo tampoco tenía por qué contar mi intimidad, pero lo consideré lo justo. Ella me acompañó toda la vida, a cada concierto, a cada viaje, así que mi único deseo era corresponderle. Pasado el tiempo los medios de comunicación dejaron de interesarse por mí, no era actualidad, y el público llegó a olvidarme, y a aceptar conocerme únicamente por mis discos. Y ahora aquí estoy.

– No volvió a tocar nunca más?. Y como es que llegó hasta aquí? – pregunté sin salir de mi asombro.

Ramón no pudo menos que reírse, y comentar:

Ya-i lo advertí, Esteban, esti siempre fai les preguntes de dos en dos. Debe ser una manía.

– Pues mire, amigo Alfonso, como usted bien sabe, un pianista lo es para toda la vida. Es como el sacerdocio, y espero que no le ofenda la comparación. Y un pianista no puede dejar de tocar nunca. Así que lo hacía a diario para el único público que de verdad me interesaba, mi esposa, y lo cierto es que, para mi alegría, como ella era una gran melómana, mi música le servía de alivio. Además, siempre que me lo pedían en mi pueblo daba conciertos didácticos para niños, y por supuesto los que quisieran acompañarles. Creí que debía contribuir a hacer amar la música, pues esa era la única cosa que yo podía hacer para que el mundo fuese un poco mejor. Por supuesto, estos conciertos debían ser gratuitos, y en ellos me entregaba más aún si cabe que cuando lo hacía en el Carnegie Hall o en el Palau. Y aquí, en mi casa toco todos los días para mí y para el recuerdo de mi esposa, a quien sigo amando como el primer día. Ah!, y tres veces al año doy un concierto, pero eso ya se lo habrá contado Ramón.

– Pues no, Ramón no me comentó nada, seguro que quería reservarme esta enorme sorpresa. Y seguro que aún me tiene reservada alguna más.

Ramón asintió y sonriendo nada dijo.

– Pues sí, tenemos concierto el día del aniversario de mi esposa, también el día de San Roque, patrón de este nuestro pueblo, y el día de Nochebuena, en que nos reunimos a cenar juntos los cuatro vecinos y más que amigos, y antes hacemos el concierto. Y sí, Ramón le guarda alguna que otra sorpresa, y una de ellas es que todos los martes al atardecer, y hoy es martes, tenemos la costumbre de reunirnos los cuatro para hacer tertulia. Pues  hoy, de forma extraordinaria y para darle la bienvenida a Usted, haremos una soireé musical.

 

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Mi cara debía reflejar de forma tan evidente mi perplejidad, que no sé si era mayor por la aparición de este último personaje o por la extraordinaria amabilidad en la acogida a quien como yo hasta hace dos días (seguro que eran dos días?) era solo un extraño, que ante mi silencio fue Esteban quien continuó:

– Y siguiendo las siempre sabias indicaciones de Ramón, porque no sé si sabrá que Ramón es un sabio, me queda por contestar a su segunda pregunta: como llegué hasta aquí?. Tras la muerte de mi esposa no quise quedar más tiempo en nuestro pueblo, cada detalle me producía el dolor del recuerdo. Así que pensé equivocadamente que en París, por ser una ciudad más bulliciosa, me serviría de distracción , además allí había dejado buenos amigos, entre ellos Marcial de Adalid, extraordinario músico gallego cuya obra nunca fue lo considerada que se merece, y que insistía en que fuese a visitarlo. Pero tampoco París serenaba mi espíritu, más al contrario,  seguía  revolviendo mis recuerdos. Quiso la buena fortuna que en un momento dado pasara por allí Joaquín Sorolla, buen amigo de los dos, que insistió, sin darme lugar a réplica, para que lo acompañase en su próximo viaje. Él fue uno de los múltiples personajes que, de forma desconocida, pasó por aquí. Total, que cuando conocí este paraíso, aquí decidí quedarme. Fue una de las mejores decisiones de mi vida. Aquí encontré el sosiego y la paz, tal como como las describe el sabio Fray Luis, con el regalo añadido de la amistad sincera y gratuita.

Empezaba a invadirme esa extraña, pero cada vez más placentera, sensación que había experimentado en otras tres ocasiones anteriores mientras estaba en Pola Seca, y que llevaba implícito un componente de integración, así que, sea por esto o sea por otra cosa, no pude evitar prolongar la conversación.

– Esteban, no sé si le estoy incomodando al hacerle resurgir recuerdos dolorosos, pero hay otras dos cosas que quisiera preguntarle si no le importa, le prometo que serán las últimas, pero es que Ramón me dijo que debía ser usted quien me las contestase.

Ramón volvió a reírse socarronamente.

– Ya-i dije que esti está obsesionau por nun incomodar y por facer les preguntes de dos en dos.

Esteban adoptó una actitud beatífica, que interpreté como una señal de generosidad.

– No se preocupe, amigo Alfonso, aquí nadie incomoda a nadie, y como le dije aquí conseguí que mis recuerdos sean incluso balsámicos, así que pregunte usted lo que quiera.

– Pues la primera es la que menos entiendo desde que estoy aquí. Usted conoció a Marcial de Adalid, viajó con Sorolla, dialogó con Albeniz, en 1950 compartió un importante premio nacional con su colega JA, que en la actualidad está ya, por edad, bastante retirado de los escenarios, y sin embargo está aquí, en plena forma y con una salud aparentemente envidiable. No me encajan los números, pero en fin,  ya casi me voy acostumbrando. Y la segunda, bueno, es más anecdótica, aunque no estoy muy seguro, pues desde que estoy aquí voy de sorpresa en sorpresa con cada nuevo conocimiento. Es en que consiste la historia del llamado Naufragio de los pianos. Y basta, prometo no preguntar ni incomodar más, al menos durante todo el día de hoy.

– Nun prometa ná, que luego igual se arrepiente – dijo Ramón, con su socarrona sonrisa habitual.

– Muchas gracias por su visión de mí, lo cierto es que me siento en una situación muy saludable. Y, bueno, como es habitual, comencemos por el final, por la segunda. Por el Naufragio de los pianos. Aunque le aseguro que podría responderle Ramón perfectamente a las dos. Al fin y al cabo el marino es él.

 

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– Fuilo, Esteban, fuilo – apuntilló Esteban.

– Y lo sigue siendo, Ramón, confiéselo. Aun siente el tirón del salitre, y además eso, como tantas otras cosas, imprime carácter. Pero bueno, como quiera que sea, yo intento aclararle su dudas, Alfonso. En la segunda mitad del siglo XIX ya aparecían los barcos a vapor o mediante motores diesel, que competían por desbancar a los grandes veleros. Los primeros  eran más modernos y eficientes, necesitando menos tripulación, lo que siempre disminuye los costes. Como ve, siempre la codicia de la economía. Los segundos no solo eran más románticos, marineros los denominan Ramón y sus colegas, sino que incluso con capitanes expertos que sepan aprovechar los vientos, alcanzan en ocasiones velocidades superiores.

<< El caso es que en noviembre de 1910, un velero alemán, el mayor jamas construido, en el que Ramón viajó en sus años mozos pero que afortunadamente ya lo había dejado antes de aquella travesía, trataba de atravesar el Canal de la Mancha, llevando un importante cargamento de pianos alemanes para América. El capitán de un mercante a vapor no supo calcular la velocidad de ambos buques, y  realizó la maniobra en contra de lo que indica los usos de la navegación, por lo que posteriormente fue juzgado y retirada su licencia, pero el caso es que abordó al velero. Así el mayor buque de vela construido jamás, encallaba bajo los acantilados de Dover. Todo el buque y la carga se perdieron allí porque el lugar inaccesible, las olas y un temporal que sacudió esos días la costa impidieron acercarse al barco

<< Aún hoy, en las noches de temporal, circula una leyenda afirmando que si se asoma a los acantilados de Dover y presta atención a sus oídos, puede escuchar una triste música de piano procedente de los restos del buque allí abandonado. Ese es el relato del Naufragio de los pianos.

 

 

<< En cuanto a lo de su falta de encaje respecto a las fechas, es también bastante simple. Consiste en como se tome el concepto del tiempo. Ya en el ámbito musical hace años que se discute sobre ello, y no me refiero a lo que habitualmente entendemos como tempo (adagio, presto, etc.), que también podríamos considerar como una misma melodía varía su expresividad modificando el tempo, o por qué se da el hecho tan llamativo que una obra tenga duraciones muy dispares según los intérpretes. No, no es eso, me refiero al tiempo tiempo. Ya en 1978 eminentes músicos y filósofos se reunieron para reflexionar sobre esta cuestión, llegando a mostrar el concepto de tiempo no pulsado al que vinieron a considerar un tiempo liberado de la medida, por lo que se impone la multiplicidad de duraciones irregulares que no se pueden articular según patrones comunes. Los biólogos llaman a esto población de osciladores moleculares. Así la música acaba siendo una materia liberada de la forma.

<< En el ámbito general la reflexión relacionada con el espacio y el tiempo ha estado vinculada a todos los sistemas filosóficos, ya desde los pensadores presocráticos. Entre otras cuestiones se preguntaban sobre la posibilidad de que espacio y tiempo existan independientemente de la mente, fíjese usted que interesante en el tema que nos ocupa, o de que existan independientemente el uno del otro, o si existen otros tiempos a parte del actual. Repase la historia de la filosofía y se encontrará con un sinnúmero de teorías, muchas muy dispares. Y no digamos nada cuando la matemática y la física comienzan también a introducirse en estas cuestiones. Aparecen conceptos como el eterno retorno, aunque de este ya nos habían hablado los egipcios, los universos autogenerados, o la recurrencia de Poincaré. Otros idealistas seguidores de Kant se atreven a afirmar que lo que entendemos por tiempo es una simple ilusión.

<< Y qué decir con la entrada en escena de Einstein y Minkowsky, y sus disquisiciones sobre el espacio-tiempo como una variedad tetradimensionaly su correlato de la relatividad, o la dilatación del tiempo, y no digamos con la aparición de la física cuántica?

<< De todo ello también conviene considerar a Stephen Hawking y su célebre Breve historia del tiempo, o la interpretación de los universos múltiples, de Hugh Everett, y la famosa conferencia La perturbadora teoría de los mundos paralelos, de Alberto Casas.

<< Así que donde está la verdad?. Donde está la realidad?. Desde que el mundo es mundo, o más exactamente desde que la especie humana tiene la capacidad de reflexionar, lleva tratando de contestar a estas preguntas, cuya repuesta tal vez sea  en ningún sitio. Por eso aquí, en Pola Seca tenemos esta llamémosla sutil versión de la realidad, y la aceptamos sin más, porque además nos viene bien. Como le digo los cuatro habitantes de Pola Seca tenemos la experiencia de que este entorno y nuestras relaciones de igualdad y fraternidad nos proporcionan el sosiego que toda alma desea.

<< Y después de este  desalambrado (sic) discurso, creo que ya hablé lo suficiente, así que me voy, pues va acercándose la hora del almuerzo y aún no he dado mi higiénico paseo diario. Si no les colmé su paciencia y aún quieren seguir escuchándome, les prometo que de otra forma mucho más agradable, nos veremos esta tarde con motivo de la soireé musical de bienvenida a Alfonso.

– Muchas gracias, Esteban, por su paciencia y sus explicaciones. Espero con impaciencia la tarde – le contesté, al tiempo que nos despedíamos con un fuerte apretón de manos.

Así que si el tiempo era tan plástico como mis nuevos dos convecinos aseguraban, deseé que pasará lo más rápido posible, para tener el privilegio de escuchar directamente a Esteban, y para conocer las próximas sorpresas que sin duda me aguardaban.

 

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Continuará

 

 

 

 

 

 

2 comentarios para “Pola Seca (IV): Continuan las perplejidades”

  1. Jorge Bogaerts agosto 18, 2020 a 6:38 pm #

    ¡Cuánta cuántica!

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