Desidia cívica e institucional.

22 Feb

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Las sociedades que avanzan y son capaces de repartir el bienestar entre todos sus miembros, suelen tener algunas características  diferenciales, como pueden ser sentido del comportamiento ético, respeto a las normas y la justicia, incluida la social, capacidad de esfuerzo y laboriosidad, admiración e imitación por aquellos de sus miembros que sobresalen en la tarea común, y otras muchas que podríamos ir añadiendo.

De todas ellas querría hoy referirme a una en concreto: la investigación.

Esas sociedades a las que nos referíamos al comienzo realizan grandes esfuerzos dedicando importantes cantidades de recursos humanos y materiales a dicha tarea investigadora que, sin duda, no solo les hace estar en la vanguardia y por tanto tener un importante peso específico en el panorama global, sino que revierte en una serie de beneficios tangibles (p.ej: patentes, generación de empleo) e intangibles (prestigio, bienestar) para los miembros de su comunidad.

Desgraciadamente esto es algo a lo que, en general y salvo muy honrosas excepciones, no parece concedérsele gran importancia en nuestro país. Así tenemos que contemplar continuos recortes económicos en la materia, niveles más que injustos de inestabilidad y precariedad laboral de los investigadores, que hace que gran parte de nuestros más valiosos talentos jóvenes se tengan que ir y, afortunadamente para ellos, triunfar en otros países, después de haberles costeado un más que costosa formación, etc.

En fin, que desgraciadamente seguimos haciendo buena aquella lapidaria sentencia que D. Miguel de Unamuno pronunció allá por el año 1906, no cabe duda que con macabra ironía: Qué inventen ellos!. Tan es así que según los datos del año 2016, España ocupa el puesto 31 de la clasificación en inversión en I+D según el porcentaje del PIB, y que es del 1,22 %, y lo que es más grave, no solo sin aumenta sino incluso disminuyendo a valores de 2015.

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Pues bien, por las razones que sean, seguramente múltiples y alguna por azar, Asturias tuvo la fortuna de que en 1987 se incorporase al Departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Oviedo una persona de la categoría humana y científica de D. Carlos López Otín, de cuya área es Catedrático desde 1993. El Profesor López Otín, en un tiempo relativamente breve, alcanzó las más altas cotas de la investigación a nivel mundial, y con él, su equipo y su Departamento.

Más, hete aquí que de pronto (?) alguien o “alguienes” (sic) se ponen a revisar con lupa sus trabajos del pasado y encuentran una serie de ellos con algunos defectos formales. Entonces de forma anónima, lo que ya demuestra el jaez de estos “alguienes”, lo comunican a la revista donde fueron publicados, que obliga a los autores a retirar dichos artículos, sin darles derecho de réplica o corrección.

De nada vale que un numeroso elenco de prestigiosos científicos, o incluso la Presidenta del Centro Superior de Investigaciones Científicas salgan en defensa de su alto valor científico, así como de la validez y reproducibilidad de las conclusiones de los trabajos obligados a retirar. De nada vale tampoco que la revista Nature (alguien va a dudar de su calidad científica?) le haya concedido el premio Nature Awards for Mentoring in Science, distinguiéndolo como mentor sobresaliente. El inquisitorial daño ya está hecho, y lo que es más duro aún, también a nivel personal.

Por mi parte no soy quien, no tengo la capacidad para ello,  para valorar la validez científica de las razones expuestas por la revista que obligó a retirar estos artículos, ni de la pertinencia de los argumentos en contra o a favor de de las conclusiones de dichos trabajos.

Mucho menos soy quien para hablar sobre su persona, a quien no tengo el honor de conocer. Pero a este respecto sí puedo decir con rotundidad que cuantas personas que conozco y me ofrecen credibilidad, que tienen la fortuna de estar de alguna manera próximas a su círculo, con absoluta unanimidad expresan su admiración por su ética personal, su entrega al trabajo, su generosidad y desinterés y su preocupación por su gente. Por todo ello, también con rotundidad me uno a las siempre acertadas palabras de Dña, Pilar Rubiera cuando manifiesta que López Otín nos hace mejores.

Pero, como ciudadano, más allá de todas las manifestaciones personales que en los medios de comunicación salieron en su defensa, en esta maloliente situación (no olvidemos la denuncia anónima) quedan en entredicho la Universidad de Oviedo y lo que quizás sea de mas calado, la investigación en si misma. Si estás son las armas y la calaña que pueden circular en este campo, aquí sí es donde se hace necesaria la máxima transparencia. Es por ello por lo que si las instituciones afectadas no se deciden a realizar una investigación formal e independiente de lo sucedido y con esos datos se posicionan oficialmente ante la ciudadanía que las sustenta, estamos cayendo una vez más en una desidia institucional que, por desgracia, parece conducirnos a un futuro inmediato nada halagüeño.

Autora: María Teresa Formoso

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