El niño que tenía el pelo verde (cuentiquín)

16 Sep

Hace mucho tiempo. Eran épocas grises. Toda la ciudad era gris. Los monótonos edificios eran grises. El cielo era gris, impidiendo que la luz del sol penetrase en las calles. Las gentes iban vestidas de gris, y sus macilentas caras reflejaban el gris de su alma y sus sentimientos. Por supuesto sus cabellos eran grises.

Entonces, conocí a un niño que tenía el pelo verde. Era un verde brillante, que irradiaba luminosidad y frescura, como cuando los campos, tras el amanecer, se confunden con las gotas del rocío y al recibir los rayos del sol desprenden minúsculos arcoíris.

PELO VERDE 1

Nadie se relacionaba con el niño. Siempre estaba solo. Las gentes grises lo miraba de soslayo, bajaba la vista, aceleraba el paso y, si podía, cambiaba de acera gris.

Era tal su sentimiento de soledad que me contaron que un día lo vieron jugando a indios y vaqueros él solo, haciendo de los dos bandos. Con una raya a modo de trinchera en el suelo, desde un lado disparaba restallones con su revólver plástico de juguete, y  luego pasar al otro lado de la linea y lanzar flechas, también de plástico, con su arco de juguete.

Aquel desprecio y la soledad  desgarraban el alma del niño del pelo verde.

Un buen día el niño del pelo verde decidió comenzar a caminar en línea recta, despacio pero con determinación. Ya no veía a las gentes grises ni sus miradas torvas. Solo caminaba y caminaba.

Después de un buen rato se dio cuenta que ya no había aceras grises ni casas grises. La ciudad gris se había acabado y ante él solo se extendía un gran prado de hierba luminosamente verde, fresca y mullida.

El niño del pelo verde sintió que le invadía un indefinible sentimiento mezcla de cansancio y plenitud. Sintió la necesidad de tumbarse en el prado y pronto se durmió, gozando de una inmensa sensación de bienestar. Desde lejos solo se observaba un inmenso mar de verde donde todo se fundía en uno.

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No volvería a ver nunca más al niño del pelo verde.

O eso creía yo, porque ayer mientras caminaba por el Campus de Humanidades, ensimismado en mis pensamientos, al levantar casualmente la vista, lo reconocí.

Continuaba con su pelo verde, pero obviamente había crecido. Ya no era un niño, era un apuesto y fornido joven que vestía una coloreada y alegre indumentaria. Iba de la mano de otro joven de similares características e indumentaria. Hablaban animosamente, gesticulaban y frecuentemente se reían.

El Campus de Humanidades no es gris. También tiene amplios parques verdes, con mullido césped, y abundantes árboles que proporcionan sombra, y en ellos las gentes, solos, en parejas o en grupos, descansan, leen o charlan.

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Los edificios no son grises, adoptan formas variadas, y sus amplias cristaleras aportan luminosidad a sus interiores, y las paredes, de colores diversos, están llenas de expresivos y variopintos grafitis.

Cuando me recuperé de mi sorpresa volví la vista atrás,  para ver que el niño (ahora joven) del pelo verde y su amigo se besaban tiernamente, y continuaban su camino sin dejar su charla, sus gestos y sus risas.

Después doblaron una esquina. Volveré a ver al joven del pelo verde?. Y qué más da. Ahora sé que es feliz, que ya no hay gris, y que, como alguien sabio dijo hace ya 26 siglos, el fundamento de todo está en el cambio incesante (En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos).

HERACLITO

 

 

Aclaración ¿necesaria?: Al acabar de escribir la primera parte de esti cuentiquín me enteré de que existe otro cuento infantil con mayúsculas, con múltiples variantes, e incluso una película con el mismo título, nada menos que del gran Joseph Losey. Ambas manifestaciones, sobre todo la primera, tienen claras intenciones moralizares y alto nivel artístico.

Nada de esto ocurre en el cuentiquín. Este nace de una experiencia personal, y en todo caso se trata únicamente de realizar un simple ejercicio de redacción, como aquellas que hacíamos todos los niños de pelo verde que en el mundo han sido y yo, en aquellas grises escuelas de antaño, de los pupitres de madera, encerado donde se escribía con tiza y borrador, la pared estaba “adornada” con los retratos de Franco y José Antonio, comúnmente flanqueando un Crucifijo y había que formar en filas para entrar y cantar el cara al sol antes de empezar la clase. Por supuesto, unas para chicos, con maestro, y otras para chicas, con maestra. Quien le suene a chino esto de que les hablo puede consultar El florido pensil.

 

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2 comentarios para “El niño que tenía el pelo verde (cuentiquín)”

  1. Jøsę L. Sämpędrø septiembre 17, 2019 a 10:48 am #

    Precioso retazo de una época que me tocó vivir en sus últimos coletazos.

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