Un mes, un libro (IX): Ignacio de Loyola, nunca solo.

28 Sep

Es una obviedad señalar que son muchos los motivos que nos pueden llevar a la lectura, más no por ello dejaré de señalar tres:

En primer lugar el mero placer estético de disfrutar de algo bello y bien ejecutado. En segundo lugar el interés en el conocimiento, bien sea de nuevos personajes, pensamientos, espacios o épocas, y en tercer lugar la reflexión, tanto a favor como en contra, sobre ideologías o creencias. En ocasiones las tres motivaciones pueden ir unidas, como es el caso del libro al que en esta ocasión me refiero. Aunque también en ocasiones las dos últimas limitan mucho el marco del interés, reduciéndolo solo a lectores específicamente interesados.

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En este caso se trata de la biografía de una figura cuya indudable transcendencia  se prolonga hasta nuestros días y de forma muy activa. Obra sólidamente construida en lo histórico, aunque echamos de menos una lista de referencias bibliográficas, ausencia que está justificada en el Epílogo agradecido. Quinientos años después por una suerte de modestia intelectual y compensada por la relación de siete obras básicas importantes, incluida la Autobiografía del santo.

El relato nos muestra un personaje que, siempre desde el entusiasmo y el idealismo, va evolucionando en su mundo sicológico interior, con giros muchas veces insospechados y sorprendentes, y que evidentemente puede ser analizado positiva o negativamente desde muy variados ángulos.

Pero el autor, como comenta en el citado Epílogo, no se limita a realizar un relato histórico al uso, sino que con la libertad que le confiere su condición de creador trasciende este plano para añadir otro de reflexión de espiritualidad, pienso que muchas veces imaginado desde su posición personal en la que comparte tal espiritualidad. Ello permite, a quien le interese, utilizar también la obra a modo de ensayo, y por tanto como instrumento de meditación.

Todo esto con gran elegancia en el lenguaje y precisión en la estructura interna y en el ritmo del relato, no en vano este jesuita ovetense, José Mª Rodríguez Olaizola, es un gran comunicador con intensa presencia en los canales clásicos y en las redes sociales, y con no menos de diecinueve títulos publicados.

En resumen, recomendable como buena literatura para quien de alguna manera le pueda interesar el tema.

Versión 2

Un mes, un libro (VIII): Opus nigrum

31 Ago

La historia es tozuda y el afán en olvidarla va parejo con su insistencia en reaparecer

(Joan Santacana)

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Dice mi amigo, y yo le creo a pies juntillas pues no en vano es una de las personas más cultas que he conocido, que Marguerite Yourcenar es una de las literatas más importantes que ha dado el pasado siglo XX. Y con razón que lo ha de ser dado que figura como la primera mujer en alcanzar el olimpo de los inmortales (Academia Francesa), con el mérito añadido de ser belga de nacimiento, y uno de los poquísimos autores cuyas obras se publican en vida en la colección de lujo de La Pléiade.

Pero además de sus muchos e indiscutibles méritos literarios (novelista, ensayista, poeta, dramaturga y traductora) su apasionante biografía y personalidad bien pudieran hacerla merecedora de ser uno de sus propios personajes. Huérfana de madre desde prácticamente el mismo momento de su nacimiento, en su infancia y juventud no fue a ninguna escuela ni centro docente, siendo siempre educada por su padre, Michel-René Clenewerck de Crayencour, personaje singular, de origen aristocrático, y ocasionalmente apoyada esta educación con preceptores particulares específicos.

Su padre, inconformista y de vida errante por toda Europa en los lugares preferidos por la aristocracia de la época, se hacía acompañar en sus viajes por Marguerite (Montecarlo, Italia, Montreux o Lausana). Además tenía aficiones literarias e introdujo a su hija desde muy joven en las obras de los mejores escritores europeos de la época como Flaubert, Maeterlinck o Rilke y en los clásicos como Virgilio, Aristófanes o Racine, algunos de los cuales leía ya  a la edad de ocho años. También le enseñó latín a los 10 años y griego clásico a los 12, y cuando Marguerite muestra sus inclinaciones hacia la escritura se las alienta de manera firme.

Con tales circunstancias no es de extrañar que nuestra autora fuera una persona culta, con gran pasión por la antigüedad greco-latina y por los viajes como expresión de libertad y adquisición de conocimientos, pero es ese aspecto, la libertad, el rasgo más característico que su padre le transmitió como forma de afrontar la vida. Tampoco es de extrañar que, como se desprende de sus memorias, Marguerite hiciera de él un héroe que se opone a las tradiciones rígidas. ¿No estaría pensando en él cuando construye el personaje de Zenón, alguien que, según ella misma manifiesta, hace tabla rasa total de las ideas y prejuicios de su siglo para ver después donde lo conduce libremente su pensamiento, alguien capaz de entender la libertad hasta el punto de permitirle decidir el modo y manera de su muerte, despreciando toda intolerancia o prejuicio institucional?

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Más si apasionante es su personalidad tanto o más apasionante es su literatura. Su primera novela aceptada por ella como digna de figurar en sus obras completas fue publicada a sus veintiséis años, y desde entonces no menos de veintiséis publicaciones de distintos géneros, cuyo análisis no es el objeto de esta breve reseña. Pero no podemos pasarlas por alto sin mencionar Memorias de Adriano donde se relata en primera persona la vida del emperador romano Adriano, a modo de carta a su nieto y sucesor Marco Aurelio. Escrita entre diciembre de 1948 y diciembre de 1950, en un principio se editó por entregas en la revista francesa La Table Ronde. La novela completa fue publicada por la editorial Plon en 1951.​ El libro tuvo un éxito inmediato y fue reeditado con muchas traducciones. En español destaca la realizada por Julio Cortázar, y alcanzó gran éxito a nivel popular cuando en 1982 el recién elegido Presidente del Gobierno de España, Felipe González, en una entrevista televisiva manifestó que lo tenía por su libro de cabecera. En Colombia, por ejemplo, también se convirtió en el libro más leído tras Cien años de soledad gracias a manifestaciones similares del Presidente Belisario Betancur, aunque en este caso fue él mismo el traductor de la obra del francés, incluso tres años antes de la citada de Cortázar.

Memorias de Adriano es considerada en todos los comentarios como una gran novela histórica, concepto que da pie a múltiples disquisiciones. Lo que es cierto es que si bien está enmarcada en una época histórica concreta y por su escenario desfilan acontecimientos y personajes de dicha época, no se trata de una novela histórica al uso donde se relatan fechas y datos de dichos acontecimientos. La Historia que propugna Yourcenar es un motivo para reflexionar sobre las diferentes fases de la condición humana a través de la generaciones que nos precedieron. Presenta a Adriano como un ilustrado que reflexiona como podría hacerlo un gobernante del siglo XX, quizás por ello los comentarios presidenciales antes citados. Es un retorno al pasado para reflexionar sobre el presente, reflexiones por cierto bastante pesimistas, aunque Yourcenar trata de poner su granito de arena para evitar esa tendencia hacia el desastre.

Ese mismo esquema es el utilizado en Opus nigrum, calificada también de novela histórica. Con ella obtuvo el Prix Fémina, uno de los grandes galardones literarios franceses junto con el Goncourt.

Comenzada su escritura en 1934 (otras fuentes incluso señalan 1921) en un relato titulado A la manera de Durero, que formaba parte de un libro titulado La muerte lleva la carreta, tras múltiples reelaboraciones concluyó su redacción en 1965 y publicada en 1968.

En este caso el personaje central, a diferencia de Memorias de Adriano, no es real sino ficticio. Médico, alquimista y filósofo del siglo XVI, es una síntesis de muchas de las ideas de Erasmo, Pico de la Mirándola, Paracelso, Campanella o Leonardo de Vinci. Su vida relatada en la obra es un viaje físico y espiritual, viajero empedernido como la propia Yourcenar, que consideran el viaje como aprendizaje.

La acción transcurre en  Flandes donde nos relata la prosperidad de su burguesía, las luchas entre las tropas de ocupación españolas y los nacionalistas independentistas, y las especulaciones económicas relacionadas con ellas. También aborda las novedades técnicas, preludio del maquinismo industrial del XIX, con las repercusiones sociales que implican y las pugnas religiosas originadas a partir del Concilio de Trento y la Reforma Protestante, con toda la carga de intolerancia y de violencia en los castigos de la Inquisición. En este escenario se asiste a la evolución interior y exterior del protagonista, desde su juventud hasta su vejez y su muerte por suicidio en la cárcel de la ciudad de Brujas.

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Una vez más Marguerite Yourcenar entiende su novela, Opus nigrum como una especie de espejo que “condensa la condición del hombre a través de esa serie de acontecimientos que llamamos historia”, y reflexione sobre los hechos que en ella ocurren en comparación con los hechos ocurridos en 1914 y entre 1930-1950, repasando las dos guerras mundiales, Hiroshima, la invasión de Hungría por los soviéticos, Argelia, para concluir que “la dignidad del hombre consiste en resistir al desastre”.

Así mismo, como en Yourcenar, la característica fundamental del personaje es su ansia de libertad y a partir de ella crear un modelo de vida. Su humanismo supera las propias barreras cronológicas, y siempre deseoso de conocimientos que le den la clave para superar las angustias de la humanidad, aún no resueltas en nuestra actualidad. Una vez más Yourcenar acude a la Historia para hablar del presente, es por ello que en la obra hay muchas historias dentro de la historia argumental.

En cuanto a lo literario toda esta densidad conceptual y de referencias culturales se combina tan sabiamente con una prosa bellísima de modo que en absoluto se hace difícil su lectura sino que se convierte en un auténtico deleite en el que, a mayor abundamiento, el ritmo no decrece en ningún momento, aumentando siempre el interés por el capítulo siguiente.

Dicho esto confirmo plenamente, como no podía ser de otra manera, la opinión de mi amigo, y en justa correspondencia recomiendo encarecidamente el libro al resto de amigos que aún no lo conozcan, si es que hay alguno.

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Marcelino

19 Ago

A Yolanda, con gratitud eterna.

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Don Ramón tenía gustos muy exquisitos, siempre optaba por lo mejor, y por supuesto en cuanto al cuidado de su salud seguía las mismas premisas. Lo boyante de sus negocios y su inacabable cuenta corriente así se lo permitían.

Por eso cuando se sintió mal decidió que lo más conveniente era consultar con el Technological Center Hospital (TCH), sin duda el mejor y más avanzado hospital de nuestro entorno. No solo estaba totalmente informatizado sino que se hallaba a la cabeza de las más actuales e innovadoras investigaciones de la denominada medicina de precisión. Por supuesto el genoma y su reparación no tenía secretos para ellos, y además recientemente habían logrado completar nuevos biomarcadores moleculares desarrollados mediante una plataforma propia de secuenciación del exposoma, con lo que así tendrían los datos necesarios para en lo sucesivo evitar las agresiones genéticas, e incluso poder predecir la eficacia de los medicamentos a utilizar, escogiendo no solo los más convenientes sino también en la dosis más personalizadas. Era, pues, el centro sanitario más avanzado del cada vez más instaurado metaverso.

Para la amplia agenda de Don Ramón no le fue difícil conectar con el TCH y concertar una cita de forma inmediata, por lo que gracias a su avión privado y el coche que ya le esperaba en el aeropuerto a pié de pista, en muy poco tiempo llegaba al Servicio de Urgencias de dicho Centro.

Allí le esperaba un cyborg que, como no podía ser de otra manera, contenía toda la información de salud y personal de D. Ramón, excepto, claro está, la económica. Hasta ahí podíamos llegar! Además para eso D. Ramón tenía su bien remunerado departamento de ingeniería financiera.

—D. Ramón Apilánez, supongo -expresó el cyborg, al tiempo que le extendía la mano.

Su aspecto, gracias al más moderno material siliconado, era prácticamente indistinguible de un elegante y atractivo humano. Su voz no era metálica y entrecortada como la de los primeros robots de décadas anteriores. Sus actualizados algoritmos sabían adecuar el tono y el ritmo a los de su interlocutor, y su mano, al estrecharla, se adaptaba también al grado exacto de presión y temperatura del mismo.

—Efectivamente, ese soy yo —replicó D. Ramón.

—Permítame que me presente, soy Cyborg Uno, encargado de realizar el seguimiento de su proceso, y de atenderlo en todo lo que sea necesario. Ahora acompáñeme, por favor. Lo estábamos esperando y tenemos todo preparado para hacerle las pruebas necesarias, indoloras por supuesto, y obtener en pocos minutos el diagnóstico exacto necesario para preparar el tratamiento más eficaz con qué solucionar sus problemas.

Tras recorrer un breve pasillo, iluminado por una luz tenue, llegaron a un amplio espacio de colores claros y orden y limpieza impolutas, donde una música relajante invitaba al sosiego y el descanso. En el centro de la sala había una amplia y confortable camilla muy similar a una butaca Business Class de la más lujosa aerolínea , y a los pies de la misma una sofisticada máquina.

—Permítame que le informe, Sr. Apilánez. A continuación otro compañero cyborg, por un sistema de ósmosis transdérmica que no requiere pinchazo, le analizará todos los parámetros constituyentes de su sangre, sin necesidad de extraérsela, y trasmitirá dicha información a nuestro ordenador central de algorítmos diagnósticos.

>>Después esa máquina que usted ve a sus pies, y que es un tomógrafo computorizado de emisión de positrones de última generación, obtendrá las imágenes, incluso a nivel molecular, de todo su organismo, y también trasmitirá esa información para complementar la anterior. Con todo ello, como le digo, en pocos minutos tendremos el diagnóstico exacto de la causa de su malestar, y si fuera necesario, nuestros algoritmos diseñarían el tratamiento más eficaz.

>>Ahora le voy a dejar en manos del compañero Cyborg Dos que le mencioné, pero no se preocupe que yo estoy recibiendo en todo momento información en tiempo real de su situación, y acabado el proceso diagnóstico, o antes si fuera necesario, volveré para acompañarle y darle todas las explicaciones que usted estime necesarias.

>>Además, allí arriba, tras aquel panel acristalado está nuestro equipo médico, como sabe el más cualificado del continente, que también tienen también información instantánea de todo lo que está ocurriendo y de la evolución de su proceso.

>>Por último, en el lateral derecho de su butaca-camilla tiene los mandos necesarios para graduar la intensidad de la luz así como de la música ambiente, y cambiar el canal de esta según el estilo que deseé.

Efectivamente Don Ramón dirigió la vista a uno de los laterales de la parte alta de la sala, y tras una diáfana cristalera se podía distinguir una sala con luz muy tenue, totalmente tapizada de amplias pantallas de datos, y ante las cuales cuatro personas prestaban toda su atención y de vez en cuando operaban digitalmente, siempre de espaldas a lo que estaba sucediendo en la sala donde se encontraba el paciente.

—Buenas tardes, Sr. Apilánez. Como probablemente le habrá especificado mi compañero soy Cyborg Dos, que estaré a su servicio en todo lo que se refiere a sus datos biométricos. Ahora le pegaré, sin la más mínima molestia para usted, este parche cutáneo y a través de él nuestro algorítmo integrará dichos datos.

Y dicho y hecho. Don Ramón no sintió la más mínima molestia cuando Cyborg Dos, con unas manos de una silicona tan suave y cálida como las de Cyborg Uno, adhirió a su piel un pequeño elemento del tamaño de algo que recordaba de su infancia, que denominaban sello de correos y se utilizaba cuando las comunicaciones se realizaban por el rudimentario método de los envíos postales.

No habrían pasado tres minutos cuando Cyborg Dos nuevamente le explicó:

—Voy a quitarle el transductor, también sin ninguna molestia, y a continuación la máquina que ve a sus pies y que mi compañero también le explicó, dará una pasada por encima de usted y así obtendremos la imagen completa de su organismo, a nivel incluso subatómico, lo que integrada con los datos ahora obtenidos permitirá a nuestro equipo médico realizar las reparaciones oportunas si fueran necesarias, que esperemos que no lo sean.

Una vez más las cosas sucedieron con la facilidad y suavidad que Cyborg Dos había predicho, tras lo cual se aproximó a él para manifestarle:

—Don Ramón, mi misión ha finalizado. Espero que haya estado a su satisfacción. Por mi parte ha sido un honor atenderlo. Pocas veces encontramos pacientes tan comprensivos como usted. Le dejo con esta música ambiental para facilitar su relajación, y recuerde que puede modificarla a su gusto. En pocos minutos mi compañero Cyborg Uno estará nuevamente con usted y le dará todas las explicaciones que precise.

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En aquel ambiente se encontraba relajado y tranquilo, y aunque su malestar general no había disminuido, confiaba en que con tan sofisticados instrumentos en poco tiempo estaría el tema solucionado. De todos modos algo le llamaba la atención, así que cuando Cyborg Uno volvió le preguntó:

—Amigo Cybor Uno, puedo denominarlo así, o debo hacerlo de otra manera?

—Por supuesto, D. Ramón, para mí es un honor que tenga la confianza de considerarme su amigo, esa es mi misión. En cualquier caso puede dirigirse a mí del modo que estime más conveniente.

—Entonces, amigo Cyborg Uno, hay una cosa que me llama la atención. Cual es el papel de los médicos? Parecen no hacernos caso.

—Sí, D. Ramón, sí nos hacen caso. Como le dije antes, ellos reciben en todo momento información instantánea de sus datos, y de las posibilidades diagnósticas y terapéuticas que los algoritmos plantean, y vigilan que este proceso funcione adecuadamente tanto en lo tecnológico como en la más correcta praxis médica.

—Entonces, si todo funciona tan exacta y controladamente, por qué se necesitan cuatro personas?

—Buena pregunta, D. Ramón. Ocurre como en eso que ustedes denominan música clásica. La formación perfecta es el cuarteto, pues en el caso, tan altamente improbable que se considera estadísticamente despreciable, algo se saliera de norma, es el número ideal para que la opinión o se imponga por una considerable mayoría de tres, o se vean impelidos a deliberar hasta llegar a un acuerdo. Como ve el sistema contempla todas las posibilidades, y eso a ustedes los humanos parece que les proporciona tranquilidad y confianza, que en definitiva es bienestar.

D. Ramón pensó para sí que era bueno que aún persistiese algún concepto basado en el mundo clásico, pero se abstuvo de manifestarlo por respeto a Cyborg Uno, que tan amablemente se comportaba con él y por el que comenzaba a sentir una cierta simpatía.

En estos pensamientos estaba cuando por la música ambiental sonó una suave melodía, que D. Ramón identificó como el Aria de la Suite nº 3, de Bach, y se congratuló de esta otra manifestación del mundo clásico.

Cyborg Uno se desplazó a uno de los laterales de la sala, el que quedaba debajo de la cristalera. Extrajo algo en un buzón de la pared, y a continuación volvió junto a D. Ramón con un amplio dossier.

—Bueno, D. Ramón, todo se ha desarrollado de acuerdo con lo esperado. Nuestro equipo ya tiene su diagnóstico y la propuesta de tratamiento, y el balance estadístico muestra que el pronóstico es bueno en un noventa y nueva por ciento, es decir en su totalidad.

>>En este dossier tiene en primera página estos datos, y en páginas interiores todos los detalles del proceso que usted podrá leer para mayor información. En su lenguaje humano podemos decir que hemos tenido suerte. El diagnóstico principal es el de Tumor de San Peregrino…>>

—Eso de «tumor» me alarma, amigo Cyborg Uno.

—No, en absoluto, D. Ramón -respondió Cybor adaptando su voz al tono más suave, convincente y empático de su amplio repertorio. Se trata de un proceso de autocuración. Se comenzaba a desarrollar un tumor en uno de sus riñones. Por fortuna una infección en el mismo ha desencadenado una respuesta inmune intensa y el tumor ya está disminuyendo y en pocos días desaparecerá.

>>Como ve, ciertamente podemos hablar de buena suerte. La única consecuencia es que tendrá que quedar ingresado en el Centro hasta controlar la infección con los antibióticos que el algoritmo nos indica como eficaces al cien por cien y posteriormente que nuestro equipo certifique la desaparición del tumor. A partir de ahí, como ustedes dicen, asunto concluido.

—Gracias, Cyborg Uno, me tranquilizas, confío en tí. Estoy cogiéndote simpatía, ¿sabes?. Eres muy amable.

—Gracias, D. Ramón. Es para mí un honor, aunque no tiene ningún mérito, para eso estoy programado, y lo que le cuento son datos objetivos.

>>Bueno, dentro de unos minutos, otros dos compañeros Cyborg los trasladarán a su habitación. Yo estaré en todo momento informado de su situación, y pasaré periódicamente a saludarlo, pero si en cualquier momento precisa algo no tiene más que llamarme en voz alta. Los sensores de control que tiene instalados remitirán su demanda a los míos y yo acudiré.

Efectivamente no habían transcurrido aún cinco minutos cuando otros dos Cyborg, igual de antropomorfos y amables que los anteriores condujeron con toda suavidad a D. Ramón hacía su habitación. Esta en nada recordaba a una estancia hospitalaria sino que parecía una lujosa habitación premium en un hotel de cinco estrellas dedicado al relax.

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Amplia, luminosa, continuando con la música ambiental suave y con ventanales que remitían a un tupido y sugerente jardín, sus paredes en tonos pastel y verde claros que concertaban con el mobiliario y todo el ajuar de la misma, la dotaban de un ambiente cálido y acogedor. Estaba además equipada con todo el utillaje tecnológico (amplia televisión plana, ordenador, tableta electrónica, teléfono) que un empresario moderno puede requerir para realizar su trabajo o gozar de un ocio relajado.

Una vez instalado en semejante ambiente D. Ramón, y tras el ajetreo de sus últimas horas, se dejó acoger por una sensación de placidez que lo sumió en un reparador sueño.

Al día siguiente despertó con sensación de mejoría y bienestar. Un completo y saludable desayuno fue el complemento perfecto. El día transcurrió con gran satisfacción. Al fin y al cabo parecía que su salud se recuperaba. Cyborg Uno así se lo confirmaba al darle los partes periódicos de los informes emitidos por el algoritmo y ratificados por el cuadro médico. Además allí tenía todo lo necesario para disfrutar de un descanso que sin duda se merecía.

Así pasaron otros dos días completos, pero en la media tarde del tercer día D. Ramón comenzó a sentir una sensación de disconfort que, aunque más suavemente le recordó a la sintomatología de su enfermedad, y eso le produjo gran ansiedad.

—¿Qué me está pasando, Cyborg? -comentó, dejando traslucir su inquietud.

—No creo que sea nada grave, D. Ramón -recurriendo una vez más al tono más tranquilizador y empático de su repertorio. No ha saltado ninguna alarma, pero no obstante el próximo informe del algoritmo nos lo aclarará.

Pero no sucedió así. El informe del algoritmo no era el que se esperaba y deseaba. Textualmente decía:

—Las constantes vitales, los datos hemáticos y bioquímicos y las exploraciones electrocardiográficas y de imagen permanecen estables y dentro de los límites correctos. No obstante en el epígrafe referido a síntomas y signos aparece un warning con una simbología que en el momento actual no se puede identificar. Reiniciaremos el algoritmo para su traducción. Permanezcan a la espera.

El equipo médico no se alteró. Aunque esto no tenía por qué suceder y no les había ocurrido nunca hasta entonces, como clínicos muy bien formados y experimentados que eran, sabían que en medicina las cosas no se pueden asegurar al ciento por ciento, así que esperaron a que el sistema reiniciase los algoritmos.

Más el mensaje fue el mismo, y cuando una tercera vez se reiteró, el equipo medico consideró que había llegado la hora de intervenir. A todas estas, D. Ramón permanecía estable dentro de su disconfort, y su estado de ánimo oscilaba entre la inquietud por la incertidumbre y la confianza en el sistema.

—¿Qué mensaje es ese que genera el warning? —preguntó al sistema el Responsable Uno del equipo médico— ¿Y por qué no se puede identificar? ¿Y en todo caso, cual es el estado general del paciente?

El nuevo informe emitido por el sistema decía: Contestando por orden a las cuestiones planteadas: Primero: El mensaje es: κρύο στην ψυχή. Segundo: Tal grafía pertenece a una lengua muy antigua, que se pierde en la noche de los tiempos, se considera lengua muerta y prácticamente nadie en el mundo la habla en la actualidad. Tercero: En el item referente al pronóstico el dictamen es : Estable pero con posibilidades de empeorar.

En este punto Responsable Uno decidió que habría que razonar al margen del sistema, y manteniendo la serenidad que su profesionalidad exigía. Así se lo transmitió a los otros tres componentes del equipo, al tiempo que les comentaba:

—Estimados colegas, les voy a proponer algo que a priori podría sorprenderles, pero les ruego lo consideren. Llegados a este punto y sin que los algoritmos nos aporten ninguna solución, si les parece bien podemos intentar saber la opinión de Marcelino. Es lo suficientemente viejo para haber oido muchas historias antiguas y además es persona que siempre sorprende por sus curiosidades y habilidades. En definitiva no perdemos nada por conocer su opinión.

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Marcelino era una persona que estaba allí desde siempre. De hecho cuando se derribó el antiguo hospital para aprovechar el solar y construir el TCH, Marcelino, que ya era muy mayor, pertenecía al equipo de mantenimiento. No se le conocía domicilio fijo ni familiar, y un poco por pena se decidió mantenerlo en la nueva institución. Callado, discreto, siempre sonriente y amable, permanecía la mayor parte del tiempo en los talleres, realizando pequeños arreglos manuales y encargándose del mantenimiento básico. Nadie conocía su formación o si tenía o no titulación alguna, pero la verdad es que era sumamente habilidosa en sus tareas. Incluso en ocasiones alguno de los Cyborgs se dirigía a él para que les ajustase alguna de sus piezas.

Cuando le solicitaron que acudiera a la sala de pantallas lo hizo con su sonrisa y discreción habituales.

—Marcelino, por favor, queremos pedirle una opinión. ¿Usted sabría decirnos algo a cerca de este extraño mensaje que nos indica el algoritmo? ¿Qué es? ¿Qué podría significar? Por supuesto si no puede o no sabe, no se preocupe, comprendemos que lo que le planteamos puede ser difícil y que, por supuesto, no es su cometido.

—Muchas gracia por su confianza, doctor —asintió el bueno de Marcelino. Y no se preocupe, es algo fácil para mí.

En este punto los cuatro miembros del equipo médico se miraron entre sí con cara de estupor pero de alegría.

—Por favor, Marcelino, explíquese, es algo que puede ser muy importante para nosotros y sobre todo para el paciente.

—Pues miren, ese mensaje es una frase en un idioma que yo estudié en mi ya lejana juventud, y en el que todavía hoy leo algún viejo libro. Ese idioma se llama griego, y la frase en cuestión significa frío en el alma. No sé si eso será suficiente para ustedes, pero es cuanto yo puedo decirles.

Los miembros del equipo volvieron a mirarse nuevamente al tiempo que sentían la satisfacción de que una posible solución se podía vislumbrar para el caso de D. Ramón.

—Gracias, Marcelino, gracias. Le aseguramos que ha hecho usted una gran tarea, que ha de ser motivo de consideración y recompensa. Cuando quiera puede retornar a sus tareas, y le prometemos que le mantendremos informado de los resultados de su importante aportación.

—De nada, doctor, siempre es una satisfacción ayudar, máxime cuando es en beneficio de un paciente, y además también para mí es una satisfacción personal, y con ello ya tengo una gran recompensa, poner en práctica algo que en mis tiempos llamaban humanidades, y saber que sí siguen teniendo una importante utilidad para los seres humanos.

Una vez Marcelino se hubo marchado, Responsable Uno convoco al equipo a sesión clínica:

—Como ustedes ven este es un caso del todo inusual —expresó—. De hecho es la primera vez que nos enfrentamos a un problema que supera todos nuestros protocolos, y es evidente que estamos en punto muerto. Pero, por supuesto, como siempre debemos mantener la serenidad y constancia, y para ello debemos hacer un stop, borrón y cuenta nueva, y comenzar a considerar el caso desde un principio, desde cero. Y dado que nuestro algoritmo reiteradamente se bloquea, y el único dato que tenemos es el de un extraño diagnóstico en una lengua denominada clásica, propongo que también retornemos a los métodos clásico, a la vieja semiología clínica, y en este sentido creo que corresponde a nuestra Residente de Primer Año (R1), la Dra. Adela Pérez comenzar realizando una detallada historia clínica.

—Gracias, doctor. Es para mí un honor —replicó esta, emocionada.

—Pues ya puede bajar a la cama del paciente y comenzar su tarea. Esté tranquila y aplique sus conocimientos al respecto. Sé que hará una muy buena tarea.

Cuando la Dra. Pérez llegó a la altura de la cama del paciente, este dormitaba con aspecto levemente inquieto. Ella puso su mano sobre el dorso de la muñeca de D. Ramón al tiempo que con voz suave pero firme le comentaba:

—Buenas tardes, D. Ramón. Lamento molestarlo. Me presento, soy la Dra. Pérez, y en este momento soy la responsable de realizar su historia clínica en busca de los datos que seguro que nos permitirán solucionar sus problemas.

Al percibir el tacto de aquella mano Apilánez experimentó una sensación nueva que no había experimentado en el tiempo de su ingreso. El tacto era suave, también el de los Cyborg lo eran, pero este tenía una suavidad distinta, especial, y transmitía un calor que le penetraba y llegaba directamente al centro de su malestar.

A continuación Adela instintivamente se sentó en la cama del paciente. Cuando fue consciente de ello, exclamo:

—Perdón, D. Ramón, si le molesto o incomodo, me retiro.

—No, por Dios, hija, y perdona que te llame así, que por edad podrías realmente serlo, y por ello si no te incomoda a tí, te tutearé. Mira, te diré que tu gesto me ha traído entrañables recuerdos de la infancia. En aquel entonces, en mi pequeño pueblo de nacimiento teníamos un médico de atención primaria (de cabecera, se decía) que se llamaba D. José. Pues bien, cada vez que alguien de mi familiar estaba enfermo y D. José acudía a visitarlo en nuestra casa, siempre se sentaba en la cama del paciente, y eso nos daba una sensación de cercanía que también formaba parte del tratamiento.

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Posteriormente, a medida que la Dra. Pérez le iba preguntando por sus antecedentes y la evolución de su sintomatología D. Ramón se iba relajando con el tono su voz y, aunque le parecía increíble, iba notando una sensación de bienestar y mejoría.

—Bueno, creo que con todo esto que me contó tenemos información muy valiosa para abordar su problema. Ahora permítame que le realice una exploración física. Si en algún punto le duele, o simplemente le incomoda, por favor, dígamelo.

La Dra. Pérez fue minuciosa en su exploración. Con suavidad, pero una vez más con firmeza, inspeccionó, palpó, percutió y auscultó a lo largo de todo el físico de D. Ramón. Una vez acabada esta, dijo:

—Con todo esto yo ya tengo formada una opinión del origen de su malestar, pero antes de explicársela debo compartir todos los datos con mis compañeros de equipo. Cuando lleguemos a una impresión común, se la comunicaré, y le daré todas las explicaciones que sean necesarias. De momento, ¿quiere contarme o preguntarme algo más?, ¿hay algo que le inquiete especialmente?, ¿quiere que le explique algo en concreto?

—No, hija, no. Muchísimas gracias. Estoy muy tranquilo en vuestras manos. Sé que llegareis al origen y solucionaréis mi malestar. Unicamente como curiosidad, ¿ahora siempre escribís en la tablet? ¿Ya no utilizáis nunca papel y lápiz?

—Ya nunca, D. Ramón. Este método tiene muchas ventajas. A parte de ser más cómodo y ahorrar mucho papel, permite que los datos se inscriban en tiempo real en el sistema, y que este pueda permitir a sus algoritmos trabajar con ellos de forma instantánea —replicó Adela, con un deje de juvenil orgullo.

—Ya, eso si —admitió D. Ramón. Pero, ¿y si un día el sistema se cae, como yo digo en broma, si se marcha la luz? Podrían perderse los datos, y además la intimidad queda muy en entredicho, pues cualquiera puede tener acceso al sistema, ¿no?

—No se preocupe, D. Ramón. Eso nunca sucederá, además siempre hay establecidos protocolos de seguridad. Y en todo caso, tengo oido que en los tiempos del papel, en los servicios de archivos hospitalarios con sus grandes estanterías física también desaparecían historias.

—Tienes razón, hija, todo eso es cierto. No hagas caso a este viejo maniático y nostálgico. Los tiempos cambian y traen grandes ventajas que no se deben desdeñar. Anda, convence a tus compañeros de tus teorías que seguro son las ciertas y curadme para que me pueda volver a mis asuntos.

—Gracias, D. Ramón. Y ahora, descanse —dijo Adela a modo de despedida y apoyando nuevamente su mano en el dorso de la del paciente, en un gesto que tenía también algo de caricia. Aquel paciente tan sereno y tan correcto, que por edad podría ser su padre, despertaba en ella una especie de ternura especial, lo que pensaba que en absoluto estaba reñido con el buen ejercicio del arte médico, sino todo lo contrario.

Cuando posteriormente expuso sus impresiones a sus compañeros estos estuvieron plenamente de acuerdo con las mismas, así que Responsable Uno dijo:

—Dra. Pérez, le corresponde a usted transmitir las debidas explicaciones al paciente, así que la acompañaré para tal tarea.

Y llegados a la cama del enfermo le comentó:

—Sr. Apilánez, la Dra. Pérez, tras realizar su historia clínica y la exploración que le ha realizado nos ha esbozado su opinión clínica, que todo el equipo suscribimos al 100 %, así que yo no tengo más que añadir salvo que manifestarle que ha tenido gran suerte al contar con su sagacidad profesional. Por tanto, me retiro para que ella le explique todos los pormenores de su proceso, alguno de ellos francamente curioso y muy aleccionador para todos nosotros. También he de agradecerle la confianza y paciencia que ha depositado en nosotros y le aseguro que a partir de ahora su mejoría será continua.

—Muchas gracias, Dr. —dijo Adela, sinceramente emocionada.

Cuando Responsable Uno se disponía a marchar, D. Ramón dijo:

—Doctor, un momento. También yo quiero expresarle mi admiración por todo lo referente a su Centro Hospitalario, su nivel tecnológico y su organización. Sé que estoy en las mejores manos posibles y, por supuesto, no se aún lo que me va a explicar la Dra. Pérez, pero estoy convencido, y quiero dejar constancia de ello, que el trato humano que me regaló fue el comienzo de mi esperanza y por tanto el mayor apoyo para mi curación.

—Así es, D.Ramón, así es —exclamó Responsable Uno. Y ahora los dejo para que ella le explique.

Tras unos segundos de emocionado silencio Adela relató a D. Ramón todo lo sucedido desde el primer momento en que el algoritmo del sistema comenzaba a detectar anomalías en su evolución y se bloqueaba con diagnósticos incomprensibles para él y para todo el equipo. Le relató también la aparición en escena de Marcelino y su actitud clave para la comprensión del misterio tecnológico que planteaba el caso, y finalmente le explicó que tras la minuciosa exploración física y el hecho de que los parámetros físicos, tanto analíticos como radiológicos fueran totalmente normales, les llevaba al convencimiento de que su estado era producido por una reacción psicosomática, producto de un síndrome disadaptativo entre el entramado cultural de su personalidad y la excesiva tecnologización del entorno, produciéndole un alto nivel de angustia.

—De hecho, nada más concluir la exploración física el sistema comenzó a comunicarnos que detectaba una mejoría, y que eliminaba el warning diagnóstico previamente emitido —relató Adela. Pero, quiero insistir, D. Ramón, en que la clave para la solución de todo este embrollo nos lo dio Marcelino con su conocimiento de las raíces históricas del asunto, y del que todos hemos aprendido mucho, una lección muy importante que no olvidaremos.

—Mira, Adela, te aseguro que desde el primer instante en que te acercaste a mi cama, y supe que iba a ser tratado por un ser humano con quien podía hablar y contrastar opiniones y sentimientos, comencé a sentirme cada vez mejor. Y eso sea dicho con toda la admiración y respeto a los Cyborg y los múltiples sistemas tecnológicos. Todo es necesario y todo ayuda, por supuesto, pero el paciente, como ser humano, además de ello, necesita sentir esperanza y eso es algo que solo se encuentra en la relación de confianza mutua con otro ser humano, eso que vosotros llamáis desde siempre la relación médico-paciente.

>>Por último, Adela, a parte de expresarte mi gratitud que será eterna, quisiera pedirte un favor, si fuese posible.

—Usted, dirá, D. Ramón.

—Quisiera conocer a Marcelino, y expresarle a él también mi gratitud.

—Por supuesto, D. Ramón. De hecho yo iba a pedirle a usted permiso para propiciar esa entrevista.

Así fue que al cabo de unos minutos Marcelino se aproximó al borde de la cama de D. Ramón. Este no pudo evitar el instinto de levantarse y fundirse en un emocionado abrazo con el primero. Después estuvieron charlando un largo rato, contándose sus vidas, que tenían muchos puntos en común, puesto que ambos habían recibido el mismo tipo de educación, incluyendo aquellas antiguas asignaturas que llamaban humanidades.

Tras la visita de Marcelino el algoritmo reportó un nuevo incremento en la mejoría del paciente, hasta llegar al rango de curación.

P.S.: Me cuenta la Dra. Pérez, cuando coincido con ella en algún congreso médico, que el Sr. Apilánez continúa acudiendo con una cierta frecuencia al TCH y, a parte de llevarle un ramo de flores para ella y una caja de bombones para el resto del equipo, saluda a los Cyborg y busca a Marcelino. Después ambos salen a tomar café en una terraza cercana, y le consta que pasan largos ratos hablando de literatura, música y otras amenidades similares.

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Un mes, un libro (VII): El Gatopardo

23 Jul

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Me pides que, teniendo en cuenta nuestra afinidad en gustos literarios, te sugiera algunos títulos para tu merecido descanso estival. Pues bien, considerando nuestra también coincidencia con la máxima horaciana de enseñar deleitando comienzo por una obra que creo cumple sobradamente dicho propósito. Me refiero a la única novela de Giusseppe di Lampedusa, la titulada El Gatopardo. Y digo lo de enseñar pues se trata de una obra que contiene múltiples capas o niveles diferentes de lectura de los que podemos obtener variados valiosos aprendizajes.

El autor crea un alter ego, o mejor diríamos un alter nos, con cuya descripción de sus personalidades e interrelaciones va formando, como muy bien señala Jorge Reverte en su bella obra Suite Italiana, <<un retablo políptico de ocho escenas>> que le permite reflexionar sobre la naturaleza del alma humana, las transformaciones sociales y sus interrelaciones.

La acción se sitúa entre 1860 y 1910, alrededor de los hechos acaecidos en Italia con motivo del desembarco de Garibaldi en Sicilia y posteriores acontecimientos del Risorgimento o unificación italiana. Es en este marco donde el autor comenta la cotidianidad de una familia de la nobleza, los Salina, y todo el contexto social que los rodea, así como las interrelaciones que se establecen entre ella y las clases populares a través del noviazgo de Tancredi Falconeri, sobrino del príncipe paterfamilias, y Angélica, hija de don Calogero Sedàra, prestamista y usurero burgués de origen humilde, que se enriquece con el engaño y la política (¿o es lo mismo?).

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El texto está escrito entre 1954 y 1957, cuando ya las vanguardias están más que plenamente consolidadas y se lleva entre los intelectuales y artistas un marcado compromiso social. Sin embargo el estilo de nuestra obra está ajustado al realismo decimonónico con preocupación por la realidad de cada día, en una descripción que bien podrían haber hecho nuestros Pérez Galdós o Clarín, eso sí, salvando las idiosincrasias que la evidencia geográfica condiciona, que en la novela se convierte en un personaje más. Además también lo recorre un cierto tardorromanticismo que incide en el desarrollo de los sentimientos y las emociones, al punto que Peter Robb, en su premiado libro Medianoche en Sicilia, afirma que <<El Gatopardo parece una novela. Siempre se ha tomado por una novela, pero en realidad es una gran meditación barroca sobre la muerte>>.

El autor relata, como decíamos, el acontecer cotidiano de una familia, los Salina, trasunto de la suya propia, pero con un siglo de anticipación, y sin que haya ritmo novelesco al uso, esto es, no hay una intriga ni modificaciones de los personajes, si no que lo importante son las reflexiones de ellos, fundamentalmente de D. Fabrizio, Príncipe de Salina, el propio Giuseppe de Lampedusa, sobre el devenir de los acontecimientos. Y lo hace con distanciamiento escéptico, irónico y crítico hacia una clase social que era la suya, pero con una gran clarividencia, capaz incluso de crear un género político, el <<gatopardismo>>, el «cambiar todo para que nada cambie», algo que desgraciadamente atraviesa la historia de la humanidad de forma transversal y reiterada, llegando irremediablemente hasta nuestros días. Incluso el propio Leonardo Sciascia, que en un primer momento criticó duramente la actitud ideológica del autor, posteriormente de una forma valiente admitiría que <<por desgracia, Lampedusa ha tenido razón y nosotros nos equivocamos>>.

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En cuanto a lo literario el estilo es brillante, el lenguaje, riquísimo, la penetración psicológica en la descripción de los diversos personaje, deslumbrante, a mi modo de ver su mayor acierto y el ritmo no decae en ningún momento, regalándonos disfrute continuo durante toda su lectura.

Y a pesar de todo ello, a pesar que Louis Aragón declarara que El Gatopardo es <<Una de las grandes novelas de este siglo, una de las grandes novelas de todos los tiempos, y tal vez…la única novela italiana>>, otro aspecto irónico habitual: en un primer momento, cuando el original fue enviado por el primo del autor, Lucio Piccolo, fue rechazado por editoriales aparentemente tan significativas como Einaudi o Mondadori. Solo dos años después, ya fallecido el autor, la agente literaria Elena Croce encontró casualmente una copia que había recibido y olvidado en un cajón. Admirada se la pasó a Giorgio Bassani que en aquel momento comenzaba a dirigir una linea de narrativa en la editorial Faltrinelli. Entusiasmado la editó, con prólogo propio, en noviembre de 1958. Año y medio después alcanzaba las cincuenta y dos ediciones, y cerca de un millón de ejemplares vendidos.

¿Injusticia?, ¿ignorancia?, ¿estulticia? Demasiado a menudo suceden estas cosas en la historia del arte, más sea como sea, lo importante es que ahora sí podemos disfrutar de la maravilla que significa, y tal día como hoy, veintitrés de julio, y sesenta y cinco años después de su muerte, podemos rendir un emocionado homenaje de admiración a Giuseppe Tomasi de Lampedusa, el auténtico Il Gattopardo.

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P.D.: Por favor, no dejen de leer también la otra obra citada en este comentario, la Suite Italiana, de Javier Reverte, de donde están sacados alguno de los datos mencionados.

Parada discrecional: Bueño

10 Jul

A escasos nueve kilómetros del centro de la ciudad de Oviedo, en el vecino concejo de Ribera de Arriba, a los pies de la central térmica de Soto de Ribera (¡Ay, el carbón, cuanto daría para hablar! pero ese es otro tema) encontramos la hermosa localidad de Bueño.

Famoso por su paseo de los hórreos, exhibe posiblemente la mayor concentración de estos singulares elementos etnográficos y de sus compañeras las paneras. Unos cuarenta y siete se pueden contabilizar, así como una instalación museística al respecto, el Centro de Interpretación del Hórreo.

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Pero son más los aspectos destacables de este bello pueblo. En lo arquitectónico están la capilla de San Juan de Mata, pequeña construcción de estilo popular datada en 1752, la Escuela de Niños Graciano Sela, construida en 1928 y que en la actualidad es Casa de Cultura, y el Palacio de los Prieto, casona del siglo XVIII, ligada a la familia del filántropo Carlos Prieto, familia por cierto de muy amplias connotaciones musicales, y hoy de propiedad municipal.

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Además este idílico lugar, pleno de tranquilidad, de amplias y muy llanas praderías, donde se respira sosiego, con una población que no sobrepasa los ciento cincuenta habitantes, es admirable por su destacada actividad cultural. Una activísima Asociación Cultural de Bueño organiza regularmente un ciclo internacional de jazz al aire libre, un concurso de Pintura al Aire Libre, así como otras exposiciones, ciclo de Cine al Aire Libre, Noche de fado y poesía, ciclos de conferencias, excursiones y otras muy variadas actividades.

Por todo lo anterior fue más que justa la concesión en 2012 del premio Pueblo Ejemplar de Asturias, otorgado por la Fundación Princesa de Asturias.

También por todo ello consideramos más que recomendable una visita a este idílico lugar. Pasear por sus caminos regala sosiego.

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Y como los asturianos no entendemos ninguna actividad cultural o turística que no tenga su correlato gastronómico, es de mención el restaurante El balcón de Bueño. Instalado en una casona que se integra perfectamente en el entorno, con una preciosa decoración interior en sus dos pisos, en el inferior reproduce también el ambiente de bar-tienda que tan popular fue en los pueblos asturianos. La cocina es de una gran calidad, que podíamos denominar clásica con toques de creación, y siempre con gran delicadeza en la presentación de los platos, decorados con flores. El trato es de una amabilidad y detalle francamente encomiables.

Con todas estas razones, ¿quien no se va a animar a visitar Bueño? Seguro que me agradecerán el consejo.

Al trantrán

14 Jun

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Pues así a lo tonto, a lo tonto, al trantrán, uno de los marcadores de la plataforma me indica que esta entrada será la ducentésima desde que comencé a publicarlas allá por el año 2012. Un ordinal ya significativo, amén de redondo, que puede ser una buena excusa para reflexionar sobre el mismo.

Antes de seguir he de hacer una salvedad. En realidad mis comienzos blogeros fueron en 2009, en otra plataforma cuyo marcador me indica que tiene veintiséis entradas más hasta confluir con la actual, pero sinceramente creo que estos pequeños detalles materiales no interfieren con las reflexiones que me trato de imponer.

Volvamos al principio, en que mi amiga me dijo:

—¿Por qué esa manía que te ha dado ahora de publicar un blog?

—Porque me divierte escribir, siempre me ha gustado y ahora tengo tiempo para ello -le repliqué.

—Vale, entiendo que te guste escribir, y que lo hagas para tí, pero eso no implica que tengas que publicar lo que escribes. ¿Qué le importa al ciberespacio a donde vas de viaje, con quien vas a la ópera, que libros lees o que opinas sobre no sé que cosas?

Callé por no iniciar una discusión que pudiera erosionar nuestra amistad, y sobre todo por la razón fundamental por la que procuro no discutir nunca: porque tal cosa me da mucha pereza.

Pero la verdad es que sus cuestionamientos no me cayeron en saco roto, sobre todo viniendo de una cabeza tan bien amueblada como la de mi amiga. Y no solo no los desestimé sino que las dudas aumentaron cuando algunos otros amigos de verdad, de los que conozco la sinceridad de sus afectos, me insinuaron que todo el que publica, sea en el medio que sea, lo hace por una u otra forma de vanidad. Incluso uno de ellos, cuya inteligencia, sentido del humor (¿no son ambos la misma cosa?) y buena literatura, que acaba de publicar su primera novela admite que el ejercicio de exhibicionismo que conlleva escribir se convierte en un paseo desnudo por la plaza del pueblo en una gélida noche de invierno.

Así pues se imponía meditar sobre la cuestión. Yo nunca me consideré vanidoso, pero ¿y si estaba equivocado? Si todos lo dicen, quizá sea así. No cabe duda, debo repensar por qué escribo, y este redondo ordinal me da un pretexto para ello tan bueno o tan malo como cualquier otro.

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Eso sí, reivindico mi aserto inicial: escribo porque me divierte. Además es uno de mis refugios. No solo ocupa mis pensamientos y los desvía de otros más desagradables, sino que puedo crear un mundo a medida de mis gustos e ilusiones. A otros les da por pintar, dedicarse a la jardinería, correr o leer. A mí me divierte escribir. Y desde que lo hago aprendí muchas cosas. Debo esforzarme para encontrar las palabras exactas y comprobar su significado, tengo que cuidar la composición de las frases, que las historias o los datos volcados en el escrito tengan verosimilitud y sean exactos, y al comprobarlo voy aprendiendo. Además hay que dar coherencia y solidez a la estructura de lo escrito, tanto en lo formal como en el contenido.

Curiosamente, aunque tal vez no sea tan sorprendente, también he modificado (creo que a mejor) mi hábito lector, no en vano, como dice Jordi Nadal, <<escribir bien suele ser el resultado de leer bien>>. Me fijo más en aspectos que van más allá del mero contenido, trato de comprender las estructuras de las lecturas, buscar su posible función expresiva, conocer más a fondo al autor y sus circunstancias, valorar sus posicionamientos, y he adquirido la manía, que les recomiendo, de leer teniendo cerca el smartphone o la tablet como artilugios que me permitan tener acceso a internet y comprobar personajes, ambientes o conceptos, lo que hace que esos aprendizajes a los que antes aludía se multipliquen con el ciberespacio.

También he aprendido otras dos cosas. Una, corregir, corregir, corregir hasta la saciedad los escritos. Es tedioso, sí, pero siempre compruebo que cuando ya creía el texto terminado, aparece algo susceptible de corrección. Otra, es conveniente dejar reposar lo escrito un tiempo equis antes de su publicación, pues los sentimientos que lo generaron pueden haber variado y ser considerados dignos de un nuevo cauce o modificación.

Pues todas esas satisfacciones, y otras muchas, me da el escribir. Por eso me divierto. Pero, ¿en definitiva, hay que publicar o no? Al fin y al cabo pasa algo similar a cuando alguien está aprendiendo a tocar un instrumento musical. Lo hace para si mismo, para su propio divertimento, sin que piense llegar a ser un concertista de élite, pero el hecho de tener que tocas ante algún público, por pequeño y cercano que sea, le obliga a esforzarse en el aprendizaje.

Después de todas estas consideraciones, al final quizá sí es que, aunque no me lo creía, sea algo vanidoso. El cuanto, júzguenlo ustedes. O quizá es que hay otras razones ocultas en el fondo del psique que me impulsen a ello. ¡Pero no hay que abrir todos los armarios!

At last but no least gratitud sin límites a esos setenta y nueve seguidores fijos y esos otros trescientos diecisiete ocasionales, por su paciencia y generosidad.

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Un mes, un libro (VI): Cuentos de amor, de Dña. Emilia Pardo Bazán

22 May

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Vivir es tener opiniones, deberes, aspiraciones, ideas. No pensar por decreto.

Dña. Emilia Pardo Bazán

Avisado lector, sé que con frecuencia gustas de sumergirte en los clásicos cual piélago donde sedimentan nuestra cultura y nuestra civilización. Y ahí, como los buscadores de perlas, escoges relatos cortos que, al margen de su tamaño, encierren calidad y bellas formas.

Con estas dos agujas  puedes navegar por múltiples rutas desde la antigüedad hasta nuestros días: Las mil y una noches, Calila y Dimna, los cuentos del Conde Lucanor,  el Decamerón de Bocaccio, las Novelas ejemplares de Cervantes, los Cuentos de Kafka, de Julio Cortazar, Juan Rulfo,  Dostoievski, o Chejov. Pero yo te recomiendo que recales durante algún tiempo en el puerto de Dña. Emilia Pardo Bazán.

Mucha Dña. Emilia…dice mi amiga, y es muy cierto porque Pardo Bazán es persona y personaje. Tanto en lo íntimo como en lo ideológico o lo literario no conoce barreras, no tiene prejuicios, se salta victoriosamente todos aquellos convencionalismos que su época trataba de imponerle. Es la suya una imagen poliédrica, con muchas caras diferentes, con luces y sombras, en una autora que fue bastante ignorada y no solo en su tiempo. Anecdóticamente citaré que repasando los ya muy viejos libros de aquel mi lejano bachiller, en la Antología Literaria Española Contemporánea, firmada nada menos que por Lázaro Carreter y Correa Calderón en el año 1964, que comienza con Bécquer y termina con Celaya, no se la menciona.

En el plano ideológico gustaba de moverse con gran facilidad en la dicotomía, aspecto este que la autora nunca rehuía aunque le supusiera al menos tantas fobias como filias.

<<…con evidente perspicacia…establecía claramente las fronteras entre patria y tierra…>>

Ramón Villares.- Universidad de Santiago de Compostela

Lo mismo ocurre en cuanto a sus convicciones íntimas en las que distinguía entre razón y fe, ella que tan reiteradamente confesó su profesión de fe católica. Recuerda la actitud unamuniana, sin el carácter trágico de este, sino abordándolo con gran coraje, y en muchas ocasiones con humor. Aquí se ponen de manifiesto dos conceptos que podían ser transversales en la actitud intelectual de Pardo Bazán: su modernidad y su independencia, que ejercitados en terreno tan delicado nos dan como resultado otro de sus valores: la valentía. Dignos de mención en este sentido son sus análisis sobre el feminismo y la Iglesia.

Todo ello, no cabe duda, la hizo un personaje incómodo no solo durante su tiempo, recuérdese la polémica intelectual que se generó con su intento de acceso a la Real Academia, sino también tras su muerte, hasta el punto de estar oculta, como otros muchos intelectuales, por un régimen, el franquista, para quien estas ansias de cultura y libertad se hacían indigeribles. En el caso de Pardo Bazán con la trágica ironía de la usurpación de un lugar, las Torres de Meirás, que ella había construido como expresión y a medida de su personalidad.

En lo literario hay que señalar como una de sus características, amén de su calidad, la prolificidad. Además de veintiocho novelas, escribió seis libros de viaje, siete obras dramáticas, dos composiciones poéticas y numerosísimas colaboraciones periodísticas, así como cuatro biografías, dieciséis volúmenes críticos y veintidós de correspondencia personal, además de dos traducciones. Y por supuesto los Cuentos, entre los que en una primera aproximación pude localizar cuatrocientos diecinueve, muchos de ellos agrupados en series de diferentes temáticas (Cuentos escogidos, de Marineda, Cuentos nuevos, Cuentos de amor, sacro-profanos, dramáticos, de Navidad y Reyes, de la patria, antiguos, actuales, trágicos, de la tierra   o de Navidad y Año Nuevo, y otros sin agrupación específica)

Comprenderás fácilmente, avisado lector, que el análisis de esa ingente producción supera con mucho mis capacidades y la intención de este escrito, por lo que ciñéndome a mi recomendación inicial de los cuentos, te sugiero la serie de los cuarenta y cuatro Cuentos de amor.

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En ellos está recogida toda la esencia de la literatura de Pardo Bazán: prosa elegante, léxico riquísimo, relatos bien armados, con ritmo que mantiene in crescendo el interés del lector para llegar a unos finales habitualmente sorpresivos, y todo ello acompañado de humor, ironía y en ocasiones una muy sutil crítica social.

A su vez, en lo temático destaca la variación, pues contempla el amor como algo polifacético que puede ser abordado con muy diversos puntos de vista. En ocasiones parece una fantasía delirante, otras veces predomina el desamor y el desengaño, y por supuesto, el engaño.

También aparece, ¿cómo no?, el monstruo de los celos, y en casi todas las ocasiones la ternura. Todo ello mostrando las múltiples caras de algo que por ser pasión no puede quedar encerrado en una fría clasificación, que una cosa es admirar la belleza de las mariposas y otra muy distinta el estudio de la entomología.

Me preguntas que cuáles te recomiendo, que por donde empezar. La respuesta, aunque sé que te defraudará, es sencilla: léetelos todos, y el orden no importa. Al ser relatos cortos permiten una lectura cotidiana para la que es fácil encontrar tiempo. Un ritmo de dos por día es posible y una dosis que no te saturará, que hasta el mejor vino en exceso abotarga los sentido y elimina el disfrute . Así en menos de un mes te habrás regalado una terapia completa de belleza que tu espíritu agradecerá para siempre. Pero eso sí, léelos con tranquilidad y sosiego, centrándote en cada uno de ellos, paladeando cada palabra, cada construcción de la frase y aprovechando el conocimiento de los términos hoy inusuales, esa riqueza léxica a la que antes hacía alusión.

Una advertencia quiero hacerte: ponte en el espíritu de la época, tercio final del siglo XIX, donde el estilo literario era muy diferente e incluso también los conceptos sociales. Pero no olvides que en cualquier etapa de la historia del arte, en todas sus variantes, nos podemos encontrar con la belleza.

Estoy seguro de que al terminar me agradecerás la sugerencia.

P.D.: Por si todo esto fuera poco, a los cuentos de Pardo Bazán puedes acceder gratuitamente en la página web cuyo enlace te dejo aquí.

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Mirando al bosque: real(e)dades.

20 May

-¿En qué piensas? -me preguntó mi acompañante al observarme ensimismado y aún más, al punto que ni prestaba atención a la copa de exquisito vino blanco que había pedido.

-Pues mira -respondí -por más que lo intento no puedo quitarme de la cabeza la repulsa que me produce la actitud de ese personaje que denominan emérito, y que a mi modo de ver de meritorio no tiene nada, y su desfachatez presentándose aquí como se presenta.

-¿Y por qué ese enojo? Por mal que te pese el personaje es un ciudadano español y no tiene ninguna cuenta pendiente con la justicia, así que está en su derecho a venir y pasear libremente por el país.

-Bueno, bueno…abría mucho que matizar. Que es ciudadano español, legalmente, sí. Pero los derechos y los deberes tendrían que ir siempre de la mano, y en este caso por los cargos que ocupa y las prebendas que ellos le aportan debería estar obligado cívicamente a guardar una serie de actitudes ejemplarizantes que están muy lejanas a las que practica.

>>No solo así él mismo lo reivindicaba en muchos de sus mensajes navideños en los que incluso se permitía dar lecciones de moralidad (ahí están las hemerotecas) sino que incluso por alguna de ellas llegó a pedir perdón y asegurar públicamente que no volvería a suceder. Pero volvió a suceder, y con hechos incluso más escandalosos.

>>En cuanto a las cuentas con la justicia, desgraciadamente todos bien sabemos que el derecho procesal obra milagros al no juzgar el fondo de las cuestiones sino la adecuación de las formas. En cualquier caso además de los juicios que se ventilan en los tribunales, en las sociedades democráticas deberían darse los enjuiciamientos cívicos y políticos.

>>Al respecto, en el caso que nos ocupa hasta la Fiscalía General en su informe de archivo de la causa admite la existencia de sólidos indicios de delito, pero que son difíciles de juzgar por la prescripción de los mismos y por la inviolabilidad del sujeto implicado. Es decir, que no se puede asegurar que no haya cometido delitos sino que se escapa por las rendijas del procedimiento. Y no olvidemos que aún tiene alguno abierto en el Reino Unido donde la inviolabilidad no le serviría.

>>En todo caso, el que un sujeto que vive a cuerpo de rey (lo de la esencia y el merecimiento de ello es otra historia) a expensas en gran parte de dinero público venga a un país donde existen altos niveles de necesidad y pobreza (y no me llames demagogo, es una realidad verificable, y también sé que la responsabilidad no es únicamente de él sino de otras muchas personas e instituciones), te decía, venga en medio de un operativo ostentoso y carísimo a reunirse con sus amigotes para charlas de barcos y regatas, me parece simplemente repulsivo y un insulto intolerable a los millones de conciudadanos que están buscando trabajo (no era un derecho constitucional?) o levantándose muy temprano todas la mañanas para encontrarlo en formas miserables. Todo ello me retrotrae a dieciochescos pasajes fernandinos y aquello de vivan las caenas.

Mi acompañante callaba, no sé si porque asentía o por no discutir. En todo caso yo, que ya estaba embalado, continué:

-Y por cierto, todos los padres también se equivocan a veces, y los de la Patria tienen el mismo derecho, y creo que lo hicieron cuando allá en Gredos redactaron el artículo 56.3, entre otros muchos, y con él sentaron el obsoleto y ridículamente anacrónico concepto de la inviolabilidad del rey. Por eso creo que cuando nuestra desorientada clase política se decidan a repensar sus ideología, la posmodernidad y las consecuencias de la sociedad líquida, si es que les da tiempo antes de caer definitivamente en las garras de los populismos que en estos tiempos son, harían bien en corregir esta anomalía, junto con otras muchas.

>>En fin, aún recuerdo aquel panfletario discurso navideño de 2011 cuando el personaje que nos ocupa, con engolada grandilocuencia, aseguraba que la justicia es igual para todos. Una vez más se cumple el sabio adagio popular que dice que unos son más iguales que otros.

Y dicho esto, con sensación de satisfacción me centré en el antes citado exquisito vino blanco, cuyos aromas y sabores aumentaron aún mucho más esa satisfacción.

Un mes, un libro (V): Obra maestra.

11 May

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Título: Obra maestra

Autor. Juan Tallón

Editorial: Anagrama

Querido amigo A:

A medida que iba leyendo el libro que te adjunto me imaginaba lo mucho que habrías de disfrutar con el mismo. Ahora bien si me preguntas a qué genero deberíamos adscribirlo, francamente no sabría decirte. ¿Es relato novelado de unos hechos reales? ¿Es reportaje periodístico con añadidos novelescos? ¿Es novela negra? ¿Es simplemente la edición de una astracanada, no por ello menos trágica? Júzgalo tu mismo y luego me iluminarás con tu siempre ponderado juicio.

Para ir sacándote de la intriga (¿o quizás para introducirte más en ella?) intento situarte. El origen de lo relatado tiene lugar allá por el año de 1986, en aquella España en plena efervescencia democrática, necesitada de revalidarse en modernidad ante los países de nuestro entorno, como gustaban de decir la clase política y periodística. Para ello, entre otras cosas, se decide hacer, de prisa y corriendo y un poco a la trágala como habitualmente en nuestro país, un museo de arte contemporáneo, el actual Reina Sofía, e inaugurarlo con un ceremonial que asombrase (¡y vaya si asombró!) a ese antes citado entorno presuntamente validador.

Con este motivo se decide solicitar obra para una magna exposición a lo más granado de la modernidad pictórica y escultórica, tanto nacional como internacional. Así se hizo con nombres como Georg Baselitz, que por cierto el día antes de la inauguración se marchó de Madrid indignado por lo que él consideraba un trato inadecuado, Eduardo Chillida, Twombly, Antonio Saura, Antoni Tápies o Richard Serra, todos ellos artistas a los que conoces sobradamente.

Este último respondió con una de sus habituales obras monumentales que tituló Equal–Parallel: Guernica–Bengasi. Fíjate si sería monumental que pesaba ¡treinta y ocho toneladas! (sí, lees bien), y para introducirla en el museo hubo que derribar parte de su recién rehabilitada fachada. Acabada la exposición la obra fue almacenada, y como no era posible hacerlo en el propio museo se encargó el asunto a empresas externas especializadas, acorde con lo que a posteriori se instauraría como tendencia de externalización de los trabajos de la administración. Cuando años después se la quiso volver a exponer, la pieza había desaparecido, y en 2006, es decir transcurridos veinte años, este hecho tuvo que ser admitido públicamente por el museo.

¡Veinte años después! se reconoce que no se tenía ni idea de qué había pasado con una pieza de, te recuerdo, treinta y ocho toneladas, lo que hace que no sea fácil que pase desapercibida, y por la que se habían pagado, y creo que este dato también es significativo, treinta y seis millones de las antiguas pesetas de dinero público.

Hasta aquí los hechos, con alguna cuestión más que va saliendo a lo largo del relato.

¿Qué hay acerca de la obra literaria que origina esos hechos, y de la que estamos hablando?

Como te decía no es fácil adscribirla a un género concreto pues transciende los cánones habituales creando una estructura muy original. Obra coral en cuanto que multitud de personajes implicados van apareciendo en sus páginas relatando la visión de su participación en la historia. El autor organiza estas apariciones de forma muy abierta, asimétrica, con desigual duración de los epígrafes, lo que hace a la obra muy dinámica y con gran agilidad, proporcionando un continuo interés en su lectura.

Además está escrita con una prosa muy elegante que va concediendo a cada uno de esos personajes un tono muy adecuado a su personalidad y estatus social. Así por ejemplo Philip Glass , que define a si mismo como compositor contemporáneo que basa su música en estructuras repetitivas, en su discurso reitera la conjunción «y» de un modo notable, confiriéndole un ritmo muy musical y acorde con su estilo. Con todo ello el autor acaba recreando un magnífico retablo de una sociedad que, en muchas ocasiones, genera negativo asombro, al punto de que raya también el género de la novela picaresca, eso sí, en la posmodernidad.

Llegados a la última página  de la obra no sabemos como fue la verdadera historia de la desaparición y cuanto hay de cierto o de inventado en ella, pero ¿eso importa?.

Al fin y al cabo, cada persona narra una historia de una manera, y esa historia debe ser cautivadora y espontánea. Si no es cautivadora y convincente, entonces no tiene valor (Radu Lupu)

¿Y qué hay del autor? He de confesar que, en mi enciclopédica ignorancia, lo desconocía totalmente, por lo que, a día de hoy, aparte de reconocerlo como un magnífico autor en cuya obra creo que merece profundizarse, lo único que sé de él es lo que cualquier persona con un mínimo interés puede obtener en la solapa de la publicación y en Wikipedia o similares.

Licenciado en Filosofía, trabaja en el campo del periodismo y la comunicación. Fue corresponsal del periódico La Región y después jefe de prensa de la Secretaría General de Emigración hasta 2008. Trabajó en la Cadena SER, en la revista Jot Down, y en El Progreso.

Participante en diferentes publicaciones colectivas, obtuvo con su primera novela el VI Premio Nicomedes Pastor Díaz. Sus libros abundan en la metaliteratura y en la derrota. Desde 2020 es miembro de la sección de Pensamiento del Consejo de la Cultura Gallega. En 2013 publica El váter de Onetti en castellano, al no encontrar editores que quisieran publicarlo en gallego, idioma en el que estaba escrito originalmente. En 2018 publica su primera gran novela, Salvaje Oeste, que ficciona el poder en la España del Siglo XXI. En 2020 Rewind, a pesar de las dudas de sus editores con respecto al título. Otros de sus títulos son Libros peligrosos o Mientras haya bares.

Entre sus distinciones cabe destacar: Ganador del VI Certamen de relatos Francisco Fernández del Riego, del III concurso de Narrativa Erótica La Máquina de Vapor, del IV Premio Pastor Díaz de Novela, por La autopsia de la novela, del Premio Modesto R. Figueiredo en el 2009, por Era él, finalista del Premio de novela corta Manuel Lueiro Rey en el 2010, por La pregunta perfecta, ganador del Premio Lueiro Rey en el 2012, por Fin de poema, o del Certamen Manuel Murguía en el 2013, por Consanguíneo.

De sus muchos artículos periodísticos en los más sonados medios nacionales destaco por divertido uno muy reciente cuyo enlace dejo aquí.

Por último, por si fuera poco el interés que despierta la historia en sí misma y la alta calidad de esta obra, denominémosla por fin como lo hace su editorial como novela no ficción, a partir de la segunda parte introduce otros niveles más allá del relato de las vicisitudes de la escultura. Uno más que interesante es la sempiterna controvesia sobre la naturaleza y aledaños del arte contemporáneo. Incluso algún artista consagrado, como José Manuel Bouzas llega a calificar la obra Serra como cachivache.

También, y a mayor abundamiento, tanto las seis intervenciones de Richard Serra como la de otros muchos artistas, críticos, gestores de arte, o de otras personas que de un modo u otro trabajaron con el norteamericano en la génesis de su obra, acaban convirtiendo el libro en algo que podría remedar un catálogo razonado del escultor.

Bien sabes, amigo A., que cuando una obra me gusta, y en mi poco entender la considero de calidad, hago de su consejo un acto de amistad. Pues bien, esta es una de ellas. Estoy seguro que la disfrutarás.

P.D.: Como sé que eres amigo de los maridajes y las sinestesias, en este caso la obra tiene que acompañarse con música de Philip Glass. Aquí te dejo un enlace. El vino, obviamente de California, ¿un Opus One, del Valle de Napa?

Nuestros vecinos invisibles

8 May

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Con mayor frecuencia de la deseada caminamos por la vida con las orejeras emocionales colocadas. Absortos en nuestras cuestiones a las que concedemos una importancia absoluta y que en ocasiones no pasan de nimiedades intrascendentes, no nos queda tiempo para considerar a nuestros semejantes.

Los medios de comunicación, con motivaciones muy diversas, nos recuerdan la existencia de la guerra, la muerte, el hambre o la crueldad, pero nosotros seguimos tomando el café o comiendo frente al televisor mientras nos autojustificamos pensando que vaya por Dios, que todo eso es triste, pero que ahí nosotros nada podemos hacer, y que lo que ciertamente es grave es nuestro asunto.

En definitiva acabamos ignorando a quienes nos rodean, como si no existiesen o como si fueran invisibles.

Por eso es muy importante que algo o alguien nos recuerde que hay otros seres humanos que pasan por situaciones de necesidad y/o de dolor, que la vida los convirtió en desafortunados sin que ellos hicieran nada por merecerlo, sin ser en lo esencial y en su dignidad distintos a nosotros.

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Es también es importante que algo o alguien nos recuerde que sí se puede hacer, pues hay pruebas evidentes de que alguien sí lo hizo, lanzándose a aventuras que parecían locuras sin futuro, por las que muchos los llamaron insensatos, pero con generosidad y constancia alcanzaron la meta de poder poner un pequeño grano de esperanza, de ilusión y de amor en aquellos que carecían de ello y parecían invisibles en su sufrimiento.

Pues esa necesidad de que algo o alguien nos lo recuerde la colma la Fundación Alimerka en una brillante exposición fotográfica que titula precisamente así: Nuestros Vecinos Invisibles. Gracias al arte de cuatro excelentes fotógrafos y de una Comisaria de la exposición nos muestra la tarea y las historia de los componentes de cuarenta y cuatro entidades que vuelcan toda su ilusión, su imaginación y su fuerza en mejorar la vida de sus asociados, restaurándoles su visibilidad y su dignidad.

Todo todo un ejemplo y un estímulo para pensar que otro mundo mejor es posible, que se pueden hacer muchas cosas para seguir ese camino si no perdemos tiempo y fuerzas en egoísmos estériles.

Gracias por ello a todos los que participan en tan grande tarea.

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